Ha costado un tiempo, desde luego. Más del que a alguno le hubiera gustado, incluido, claro está, al propio jugador. Han sido cinco meses de larga travesía sin atisbar puerto, perdido en la inmensidad del oceáno. Pero al fin, Jara llegó a tierra. Y esperemos que para quedarse.
Que Abel ha revolucionado al Granada lo saben hasta los menos duchos en materia futbolística. Desde el aspecto táctico hasta la motivación, los jugadores se sienten otros y así lo reflejan sobre el verde. El funcionamiento colectivo es radicalmente distinto al ofrecido cuando Fabri se sentaba en el banquillo rojiblanco. Pero, además, el rendimiento individual, analizando hombre por hombre, ha sobrepasado todas las expectativas que se crearon con la llegada del nuevo míster. Íñigo ha mutado en consumado goleador, Mikel Rico ejerce de ‘todocampista’ total e Ighalo conoce mejor sus funciones, las cuáles ejecuta con solvencia. Son los ejemplos más reseñables de esta notoria mejoría. Aunque la palma se la lleva Jara.
El argentino, ubicado en la banda iquierda, se siente más cómodo que en el ala contraria. Se muestra más agresivo, contundente y desequilibrante. Es un nervio. Se ofrece, presiona y es solidario. Juega más cerca del área y, por consiguiente, aumenta el peligro que crea de cara a portería. Y encima ya ha perdido su virginidad goleadora en España. Y de qúe manera. Su tanto ante la Real Sociedad confirma que estamos ante un jugador de calidad, que puede y debe ser decisivo en Granada. Eso sí, le ha costado salir del caparazón. Esperemos que no vuelva a meterse en él. Este equipo le necesita,
tanto como al que más. Vamos recuperando efectivos para la causa. Solo faltaría ya que Benítez volviese a parece en algo a un jugador de fútbol.
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