MEZZALAMA: LA TRAVESíA DE LOS GLACIARES.
Son las cinco y media de la mañana, miró atrás y veo a mi amigo ataviado con un mono de licra que contornea y modela su musculoso cuerpo, todo es extrañamente familiar, ya no me recuerda a la pinta de un buzo escuálido lejos del mar. Levanto la vista al frente, desde aquí puedo ver las antorchas que disponen la meta de salida, unas cuantos de cientos de personas más arriba. Un italiano estresado nos demanda información sobre la manera de hacer un bouling, pero no es hora de ponerse a aprender nudos de encordamiento glaciar. Desayunar a las 3:30 de la mañana no es muy agradable, ni siquiera para los más espartanos y nosotros ahora estamos ya con la respiración acelerada, llevamos mucho tiempo esperando este momento y no tenemos el ánimo para italianos son sobredosis de cafeína. La idea de Simón para introducirnos en el mundo del esquí de montaña ha perfilado nuestro carácter y nuestro cuerpo; estamos chupados y manejamos malaleche, como el de nuestros familiares y novias que ya no soportan más las palabras Mezzalama, foquear o desnivel y la madre que los parió. Mi abuela alucinaba cuando le decía que comía muy bien pero que me estaba quedando más delgado por la Mezzalama: – si, si… una carrera de montaña. Aunque creo que desde su parecer, perfectamente podría haber pensado que estaba cometiendo adulterio… El himno suena y un escalofrío me recorre el espinazo, tanto que incluso me emociona. No es de extrañar después de haber reducido durante unos meses la dosis de sexo semanal, prescindir del cannabis y abusar de la gasolina desconcertantemente cara. Comienza a amanecer.
Hasta hace unos meses la palabra Mezzalama no me sugería nada. Pero sólo unos meses más tarde aquella palabra empezó a calar en mis entrañas y a impregnarse de significado. Seguramente no para mis parientes y amigos que siempre me escuchaban rechazar cervezas y cenas por una tal Mezzalama, pero sí para mis castigados músculos e hipertrofiados pulmones que sufrieron conmigo cada metro de desnivel por las laderas positivas de Sierra Nevada, mientras soportaba las miradas atónitas de los esquiadores que habían pagado con recelo su forfait y tenían que soportar la indecencia de un rasta que ocupaba sus pistas sin haber acoquinado un centavo. La gente todavía no está acostumbrada o por lo menos no lo entienden y menos si el tipo lleva un forfait de temporada en el bolsillo, solo por si acaso. A veces me animaban y otras me pasaban rozando a toda velocidad mientras se deslizaban sobre sus esquís “superguays”, a lo que yo les respondía con un contundente bastonazo en cualquier lugar al azar y un consiguiente “me cago en tu puta madre”.
El Trofeo Mezzalama, llamada también “la travesía de los glaciares” es una carrera de esquí de montaña con equipamiento fijo en los tramos más técnicos, con salida en línea en la que participan alrededor de mil personas en equipos de tres atletas dispuestos en cordada. Es un recorrido maratoniano que surca un itinerario de montaña, entre áereas aristas y empinados corredores superando varias veces los 4000 metros de altura. Atraviesa dos glaciares, uno hasta la base del Castor y otro hasta el paso del Naso Lyskamm, después una bajada de de 2800 metros de desnivel nos dejará en la meta, si se llega. Es una de las carreras de montña más duras y tradicionales del mundo y la que a mayor altura se disputa.
El desencadenante de la historia del “maratón blanco” en los glaciares del Monte Rosa fue la muerte de Ottorino Mezzalama, pionero del esquí de travesía, bajo una avalancha en los Alpes Breonios, cerca de Vipiteno (Bolzano). La primera edición data del 28 de marzo de 1931, cuando los compañeros del Club Alpino Accademico Italiano, del Cai Torino y del Ski Club Torino, con la ayuda del diario La Stampa, organizaron en el Monte Rosa una competición de esquí de travesía “extremo“, a nivel de “sexto grado“, que entonces se consideraba el límite de las dificultades alpinas.
El Trofeo Mezzalama ha permanecido fiel a la tradición de la competición de patrulla, tal y como nació en 1933 para los militares, con tres componentes por equipo que han de competir juntos en “cordada” a lo largo de los 45 kilómetros del recorrido. La carrera quedó suspendida durante unos años después de que una cordada se hundiera bajo sus pies a la profundidad de una grieta y después vino la guerra, permaneciendo en el olvido hasta mediados de los años setenta.
Al principio, Cervinia, sede de la organización de la carrera, parecía acogedor pero a medida que pasaba el tiempo íbamos advirtiendo que la realidad nos reconducía de nuevo a nuestro cuchitril marginal en el que suele desenvolverse el alpinista. Nos sentíamos como en casa. Después de una primera llamada a la organización, nos damos cuenta de que algo no va bien. Los nombres de los seis miembros de los dos equipos que en principio competirían no están en la lista que el interlocutor visualiza al otro lado del aparato. Esperamos al resto de nuestros compañeros para intentar solucionar el problema y que nos indiquen dónde está nuestro alojamiento. Pensamos que en persona podremos solucionar el imprevisto pero una vez postrados sobre el mostrador de la oficina de turismo, nos volvemos a dar cuenta de que la realidad es la realidad; somos unos pringados. Hemos estado entrenando todo el año para una carrera por la que no apostábamos pero en la que hemos terminado creyendo y ahora ni siquiera tenemos la posibilidad de participar porque ha habido algún error en el proceso de inscripción. Los ánimos decaen y todos los hoteles están completos. Encontramos un hotel agradable para pasar la noche, pero al día siguiente después de aclimatar en las aproximaciones del Cervino, nos encontramos al recepcionista que con cara de estreñimiento o profundo dolor de huevos y mirándonos fijamente nos transmite, con forzada cortesía italiana que debíamos haber dejado la habitación ese mismo día y que nuestras cosas están en el comedor junto a los croisanttes. Todo es un desastre y en la víspera de la carrera somos supuestos atletas de élite sin techo, pero no nos lamentamos e intentamos tomarnos las cosas con humor aunque el proceso de infección que sufro en la muela desde hace varios días me haga dudar sobre mi capacidad física para afrontar la carrera. Pero todo está en marcha, no hemos venido hasta aquí para tirar la toalla. Correremos de piratas, es decir, sin dorsales, sin haber pagado la inscripción y sin el supuesto derecho a avituallamiento o rescate en helicóptero.
Después de comprobar que el italiano lo único que quería era saber como se hacía el bouling y no qué es lo que hacíamos allí sin dorsal, comienza la carrera. Salimos ya encordados y sin mayores inconvenientes, excepto por las ráfagas fétidas de la aerofagia matinal. Durante la primera hora avanzamos a buen ritmo pero después de una parada técnica uno de los compañeros sufre un corte de digestión y se retira. Ahora sólo quedamos dos. Cuando llegamos al primer corte, unos 500 metros de desnivel más arriba, vemos como el tiempo ha cambiado. El helicóptero empieza a sacar gente con síntomas de hipotermia. El dolor de la muela no cesa e incluso se intensifica cuando paro. Al principio no lo tengo claro, llevo ya 5 gramos de paracetamol en la sangre y el dolor no desaparece pero decidimos continuar. En el control del Castor sufró lo que en el lenguaje coloquial denominamos “ bajonazo”. Me tomo un gel y vuelvo a pensar que quizás no es buena idea subir la pala hasta los más de 4000 metros del Castor. Mi compañero me tira a cada paso de la cuerda. Yo le digo que pare y en cada pequeña parada insuflo todo el aire fresco que puedo. Una vez en la cumbre, una arista vertiginosa cae a ambos lados. Me imagino a los primeros de cabeza corriendo por esta arista. El ambiente es sobrecogedor incluso para un alpinista. Descendemos rápidamente y un crampón me salta. Ya vemos el siguiente control. Descendemos con los esquís. Hemos llegado tarde al último control, pero le decimos a la organización que queremos continuar y estos nos dicen que a partir de ahora nuestro riesgo es nuestra responsabilidad. Yo pienso qué eso siempre debe ser así por lo que continuamos después de hidratarnos. Ya vemos el falso collado, la última pendiente, después un descenso de 2800 metros de desnivel y la meta, nuestra gloria aunque seamos de los últimos. El helicóptero sigue oteándonos desde las alturas, mucha gente se retira por
el sobreesfuerzo o lo hacen por el frío, en helicóptero o por sus propios medios. Nosotros ya estamos a punto, vemos el final pero mi compañero ha
empezado a acusar los síntomas del mal de altura. Intentamos continuar un rato pero vuelve a atacarle el embotamiento y las nauseas. Le dejo que decida pues conozco ya bien los síntomas. Miro hacía el falso collado y siento frustración y rabia. Todo ha sido un caos desde que llegamos a Cervinia y
finalmente no va a ser posible. Montjoy me dice que continue yo solo y por un momento la ambición me empuja a hacerlo pero luego pienso en que estamos en terreno glaciar y no estamos inscriptos, además tampoc puedo dejar bajar a mi compañero solo y con mal de altura, es sentido común. Hemos fracasado pero lo hemos dado todo, hemos luchado como equipo hasta el final. Uno de los helicópteros se posa en el glaciar a unos metros por delante de nosotros, parece que está motivado por sacarnos de allí, nos ha visto dudar y quizás desde el aire tengamos pinta de indefensos, pero les hacemos una señal negativa, estamos bien y decidimos descender por nuestros propios medios, la carrera ha terminado pero todavía estamos en terreno de alta montaña y a dos horas descendiendo hacía la estación por la vía de retirada. Unas horas más tarde estábamos en Cervinia con una cerveza en la mano disfrutando de la nueva experiencia. Hay más años paro esto.












