MEZZALAMA: LA TRAVESíA DE LOS GLACIARES.

 

                         Son las cinco y media de la mañana, miró atrás y veo a mi amigo ataviado con un mono de licra que contornea y modela su musculoso cuerpo, todo es extrañamente familiar, ya no me recuerda a la pinta de un buzo escuálido lejos del mar. Levanto la vista al frente, desde aquí puedo ver las antorchas que disponen la meta de salida, unas cuantos de cientos de personas más arriba. Un italiano estresado nos demanda información sobre la manera de hacer un bouling, pero no es hora de ponerse a aprender nudos de encordamiento glaciar. Desayunar a las 3:30 de la mañana no es muy agradable, ni siquiera para los más espartanos y nosotros ahora estamos ya con la respiración acelerada, llevamos mucho tiempo esperando este momento y no tenemos el ánimo para italianos son sobredosis de cafeína. La idea de Simón para introducirnos en el mundo del esquí de montaña ha perfilado nuestro carácter y nuestro cuerpo; estamos chupados y manejamos malaleche, como el de nuestros familiares y novias que ya no soportan más las palabras Mezzalama,  foquear  o desnivel  y la madre que los parió. Mi abuela alucinaba cuando le decía que comía muy bien pero que  me estaba quedando más delgado por la Mezzalama: – si, si… una carrera de montaña. Aunque creo que desde su parecer, perfectamente podría haber pensado que estaba cometiendo adulterio… El himno suena y un escalofrío me recorre el espinazo, tanto que incluso me emociona. No es de extrañar después de haber reducido durante unos meses la dosis de sexo semanal, prescindir del cannabis y abusar de la gasolina desconcertantemente cara. Comienza a amanecer.

Hasta hace unos meses la palabra Mezzalama no me sugería nada. Pero sólo unos meses más tarde aquella palabra empezó a calar en mis entrañas  y a impregnarse de significado. Seguramente no para mis parientes y amigos que siempre me escuchaban rechazar cervezas y cenas por una tal Mezzalama, pero sí para mis castigados músculos e hipertrofiados pulmones que sufrieron conmigo cada metro de desnivel por las laderas positivas de Sierra Nevada, mientras soportaba las miradas atónitas de los esquiadores que habían pagado con recelo su forfait  y tenían que soportar la indecencia de un rasta que ocupaba sus pistas sin haber acoquinado un centavo. La gente todavía no está acostumbrada o por lo menos no  lo entienden y menos si el tipo lleva un forfait de temporada en el bolsillo, solo por si acaso.  A veces me animaban y otras me pasaban rozando a toda velocidad mientras se deslizaban sobre sus esquís “superguays”, a lo que yo les respondía con un contundente bastonazo en cualquier lugar al azar  y un consiguiente “me cago en tu puta madre”.

El Trofeo Mezzalama, llamada también “la travesía de los glaciares” es una carrera de esquí de montaña con equipamiento fijo en los tramos más técnicos, con salida en línea en la que participan alrededor de mil personas en equipos de tres atletas dispuestos en cordada. Es un recorrido maratoniano que surca un itinerario de montaña, entre áereas aristas y empinados corredores superando varias veces los 4000 metros de altura. Atraviesa dos glaciares, uno hasta la base del Castor y otro hasta el paso del Naso Lyskamm, después una bajada de de 2800 metros de desnivel nos dejará en la meta, si se llega. Es una de las carreras de montña más duras y tradicionales del mundo y la que a mayor altura se disputa.

El desencadenante de la historia del “maratón blanco” en los glaciares del Monte Rosa fue la muerte de Ottorino Mezzalama, pionero del esquí de travesía, bajo una avalancha en los Alpes Breonios, cerca de Vipiteno (Bolzano). La primera edición data del 28 de marzo de 1931, cuando los compañeros del Club Alpino Accademico Italiano, del Cai Torino y del Ski Club Torino, con la ayuda del diario La Stampa, organizaron en el Monte Rosa una competición de esquí de travesía “extremo“, a nivel de “sexto grado“, que entonces se consideraba el límite de las dificultades alpinas.

El Trofeo Mezzalama ha permanecido fiel a la tradición de la competición de patrulla, tal y como nació en 1933 para los militares, con tres componentes por equipo que han de competir juntos en “cordada” a lo largo de los 45 kilómetros del recorrido. La carrera quedó suspendida durante unos años después de que una cordada se hundiera bajo sus pies a la profundidad de una grieta y después vino la guerra, permaneciendo en el olvido hasta mediados de los años setenta.

Al principio, Cervinia, sede de la organización de la carrera, parecía acogedor pero a medida que pasaba el tiempo íbamos advirtiendo que la realidad nos reconducía de nuevo a nuestro cuchitril marginal en el que suele desenvolverse el alpinista. Nos sentíamos como en casa. Después de una primera llamada a la organización, nos damos cuenta de que algo no va bien. Los nombres de los seis miembros de los dos equipos que en principio competirían no están en la lista que el interlocutor visualiza al otro lado del aparato. Esperamos al resto de nuestros compañeros para intentar solucionar el problema y que nos indiquen dónde está nuestro alojamiento. Pensamos que en persona podremos solucionar  el imprevisto pero una vez postrados sobre el mostrador de la oficina de turismo, nos volvemos a dar cuenta de que la realidad es la realidad; somos unos pringados. Hemos estado entrenando todo el año para una carrera por la que no apostábamos pero en la que hemos terminado creyendo y ahora ni siquiera tenemos la posibilidad de participar porque ha habido algún error en el proceso de inscripción. Los ánimos decaen y todos los hoteles están completos. Encontramos un hotel agradable para pasar la noche, pero al día siguiente después de aclimatar en las aproximaciones del Cervino, nos encontramos al recepcionista que con cara de estreñimiento o profundo dolor de huevos y  mirándonos fijamente nos transmite, con forzada cortesía italiana que debíamos haber dejado la habitación ese mismo día y que nuestras cosas están en el  comedor junto a los croisanttes. Todo es un desastre y en la víspera de la carrera somos supuestos atletas de élite sin techo, pero no nos lamentamos e intentamos tomarnos las cosas con humor aunque el proceso de infección que sufro en la muela desde hace varios días me haga dudar sobre mi capacidad física para afrontar la carrera. Pero todo está en marcha, no hemos venido hasta aquí para tirar la toalla. Correremos de piratas, es decir, sin dorsales, sin haber pagado la inscripción y sin el supuesto derecho a avituallamiento o rescate en helicóptero.

Después de comprobar que el italiano lo único que quería era saber como se hacía el bouling y no qué es lo que hacíamos allí sin dorsal, comienza la carrera. Salimos ya encordados y sin mayores inconvenientes, excepto por las ráfagas fétidas de la aerofagia matinal. Durante la primera hora avanzamos a buen ritmo pero después de una parada técnica uno de los compañeros sufre un corte de digestión y se retira. Ahora sólo quedamos dos. Cuando llegamos al primer corte, unos 500 metros de desnivel más arriba, vemos como el tiempo ha cambiado. El helicóptero empieza a sacar gente con síntomas de hipotermia. El dolor de la muela no cesa e incluso se intensifica cuando paro. Al principio no lo tengo claro, llevo ya 5 gramos de paracetamol en la sangre y el dolor no desaparece pero decidimos continuar. En el control del Castor sufró lo que en el lenguaje coloquial denominamos “ bajonazo”. Me tomo un gel y vuelvo a pensar que quizás no es buena idea subir la pala hasta los más de 4000 metros del Castor. Mi compañero me tira a cada paso de la cuerda. Yo le digo que pare y en cada pequeña parada insuflo todo el aire fresco que puedo. Una vez en la cumbre, una arista vertiginosa cae a ambos lados. Me imagino a los primeros de cabeza corriendo por esta arista. El ambiente es sobrecogedor incluso para un alpinista. Descendemos rápidamente y un crampón me salta. Ya vemos el siguiente control. Descendemos con los esquís. Hemos llegado tarde  al último control, pero le decimos a la organización que queremos continuar y estos nos dicen que a partir de ahora nuestro riesgo es nuestra responsabilidad. Yo pienso qué eso siempre debe ser así por lo que continuamos después de hidratarnos. Ya vemos el falso collado, la última pendiente, después un descenso de 2800 metros de desnivel y la meta, nuestra gloria aunque seamos de los últimos. El helicóptero sigue oteándonos desde las alturas, mucha gente se retira por

el sobreesfuerzo o lo hacen por el frío, en helicóptero o por sus propios medios. Nosotros ya estamos a punto, vemos el final pero mi compañero ha

empezado a acusar los síntomas del mal de altura. Intentamos continuar un rato pero vuelve a atacarle el embotamiento y las nauseas. Le dejo que decida pues conozco ya bien los síntomas. Miro hacía el falso collado y siento frustración y rabia. Todo ha sido un caos desde que llegamos a Cervinia y

finalmente no va a ser posible. Montjoy me dice que continue yo solo y por un momento la ambición me empuja a hacerlo pero luego pienso en que estamos en terreno glaciar y no estamos inscriptos, además tampoc  puedo dejar bajar a mi compañero solo y con mal de altura, es sentido común. Hemos fracasado pero lo hemos dado todo, hemos luchado como equipo hasta el final. Uno de los helicópteros se posa en el glaciar a unos metros por delante de nosotros, parece que está motivado por sacarnos de allí, nos ha visto dudar y quizás desde el aire tengamos pinta de indefensos, pero les hacemos una señal negativa, estamos bien y decidimos descender por nuestros propios medios, la carrera ha terminado pero todavía estamos en terreno de alta montaña y a dos horas descendiendo hacía la estación por la vía de retirada. Unas horas más tarde estábamos en Cervinia con una cerveza en la mano disfrutando de la nueva experiencia. Hay más años paro esto.

ROMERÍA DE SAN APRETÓN Y LA VIRGEN DE LA REGLETA: III EDICIÓN

Y un año más y aunque más tardío que en los últimos años, nuestro encuentro pagano más valorado ha tenido lugar y momento dentro de un fin de semana pasado por agua afectado por las contingencias de esta estación de clima incierto.

 Estas jornadas que cuentan ya su tercera edición podrían describirse con varios calificativos; social, cultural, deportivo, familiar… pero sobre todo lo que termina de contextualizarlo es su capacidad de atracción intergeneracional. Un encuentro sobre cultura montañera en el que podemos encontrarnos con escaladorxs de distintas generaciones compartiendo experiencias alpinas, no necesariamente de alto nivel deportivo o relevante repercusión mediática sino de valor humano y con capacidad de transmisión. Se trata de dar voz a una historia que por supuesto, primero debe de querer ser contada y compartida. El germen que quiso dar a luz al San Apretón y la Virgen de la Regleta gira en torno a esta única idea. Luego claro está lo que nos gusta a tod@s; el asado a fuego lento aunque un poco chamuscado o el pimiento a la brasa para el vegetariano. El vino, la cerveza, el cubata y la música o la buena conversación con la gente de siempre y con la que llega nueva.

 Este año el espectro de asistentes que seguramente habrá superado los 200, es mucho más amplio, gente relacionada con el mundo de la montaña aunque no necesariamente escaladores se ha dado cita a lo largo de los tres días de jornadas divulgativas. Pocos habrán sido los que se hayan pasado por los tres contextos en los que ha tenido lugar; la casa con libros, la cueva del moro y la Guardilla. No obstante serán muchos los que a lo largo de estos días hayan disfrutado de algún momento en los distintos espacios en los que se ha convocado a los participantes.

De los tres días habría que destacar la extraordinaria asistencia que se hizo notar en las proyecciones. Vimos a Asunción Yanguas presentar su última expedición al Himalaya y a  Antonio Llorente y Paco Ocaña presentar su última actividad en Marruecos, aquella que realizaron junto al mítico José Antonio Herrera también presente entre los asistentes. Y por último, la proyección del que aquí suscribe.

 El sábado, el cielo dejó escapar unos pequeños rayos de sol para que un puñado de valientes se reuniera en la cueva del moro, alternativa a la Ginkana Vertikal pasada por agua y antiguo reducto y refugio de todos los lagartos y lagartas trepadorxs de la zona. Más tarde, cuando la lluvia se hizo presente de nuevo, corrimos hasta el refugio de la Guardilla, donde la Carol y el Mauri ya lo tenían todo preparado para la barbacoa, llegado el momento de esparcimiento y perversión. El sorteo de regalos, cortesía de las tiendas de montañas Sherpa, Nivalis, Soloaventura y Nómadas, se hizo junto a las marionetas que se curraron el Octavio y el Oliver – muy guapas por cierto-.  Y es en este momento cuando todo el mundo hizo muestra de su sentido de la generosidad y ansia de consumismo y sin tener en cuanta el significado de la palabras “sorteo” mimetizaron sus facciones emulando a las aves de rapiña. Fue justo en ese momento cuando el Mauri – el dueño del local- se subió al escenario y con el micrófono en mano dijo: – Por favor, intentad fumar fuera y sacad a los perros del local por favor. La cosa empezaba a desfasarse pero al final quedó en una advertencia y todo acabó dentro de los estrechos márgenes del civismo. La fiesta terminó medio temprano – lo que es de agradecer para las organizadoras-  porque a algún listillo se le ocurrió decir que había fiesta en la Sambiosis y entonces, fue cuando toda la gente decidió marchar. A las dos de la mañana el que suscribe salió de la Guardilla con un saco de carne a la espalda y buscando al dueño de un perro que se habían olvidado en la terraza del bar en cuestión. Pues va a ser cierto que a veces somos más hippies de lo que vamos creyéndonos por ahí. Luego la noche continúo prácticamente hasta que amaneció e incluso unas cuantas horas después de que el sol se levantara sobre el horizonte…

 En la tarde resacosa del domingo, pudimos asistir a la conferencia de medio ambiente sobre la regulación de la escalada en las distintas zonas de granada la cual tuvo una asistencia considerable, para un domingo en el que la mayoría de la gente estaba escalando o revolcándose en su catre.

 Primer punto de encuentro en nuestra región que se concierta entre escaladores y técnicos de medio ambiente, entre usuarios e instituciones, y en el que se establecieron nuevos canales de comunicación distintos y más accesibles que los Planes de Ordenación y Boletines Oficiales. Se planteó la necesidad de convocar grupos de trabajo para que equipadorxs y escaladorxs estemos al corriente de aquellas zonas que son motivo protección y cuáles no, o cuáles tendrían un carácter de restricción parcial o temporal. En definitiva, un paso más hacía la información bien dirigida y  eficientemente gestionada, previa a la eficiencia de  la regulación. Primero informar y concienciar y luego regular. Necesario en un mundo vertiginoso en el que la transmisión de información con cuenta gotas y el mensaje fugaz rige la comunicación. Ese día pudimos saber también a sorpresa de todos que existe un protocolo de actuación frente a la regulación de la escalada o que hay intención de los técnicos de medio ambiente por compensar al equipador de una vía desequipada por motivos de protección, con el mismo material que se ha confiscado y que ya sólo vale su peso en chatarra.

 También se plantearon temas interesantes pero de calado más complejo como que el interés de protección natural se supedita al económico y el deportivo al natural. Se planteo todavía quimérica idea del patrimonio deportivo, cultural o histórico de determinadas rutas de escalada que algún día debieran merecer protección no sólo de interés deportivo.

 Para concluir la jornada se proyecto la película de Patrick Edlinger en el que aparece escalando por las paredes del Verdón, dispuesto únicamente con pantalones ochenteros que no superan el palmo, luciendo muslos y untándose magnesio en el dedo gordo del pie. Muestra de la última escala del valor del estilo, que ya propugno Jesus Galvez, – la más alta – que no la más respetable- pero siempre la más pura aunque inevitablemente con cierta dosis suicida no recomendable ni aconsejable.

 Gracias a los que hacen posible que esté proyecto hasta el momento autogestionado, excepto por las camisetas y material sorteado que es obsequio de las tiendas, siga cumpliendo años. Gracias a Sherpa, a Nivalis, a Soloaventura, a Nómadas y a Millet como patrocinadores del encuentro y a La Casa con Libros y San Garrito como fieles colaboradores, gracias a todos los que creen en esto y saben valorarlo, al resto les mando un cordial saludo.

HUARAZ: ANTESALA DE LOS ANDES

Huaraz es la capital del departamento de Ancash, su altitud es de 3,080 metros sobre el nivel del mar y es una de las ciudades más importantes de los Andes. Conocida también como “la muy generosa Ciudad de Huaraz”, por su sacrificado y decidido apoyo a la causa de la Independencia de América, hoy la ciudad se proyecta en un sostenido desarrollo comercial y turístico, pues concentra el mayor porcentaje de la infraestructura turística de la zona. Antesala de los Andes, todos los grupos de alpinistas y senderistas comienzan su aventura aquí, es lugar de encuentro entre viajeros que están de paso o de los que sin embargo prefieren quedarse para comprender mejor la esencia de Latinoamérica.

Recuerdo Huaraz como una moderna ciudad con calles y avenidas amplias, plazas y parques que le dan un aspecto de urbe moderna y cómoda; los mercados, el bullicio del transito de carros, de personas y jaurías de perros, los puestos callejeros. Desde todos los puntos de la ciudad se puede apreciar la Cordillera Blanca con sus imponentes nevados tropicales.

Juan Chinchey o “Juanchito” como le salíamos llamar, acaba de llegar. Su aspecto no ha cambiado en tres años. Su sonrisa delata su ilusión por volver a las montañas. Lo recuerdo por sus sopas de calabaza y por la cordialidad con la que nos recibía a cada llegada, con mate de coca y maíz tostado. Siempre dispuesto a conversar. Será nuestro cocinero también en esta expedición. Llegamos hace unas horas tras dos días de viaje ininterrumpido. Después de un breve paseo en la lúgubre ciudad de Lima nos subimos en un autobús que tras alcanzar en ruta la considerable altura de 4000m nos dejará en la ciudad de Huaraz. Esto marcara la primera fase de nuestra aclimatación, los primeros síntomas de la hipoxia se hacen notar pero el desfase horario nos permite descansar bien.

Es ahora cuando comienza nuestra aventura. Comienzan los preparativos, la compra de provisiones, la puesta a punto del material y la definición de la logística. El proyecto comenzó mucho antes de llegar a Huaraz y ahora continúa aquí sobre el terreno, lejos de casa. La aventura ya comenzó un año atrás cuando elegimos las montañas de los Andes como objetivo deportivo dentro de nuestra formación. Ahora, caminando por las calles de Huaraz nos damos cuenta de que ese momento ha llegado pero todavía queda mucho camino por recorrer. Kilómetros de pistas de tierra que dan acceso a las quebradas, aproximaciones, pollo a la brasa y muchas noches de estrellas hasta encontrarnos escalando en el largo de alguna vía todavía por definir.

Disfrutar de lo dulce saboreando lo amargo.

Cuando llegó a la Gare Este de Paris todo es caos. Son los estragos causados por un volcán cuyas cenizas dispersadas en la atmosfera demuestran una vez más la debilidad de nuestra sociedad frente a las fuerzas de la naturaleza que han hecho que todo se distorsione. En ese momento no recuerdo que es precisamente eso lo que nos recuerda el alpinismo. Que somos diminutos e insignificantes.

Tengo que esperar al tren. El “fiasco natural” ( en términos de la prensa francesa) coincide con una huelga en los servicios ferroviarios y tengo que esperar unas horas. Dejo que el tiempo pase dando vueltas por alrededor de la estación, cerca del distrito financiero parisiense. Cruzando una calle un tipo me ofrece trabajo desde el interior de un ostentoso automóvil. Qué clase de trabajo querrá ofrecer a un tipo con un petate a la espalda caminando por la capital del amor. Prefiero no pensarlo. Prefiero pensar en los días de atrás y en los que llegan. Prefiero continuar caminando. Martín me acaba de llamar para hacer material, dice que haremos cordada. Vuelvo al monte. Lo he pisado unas cuantas veces desde la lesión pero sólo descubriendo paisajes nevados escondidos en los Ecrins o en los alrededores de Grenoble, descendiendo corredores juntos a unos catalanes y algunos franceses que merecen una historia a parte y que no sólo me han mostrado el arte del esquí de montaña. Ahora ha llegado el momento de hacer alpinismo de nuevo. Cómo dijo Messner, el sufrimiento es la alegría de vivir y si no vuelves al tajo, vuelves a olvidarlo. La sociedad no tarda en engañarte y volverse contra ti para decirte lo que necesitas. Valoras mucho más los placeres cuando conoces la tensión de la noche de antes o el instante previo al ataque, el miedo a ti mismo, a tu condición, un viaje a través del misterio de la condición humana casi indescriptible que te hace sentirte más vivo frente a algo inerte como la montaña. Sí, es una reflexión totalmente occidental. Pero es así. Y es que el alpinismo es un deporte, me atrevería a decir, más bien de occidentales. El hombre occidental ha intentado desprenderse del sentimiento de culpa en su relación con el mundo. La única fuerza vital y espiritual es el hombre: el resto son “cosas”, y así no existe el problema derivado de su destrucción. Por otra parte la cultura oriental considera a todas las cosas como animadas e inteligentes por lo que la lucha contra la muerte y la defensa del dolor se contemplan como inútiles y sin sentido. Es un remedio a la enfermedad de occidente.

Había que llegar como fuera y por el momento eso era lo único que importaba. Carecía de importancia el nombre de la pared o de la ruta, como la mayoría de las veces los objetivos eran difusos, siempre subordinados a las condiciones y al parte meteorológico. La dichosa nube de cenizas había bloqueado los aeropuertos y ahora el objetivo era llegar a los Alpes y escapar del caos, volver a sentir la soledad frente a la montaña.

Desde el comienzo existió un objetivo que llegamos a creer probable, el pilar Brouillard a la sur del Mont Blanc. Todos estuvimos focalizando nuestras energías y pensamientos hacía está pared semanas atrás pero una vez en el lado italiano del macizo, aquella voluntad se diluyó para reconvertirse y reorientarse hacía una línea distinta. Es una de las claves del alpinismo, hay que ser flexible en cuanto al itinerario. Las últimas perturbaciones habían dejado caer mucha nieve a ambos lados del macizo del Mont Blanc y decidimos volver a cruzar al otro lado. Por unos instantes pensamos que íbamos a poder escalar con los rayos del sol incidiendo sobre nuestras espaldas y aunque aquella sensación fue efímera también fue a la vez placentera. Lo que no sabíamos todavía es que sería esa misma nieve recién caída la que nos perjudicaría en nuestras próximas ascensiones. No dejaba de ser una posibilidad entre otras.

Una vez en el lado norte, nos dirigimos directamente a Grand Montets. No sin antes desparramar gran cantidad de material por todo el aparcamiento para enfundarnos nuestros trajes de alpinistas. No sé qué pensaría si viera a alguien que en calzoncillos que mientras empuña un extraño artilugio de acero en la mano, le pregunta a su compañero:

- Oye ¿y tú que te vas a poner el chaleco o la chaqueta?

Después del ajetreo de los preparativos viene la calma. Es tiempo para la reflexión y la relajación previa al espectáculo. El parte anuncia un largo anticiclón durante toda la semana y nuestras sensaciones son buenas. Esa noche dormimos en las instalaciones del remonte. Salimos en la madrugada de una noche sin luna pero donde las estrellas vaticinan tranquilidad. Dos cordadas, Milkel Bonilla, Dani Crespo, Simón Elías y Alex Corpas realizan Les Droites por la vía Ginat 1000 mts de hielo en 11 horas de ascensión. Mientras tanto en la vecina Aiguille Verte, Mikel Zabalza y Manu Córdova completan Late to Say I´m Sorry y Martín Elías y Silver Barrientos repiten la Bourges Mizrahi a la Grand Rocheuse.

La primera “grand course” de la temporada es la más tediosa, luego ya estas aclimatado y en el alerta, ligado a una pulsión salvaje. Los días de descanso en Chamonix son los justos para reorganizar el material, descansar y comer bien, dejar que los gemelos vuelvan a su posición original y cambiar de objetivo, desde el plan B hasta el J. Y es así, la estrategía se define y redefine pero lo más importante es que el clima corre a nuestro favor. Y después de muchos quebraderos de cabeza poco productivos acabamos eligiendo el difícil itinerario Gabarrou-Silvy a la cara norte del Pic San Nom y el sugerente espolón Croz a las Grandes Jorasses.

La vía Gabarrou-Silvy, es una vía que cuenta con un puñado de repeticiones. Sus ascensiones en libre se pueden contar con los dedos de una mano. Esta ruta de unos 1000 metros de desnivel que cae hacía el lado derecho del Nant Blanc, fue ascendida entre el 5 y el 7 de agosto de 1978 por Patrick Gabarrou y Philippe Silvy. Sucesivas ascensiones la han confirmado como una de las rutas más exigentes y variadas del macizo.

Mikel Zabalza junto a Manu Córdova, Martín Elías y Silver Barrientos realizaron la ascensión de está ruta soportando un vivac en la pared. Manu Córdova y Martín Elías encadenaron todos los largos en libre pero a la mañana siguiente deciden recorrer la parte superior de la ruta de 1982 por las malas condiciones de hielo de su objetivo original. A su vuelta, sus rostros les delataban si divagaciones.

Al otro lado del valle realizo junto a Simón Elías un intento infructuoso al espolón Croz de las Grandes Jorasses, abortado por la gran cantidad de nieve acumulada que no se transformó en las semanas anteriores. Si hay una primera ascensión para las Jorasses, esta debería ser por el Croz. Primera vía trazada en la norte de las Jorasses, permaneció virgen hasta 1935. Representativa de la exaltación por el nacionalismo, lucha por el honor nacional que marca el período de entreguerras, fue uno de los últimos problemas de los Alpes. Pero esta vez la suerte no nos acompaña. Durante la noche, atacamos el espolón, abriendo huella hasta la base de la primera torre para aprovechar la traza abierta y atacar en la noche siguiente, esperando que la nieve esté más transformada en la parte superior. Desgraciadamente, no va a ser así. En la madrugada, el despertador suena a las 12h. Realizamos una aproximación rápida. La luna refracta su luz en la esplendorosa pared de granito que se levanta enfrente de nosotros, son las Jorasses. Todos los mitos que alimentan el aura de misterio y magnetismo que envuelve esta pared se disuelven. Simon aúlla. Yo quiero acompañarle pero estoy concentrado en la respiración . Sólo existe un pensamiento; aproximar y rimaya, escalar. Sólo estamos nosotros. Sólo existe un objetivo. Todo se reduce a algo sencillo, básico, natural; ascender, escalar y estar a salvo cuanto antes. Me pregunto si es esto lo que realmente quiero. Arriesgar. No debería disfrutar el momento. Por supuesto. Ahora todos los instintos latentes que abajo en el valle se duermen o aletargan están en efervescencia. La consciencia se intensifica en estos lugares. Nunca te sientes tan cerca del mundo. Y aunque quiero hacerlo; quiero pasar miedo, quiero medirme contra la montaña, contra mi mismo, también quiero llegar a la cumbre cuanto antes, sobrevivir. Nada de esto tiene sentido si nos quedamos ahí arriba. Todos los pensamientos impertinentes que nos atormentaron en la noche mientras intentábamos dormir han desaparecido. Seguimos escalando, siguiendo nuestra huella al ensamble, se escucha un grito. Simon, en cabeza de cordada parte una placa de nieve que se desprende. Intento hacerme una plataforma estable y clavar el piolets con el brazo hasta el fondo de la masa de nieve. Simon incrusta su mano en una fisura para sostenerme. Pero la pequeña avalancha rebota en el espolón y sólo recibo una pequeña colada. Pronto alcanzamos el punto más alto pero la nieve sigue teniendo la consistencia del azúcar. Escalamos hasta la segunda torre y no tardamos en observar que las condiciones no son las más adecuadas. El amanecer nos sorprende escalando el primer diedro que se vierte sobre la segunda torre. Simón intenta ascender pero su piolets, no encuentran un agarre donde sostenerse. La noche ha pasado rápido. Es increíble como pasan las horas cuando el grado de concentración es casi místico. Me acuerdo de las noches que pasaba de marcha. Le comento a Simon que a estas horas estaríamos en algún “after heure”. Pero la realidad es que hemos estándo escalando en las Jorrases, muy lejos de los bares. El ambiente es sobrecogedor. Pronto nos percatamos de que hemos elegido mal el itinerario y descendemos finalmente después de pasar dos tensas noches en Lechaux. Aunque estamos cansados empezamos a bromear y nos relajamos. Juntos disfrutamos del entorno que nos rodea. Retrocedemos pero nos sentimos unos privilegiados. Ahora sólo pensamos en bajar, en la cerveza y en la vida que nos espera. Este es el juego del alpinismo, es pura contradicción que no deja de vivificar. La misma contradicción que nos lleva a vivir aventuras por propia inseguridad, buscando un refuerzo de autoestima, buscando respuesta al porque de nuestra naturaleza. Es la misma contradicción que después nos hace relativizar y valorar y sentir el mundo con una perspectiva renovada, sintiéndonos débiles y diminutos frente a la montaña que nos ha derrotado. Es una lección de humildad que deberían impartir en las escuelas. La metáfora del volcán explica perfectamente esta fuerza de la madre tierra que con un suspiro destruye todo egocentrismo y prepotencia de una sociedad que debe replantearlo todo. El alpinismo es simplemente eso; es un método, una sesión de psicoanálisis que nos ayuda a recordar esto para volver a reencontrarnos con nuestro yo. Es también pactar con el diablo. Lo sabemos. Pero es precisamente ese “flirteo” con la muerte lo que nos lleva a vivir el alpinismo como algo absurdo e inútil pero a la vez tan vivificante para nuestro espíritu occidental. Es por eso también una adicción.

Una vez más hemos recordado que lo suave solo es suave si conoces las superficies ásperas. Una vez más hemos flirteado con el riesgo enfrentándonos a lo absurdo y hemos vuelto para aprender no sólo sobre alpinismo sino sobre el sentido de lo que hacemos en un mundo en el que todo es relativo. Alguien dijo alguna vez : “amo el acto de la escalada porque a los ojos de los demás es algo efímero, pero en mi, deja sensaciones eternas”.

Ha sido una concentración productiva que esperamos que de sus frutos en la cordillera del Huayahuash, próxima expedición del Equipo Nacional de Alpinismo que pondrá a prueba tanto el aprendizaje como el entrenamiento acumulado.

Viaje para un encuentro. Instambul.


Acabo de desembarcar y llevo ya unas dieciséis horas de viaje que se han hecho más pesadas de lo normal. Supongo que serán los tránsitos que siempre se hacen tediosos y estar postrado en una butaca del “low price”, con las piernas encogidas mientras lidias a codazos por el dominio del reposabrazos. Entre libro y libro intento descansar. Todavía faltan unas horas para que mi compañera de viaje llegue e intento que todo pase deprisa desarrollando cada acción de la forma más lenta y lánguida posible. Paseo por el aeropuerto de un lado a otro buscando el mejor lugar para echarme y dormir un rato. Hace dos meses que no salgo de Grenoble, por no decir que hace casi dos meses que no salgo de casa. No creo que ningún tipo de enclaustramiento sea aconsejable pero a veces no nos queda más remedio y de no haberme partido el pie seguramente hubiera seguido ansioso como un perro hambriento y sarnoso de mandíbula batiente, con los ojos medio vueltos. Escalar, escalar, escalar… Ahora soy mucho más consciente de dónde estoy. Cualquier imprevisto en el ciclo normal de cada persona exige un cambio de perspectiva. Exige adaptación. Hace poco que suspiré, exhalando el aire como si expulsará toda mi impotencia hacia afuera, de tal manera que me dije a mi mismo que lo peor ya había pasado, quería convencerme de que poco me quedaba por volver a las montañas.

Junto a la necesidad intuitiva de la seguridad donde todo es predecible existe la inestable adicción del movimiento incontrolable. Estaba empezando a asfixiarme. Quería salir y volver al ajetreo de los aeropuertos y a todo aquello que te indica una partida, quería volver a sentir el aire y la impresión de otra ciudad más del mundo que te recuerda cuánto es lo poco que conoces y como es el mundo de sugerente por su inmensa variedad. Es todo esto lo que me tiene enganchado, no necesariamente tiene que estar relacionado con una escalada, lo que te atrapa es la sensación de desarraigo, el descubrimiento, la exploración del yo hacía el interior y hacía el exterior, el cuaderno de viaje desgastado en el interior del petate revuelto, la aventura.

Busco alguna zona de fumadores pero sólo veo símbolos de prohibición. Es una más de las etapas para acercarse a Europa, la prohibición. En Turquía ya no se puede fumar en ningún establecimiento público. Busco la salida, tengo que salir para volver a pasar el control de seguridad más tarde y así poder entrar de nuevo en el aeropuerto. Parece que los tiempos han cambiado, esperaba ver cientos de perros drogadictos buscando droga entre las maletas de cada viajero con aspecto desaliñado pero las autoridades turcas más que háchis siguen buscando bombas. El ambiente caótico del exterior me recuerda al resto de los países árabes que visité en el pasado, aunque a diferencia de estos, el aeropuerto de Estambul está impoluto, ni siquiera hay colillas. La impresión de control y orden me desconcierta. Toda la gente atiende en la puerta mientras apura su cigarrillo. Una pareja de la policía hace la guardia con metralleta en mano. Desde que he llegado nada me ha recordado a “Expreso de media noche” hasta que crucé la mirada con este Polïs. Avanza a paso lento y me escruta con la mirada y dejando que se sienta poderoso empuñando su arma mantengo la vista fija sobre su pupila durante unos segundos hasta que giro la cabeza y encojo el cuello como un pato cuando me doy cuenta de que es él, el que está atormentado. Quedan unos minutos para que llegue y me siento como si fuera a dar una conferencia frente a cientos de personas, me peino y me repeino varias veces sin demasiado éxito y me percato de que simplemente es absurdo. Además hace años que no me meto un peine, me sacudo un poco la ropa y me reenderezo las gafas, no dejo de mirar a un lado y a otro mientras la gente, no para de circular en distintas direcciones. Estoy nervioso. Hace dos meses que no la veo. Si antes sólo quería arraigarme a la montaña, ahora estaba colgado también por ella. Estambul nos esperaba.

Decía Napoleón que si el mundo fuera un solo Estado, Estambul sería su capital. Y para que no resulte etnocentrista se podría decir que sin duda es la ciudad más oriental de las ciudades occidentales, aunque se podría decir también que es una de las ciudades occidentales más orientales. Oriente y Occidente, dos puntos cardinales. Asia y Europa, dos continentes. Mármara y Negro, dos mares. Constantinopla y Estambul, dos nombres .Es una ciudad imprecisa definida y redefinida por muchos intelectuales a lo largo de los siglos. Es comprensible porque es una ciudad que apasiona y sobrecoge. Es ciudad-reflejo del mundo que se avecina; dual, multicultural e integrado, no cabe otra solución. La obra del premio Nobel turco, el escritor Orhan Pamuk, cuando refleja la yuxtaposición de las tradiciones orientales con las occidentales, la añoranza por un pasado perdido y anhelo por la modernidad inalcanzada es exactamente la fusión de dos culturas muy diferentes que han logrado convivir en paz.

Es una sorprendente megalópolis, alrededor de quince millones de habitantes, aunque el censo no es fiable. Entre los Estambulinos se encuentran desde los griegos hasta los kurdos y armenios, pasando por los tártaros o los asirios que yo creía que se habían extinguido al igual que los visigodos, por ejemplo. Es la puerta de Europa, es el ecuador de un viaje hacía el mundo de las oportunidades que la mayoría de las veces finaliza en el Cuerno de Oro. No pueden cruzar a Europa y es evidente que no van a volver a su casa. Realmente no comprendí el resultado de la influencia de todas las civilizaciones que ha dejado rastro sobre esta ciudad hasta que no empecé a cruzarme con todo tipo de rostros que transitaban por la calle, toscos como los griegos o de nariz romana y arabesca. Los rostros de la gente que no se adaptan a ningún estereotipo o cliché. Es una ciudad que desintegra prejuicios. Es la ciudad hybris, circunstancia, sin dudad que la hace extremadamente atractiva y misteriosa y puedes notarlo en la rica gastronomía que se adapta al gusto de cualquier paladar consecuencia, también de su riqueza y en el sincretismo religioso, claramente reflejado en el la arquitectura, símbolo de poder. Cada sultán o emperador construyo una mezquita para simbolizar el poder de su reinado. Mezquitas que fueron iglesias e iglesias que más tarde fueron mezquitas. La variedad de templos que serpentean toda la ciudad impresiona a primera vista por muy ligera que sea. Es una ciudad infinitamente dual, con multitud de contrastes; el velo se cruza con la minifalda y la chilaba con la americana junto al fular combinada con vaqueros o tejanos. Puede que nos enseñe que el Islam no sea siempre radicalismo. Aunque sigue habiendo represión y conservadurismo y continua existiendo la presencia de un poder militar que perpetua la influencia, entre bambalinas, sobre su débil democracia, Ataturk dio un golpe fuerte al fundamentalismo cuándo llegó al poder aunque más tarde, sin embargo los conservadores volvieron al gobierno. Sigue habiendo ráfagas de ese fundamentalismo pero es una sociedad que si no fuera por las mezquitas me recordaría más a Francia que a Jordania. El barrio de Taksim, situado en el extremo más oriental, en la parte asiática de la ciudad resulta ser el más sorprendente para cualquier persona que vaya a Estambul buscando el Oriente. Es la parte más movida de la ciudad, sigue habiendo mezquitas pero estas se combinan con burguer y tiendas con las firmas de la moda europea. La calle principal de este barrio podría ser la de cualquier ciudad de Europa. Sigues viendo minifaldas, peinados voluminosos, escotes y alguna mujer con velo que pasa desapercibida entre la muchedumbre.

El hamman es una de las visitas obligadas de la ciudad. Resulta atractivo principalmente para las mujeres que pueden acceder al espacio más íntimo de las mujeres musulmanas. Mariajo salió impresionada de su experiencia sobre todo por haber coincidido con dos mujeres musulmanas que desprendidas por un momento de la coacción del velo se comportaban ahora de una forma diferente. Al otro lado, en el área para hombres, yo disfrutaba del sonido del turco junto a unos hombres que debatían sobre algo que nunca comprendería. No obstante, me gustaba, como dijo Borges es un idioma agradable que suena a un alemán más suave. Luego pasé a la piscina de agua caliente. Estaba tan oscuro que era difícil distinguir las sombras de las personas. Probablemente hubiera unas tres. Ahí a su rollo. Me quité el trapo de la cintura y me metí en el agua. Empecé a disfrutar de los placeres de las aguas termales hasta que alguien intento agarrarme el miembro mientras nadaba despreocupadamente hacia atrás. No supe que decir y me escondí en una de las partes oscuras hasta que vino a avisarme Ozan, el señor mayor del masaje turco, un hombre de manos enormes que podría rozar los setenta. Ozan me frotó bien todo el cuerpo, desprendiendo de mi piel todo tipo de mugre que de otra forma me hubiera acompañado por siempre. Lo del masaje se acerca más incluso a la sodomía que el incidente de la piscina pero sales limpio y relajado. Aquella misma tarde, disfrutamos de la danza mística de los Derviches, propia de la tradición sufí hasta quedar absortos en la belleza y la profundidad del sama. El “sama” es el giro que los Derviches realizan dando vueltas sobre su mismo eje, con una palma levantada orientada hacia la tierra y otra hacia el cielo. Utilizan este ritual para alcanzar estados alterados de consciencia y así crear una puerta de conexión entre el mundo espiritual y el material con la intención de destruir su propio yo, el ego. El espectáculo de arte es sobrio e inspira respeto, una ceremonia muy solemne que se acompaña con música de flauta y tambores.

Sólo tuvimos tres días para visitar la ciudad y Estámbul no se desenmascara con facilidad. No se descubren sus misterios en tres días aunque si se deja entrever, para enamorarte o por lo menos convencerte para que vuelvas. Por eso elegimos Estambul porque sabíamos que volveríamos. En alguna sección de su ensayo Borges también apunto:

Es indudable que debemos volver a Turquía para empezar a descubrirla (Borges, 1984).

Para agotar la última noche elegimos un lugar en el que pudiéramos estar tranquilos y así saciar una más de nuestras inquietudes culinarias sobre la cocina turca. Nos habíamos atiborrado de castañas asaltando cada puesto, nos excedimos con las aceitunas, comimos algún que otro kebab que se sirven hasta en los restaurantes más selectos de la ciudad y abusamos del cacik ( sopa turca de pepino y yogurt ). Pero nos faltaba el Dolma, exquisitez de la comida turca, imposible de ignorar. Al restaurante se accedía por unas escaleras de madera, la carta de platos expuesta bajo la marquesina hacía compañía a un tipo alto y moreno de rasgos toscos que no parecía turco. Nos acercamos al tipo que dio un paso hacia delante con talante poco amistoso. Son las diez de la noche y nos dice que el local ya no acepta más cenas, podemos reservar pero el tipo parece reticente. Se que a veces me pongo neurótico pero tuve la sensación de que no le gustábamos mucho. A lo mejor una rubia elegante y hermosa con el pelo un tanto alborotado acompañada por un rasta de facciones no definidas y con aire peligroso no le inspiraba mucha seguridad. Les falto pedirnos que le enseñásemos antes “la pasta” aunque no llegó al extremo. Mi compañera tiene mejores dotes diplomáticas que yo y además a la vista resulta más agradable por lo que sólo tuvimos que sacar dinero en efectivo.

- ¿Qué no se puede pagar con tarjeta de crédito?. ¿ pero qué tipo de restaurante es este?. ¿es que tu no quieres entrar en Europa?. Dime que no te fías de mí e incluso te sonreiré pero por favor, no juegues conmigo, sólo queremos probar el puto Dolma y pasar un buen rato juntos cenando en tu precioso restaurante de madera otomana.

Esa noche se puso los pendientes que más me gustaban. A ella le encantaban, le encantan. Sentí que podía adivinar cómo se sentía por la manera que tenía de alzar su muñeca y jugar con ellos acariciándolos con los dedos. Habíamos elegido Estambul como pasado lugar de otro efímero encuentro que algún día en algún lugar recordaríamos. Ahora conocíamos una ciudad más juntas, ahora nos conocíamos mejor pero lo que más me gustaba era mirarla y pensar en cuán misteriosa era. Otra vez nos encontrábamos caducamente, con fecha premeditada de despedida. Todavía no la conocía y eso me gustaba. Quizás lo mejor fueron los despertares, el disfrute de un plato turco que se regala no solo al sentido del gusto, a la luz de la luna reflejada sobre la Mezquita Azul.

Embarqué sólo unos minutos más tarde que ella. Pasé el control y me encerré en la urna previa al embarque. Ella sólo estaba a unos cincuenta metros de mí y durante unos segundos me atacó la idea de salir de allí e ir abrazarla. Ya no podía. Las despedidas en los aeropuertos son las más incomodas. Saber que ella está ahí y sentir que sigue estando a unos pasos de ti mientras esperas para volar provoca una extraña sensación de culpa e impotencia. Es como agotar el momento en que te separas de la forma más lenta posible, por tramos. Cuando pasó el control me pidió que me fuera, yo tampoco quería estar allí viéndola a través de un cristal que sin embargo nos separaba a miles de kilómetros de distancia, a más de un mes en el tiempo. Me dí la vuelta y camine lento por el pasillo, me dije a mi mismo que no miraría atrás pero lo volví a hacer. La otee desde lo lejos, ahí de espaldas y luego continué alejándome. Ella volvería a su vida en Granada y yo a mi vida en Grenoble con la esperanza de volver a la montaña.

Rescate y huida.

Había llegado el año. Todavía me sorprendo a mi mismo cuando me paro a pensar en aquellos últimos días en Granada antes de que el momento llegara. Lo había esperado desde que en un instante de mi imaginación la posibilidad de entrar en el equipo se convirtiera en un ¿ por qué no?. Y luego de que el tiempo lo convirtiera en una imagen posible de mi realidad caí en el convencimiento de que podía. Sólo era ya cuestión de fe en ti mismo. Habían pasado dos años de camino recorrido. Arduos y extraños pero muy intensos; cambiando preferencias, empezando a desaparecer de los círculos sociales habituales, el mundo del que me rodeaba se transformó. Ya sólo quedaban ráfagas de mi vida anterior. Aunque, sinceramente esto último fue después de que aquél momento llegara.

 

Había pasado con Rubén de Franciso y Pedro Soto un inolvidable mes en el Vall di Mello, al pie de los Alpes italianos que marcan frontera geográfica con Suiza. Un mes de aventura inolvidable que había dado frutos deportivos. No lo perseguíamos ni lo esperamos pero surgió. Realmente sólo queríamos probar todo lo que habíamos entrenado ese año en un terreno distinto al de casa. Dos de las cuatro actividades que hicimos fueron premiadas con los conocidos galardones de los  Premios FEDME, antiguos Piolet de Oro. Sabíamos que aquello no era realmente un Piolet de Oro pero nos hacía ilusión. Éramos deportistas. Luego empiezas a relativizar y sabes que has tenido suerte, que solo caíste en el momento justo y en el lugar más idóneo. Y punto, valga la redundancia – me interesa remarcarlo- . Te das cuenta de que todo es política. De que al final todo se reduce a la imagen y a la apariencia. Coge la pasta y corre porque es lo único que debes hacer, no es un reconocimiento que te merezcas, no es representativo. Y luego cruzas a Francia y conoces a un tío que con 26 años a hecho en dos años las vías más difíciles de las Grandes Jorasses. ¡Mierda! Todo es puramente relativo. Cuánto me queda por aprender. ¿ Y solo hace un año que entre en el equipo?¿ Sólo ha pasado un año desde que decidí que me tenía que ir al norte?. Y rápido porque no soportaba lo que estaba ocurriendo a mi alrededor y encima tenía la sensación de vivir en África. No recordaba haber leído nada sobre algún alpinista del Congo o de Nueva Guinea. Allí tienen otras cosas de las que preocuparse antes que jugarse la vida inútilmente en una cascada.

 

-         ¿ Qué es lo que hago aquí? – pensaba.

 

 Y luego estaba la persistente influencia de los “gurús de la escalada del sur” que meatacaban   constantemente.

 

-En Andalucía no tiene sentido ser glaciarista ni si quiera ser alpinista. Hay que concentrarse en la cordillera penibética. En el Penibetismo “extremo”, en la roca. La limitación es geográfica y hay que aceptarlo. Puedes aceptar y consumar una especialidad en función de lo que tienes en casa pero no en función de lo que no tienes.

 

Y qué hacía yo ahora con todo lo que había leído, con todas las historias que me habían hecho enfermar.

 

Había llegado de Japón y corría el mes de Diciembre.  Hacía unos meses que me había ido a vivir a un piso con una antigua amiga. Estaba también mi amigo Gus, uno de esos amigos a los que quieres pero con los que no te imaginas conviviendo. Cuando más tranquilo debía estar se me ocurrió apuntarme a un plan que había perdido las riendas desde el principio. Me apetecía probar, arriesgar. A ver qué pasaba. Al poco tiempo el  piso ya era una auténtica bomba de relojería; oscuro, poco apropiado, conflictos personales y una extraña relación sentimental con una de las inquilinas que no comprendía. No hay más que adjuntar sobre lo que ocurrió allí. Las pruebas del Equipo Nacional de Alpinismo se acercaban y después de lo de Italia no había escalado mucho. Empecé a hacer esquí de travesía esperando que el hielo llegara para poder entrenar un poco. Estaba en un momento de inestabilidad total, había apartado totalmente los estudios y  estaba empezando a inquietarme porque no quería llegar a las pruebas desgatado. Temía haber perdido el norte.

 

Simón me había dicho que bajaría a Granada con unos clientes para hacer el Veleta o esquiar un poco. En aquél momento Simón Elías tenía un poco bastante de Director del Equipo Nacional de Alpinismo pero ya mucho de Simón. Me refiero al conflicto rol-estatus. Yo simplemente le advertí que el lugar donde vivía era un poco “punki” pero que mi casa era su casa como la suya lo había sido en otros momentos. El me respondió, ¿ qué significa un poco “punki”? Yo le contesté como a cualquier otro…

 

El día de año nuevo después de que Simón pasara por Granada me veía en mi antigua furgoneta viajando hacía Casa la Renia (La Rioja), donde había quedado para viajar con Simón hasta Pau donde vivía Martín, su hermano, un tipo también con un aire especial con el que ya había compartido algún vivac. Me acuerdo la primera vez que lo vi en el Molino acariciando sus plantas:

 

 - Mis amigos punkis dicen que debería de darle algún tipo de anfetamina para que crezcan más rápido y no me quiten tanto tiempo. En aquél momento me enamoré de ese humor tan característico. Me pareció un tipo interesante. Por supuesto estaba metido en el mismo juego que yo. La idea del equipo estaba en su mente desde hacía tiempo. Así que se puede decir que la empatía fue instantánea.

 

Es como si Simón hubiera bajado del norte para sacarme de todo aquel embrollo. Esquiando en Sierra Nevada mientras ascendíamos en el tele-silla, me quejaba de las carencias para entrenar sobre el terreno a las montañas del sol. Subete a Francia me dijo. Era así de sencillo. Lo dejé todo y me marché al norte. Lo necesitaba. Cuando regresé  a Granada era miembro del Equipo Nacional de Alpinismo. Conocí a gente y no había parado de escalar en casi un mes y medio. El piso al que volví era una auténtica locura que es mejor no describir aquí pero sabía que era algo pasajero y había solucionado mi problema. Eso ya no me afectaba. Ahora tenía una familia en el norte para hacer lo que más me gustaba. Pero el norte de África me seguía gustando, me tenía enamorado.

La librería de los Alpes

Me había detenido unos cientos de veces  delante de esas vitrinas, la primera vez me llamó la atención el letrero que se sostenía misteriosamente sobre una putrefacta viga de         madera, carcomida por la humedad, el frío y el tiempo:  “Librairie des Alps”. Libros descatalogados anunciaba en un cartel. Pasó mucho tiempo hasta que entré por primera vez en aquel establecimiento pero siempre que pasaba por allí me fijaba en el señor mayor con barba postrado frente a su mesa inundada de papeles. Siempre estaba rodeado de colegas que parecían tertuliar con devoción sobre un altillo que daba paso a una especie de almacén.

 

Quería que la primera vez que entrará allí fuera con tiempo y así poder hurgar con la tranquilidad necesaria. Cuando abrí la puerta empujando un poco con la muleta, el anciano con barba de media tarde y chaqueta de cuero disculpó a sus colegas y se levantó a recibirme. La estancia desprendía ese aroma que desprenden los lugares antiguos, el aroma amargo de la pasta agrietada, a libro de páginas amarillentas y desgastadas. Le dije que no buscaba nada en concreto, que sólo quería ojear. Le mentí porque estaba deseando encontrar todos esos libros que no han sido traducidos, que han marcado hito en la historia de la cultura del alpinismo y a los que no imaginaba tener acceso. Todos esos sentimientos, aventura, información que se ha mantenido en su lengua oriunda. Le dije que por el momento sólo quería otear los libros descatalogados que anunciaban a la entrada y, seguidamente le pregunté que si tenía algún libro de Lionel Terray. Desde que leí Los conquistadores de lo inútil, uno de los grandes clásicos de la literatura de montaña convertidos por el mercado en un libro de moda y de culto.El anciano me sacó un libro de un estante alejado de aquellos que estaban en  liquidación y mientras me decía con tono de advertencia que allí estaban los libros caros, me mostró un libro antiguo conservado en el interior de una funda de plástico. Era un ejemplar de Los Conquistadores de lo Inútil firmado por el mismo Terray.

 

No podía centrarme en ningún libro en concreto porque del título de uno mi vista cedía al título del otro, parecían sonarme todos y de un estante pasaba al otro. El librero me dejo a solas en mi abstracción y tras unos minutos, decidí centrarme en los libros apilados sobre cajas que vendían a buen precio, por si acaso alguna joya  había pasado desapercibida para acabar mezclándose con el olor del cartón. Aquella librería parecía llevar abierta desde la época de Herzog. Tenía todo el aspecto de negocio familiar.  El anciano continuó conversando con sus colegas que parecían o al menos aparentaban discutir sobre algo ciertamente interesante, sobre la conciencia ordinaria quizás, no sé porque la verdad que el tipo se las daba algo de listillo. Por otro lado fumaban sin complejo, cuando en Francia resulta casi inconcebible que la gente fume en establecimientos públicos. Así que por otro lado aquél podía ser uno de los últimos reductos anarquistas de la Francia revolucionaria:

 

- Oui, oui… Il est socialiste… – decían…

 

Estuve un rato absorto en los libros y en parte de la conversación que mantenían con devoción, intentando comprender algo. Y en mi abstracción me llamó la atención un libro azul de carácter antiguo con la pasta agrietada, “Premier de Cordée”. Era el libro de Frison-Roche, el clásico por antonomasia de la literatura de montaña, también el más vendido. Era la segunda edición de este libro, terminado de imprimir en 1942. Famosa novela  que fue publicada en castellano en una sóla y única edición, publicada por la Editorial Juventud y de la cual no existen, hoy en día, más ejemplares publicados. De este libro se han vendido desde su publicación en 1941, alrededor de un millón de ejemplares. Paradigma de la novela de montaña y allí estaba, descatalogado. Lo cogí mirando a los lados casi como si de un robo se tratase, como si alguien me lo fuera a arrebatar de las manos. No podía creer que estuviera allí. Iba buscando libros que por no haber sido traducidos me resultaban seductores, podía aprender francés y al mismo tiempo ampliar el campo de conocimiento. La literatura de montaña en Francia tiene una trayectoria mucho más prolífica  que en el resto de los países sobre todo por su tradición, además este género nació aquí, justo detrás del contrafuerte del Belladone con los hermanos Deluc y Saussure, de manera que la producción en este país es mucho más apabullante que la de cualquier otro. Ni que decir tiene que no es la capacidad intelectual la que ha determinado esta notable diferencia sino la situación geográfica que como sabemos es privilegiada. El hombre valoraba la firma de Terray sobre un Libro de los Conquistadores de lo Inútil pero se le había escapado una novela mítica que produjo un antes y un después en la forma de contar historias sobre montañas y también en la forma de entender el alpinismo clásico. No sé cuanto tiempo estuve pasando libros de un lado a otro como si de cromos se tratasen. Apilé algunos cuantos para luego elegir algunos de entre los que me parecieron interesantes. El librero que empezaba a incordiarme me dijo que contara los libros que cada uno costaba tres euros y algunos incluso cinco. El resto no descatalogado evidentemente se multiplicaba exponencialmente.  

 

-                          Se contar señor, – le dije – y en francés se contar hasta el “cuatro veces veinte” así que todavía tengo margen de presupuesto me parece.

 

Quería hacerle un regalo a algunos amigos, así que empecé a elegir el más adecuado por lo que me inspiraba el título del libro y la persona a la que iba dirigido. Para Martín cogí un libro de Paul Vincent, un guía de Chamonix de la edad dorada de los Alpes que escribió un libro sobre las diez reglas del alpinismo y cómo construir tu propio chalet en diez pasos. En aquella época estaba de moda entre los alpinistas del momento aquello de construirte tu propia casa y me pareció apropiado para un tipo que a parte de ser un gran alpinista es de oficio, carpintero. Una cualidad nada común en los tiempos que corren. Para Germán encontré el Montañés en el Exilio anónimo de la editorial Arnaud, muy famosa en Francia y de total compromiso con la literatura de montaña. Para Christian un libro sobre Ordesa del francés Lucien Briet, Bellezas del Alto Aragón, otro clásico cuyo original se conserva en el museo de los Pirineos de Lourdes. No encontraba nada para Simón, pero cuando ví el de Frison – Roche, no pude evitar pensar en él y al mismo tiempo dije: – mierda. Sabía que era un libro muy conocido, un clásico y difícil de conseguir. Pero el argumento de la novela; el viaje inmediato de varios guías con el objetivo de rescatar a un compañero en el Himalaya y su carácter simbólico como novela “cisma” me hizo comprender que era más apropiado que acabara en las manos de alguien que supiera valorarlo, era un libro de coleccionista y yo ya encontraría otro ejemplar cuando pudiera apreciarlo lo suficiente. Ahora estoy a la búsqueda de el libro David Harris y su mezcla de droga, sexo y montaña, un conjunto explosivo y altamente sugerente para la mente atrofiada de los alpinistas, en  “Des prises sous la neige” que me quedaré para luego intercambiarlo por el de Frison-Roche y por el de Paul Vincent…

 

 

Y II: Un toque de gracia. Pero con picardía.

 

 

Me he dado cuenta de que lo único flexible es la realidad, el momento presente, como dijo Quevedo “ el tiempo ni vuelve ni tropieza”. Un día caminas y al otro no, porque yo si que puedo tropezar. Un día estás vivo y en menos de un minuto estas muerto y ya nada es. Andaba en ese bucle mental que no me dejaba vivir el momento, lo pasado y lo futuro, lo futuro y lo pasado. Y es aquí cuando la realidad flexible, se torna.

 

 Cojo la bici, muy temprano por la mañana antes de irme a esquiar. Llevaba una semana reorganizándome y readaptándome a mi nuevo presente, a mi nuevo futuro, regocijándome en mi soledad de la que no dejo de aprender. La ciudad estaba nevada desde hacía unas semanas. Me había acostumbrado a ese paisaje y a sortear los obstáculos en bici, me creía invulnerable. Así me había dado cuenta de que era peligroso. Pero vivimos en la sociedad del miedo, del peligro. Qué no es peligroso hoy en día. Tome la curva y cruce un paso dice peatones, teniendo siempre cuidado de los tramos helados, como siempre lo hacía. La bici deslizó e intente equilibrarme en marcha pero me fue imposible. Entonces supe que caía. Todo fue rápido. Me vi desparramado en el suelo de repente. Levante la cabeza y vi la bici a lo lejos, a unos metros por detrás de mi. Una señora que venía de comprar el pan me preguntó que si estaba bien.

 

        Ça va, ça va.

 

 Me dijo que tuviera cuidado con la pintura de los pasos de cebra que se solían forma placas de hielo y que no se veían mucho. Curioso truco, muy útil para viajar en bici por una ciudad medio helada. Al subirme de nuevo a la bici, note un pequeño dolor en el pie derecho al que no presté demasiada importancia hasta que me vi en lo más alto de la estación de esquí de Les 2 Alps. Después de dos horas de viaje en autobús el pie se me había enfriado y ahora me hacía cojear. Estaba bastante lejos de mi casa, el pie no estaba hinchado así que no creí que debiera preocuparme. Tome el telecabina y fue al apretarme las botas cuando vi que el dolor se incrementaba. Descendiendo por las pistas noté que la pierna derecha no me funcionaba muy bien y que el dolor no remitía sino que aumentaba. Hasta aquí llego el punto de calma y empecé a preocuparme. Busqué la salida más rápida y después de descender sobre las pistas encontré un telecabina de vuelta a la estación. El dolor cada vez era más fuerte. Cuando llegué a la estación podía andar todavía pero después de quitarme las botas en aquel cochambroso telecabina que se tambaleaba de un lado a otro, el pie ya no me permitía ni siquiera un leve apoyo. La parada estaba como a un kilómetro de donde me dejó el telecabina. Ahora ya estaba del todo preocupado, había subido sólo y ahora casi no podía  andar. Estaba claro que algo no iba bien. Llevaba la mochila, las botas y los esquís.  Para colmo , la estación estaba atestada y había que reservar obligatoriamente un billete de vuelta si no quería quedarme allí tirado. Recordaba haber visto una enfermería cerca de la Gare Routier, así que decidí ir andando de nuevo. A cada paso que daba el dolor aumentaba, estuve a punto de quitarme las zapatillas y meter el pie en uno de esos montículos de nieve a ambos lado de la carretera pero preferí esperar y llegar a reservar el billete. Cuando tuve mi billete, le pregunté al monsieur de la taquilla si había alguna enfermería pública en la estación. Me dijo que no pero que justo al lado había una. Era la que recordaba pero estaba cerrada. Me desesperé, me volví a sentr débil y solo. Nadie me había ofrecido ayuda en todo el kilómetro que había recorrido hasta la enfermería, tampoco yo la demandé. Llamé a la persona que ocupa mis pensamientos durante el día y la noche, durante mis sueños, al despertar… Necesitaba consejo, me quité la zapatilla y el calcetín pero el pie no estaba hinchado, tampoco el tobillo. No tenía claro si entrar en la enfermería, aquí en Francia el panorama sanitario está bastante más cerca del norteamericano que del español. La llamada me dejó más tranquilo, sobre todo después de escucharla sonreír. Me dijo que había lesiones que no se manifestaban con hinchazón o derrame. El pie era el mismo, olía igual de mal que siempre, los cayos y el pie amorfo no habían cambiado de aspecto pero cada vez me dolía más y mientras más se me enfriaba menos podía apoyarlo. Así que decidí que debía actuar, sobre todo porque ya no podía caminar. No podía llegar solo a mi casa de aquella manera. Entre de nuevo a la Gare Routiere apoyado en un bastón de esquiar y prácticamente como si tuviera una pata de palo pero sin ella, dando botes a la pata coja. Ahora llamé más la atención del hombre de la taquilla, le pregunté que me indicará la ubicación de la enfermería más cercana y el señor muy amable y profesional me saco un mapa y con su bolígrafo me indicó mi ubicación exacta en aquél momento y a dónde tenía que ir.

 

-         Tu estas aquí y la enfermería está aquí.

 

La enfermería estaba justo donde estaba el telecabina en el que me había bajado. Más o menos a un kilómetro de distancia. No podía deshacer ese kilómetro otra vez. Opté por pedir ayuda y pedí al lánguido señor que llamara a alguien para que me llevara a la enfermería porque ya no podía andar. Llamó a un autobús gratuito que circulaba por el pueblo y que me llevó a la misma puerta de la enfermería. Cuando entre en la clínica con los esquís y las botas enganchadas al cuello y la cara enrojecida por el ahorcamiento, la enfermera me dijo: – Bonjour!.  Le dije que me dieran un poco de hielo, por favor, a poder ser con un chorreon de whisky.

 

Después de una sesión de radiografías que hicieron que mi pie se sintiera importante, el doctor me dijo que lo que tenía era una distensión de ligamentos y que debía de guardar reposo durante al menos quince días. Como el pie cada vez me dolía más, pensé que podía estar roto así que casi me alegre por la distensión. Cualquier lesión para un deportista es una soberana putada. Unas más que otras, siempre podía haber sido peor. Aunque nunca dejas de pensar: y si el sol hubiera asomado, tras las nubes esa mañana y hubiera derretido la placa de hielo. Nunca puedo evitar pensar en esas cosas. Ayer me angustiaba sobre algo, algo cuyo origen no entendía; el sentido de la vida, la soledad… Y, hoy un día más tarde solo pienso en lo que me gustaría estar como ayer, corriendo por el parque o entrenando en el rocódromo. Inevitablemente la realidad cambia en un instante y no nos queda más remedio que aceptarla si no queremos que nos consuma. Tengo claro que no dejaré de aceptar mi propia y cambiante realidad en todo momento ni de aceptar mis propios prejuicios sobre ella, tampoco de modificarlos. Lo que ha acaecido no lo cambia ni Dios y es irrevocable. No obstante la vida siempre futuriza y está abierta a cambios, aquellos a los que se presta la realidad flexible. Hace poco ley algo que me dejó más tranquilo sobre mis dudas; “ … hay que saber sentir dolor y empatía; y saber dudar por consiguiente con vigoroso y templado sentido crítico” no recuerdo su nombre pero sé que son palabras de otro matemático.

 

Ahora solo me queda pensar en mi temprana recuperación.

 

A veces siento que la vida te dá el toque cuando más lo necesitas, quizás sea mi forma de encajar todo lo que me pasa. Hace unas semanas me sentía desmotivado, me sentí un poco apático, preocupado ciertamente por asuntos banales. No me daba cuenta de todo lo que esta pasando a mi alrededor. Creo que estaba perdiendo el norte, todo me iba tan bien que ya no era capaz de valorarlo. A veces, si no tienes la capacidad para verlo tu mismo, necesitas un cambio. Algo que te haga replantearte la historia desde otra perspectiva. Ahora la perspectiva ha cambiado.

 

 

Y I: ADAPTACIÓN. READAPTACIÓN. LOCURA

 

 

 

Es miércoles por la mañana y hoy es día de descanso, tengo por delante unas semanas de espacio para estar tranquilo y todo empieza a recordarme a ella. Los franceses se han marchado después de tomar el desayuno. Estarán unas semanas cerca de Chambery o Chamonix con sus familias y compañeras. Después de un convencional “hasta la próxima”, cierro la puerta. Tengo ganas de descansar y de organizarme un poco, hace tiempo que no reparo en nada, hace tiempo que no paro, hace tiempo que no estoy solo conmigo mismo.

 

 

Siento que sufro de nuevo una especie de cronopatía acuciada por un espejismo donde el tiempo parece ser flexible, dónde su gestión es permisible.  En algún momento de su obra Quevedo apunto algo interesante “ el tiempo ni vuelve, ni tropieza “. Es por esto por lo que me parece vivir con una sensación de constante rapidez, de incuestionable prontitud por llegar a un lugar incierto cuyas coordenadas desconozco. Pero es qué acaso sé a dónde voy o de dónde vengo. El algebrista, poeta y pensador heterodoxo Omar Khayyam dijo en una ocasión:

 

“ Al período en el cual llegamos y

[partimos

ni se le ve el comienzo ni el fin se

[vislumbra

y realmente no hay nadie que pueda decirnos

[ de verdad

de dónde procedemos ni a dónde

[partiremos.”

 

            Hace ya unos días que ando con la mente acelerada en todas direcciones, no para, parece que anda a libre albedrío y no consigo averiguar  lo que me ocurre. Logro adaptarme a cada paso que doy, pero no me sirve de nada porque pronto cambio de medio. Hace poco, mientras extendía las sabanas sobre un catre desconocido, un escalofrío me recorrió  la nuca y me di cuenta de que hacia casi un año que no estaba en un mismo lugar durante más de veinte o treinta días sin interrupción. Hace poco también, sobre las escaleras que daban paso a la aeronave  que nos dejaría de nuevo en Madrid, un amigo, Simón con los ojos taciturnos y con el aspecto un tanto tísico me preguntó: - Tu también llevas una vida itinerante últimamente… ¿no? Y mirando a un horizonte lejano y distinto que de nuevo dejábamos atrás, le contesté vagamente que sí. Hasta ese momento no empecé a ser consciente de lo que me pasaba; ¿ cuál era la patología o circunstancia?, ¿ pero es que nos habíamos vuelto locos o habíamos encontrado la Verdad?.

 

A veces noto que el tiempo se me abalanza, a veces siento hasta miedo y me carcome por dentro la angustia. Vivo tan rápido que cuando quiero pararme no puedo. Cuál es el secreto de esa quimera de la felicidad. Por qué siempre que me ubico me ocurre algo semejante. No sé lo que me pasa. Sé que cuando desacelero y me aparto de ese ritmo frenético que tanto me engancha empiezo a plantearme muchas cosas, parece como si la mente estuviera absorta en el momento en el que viajas y que cuando te estableces, aunque sea durante unas pocas semanas, el poder del pensamiento te atacase con impertinencias sobre el sentido de la vida, sobre el sentido de lo que hacemos, sobre a dónde vamos o que será de nosotros. Cuando la mente se me asienta parece que se hace más consciente. Soy consciente en el movimiento pero cuando me establezco todo se ve distinto o todo se ve a menos velocidad y por tanto con ojos fríos y pausados. Para nosotros los alpinistas, la vida itinerante y el desarraigo llega a ser lo normal, el resto a veces parece ser un tránsito pero resulta que ese transito es también la vida real, a la que  no nos quedo más remedio que readaptarnos una y otra vez si no queremos caer en el exilio. Por muy alpinistas que seamos, por muy marginales que nos creamos empiezo a preguntarme si no perseguimos lo mismo que el resto de los deportistas que persiguen la plusmarca, no es verdad que al final estamos persiguiendo la exhibición pública para ser reconocidos, para salir de la marginalidad, no es verdad que perseguimos los récord, el tiempo. Estamos dentro del mismo saco. El alpinismo se ha convertido en un deporte convencional como el resto; ascender cada vez más rápido, permanecer para siempre en los anales. El alpinismo, ha perdido su carácter singular, minoritario y de excepcionalidad, y se han ido acercando progresivamente a las otras disciplinas deportivas más convencionales. Y aunque para algunas personas signifique algo transcendental que marca nuestras vidas, para muchos es una disciplina deportiva como cualquier otra, sujeta a las mismas leyes y reglas que cualquier otro deporte, un deporte de consumo que se ha rendido al sistema de las reglas del comercio y el mercado y en donde hay que sacar un rendimiento. Se acabó para nosotros el romanticismo de la Ilustración, el de Dulac o Rousseau que primaba por encima de todo el paisaje, las sensaciones desconocidas como el miedo, o el entusiasmo por la cima o el sufrimiento por el frío o la tormenta y la exaltación de la acción en sí misma, aún la montaña sigue siendo la unión entre el deseo y el sufrimiento pero ya todo es diferente.

Hace poco leyendo un cómic manga sobre alpinismo “ La cumbre de los Dioses” reparé en una frase que a día de hoy recuerda a un alpinismo anacrónico, anclado en el pasado, en el recuerdo de algo que estamos perdiendo; lo romático, el sentido del porque si es que debe haberlo. Merece la pena ante la entrega de uno mismo lograr un ideal cierto confuso.

 

“ El vuelo del águila es tan afilado y cortante que hasta duele. No hay nada más bello en la naturaleza que la perfecta figura de un ave surcando el espacio. En mi piel áspera el vello se eriza como escarpias, y el destello plomizo de las garras atraviesa mis púpilas. Se levanta una polvareda de nieve. Todo sucede en silencio. [...] Retomo mi marcha por el frío mar de ázucar. Despacio.

 

No había razón para aligerar el paso”.

 

 La Otra Cumbre

Por Jiro Taniguchi

 

 

Hay momentos en los que me gustaría detener el tiempo cómo lo describía Ann Marlowe en su libro: “Cómo detener el tiempo: Heroína de la A a la Z”. Eso no significa que pretenda meterme un chute cada vez que sufra esta conmoción sofocante. Todo el mundo persigue superar de alguna manera esa sensación de abismo que separa a las personas, esa sensación inherente de separatividad y soledad. Unos y otras lo hacen con el alcohol, la droga, el sexo otros con el consumismo. Otros como nosotros quizás lo hacemos con el alpinismo para sentirnos más vivos si pero ¿no es el resultado el mismo?, ¿es  distinto el fin perseguido?, cuál es el fin real que perseguimos si la sensación finalmente es momentánea, fugaz. Por eso tenemos que volver y quedamos atrapados, como  atrapa la droga. Cuál es el sentido entonces, si no cambia nada. Y si buscamos la plusmarca no es algo material y por tanto en vano. Es solo una adicción todo esto que se ha convertido en mi  mundo.

 

No hay otro lugar en el planeta en el que me sienta más seguro que en las montañas, no hay otro lugar en el que me sienta más puro, vivo y salvaje. Sin embargo, esa sensación, esa droga de la vida junto al riesgo que nos hace yonquis de lo extremo no deja de asustarme y de confundirme cada día. Porque caer en esa extrema dependencia me puede hacer cada día más débil, tanto como al yonqui frente a la heroína. Y el alpinismo puede ser potencialmente más mortífero que aquella. Quizás sea un instinto que me avisa cuando paro y aterrizo en la llanura e igual que el instinto que en la vertical me avisa de la caida y no deja de decirme: ¡ sobrevive…!, en la llanura no dejo de pensar en la necesidad de otro proyecto que no sean simplemente las montañas. Ansiado letargo. Cultivo de la paciencia, qué pasará. No quiero acabar como Jim Bridwell, tirado en la calle y con un problema de alcoholismo. Solo.

 

 

La calle estaba teñida de un blanco inmaculado, la oscuridad ya había cubierto por completo la ciudad. La gente estaba en su casa. No había motivos para estar fuera, el frío casi cortaba la cara. Sólo quería llegar a casa y meterme en la cama. Esperaba que aquellos pensamientos escaparan rápido de mi mente y dejaran de atormentarme. Quería que aquel fastuoso día terminase.

 

Aterrizaje forzoso.

 

            Antes de que mis ojos se abrieran estaba de nuevo en Grenoble, no regresé solo sino junto a la persona que lo había cambiado todo. Ahora todo tenía un matiz y un sentido distinto. Ya no hacía el camino solo sino acompañado y no siempre de una forma física. Luego cuando se fue, volví a quedarme solo. Pero eso es algo que ya sabía. Tenía que aprender a convivir con esa sensación, ahora que tenía a alguien la sensación de soledad era más aguda cuando ella me faltaba. Habíamos pasado unos días extraordinarios conociendo una ciudad que todavía no había descubierto. Ahora la ciudad entera me recordaba a ella, ahora mi mundo era su mundo. Una despedida más en la estación entre otras muchas, una estación que cambiaba en el tiempo y de un lugar físico a otro pero que siempre parecía ser la misma. Como si de algo seguro se tratase, acordamos vernos en Estambul, en la ciudad merecida del Atlas de Borges, la que fue Constantinopla. La única ciudad del mundo que alberga la cultura y el sabor de dos grandes continentes; a un lado del Bósforo Europa, al otro Asia. Volví la vista para no mirar atrás. Desde aquel instante solo pensaba en aquella ciudad maravillosa que desde ahora es símbolo de nuestro reencuentro en un futuro próximo. Pensaba en cómo sería el verla de nuevo en uno de esos cochambrosos aeropuertos o un algún lugar premeditado como el zoco o el downtown de la ciudad. Cogí el tranvía y me fui a dormir a casa. Cuando me desperté la luz inundaba la habitación filtrándose a través de las cortinas. Ya nadie había a mi lado. Era tarde, tenía que volver a preparar el petate, todavía medio hecho o quizás medio desecho. Cédric y Antoin llamaron a la puerta. La police! la police! gritaba Antoin con su humor característico. Nos marchábamos a una zona cercana a Italia. No sabía dónde. Y luego a la concentración de escalada en hielo que se celebraba en Briançons. Ahora retomaba de nuevo mi otro mundo; el de las gélidas montañas.

 

Nos habían dejado una casa en el valle de l’ Ubaye, cerca del valle de Mourin en donde íbamos a empezar de nuevo a escalar en hielo. La casa era gigantesca, de piedra tosca, con ventanas bajas, los muros parecían propios de un castillo. La nieve atascaba la puerta y hacía un frío que te estiraba el cutis. Montamos campamento en el salón que es donde estaba la caldera. El frío había llegado y el termómetro marcaba los -18ºC. Durante los dos siguientes días bebemos mucha sopa, comemos mucha pasta con aceite y atún y nos atiborramos de leer junto a la caldera que tanto nos gusta. El primer día escalamos dos cascadas de V grado como toma de contacto. Y el segundo, se levanta hostil, el mal tiempo entró rápido y puntual y la mañana amaneció poco amistosa. Cédric se levanta en cuanto suena el despertador y calienta el té. Antoin remolonea un poco y mientras desayunamos todos nos miramos como diciendo:

 

-         ¿ realmente está el día para escalar?.

 

 Parece que los franceses lo comprueban todo al pie de la cascada y sin decir palabra, nos montamos en el coche y nos adentramos de nuevo en el valle. El cartel del puerto anuncia que está cerrado pero continuamos y unos kilómetros más adelante el cielo se abre y el sol se abre paso entre las nubes. La pequeña ventana de buen tiempo nos deja escalar hasta después del medio día, lo necesario porque. Tenemos que hacerlo rápido pues por la tarde nos esperan en Briançons. Ese día escalamos el cigarro de Badieu WI 6 con algún paso de mixto. Una cascada preciosa que los franceses ascienden con un estilo impecable. Luego de acabar el barril de cerveza continuamos nuestro viaje hacia Argéntiere la Bessée. Allí conozco al resto del Equipo Nacional de Alpinismo francés. Simón y el resto del equipo junto con el femenino vienen de camino y tienen que atravesar todo el temporal de nieve que se acerca a la zona.

 

Esa noche comienza el Festival de Hielo de Briançons, todos los franceses me preguntan por Simón, por el equipo. Dónde están, dónde están.  Le digo a todo el mundo que están de camino aunque realmente se que es bastante difícil que lleguen esa noche. Me dicen que claro, llegan a la hora de los españoles… Qué mordaces son los franceses.  El ambiente, es el propio de los Alpes, mucha marca, mucho ego rebosante frente a posters de Petlz con el bolígrafo en la mano. Mucho gesto de a ver quién me mira. Sin embargo parte de los alpinistas se desmarcan de todo este baluarte de esnobismo y parecen permanecer al margen. Conozco  a Christophe Moulin y a Stéphane Benoist que presenta una proyección muy interesante sobre su última apertura a la norte del Nupste; Are you experienced? homenajeando al debut de Jimi Hendrix. Aunque no sé si es un paralelismo o una ironía. La actividad no representa precisamente un debut dentro de la prolífica carrera de estos dos alpinistas pero si que puede ser una provocación. La vía está abierta en un estilo impecable; dos alpinistas y dos sherpas, un estilo alpino de lo más purista. La última nominada al Piolet d´0r 2010.

 

Después de la proyección los franceses me dejan en la Gite que nos han reservado para la concentración. Como el coche no sube con toda la nieve acumulada, me dejan en la parte baja del pueblo y tengo que hacerme toda la carretera andando hasta llegar a la casa. Cuando llego a la Gite llamo a Simón para que me dé el parte del viaje, me dice que han estado a punto de matarse en un accidente pero que están bien. Me relajo, estoy cansado de abrir huella de un lado a otro con los franceses y la competición sobre plafón con piolets es algo que no me motiva demasiado. La competición nunca ha sido mi fuerte. Intento evadirme pero Simón me dice que compita, tú a dar la cara me dice que nosotros ya llegaremos. Cabr… Son las una de la mañana y tengo que estar a las siete  en el pueblo para presentarme a la competición. Resignado pongo el despertador y a las cuatro de la mañana cuando ya llevaba unas horas durmiendo, Simón abre la puerta de la habitación y me dice:

 

-         hola bicho! ya hemos llegado y hemos estado a punto de matarnos pero estamos bien. ¿A qué hora es la competición de hielo?

-         Tenemos que estar a las siete de la mañana en el pueblo.

 

La expresión en los ojos de Simón me hace entender que es mejor que desconecte el despertador y así lo hago.

 

El día siguiente es un día de descanso, durante la noche vamos a ver a Mathiu el organizador del evento que nos tiene mareados de un lado a otro. Estamos hartos de este tio que nos dice una cosa y luego otra y para colmo la competición resulta ser un espectáculo bochornoso de vigorésicos que saltan de un lado a otro con los esquís y otros que se desnudan mientras hacen tracciones de un brazo con un piolets en la mano y sacan la lengua mientras pretenden alcanzar un maniquí desnudo. Estos alpinistas de los Alpes se han vuelto locos. En qué se ha convertido la élite, parecen payasos acróbatas. Es el colmo. Lo mejor de la noche; el vino caliente y la chucrut que se cocina en sartenes gigantes para todo el mundo. En este momento decidimos que esto no nos conviene nada y dadas las condiciones de las cascadas y el pronóstico de la meteo, lo mejor que podemos hacer es irnos a esquiar a La Grave, una de las estaciones más salvajes de los Alpes. Escalamos un día más, pero después de aprovechar los dos días de buen tiempo, la ventana vuelve a cerrarse y el nuevo temporal llega a la noche. El parte anuncia unos veinte centímetros, los franceses hartos de escalar los muy cabrones deciden que es hora de irse, es posible que el puerto quede cerrado al día siguiente y tengamos que dar un serio rodeo por Gap para llegar a Grenoble. No merece la pena quedarse con mal tiempo y yo aunque no he escalado mucho prefiero no arriesgar y volver a Grenoble para empezar a organizarme de nuevo con los estudios y en general, replantear un poco todo. Esa misma noche nos echamos de nuevo a la carretera y atravesamos toda la tormenta que viene del norte. Las ráfagas de viento nos obligan a parar el coche por completo en alguna ocasión y por un momento tememos poder pasar la noche en la cuneta. Pero con suerte conseguimos sortear la tormenta y a las una de la madrugada llegamos a Grenoble. Los franceses se quedan a dormir en mi casa. Es hora de descansar.

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