La librería de los Alpes

Me había detenido unos cientos de veces  delante de esas vitrinas, la primera vez me llamó la atención el letrero que se sostenía misteriosamente sobre una putrefacta viga de         madera, carcomida por la humedad, el frío y el tiempo:  “Librairie des Alps”. Libros descatalogados anunciaba en un cartel. Pasó mucho tiempo hasta que entré por primera vez en aquel establecimiento pero siempre que pasaba por allí me fijaba en el señor mayor con barba postrado frente a su mesa inundada de papeles. Siempre estaba rodeado de colegas que parecían tertuliar con devoción sobre un altillo que daba paso a una especie de almacén.

 

Quería que la primera vez que entrará allí fuera con tiempo y así poder hurgar con la tranquilidad necesaria. Cuando abrí la puerta empujando un poco con la muleta, el anciano con barba de media tarde y chaqueta de cuero disculpó a sus colegas y se levantó a recibirme. La estancia desprendía ese aroma que desprenden los lugares antiguos, el aroma amargo de la pasta agrietada, a libro de páginas amarillentas y desgastadas. Le dije que no buscaba nada en concreto, que sólo quería ojear. Le mentí porque estaba deseando encontrar todos esos libros que no han sido traducidos, que han marcado hito en la historia de la cultura del alpinismo y a los que no imaginaba tener acceso. Todos esos sentimientos, aventura, información que se ha mantenido en su lengua oriunda. Le dije que por el momento sólo quería otear los libros descatalogados que anunciaban a la entrada y, seguidamente le pregunté que si tenía algún libro de Lionel Terray. Desde que leí Los conquistadores de lo inútil, uno de los grandes clásicos de la literatura de montaña convertidos por el mercado en un libro de moda y de culto.El anciano me sacó un libro de un estante alejado de aquellos que estaban en  liquidación y mientras me decía con tono de advertencia que allí estaban los libros caros, me mostró un libro antiguo conservado en el interior de una funda de plástico. Era un ejemplar de Los Conquistadores de lo Inútil firmado por el mismo Terray.

 

No podía centrarme en ningún libro en concreto porque del título de uno mi vista cedía al título del otro, parecían sonarme todos y de un estante pasaba al otro. El librero me dejo a solas en mi abstracción y tras unos minutos, decidí centrarme en los libros apilados sobre cajas que vendían a buen precio, por si acaso alguna joya  había pasado desapercibida para acabar mezclándose con el olor del cartón. Aquella librería parecía llevar abierta desde la época de Herzog. Tenía todo el aspecto de negocio familiar.  El anciano continuó conversando con sus colegas que parecían o al menos aparentaban discutir sobre algo ciertamente interesante, sobre la conciencia ordinaria quizás, no sé porque la verdad que el tipo se las daba algo de listillo. Por otro lado fumaban sin complejo, cuando en Francia resulta casi inconcebible que la gente fume en establecimientos públicos. Así que por otro lado aquél podía ser uno de los últimos reductos anarquistas de la Francia revolucionaria:

 

- Oui, oui… Il est socialiste… - decían…

 

Estuve un rato absorto en los libros y en parte de la conversación que mantenían con devoción, intentando comprender algo. Y en mi abstracción me llamó la atención un libro azul de carácter antiguo con la pasta agrietada, “Premier de Cordée”. Era el libro de Frison-Roche, el clásico por antonomasia de la literatura de montaña, también el más vendido. Era la segunda edición de este libro, terminado de imprimir en 1942. Famosa novela  que fue publicada en castellano en una sóla y única edición, publicada por la Editorial Juventud y de la cual no existen, hoy en día, más ejemplares publicados. De este libro se han vendido desde su publicación en 1941, alrededor de un millón de ejemplares. Paradigma de la novela de montaña y allí estaba, descatalogado. Lo cogí mirando a los lados casi como si de un robo se tratase, como si alguien me lo fuera a arrebatar de las manos. No podía creer que estuviera allí. Iba buscando libros que por no haber sido traducidos me resultaban seductores, podía aprender francés y al mismo tiempo ampliar el campo de conocimiento. La literatura de montaña en Francia tiene una trayectoria mucho más prolífica  que en el resto de los países sobre todo por su tradición, además este género nació aquí, justo detrás del contrafuerte del Belladone con los hermanos Deluc y Saussure, de manera que la producción en este país es mucho más apabullante que la de cualquier otro. Ni que decir tiene que no es la capacidad intelectual la que ha determinado esta notable diferencia sino la situación geográfica que como sabemos es privilegiada. El hombre valoraba la firma de Terray sobre un Libro de los Conquistadores de lo Inútil pero se le había escapado una novela mítica que produjo un antes y un después en la forma de contar historias sobre montañas y también en la forma de entender el alpinismo clásico. No sé cuanto tiempo estuve pasando libros de un lado a otro como si de cromos se tratasen. Apilé algunos cuantos para luego elegir algunos de entre los que me parecieron interesantes. El librero que empezaba a incordiarme me dijo que contara los libros que cada uno costaba tres euros y algunos incluso cinco. El resto no descatalogado evidentemente se multiplicaba exponencialmente.  

 

-                          Se contar señor, - le dije – y en francés se contar hasta el “cuatro veces veinte” así que todavía tengo margen de presupuesto me parece.

 

Quería hacerle un regalo a algunos amigos, así que empecé a elegir el más adecuado por lo que me inspiraba el título del libro y la persona a la que iba dirigido. Para Martín cogí un libro de Paul Vincent, un guía de Chamonix de la edad dorada de los Alpes que escribió un libro sobre las diez reglas del alpinismo y cómo construir tu propio chalet en diez pasos. En aquella época estaba de moda entre los alpinistas del momento aquello de construirte tu propia casa y me pareció apropiado para un tipo que a parte de ser un gran alpinista es de oficio, carpintero. Una cualidad nada común en los tiempos que corren. Para Germán encontré el Montañés en el Exilio anónimo de la editorial Arnaud, muy famosa en Francia y de total compromiso con la literatura de montaña. Para Christian un libro sobre Ordesa del francés Lucien Briet, Bellezas del Alto Aragón, otro clásico cuyo original se conserva en el museo de los Pirineos de Lourdes. No encontraba nada para Simón, pero cuando ví el de Frison – Roche, no pude evitar pensar en él y al mismo tiempo dije: - mierda. Sabía que era un libro muy conocido, un clásico y difícil de conseguir. Pero el argumento de la novela; el viaje inmediato de varios guías con el objetivo de rescatar a un compañero en el Himalaya y su carácter simbólico como novela “cisma” me hizo comprender que era más apropiado que acabara en las manos de alguien que supiera valorarlo, era un libro de coleccionista y yo ya encontraría otro ejemplar cuando pudiera apreciarlo lo suficiente. Ahora estoy a la búsqueda de el libro David Harris y su mezcla de droga, sexo y montaña, un conjunto explosivo y altamente sugerente para la mente atrofiada de los alpinistas, en  “Des prises sous la neige” que me quedaré para luego intercambiarlo por el de Frison-Roche y por el de Paul Vincent…

 

 

Y II: Un toque de gracia. Pero con picardía.

 

 

Me he dado cuenta de que lo único flexible es la realidad, el momento presente, como dijo Quevedo “ el tiempo ni vuelve ni tropieza”. Un día caminas y al otro no, porque yo si que puedo tropezar. Un día estás vivo y en menos de un minuto estas muerto y ya nada es. Andaba en ese bucle mental que no me dejaba vivir el momento, lo pasado y lo futuro, lo futuro y lo pasado. Y es aquí cuando la realidad flexible, se torna.

 

 Cojo la bici, muy temprano por la mañana antes de irme a esquiar. Llevaba una semana reorganizándome y readaptándome a mi nuevo presente, a mi nuevo futuro, regocijándome en mi soledad de la que no dejo de aprender. La ciudad estaba nevada desde hacía unas semanas. Me había acostumbrado a ese paisaje y a sortear los obstáculos en bici, me creía invulnerable. Así me había dado cuenta de que era peligroso. Pero vivimos en la sociedad del miedo, del peligro. Qué no es peligroso hoy en día. Tome la curva y cruce un paso dice peatones, teniendo siempre cuidado de los tramos helados, como siempre lo hacía. La bici deslizó e intente equilibrarme en marcha pero me fue imposible. Entonces supe que caía. Todo fue rápido. Me vi desparramado en el suelo de repente. Levante la cabeza y vi la bici a lo lejos, a unos metros por detrás de mi. Una señora que venía de comprar el pan me preguntó que si estaba bien.

 

        Ça va, ça va.

 

 Me dijo que tuviera cuidado con la pintura de los pasos de cebra que se solían forma placas de hielo y que no se veían mucho. Curioso truco, muy útil para viajar en bici por una ciudad medio helada. Al subirme de nuevo a la bici, note un pequeño dolor en el pie derecho al que no presté demasiada importancia hasta que me vi en lo más alto de la estación de esquí de Les 2 Alps. Después de dos horas de viaje en autobús el pie se me había enfriado y ahora me hacía cojear. Estaba bastante lejos de mi casa, el pie no estaba hinchado así que no creí que debiera preocuparme. Tome el telecabina y fue al apretarme las botas cuando vi que el dolor se incrementaba. Descendiendo por las pistas noté que la pierna derecha no me funcionaba muy bien y que el dolor no remitía sino que aumentaba. Hasta aquí llego el punto de calma y empecé a preocuparme. Busqué la salida más rápida y después de descender sobre las pistas encontré un telecabina de vuelta a la estación. El dolor cada vez era más fuerte. Cuando llegué a la estación podía andar todavía pero después de quitarme las botas en aquel cochambroso telecabina que se tambaleaba de un lado a otro, el pie ya no me permitía ni siquiera un leve apoyo. La parada estaba como a un kilómetro de donde me dejó el telecabina. Ahora ya estaba del todo preocupado, había subido sólo y ahora casi no podía  andar. Estaba claro que algo no iba bien. Llevaba la mochila, las botas y los esquís.  Para colmo , la estación estaba atestada y había que reservar obligatoriamente un billete de vuelta si no quería quedarme allí tirado. Recordaba haber visto una enfermería cerca de la Gare Routier, así que decidí ir andando de nuevo. A cada paso que daba el dolor aumentaba, estuve a punto de quitarme las zapatillas y meter el pie en uno de esos montículos de nieve a ambos lado de la carretera pero preferí esperar y llegar a reservar el billete. Cuando tuve mi billete, le pregunté al monsieur de la taquilla si había alguna enfermería pública en la estación. Me dijo que no pero que justo al lado había una. Era la que recordaba pero estaba cerrada. Me desesperé, me volví a sentr débil y solo. Nadie me había ofrecido ayuda en todo el kilómetro que había recorrido hasta la enfermería, tampoco yo la demandé. Llamé a la persona que ocupa mis pensamientos durante el día y la noche, durante mis sueños, al despertar… Necesitaba consejo, me quité la zapatilla y el calcetín pero el pie no estaba hinchado, tampoco el tobillo. No tenía claro si entrar en la enfermería, aquí en Francia el panorama sanitario está bastante más cerca del norteamericano que del español. La llamada me dejó más tranquilo, sobre todo después de escucharla sonreír. Me dijo que había lesiones que no se manifestaban con hinchazón o derrame. El pie era el mismo, olía igual de mal que siempre, los cayos y el pie amorfo no habían cambiado de aspecto pero cada vez me dolía más y mientras más se me enfriaba menos podía apoyarlo. Así que decidí que debía actuar, sobre todo porque ya no podía caminar. No podía llegar solo a mi casa de aquella manera. Entre de nuevo a la Gare Routiere apoyado en un bastón de esquiar y prácticamente como si tuviera una pata de palo pero sin ella, dando botes a la pata coja. Ahora llamé más la atención del hombre de la taquilla, le pregunté que me indicará la ubicación de la enfermería más cercana y el señor muy amable y profesional me saco un mapa y con su bolígrafo me indicó mi ubicación exacta en aquél momento y a dónde tenía que ir.

 

-         Tu estas aquí y la enfermería está aquí.

 

La enfermería estaba justo donde estaba el telecabina en el que me había bajado. Más o menos a un kilómetro de distancia. No podía deshacer ese kilómetro otra vez. Opté por pedir ayuda y pedí al lánguido señor que llamara a alguien para que me llevara a la enfermería porque ya no podía andar. Llamó a un autobús gratuito que circulaba por el pueblo y que me llevó a la misma puerta de la enfermería. Cuando entre en la clínica con los esquís y las botas enganchadas al cuello y la cara enrojecida por el ahorcamiento, la enfermera me dijo: - Bonjour!.  Le dije que me dieran un poco de hielo, por favor, a poder ser con un chorreon de whisky.

 

Después de una sesión de radiografías que hicieron que mi pie se sintiera importante, el doctor me dijo que lo que tenía era una distensión de ligamentos y que debía de guardar reposo durante al menos quince días. Como el pie cada vez me dolía más, pensé que podía estar roto así que casi me alegre por la distensión. Cualquier lesión para un deportista es una soberana putada. Unas más que otras, siempre podía haber sido peor. Aunque nunca dejas de pensar: y si el sol hubiera asomado, tras las nubes esa mañana y hubiera derretido la placa de hielo. Nunca puedo evitar pensar en esas cosas. Ayer me angustiaba sobre algo, algo cuyo origen no entendía; el sentido de la vida, la soledad… Y, hoy un día más tarde solo pienso en lo que me gustaría estar como ayer, corriendo por el parque o entrenando en el rocódromo. Inevitablemente la realidad cambia en un instante y no nos queda más remedio que aceptarla si no queremos que nos consuma. Tengo claro que no dejaré de aceptar mi propia y cambiante realidad en todo momento ni de aceptar mis propios prejuicios sobre ella, tampoco de modificarlos. Lo que ha acaecido no lo cambia ni Dios y es irrevocable. No obstante la vida siempre futuriza y está abierta a cambios, aquellos a los que se presta la realidad flexible. Hace poco ley algo que me dejó más tranquilo sobre mis dudas; “ … hay que saber sentir dolor y empatía; y saber dudar por consiguiente con vigoroso y templado sentido crítico” no recuerdo su nombre pero sé que son palabras de otro matemático.

 

Ahora solo me queda pensar en mi temprana recuperación.

 

A veces siento que la vida te dá el toque cuando más lo necesitas, quizás sea mi forma de encajar todo lo que me pasa. Hace unas semanas me sentía desmotivado, me sentí un poco apático, preocupado ciertamente por asuntos banales. No me daba cuenta de todo lo que esta pasando a mi alrededor. Creo que estaba perdiendo el norte, todo me iba tan bien que ya no era capaz de valorarlo. A veces, si no tienes la capacidad para verlo tu mismo, necesitas un cambio. Algo que te haga replantearte la historia desde otra perspectiva. Ahora la perspectiva ha cambiado.

 

 

Y I: ADAPTACIÓN. READAPTACIÓN. LOCURA

 

 

 

Es miércoles por la mañana y hoy es día de descanso, tengo por delante unas semanas de espacio para estar tranquilo y todo empieza a recordarme a ella. Los franceses se han marchado después de tomar el desayuno. Estarán unas semanas cerca de Chambery o Chamonix con sus familias y compañeras. Después de un convencional “hasta la próxima”, cierro la puerta. Tengo ganas de descansar y de organizarme un poco, hace tiempo que no reparo en nada, hace tiempo que no paro, hace tiempo que no estoy solo conmigo mismo.

 

 

Siento que sufro de nuevo una especie de cronopatía acuciada por un espejismo donde el tiempo parece ser flexible, dónde su gestión es permisible.  En algún momento de su obra Quevedo apunto algo interesante “ el tiempo ni vuelve, ni tropieza “. Es por esto por lo que me parece vivir con una sensación de constante rapidez, de incuestionable prontitud por llegar a un lugar incierto cuyas coordenadas desconozco. Pero es qué acaso sé a dónde voy o de dónde vengo. El algebrista, poeta y pensador heterodoxo Omar Khayyam dijo en una ocasión:

 

“ Al período en el cual llegamos y

[partimos

ni se le ve el comienzo ni el fin se

[vislumbra

y realmente no hay nadie que pueda decirnos

[ de verdad

de dónde procedemos ni a dónde

[partiremos.”

 

            Hace ya unos días que ando con la mente acelerada en todas direcciones, no para, parece que anda a libre albedrío y no consigo averiguar  lo que me ocurre. Logro adaptarme a cada paso que doy, pero no me sirve de nada porque pronto cambio de medio. Hace poco, mientras extendía las sabanas sobre un catre desconocido, un escalofrío me recorrió  la nuca y me di cuenta de que hacia casi un año que no estaba en un mismo lugar durante más de veinte o treinta días sin interrupción. Hace poco también, sobre las escaleras que daban paso a la aeronave  que nos dejaría de nuevo en Madrid, un amigo, Simón con los ojos taciturnos y con el aspecto un tanto tísico me preguntó: - Tu también llevas una vida itinerante últimamente… ¿no? Y mirando a un horizonte lejano y distinto que de nuevo dejábamos atrás, le contesté vagamente que sí. Hasta ese momento no empecé a ser consciente de lo que me pasaba; ¿ cuál era la patología o circunstancia?, ¿ pero es que nos habíamos vuelto locos o habíamos encontrado la Verdad?.

 

A veces noto que el tiempo se me abalanza, a veces siento hasta miedo y me carcome por dentro la angustia. Vivo tan rápido que cuando quiero pararme no puedo. Cuál es el secreto de esa quimera de la felicidad. Por qué siempre que me ubico me ocurre algo semejante. No sé lo que me pasa. Sé que cuando desacelero y me aparto de ese ritmo frenético que tanto me engancha empiezo a plantearme muchas cosas, parece como si la mente estuviera absorta en el momento en el que viajas y que cuando te estableces, aunque sea durante unas pocas semanas, el poder del pensamiento te atacase con impertinencias sobre el sentido de la vida, sobre el sentido de lo que hacemos, sobre a dónde vamos o que será de nosotros. Cuando la mente se me asienta parece que se hace más consciente. Soy consciente en el movimiento pero cuando me establezco todo se ve distinto o todo se ve a menos velocidad y por tanto con ojos fríos y pausados. Para nosotros los alpinistas, la vida itinerante y el desarraigo llega a ser lo normal, el resto a veces parece ser un tránsito pero resulta que ese transito es también la vida real, a la que  no nos quedo más remedio que readaptarnos una y otra vez si no queremos caer en el exilio. Por muy alpinistas que seamos, por muy marginales que nos creamos empiezo a preguntarme si no perseguimos lo mismo que el resto de los deportistas que persiguen la plusmarca, no es verdad que al final estamos persiguiendo la exhibición pública para ser reconocidos, para salir de la marginalidad, no es verdad que perseguimos los récord, el tiempo. Estamos dentro del mismo saco. El alpinismo se ha convertido en un deporte convencional como el resto; ascender cada vez más rápido, permanecer para siempre en los anales. El alpinismo, ha perdido su carácter singular, minoritario y de excepcionalidad, y se han ido acercando progresivamente a las otras disciplinas deportivas más convencionales. Y aunque para algunas personas signifique algo transcendental que marca nuestras vidas, para muchos es una disciplina deportiva como cualquier otra, sujeta a las mismas leyes y reglas que cualquier otro deporte, un deporte de consumo que se ha rendido al sistema de las reglas del comercio y el mercado y en donde hay que sacar un rendimiento. Se acabó para nosotros el romanticismo de la Ilustración, el de Dulac o Rousseau que primaba por encima de todo el paisaje, las sensaciones desconocidas como el miedo, o el entusiasmo por la cima o el sufrimiento por el frío o la tormenta y la exaltación de la acción en sí misma, aún la montaña sigue siendo la unión entre el deseo y el sufrimiento pero ya todo es diferente.

Hace poco leyendo un cómic manga sobre alpinismo “ La cumbre de los Dioses” reparé en una frase que a día de hoy recuerda a un alpinismo anacrónico, anclado en el pasado, en el recuerdo de algo que estamos perdiendo; lo romático, el sentido del porque si es que debe haberlo. Merece la pena ante la entrega de uno mismo lograr un ideal cierto confuso.

 

“ El vuelo del águila es tan afilado y cortante que hasta duele. No hay nada más bello en la naturaleza que la perfecta figura de un ave surcando el espacio. En mi piel áspera el vello se eriza como escarpias, y el destello plomizo de las garras atraviesa mis púpilas. Se levanta una polvareda de nieve. Todo sucede en silencio. [...] Retomo mi marcha por el frío mar de ázucar. Despacio.

 

No había razón para aligerar el paso”.

 

 La Otra Cumbre

Por Jiro Taniguchi

 

 

Hay momentos en los que me gustaría detener el tiempo cómo lo describía Ann Marlowe en su libro: “Cómo detener el tiempo: Heroína de la A a la Z”. Eso no significa que pretenda meterme un chute cada vez que sufra esta conmoción sofocante. Todo el mundo persigue superar de alguna manera esa sensación de abismo que separa a las personas, esa sensación inherente de separatividad y soledad. Unos y otras lo hacen con el alcohol, la droga, el sexo otros con el consumismo. Otros como nosotros quizás lo hacemos con el alpinismo para sentirnos más vivos si pero ¿no es el resultado el mismo?, ¿es  distinto el fin perseguido?, cuál es el fin real que perseguimos si la sensación finalmente es momentánea, fugaz. Por eso tenemos que volver y quedamos atrapados, como  atrapa la droga. Cuál es el sentido entonces, si no cambia nada. Y si buscamos la plusmarca no es algo material y por tanto en vano. Es solo una adicción todo esto que se ha convertido en mi  mundo.

 

No hay otro lugar en el planeta en el que me sienta más seguro que en las montañas, no hay otro lugar en el que me sienta más puro, vivo y salvaje. Sin embargo, esa sensación, esa droga de la vida junto al riesgo que nos hace yonquis de lo extremo no deja de asustarme y de confundirme cada día. Porque caer en esa extrema dependencia me puede hacer cada día más débil, tanto como al yonqui frente a la heroína. Y el alpinismo puede ser potencialmente más mortífero que aquella. Quizás sea un instinto que me avisa cuando paro y aterrizo en la llanura e igual que el instinto que en la vertical me avisa de la caida y no deja de decirme: ¡ sobrevive…!, en la llanura no dejo de pensar en la necesidad de otro proyecto que no sean simplemente las montañas. Ansiado letargo. Cultivo de la paciencia, qué pasará. No quiero acabar como Jim Bridwell, tirado en la calle y con un problema de alcoholismo. Solo.

 

 

La calle estaba teñida de un blanco inmaculado, la oscuridad ya había cubierto por completo la ciudad. La gente estaba en su casa. No había motivos para estar fuera, el frío casi cortaba la cara. Sólo quería llegar a casa y meterme en la cama. Esperaba que aquellos pensamientos escaparan rápido de mi mente y dejaran de atormentarme. Quería que aquel fastuoso día terminase.

 

Aterrizaje forzoso.

 

            Antes de que mis ojos se abrieran estaba de nuevo en Grenoble, no regresé solo sino junto a la persona que lo había cambiado todo. Ahora todo tenía un matiz y un sentido distinto. Ya no hacía el camino solo sino acompañado y no siempre de una forma física. Luego cuando se fue, volví a quedarme solo. Pero eso es algo que ya sabía. Tenía que aprender a convivir con esa sensación, ahora que tenía a alguien la sensación de soledad era más aguda cuando ella me faltaba. Habíamos pasado unos días extraordinarios conociendo una ciudad que todavía no había descubierto. Ahora la ciudad entera me recordaba a ella, ahora mi mundo era su mundo. Una despedida más en la estación entre otras muchas, una estación que cambiaba en el tiempo y de un lugar físico a otro pero que siempre parecía ser la misma. Como si de algo seguro se tratase, acordamos vernos en Estambul, en la ciudad merecida del Atlas de Borges, la que fue Constantinopla. La única ciudad del mundo que alberga la cultura y el sabor de dos grandes continentes; a un lado del Bósforo Europa, al otro Asia. Volví la vista para no mirar atrás. Desde aquel instante solo pensaba en aquella ciudad maravillosa que desde ahora es símbolo de nuestro reencuentro en un futuro próximo. Pensaba en cómo sería el verla de nuevo en uno de esos cochambrosos aeropuertos o un algún lugar premeditado como el zoco o el downtown de la ciudad. Cogí el tranvía y me fui a dormir a casa. Cuando me desperté la luz inundaba la habitación filtrándose a través de las cortinas. Ya nadie había a mi lado. Era tarde, tenía que volver a preparar el petate, todavía medio hecho o quizás medio desecho. Cédric y Antoin llamaron a la puerta. La police! la police! gritaba Antoin con su humor característico. Nos marchábamos a una zona cercana a Italia. No sabía dónde. Y luego a la concentración de escalada en hielo que se celebraba en Briançons. Ahora retomaba de nuevo mi otro mundo; el de las gélidas montañas.

 

Nos habían dejado una casa en el valle de l’ Ubaye, cerca del valle de Mourin en donde íbamos a empezar de nuevo a escalar en hielo. La casa era gigantesca, de piedra tosca, con ventanas bajas, los muros parecían propios de un castillo. La nieve atascaba la puerta y hacía un frío que te estiraba el cutis. Montamos campamento en el salón que es donde estaba la caldera. El frío había llegado y el termómetro marcaba los -18ºC. Durante los dos siguientes días bebemos mucha sopa, comemos mucha pasta con aceite y atún y nos atiborramos de leer junto a la caldera que tanto nos gusta. El primer día escalamos dos cascadas de V grado como toma de contacto. Y el segundo, se levanta hostil, el mal tiempo entró rápido y puntual y la mañana amaneció poco amistosa. Cédric se levanta en cuanto suena el despertador y calienta el té. Antoin remolonea un poco y mientras desayunamos todos nos miramos como diciendo:

 

-         ¿ realmente está el día para escalar?.

 

 Parece que los franceses lo comprueban todo al pie de la cascada y sin decir palabra, nos montamos en el coche y nos adentramos de nuevo en el valle. El cartel del puerto anuncia que está cerrado pero continuamos y unos kilómetros más adelante el cielo se abre y el sol se abre paso entre las nubes. La pequeña ventana de buen tiempo nos deja escalar hasta después del medio día, lo necesario porque. Tenemos que hacerlo rápido pues por la tarde nos esperan en Briançons. Ese día escalamos el cigarro de Badieu WI 6 con algún paso de mixto. Una cascada preciosa que los franceses ascienden con un estilo impecable. Luego de acabar el barril de cerveza continuamos nuestro viaje hacia Argéntiere la Bessée. Allí conozco al resto del Equipo Nacional de Alpinismo francés. Simón y el resto del equipo junto con el femenino vienen de camino y tienen que atravesar todo el temporal de nieve que se acerca a la zona.

 

Esa noche comienza el Festival de Hielo de Briançons, todos los franceses me preguntan por Simón, por el equipo. Dónde están, dónde están.  Le digo a todo el mundo que están de camino aunque realmente se que es bastante difícil que lleguen esa noche. Me dicen que claro, llegan a la hora de los españoles… Qué mordaces son los franceses.  El ambiente, es el propio de los Alpes, mucha marca, mucho ego rebosante frente a posters de Petlz con el bolígrafo en la mano. Mucho gesto de a ver quién me mira. Sin embargo parte de los alpinistas se desmarcan de todo este baluarte de esnobismo y parecen permanecer al margen. Conozco  a Christophe Moulin y a Stéphane Benoist que presenta una proyección muy interesante sobre su última apertura a la norte del Nupste; Are you experienced? homenajeando al debut de Jimi Hendrix. Aunque no sé si es un paralelismo o una ironía. La actividad no representa precisamente un debut dentro de la prolífica carrera de estos dos alpinistas pero si que puede ser una provocación. La vía está abierta en un estilo impecable; dos alpinistas y dos sherpas, un estilo alpino de lo más purista. La última nominada al Piolet d´0r 2010.

 

Después de la proyección los franceses me dejan en la Gite que nos han reservado para la concentración. Como el coche no sube con toda la nieve acumulada, me dejan en la parte baja del pueblo y tengo que hacerme toda la carretera andando hasta llegar a la casa. Cuando llego a la Gite llamo a Simón para que me dé el parte del viaje, me dice que han estado a punto de matarse en un accidente pero que están bien. Me relajo, estoy cansado de abrir huella de un lado a otro con los franceses y la competición sobre plafón con piolets es algo que no me motiva demasiado. La competición nunca ha sido mi fuerte. Intento evadirme pero Simón me dice que compita, tú a dar la cara me dice que nosotros ya llegaremos. Cabr… Son las una de la mañana y tengo que estar a las siete  en el pueblo para presentarme a la competición. Resignado pongo el despertador y a las cuatro de la mañana cuando ya llevaba unas horas durmiendo, Simón abre la puerta de la habitación y me dice:

 

-         hola bicho! ya hemos llegado y hemos estado a punto de matarnos pero estamos bien. ¿A qué hora es la competición de hielo?

-         Tenemos que estar a las siete de la mañana en el pueblo.

 

La expresión en los ojos de Simón me hace entender que es mejor que desconecte el despertador y así lo hago.

 

El día siguiente es un día de descanso, durante la noche vamos a ver a Mathiu el organizador del evento que nos tiene mareados de un lado a otro. Estamos hartos de este tio que nos dice una cosa y luego otra y para colmo la competición resulta ser un espectáculo bochornoso de vigorésicos que saltan de un lado a otro con los esquís y otros que se desnudan mientras hacen tracciones de un brazo con un piolets en la mano y sacan la lengua mientras pretenden alcanzar un maniquí desnudo. Estos alpinistas de los Alpes se han vuelto locos. En qué se ha convertido la élite, parecen payasos acróbatas. Es el colmo. Lo mejor de la noche; el vino caliente y la chucrut que se cocina en sartenes gigantes para todo el mundo. En este momento decidimos que esto no nos conviene nada y dadas las condiciones de las cascadas y el pronóstico de la meteo, lo mejor que podemos hacer es irnos a esquiar a La Grave, una de las estaciones más salvajes de los Alpes. Escalamos un día más, pero después de aprovechar los dos días de buen tiempo, la ventana vuelve a cerrarse y el nuevo temporal llega a la noche. El parte anuncia unos veinte centímetros, los franceses hartos de escalar los muy cabrones deciden que es hora de irse, es posible que el puerto quede cerrado al día siguiente y tengamos que dar un serio rodeo por Gap para llegar a Grenoble. No merece la pena quedarse con mal tiempo y yo aunque no he escalado mucho prefiero no arriesgar y volver a Grenoble para empezar a organizarme de nuevo con los estudios y en general, replantear un poco todo. Esa misma noche nos echamos de nuevo a la carretera y atravesamos toda la tormenta que viene del norte. Las ráfagas de viento nos obligan a parar el coche por completo en alguna ocasión y por un momento tememos poder pasar la noche en la cuneta. Pero con suerte conseguimos sortear la tormenta y a las una de la madrugada llegamos a Grenoble. Los franceses se quedan a dormir en mi casa. Es hora de descansar.

Vida itinerante. Y Jordania.

Cuando entré en casa, sentí que el tiempo no había pasado pero sin embargo llegaba con el petate cargado de nuevas sensaciones, tenía gastroenteritis y había pasado por unas tres ciudades más después de salir de Amman . Me llamó la atención una especie de tentáculo que sobresalía de la caja de la verdura como si intentara atrapar algo, eran las raíces de una cebolla que había seguido creciendo durante todo el mes. Al menos había vida en aquél habitáculo oscuro.  Abrí el frigorífico carcomido por el moho. Por supuesto, no había nada que fuera comestible. La casa estaba fría y ahora tenía un agujero con un trapo incrustado en la ranura de la cerradura para que el aire frío del reciente invierno no se filtrara hacia el interior de la estancia. Unos minutos antes, mi casero, un señor con un solemne mostacho y  de respetables dimensiones había explosionado la cerradura de la puerta con inquietante brío mientras farfullaba en francés algo que no acababa de entender. Cuando lo vi aparecer con un cincel en la mano y una maza en la otra pensé lo peor. Había sobrevivido a las resbaladizas paredes arenosas del Wadi Rum y ahora  sentía miedo por este hombre grandullón que con respiración dificultosa  me miraba intrigado junto a mi petate mugriento y sarnoso. Después de comprobar que la cerradura definitivamente estaba encasquillada se dispuso a regañadientes a romperla. Estoy seguro de que todos; él, el vecino y yo, estábamos deseándolo. Tras unos golpes secos la cerradura cayó propulsada hacía el interior pero la puerta seguía sin abrirse. Fue en ese momento cuando el casero acelero más aún el ritmo de su respiración y me miraba con desconfianza, como si pensara que escondía dentro un cadáver y que después de cerrar con llave desde dentro había regresado desde  Jordania para ver cómo estaba. Menos mal que el vecino amargado y viejo del fondo del pasillo no salió para preguntarme que qué había pasado con mi coche:

-          sí aquel con el que me pegaste el golpe!!.

 – Si señor, el coche está descomponiéndose en un desguace de Ginebra. Si quiere puede quedárselo por el arreglo.

                Más tarde, mientras dejaba que mi cuerpo se asentase sobre los muelles de mi colchón-sofá, observaba como los hazes de luz se refractaban sobre los finos hilos de humo que comenzaban a difuminarse en el vacio. Había llegado a casa.

 

En la madrugada del sábado la noche estaba calmada, la gente debía de estar encerrada en los bares y en las salas porque no había ni un alma en la calle. Habíamos dormido poco, como siempre antes de separarnos habíamos pasado la noche en blanco divagando sobre el devenir de la vida en un catre que no era el nuestro desde hacía tiempo. Es víspera del día de todos los Santos y nosotros nos abrazamos al margen de todo. Sabía que dentro de poco la echaría de menos así que intenté retener el momento. Esos momentos que en las montañas te hacen ser más fuerte. Llegamos en tren desde Grenoble. Mi coche había fallado para siempre en la frontera con Suiza y fue directo al desguace de Ginebra tras un diagnóstico que certifico su última avería. Allí, en la noche de Zaragoza nuestros caminos se separaban una vez más para más tarde unirse.

 

El sol toco su cénit. Colgado en la reunión, unos metros por debajo de mi compañero mientras la arena del Jebel Rum se desprendía sobre mi cara y la bañaba, pensaba en cuan relativo es el espacio y el tiempo. Todo está  tan cerca y tan lejos a la vez. Ahora estas en un lugar y de repente te encuentras en el otro. Desde la distancia la perspectiva cambia y desde nuestro cambio de ubicación todo es diferente. Ahora mi vida en Francia me parece tan lejana. Y el vecino me parece lo mismo de lejano que los beduinos que pueblan este lugar. Pienso en el significado de todo esto en este mundo vertical; en la incidencia de la realidad sobre este mundo, sobre la reunión y el pulso de mi compañero que se acelera a cada paso - ¿ es esto real?.  Miro a mi alrededor y el paisaje desértico se extiende entre montañas, creando un entorno que debe de parecerse al de Marte por su color rojizo. Los cantos coránicos anuncian la caída del sol. Es el sonido del Muecín que reverbera entre los sinuosos cañones de esta cordillera más que acostumbrada a la sumisión que impone el Corán, aunque ellas seguirán aquí cuando aquél haya desaparecido. Nosotros tenemos que bajar pues la noche aquí cae rápido.

Hasta hace unos años en el Wadi Rum sólo existía un puesto fronterizo que controlaba el paso entre Jordania y Arabia Saudí. La población del Wadi Rum empezó a desarrollarse en los años ochenta. Fue iniciativa del gobierno Jordano la de subvencionar expediciones  de extranjeros para que escalaran en estas tierras y dieran a conocer al mundo, el espectacular potencial de este paraje natural, uno de los más impresionantes del planeta. Originalmente su población era nómada pero les compraron todoterrenos a todos para que pudieran desplazarse con rapidez por el desierto y les ofrecieron tierras para que se asentaran sobre este terreno inhóspito. Eran beduinos, gente del desierto y descendientes más directos de la población de la antigua Petra. Ahora el paisaje es un tanto desolador; arena, basura y coches desvencijados corriendo a doscientos kilómetros entre las dunas. Es una ciudad sin ley aparente, poblada por beduinos, moradores de estas arenas que han cambiado el ganado por el negocio del turismo. En general son bastante arrogantes pero  no hay que olvidar que en este caso, nuestra relación es estrictamente comercial y son unos completos novatos en este asunto. Su hospitalidad no se asemeja demasiado a la de los bereberes. Cada día pasan por aquí unos doscientos turistas que suelen llegar de Petra. Los llevan a ver las montañas, ven el atardecer, comen en el único restaurante que es oficial del Estado y se vuelven a perder en el desierto. Forman parte del circo que se montan todos los días aquí en el Wadi. Nosotros intentamos desparecer y alejarnos de todo esto cada vez que subimos a las paredes aunque formamos parte del mismo circo.

Esto es lo que hemos hecho cada día desde que llegamos. El desierto es nuestro campo de juego ahora y nos movemos como primates de arriba- abajo por los sinuosos y expuestos descensos a través de las entrañas de estos cañones esculpidos por el tiempo. Para escalar aquí, se exige el arte del alpinismo; mantener la atención constante sobre terreno dudoso donde incluso las regletas explosionan, la mayoría de los emplazamientos son interrogantes y los descensos son rutas beduinas bastante expuestas con destrepes de vértigo. No me extraña que Lawrence de Arabia viniera a estas tierras fronterizas para refugiarse para esconderse de los otomanos y preparar sus escaramuzas. Normalmente la tensión de un posible vivac nos incordiaba durante todo el descenso. Eran auténticos laberintos que había que descifrar antes de que cantara el Muecín.

  Han pasado quince días desde que aquél señor de traje y corbata nos recibió en la embajada de España en Jordania; nos reunieron a todos en la mesa de juntas y nos sirvieron café turco mientras nos deleitaban con palabrería propia del protocolo lo agradables que son los beduinos y lo impresionante que es el desierto. Nos preguntan que porque nos hemos alojado en Down Town  – zona cutre y marginal de Amman-. Nosotros le contestamos que es simplemente, un hotel que nos recomendaron. El diplomático continua e intentando remendar el asunto nos dice:

- “ Al menos, supongo que no será uno de esos hoteles con el cuarto de baño en el pasillo”.

- “ Bueno, el nuestro tiene un cuarto de baño para todo el pasillo”.

 Y continua contándonos el  duro trabajo que desarrolla su compañero el Cónsul cuando tiene que acudir a algún hospital y sacar a sus niños de la piscina – el pobre-  cuando algún español sufre un accidente. Ahora comienza a hablar de la escalada, el tipo parece saber de lo que habla y es que eso es la diplomacia. Nos cuenta que los parabolts saltan y que continúa con su tema:

-          ” en el Wadi Rum ocurren muchos accidentes, la roca se cae y salta. Además a los beduinos les encantan conducir por el desierto, lo hacen sin luces y a veces la gente muere atropellada”.

Mientras el tipo que resulta que es el consejero político y segundo del embajador, toca madera cada vez que nos advierte sobre las desgracias del alpinismo:

- “ esperemos que no ocurra nada claro…”.- Sí que no tenga que sacar el Cónsul a sus niños de la piscina…

 

Todos los días dormimos sobre la arena del desierto y bajo la lona de una tienda beduina construida a base de piel de Ibex y de camello. La noche del desierto es fría, las noches muy estrelladas excepto cuando hay luna. La luna del desierto es intensa, tanto que ilumina los vastos horizontes. Talal dice que le gusta el desierto, que es su lugar. Comprendo que es parte de su origen. Pero qué es lo que puede llevar a una persona a vivir en estas tierras. Con el tiempo te das cuenta de que la nada engancha, las vastas extensiones repletas de arena son un antiguo atractivo. Aquí cada pequeño tallo o árbol resalta entre el color rojo de la arena. La nada te hace fijarte en cada diminuto detalle, es una de las maravillas de la tierra.

Para evadirnos de de todas estas maravillas, dejamos de masticar arena durante unos días y marchamos a la ciudad de Akaba, una ciudad con mucha mugre, algo así como  la Marbella Jordana. Aprovechamos para bucear en el Mar Rojo cuyas vistas submarinas recomiendan los más apasionados del buceo. Yo nunca había buceado y tengo que reconocer que me impresionó y que incluso sentí miedo hasta que conseguí respirar normalmente y comencé a sentir el mundo desconocido que me rodeaba. Sólo un apabullante silencio y el latido de mi corazón junto con el eco burbujeante de mi respiración pudieron calmarme.

LO LLAMAN ERASMUS PARTY

No pasa un día en el que deje de recordar el momento en que nuestras manos se separaron y ella bajo la cabeza quedamente para agarrar el volante. Llegaba tarde al trabajo. Fue un despertar sin remoloneos, ese último día nos quedamos dormidxs. Aquella mañana, cuando nuestros cuerpos cálidos se separaron con impotencia, ella lo supo. Supo que me iba al norte, supo que nos separábamos. Al menos en el sentido físico de la palabra. Me acuerdo del ritmo de nuestra respiración y de la profundidad de su mirada que se precipitaba al infinito. Me acuerdo de cómo la vi desaparecer alejándose en el auto y yo asustado, así definitivamente  el tirador de la puerta y presione sin titubeos. Respiré profundamente, introduje la llave en la ranura y le di al contacto. Me fije en el ambiente que reinaba en la calle para llevármelo conmigo hasta que me calara los huesos, sabía que pronto lo extrañaría.  Escuche la ciudad una vez más como cuando unos días atrás salía a la terraza y me quedaba parado y en silencio contemplando la ciudad. La luz de la mañana entraba por la ventana y la bajé a un más  para que el aire junto con su aroma inundara la cabina, luego un anciano cruzaba la calle…  Encendí la radio que como siempre sintonizaba Radio3 en mi paramo radiofónico y se sentía: “ Hoy comienza todo…”. Una mezcla de euforia y vacio explosionó en mi interior. Eso me asustó aún más. Luego me puse en marcha. Inevitablemente el momento para mí, había llegado.

Hace ya más de dos semanas que llegue a Grenoble con la intención de pasar un año viviendo en la capital de los Alpes. Sí hay  alguna ciudad en el mundo dónde en una misma familia sea frecuente encontrar  escaladores, esquiadores y alpinistas de distintas generaciones, esa es Grenoble. Una ciudad no demasiado grande ni demasiado pequeña, con todas las comodidades de una capital pero con la montaña y la evasión necesaria de lo urbano, a un tiro de piedra.  Dos días de viaje casi ininterrumpido me trajeron aquí. Había quedado con mi contacto en una plaza bastante céntrica de la ciudad. Paré tan solo para comer, dormir y  fumarme un cigarrillo para poder pensar tranquilamente en todo lo que dejaba en Granada y a la vez, en todo lo que me deparaba el futuro; la nueva universidad, las escaladas o los nuevos compañeros de cordada. Había salido con la brisa de un final de septiembre bastante cálido, más tarde de lo que debía porque aquí el curso ya había comenzado. Me costó hacerme a la idea de que me marchaba por un tiempo. Tuve que tomarme el tiempo necesario para asimilar el momento en que tendría que separarme de mi gente más cercana. Y  allí en la plaza Saint Bruno me esperaba  Cedric . Contacté con él a través de Manu Córdova en el pasado verano y con aquél había estado escribiéndome para preparar mi llegada.  Cedric era una persona agradable a simple vista, sonriente y atento, había un peculiar brillo en sus ojos. Tenía la extraña sensación de que nos habíamos visto en alguna parte. Viví en su casa durante los próximos nueve días y allí conocí también a Antoin uno de sus compañeros de piso e inseparable compañero de cordada. Resultó que tanto Antoin como Cedric eran miembros del Equipo Nacional de Alpinismo Francés. La conexión con ambos fue inmediata.

Durante los próximos nueve días estuve buscando piso desesperadamente.  Y durante esos días tan recientes en la línea física del tiempo pero sin embargo tan lejanos desde mi propia configuración temporal,  empecé a familiarizarme con mi nuevo entorno y con una cultura a la vez tan cercana y diferente, con el idioma, con una ciudad preciosa, nueva y rodeada de montañas y paredes plagados de cedros y abetos. Todas las mañanas iba a tomarme un café al bar de un rastas. “Café y sonidos” se llamaba. El tipo era muy simpático y siempre se interesaba por mí y me preguntaba que cómo me iba, me indicaba cada mañana cómo llega a cada calle o plaza. Y yo que necesitaba a alguien con quién hablar, acudía todos los días temprano, por la mañana, a tomarme el café.  Tengo que ir a verlo. Todos los días iba a un lugar distinto a la búsqueda de un piso, una habitación en la que empezar a adaptarme. Lo necesitaba.  Atravesaba la ciudad de cabo a rabo, cada día, ofuscado en mis dificultades, en la falta de entendimiento, sumido en la  incomprensión. Es como  si te cortaran la lengua. Es como si volvieras a tener dos o tres años y tuvieras que empezar de nuevo, con la diferencia de que ahora eres plenamente consciente de tu incapacidad para expresarte, de tu falta de recursos  para  transmitir lo que en cada momento quieres transmitir. Es una sensación muy frustrante. Pasados unos días empecé a levantar  la cabeza y fue entonces, cuando me percaté de que sólo veía montañas a mi al rededor y comprendí, en aquél momento que eran esas montañas las que me habían traído hacia aquí. Comprendía donde estaba y pensaba que quizás tendría que levantar la cabeza más a menudo para que todo fuera mejor. Había cumplido un objetivo y un sueño. Estaba a menos de dos horas de camino de Chamonix, en una ciudad donde todo me quedaba por conocer. Las dificultades eran simplemente pasajeras, propias del momento. Lo mejor estaba por llegar y tenía que relajarme para pensar con claridad, para ser consciente de lo que estaba aconteciendo.

Ahora ya casi estoy habituado a mi nuevo entorno, he tenido  que prescindir de todos mis vicios, aunque ahora estoy enganchado al “chocolat” y al “fromage” francés, sustancias adictivas y ciertamente  potentes de la  región. Pas mal, como dirían los franceses. Poco a poco voy descubriendo cada rincón de la ciudad aunque todavía me quedan muchas brasseries por descubrir, muchos museos, plazas y parques. Primero fui descubriéndola en Trum y luego en bici cuando comprendí que era más económico, barato y cívico pues colarme cada mañana  en el tranvía para poder  ir a la facultad y a las gestiones propias de mi nueva andadura, estaba convirtiéndose en una actividad de riesgo, sobre todo para mi ajustada economía. Decían que sí, que si que había revisores. Yo no llegué a verlos pero pensé que era cuestión de tiempo que me cruzara con uno de ellos. Puede que sean como los microbios que no los ves pero sabes que están ahí. Además estaba sumiéndome  en una especie de paranoia y pensaba que cualquier hombre con camisa blanca y ceño fruncido podía ser uno de ellos. Me acostumbré a estar a alerta y luego decidí que era más rentable ir de un lado al otro en bicicleta. Fui al rastro. Temprano, sobre las ocho de la mañana porque me habían dicho que más tarde ya  sólo quedaban los restos de lo que no quería nadie. Me agencié una bici de paseo de color azul, siempre había querido tener una como esa para batirme con los tranvías en la ciudad o picarme con los demás que circulaban en bici, como yo. Es divertido. Descubrir una ciudad en bicicleta es algo fascinante, la sensación de libertad es colosal y también sirve para entrenar los dedos frente al frío intenso de la mañana que aquí empieza a eso de las siete, momento en que comienza  la jornada francesa. Malditos centroeuropeos, qué majos son.

He acabado viviendo solo en un estudio muy simpático cerca del centro y del dominio universitario. No tengo a nadie con quién practicar el idioma pero  intento remediarlo sintonizando   la radio, escuchando a  Edith Piaf o a Brassens y  como tampoco tengo televisión, mientras almuerzo o ceno proyecto en el portátil “ Estrellas y borrascas” de Gaston Rebuffat o  “Los Amantes de los  Drus” de Beltrand Delapierre  que me prestó Antoin para que me ayudara a aprender francés. Hoy, junto con los colegas de la escalada son los dos instrumentos que me hacen el caldo gordo y educan mi oído cada día.

Desde que estoy aquí, casi se me ha olvidado por qué estoy aquí. Quería  vivir en otro país y aprender a expresarme en otro idioma, quería disfrutar con tiempo de la cultura de otro lugar diferente al mío. Pero lo que me trajo a Grenoble fue la montaña y todo lo que le rodea, no me refiero solo al alpinismo sino al su contexto. Por su puerto a las paredes, corredores, aristas, glaciares y collados pero también a la gente, al queso y al aire puro de los Alpes. De lo contrario seguramente hubiera acabado en París, de ser en Francia o en otra ciudad más llamativa de ser en cualquier otro país y claro, desfasando como hacen la mayoría de los Erasmus aquí cuyo ambiente detesto.  Ahora, capeada  la tormenta de los trámites y los extenuantes papeleos y habiendo sorteado los entresijos del complejo sistema administrativo francés,  solo intentó vivir el momento. Pensar en la gente que echo de menos y no pensar demasiado en todo lo que me rodea y en lo que significa para mí, intento vivir el momento  con cierta impaciencia. Es como cuando recibes un mensaje en el móvil de alguien a quien quieres y te gustaría saltar a por el teléfono, pero esperas. Esperas para que el momento no desaparezca fugazmente e intentas degustar ese instante prolongando esa sensación que te ilusiona. Es un juego para controlar  las emociones. Sé que las montañas estan ahí pero llevan ahí desde la noche de los tiempos; las Grands Jorasses, los Drus, las Droites, el Eiger, el Angle, el Frêney. Está todo y puede esperar, además tengo que aprender francés para hacerme entender en los  refugios y decirles que no que soy español y que no puedo pagar. Eso es fácil.Eso es lo que práctico ahora, vivo el momento cada día, sabiendo que es inevitable que se agote pero lo exprimo lentamente como cuando apuro la última bocanada de mate.

                Francia es cara, todavía nos queda que sufrir esa  subida importante de los precios que nos acercara a Centro- Europa. Es el precio que hay que pagar por los privilegios de ser europeos de verdad. Aunque no sé si tengo claro qué es lo que merece más la pena. Por otro lado tienes la Batavia a sesenta céntimos de euro en cada mercado y los productos biológicos están totalmente comercializados. Y el queso francés, oh el queso francés es la droga dura del día a día en la dieta de los franceses. Ah! , claro y hablando de drogas, sería inevitable olvidarse del agradable aroma a café que  cada mañana por la calle o por los pasillos de la universidad te despeja cuando aún estas algo dormido. Es difícil adaptarse a los horarios de estos centroeuropeos y que mejor que Francia para hacerse adicto al café. No me culpo. Y luego está el pan caliente a cualquier hora, el vino rojo y el blanco, la cerveza biológica de Grenoble que es una auténtica delicia y el aire húmedo, las montañas… Pero el sol, uagg! el sol del sur. Los franceses no saben lo que es eso, una pena ¿pero no se puede tener todo no?…

CÓNCENTRADOS E INSPIRADOS

Después de la intensa concentración de alpinismo invernal en el lúgubre circo de Gavarnie todos nos separamos durante un tiempo y para realizar campaña en distintos frentes. Manu, Simón y Martín se quedaron en el Pirineo para aprovechar sus excepcionales condiciones y quien escribe cruzó el charco buscando el hielo en las Montañas Rocosas. Después de casi un mes en aquella fría nevera, así llamábamos al circo, nos despedimos en el Festival Invernal de Boí con un nudo en el estómago. Habíamos bregado con fuerza y motivación frente a las duras condiciones del invierno a ambos lados del Pirineo y el sufrimiento y el esfuerzo fue lo que nos unió desde el principio y cimentó las bases de un equipo sólido y conjugado que ya empieza a nutrirse de sí mismo. Creo que, aquella noche, el equipo al completo nos despedimos con la sensación de estar iniciando una nueva etapa.

Un mes más tarde volvíamos a reunirnos todos, excepto Dani Crespo que por entonces ya estaba volcado de lleno en su apertura invernal al Petit Dru. Martín Elías, Manuel Córdova, Javier Bueno, Alejandro Corpas y Mikel Bonilla fueron los seleccionados por Simón Elías, director del EEA, para esta última concentración en Pirineos. La concentración deportiva oficial se desarrolló entre el 16 y el 22 de marzo y, aunque en un principio estaba previsto que se celebrase en lado norte del Pirineo, finalmente nuestra cordada de avanzadilla encontró mejores condiciones en el hermoso Valle de Tena que caracteriza el ambiente alpino propio del Pirineo Central. Y allí nos quedamos. En los días previos, los hermanos Elías comienzan una intensa actividad y realizan la ascensión de la combinación de vías llamada Triple Bum (1000mts. M8, 95º), en el espolón NO de Peña Telera, recorriendo así uno de los desniveles técnicos más largos de todo el Pirineo.

Simón había alquilado un pequeño apartamento en El Pueyo de Jaca, uno de esos pueblos que aún conserva el encanto, con iglesias, ermitas y puentes sobre orquídeas. El lugar, donde reposaríamos sobre mullidos sofás, era propiedad de uno de los montañeros más clásicos de la Hoz de Jaca, el “Quintanilla”, quien nos acogió con cordiales ollas de pasta desde la primera noche. Pero nuestros horarios no eran los suyos, ya que nosotros estábamos funcionando con el horario francés: llegas a las seis, siete o nueve de la noche con una o dos barritas en el cuerpo, medio gel si cabe y, después de unas catorce, quince o dieciséis horas de actividad, según, cenas a las ocho para evitar entrar en shock. Y si ya, de paso, resulta que te coincide la olla de pasta no más tarde de esa hora, todo es perfecto. Después te vas a la cama a eso de las nueve y sin conversar demasiado con nadie porque sólo estás concentrado para consultar con la almohada el largo, la aproximación,la revisión del material atento al despertador que no tardará en sonar. Luego desayunas, a las tres, y para colmo sin hambre.

Durante las primeras jornadas, las altas temperaturas nos incordiaron día y noche, haciendo que pensáramos que todo se caía y que era el fin de este apoteósico invierno para todos. Cuando Manu, Martín y yo empezamos a escalar la que creíamos cara norte del Midi d´Ossau, nos percatamos de que en realidad estábamos en la ruta normal y no en la Santa Elena, que era nuestro objetivo inicial para ese día. Cuando salimos a la campa de nieve el sol había alcanzado ya su cenit y relucía fulgurante, refractándose con fervor sobre la nieve. Escalando al ensamblé mientras Manu decía que creía que estábamos en la Normal, pegaba desesperado la cara a la helada pendiente y me sorprendía a mi mismo pensando en el frío que no hacía y en lo que lo echaba de menos. Prefería tiritar antes que cocerme como el asfalto. Pero nos habíamos perdido y el sol abrasaba, abrasaba tanto que comprendimos que había que madrugar todavía más. Resolvimos volver a casa, resignados.

Ese mismo día, el 17 de marzo, Javier Bueno, Mikel Bonilla y Simón Elías repetían la vía Ursi, en la cara norte de la Pala de Ip (700 mts. M6, 6a, 85º), en un viaje de 15 horas desde la estación de esquí de Formigal.

Al día siguiente decidimos escalar la Vía del Pastor (6a,M6+,95º), itinerario de particulares características que sólo puede disfrutarse en inviernos como este pasado. La pista de aproximación a Peña Forato estaba cerrada, por lo que decidimos hacer la accesión en el día a través de las pistas de la estación de Panticosa. Entre alamos y abetos que crujen en la noche empujados por el viento, arrancamos desde la pista que sale del aparcamiento para superar los 1200 metros de desnivel con esquís que llegan hasta la misma base de Peña Forato. Este día conseguimos firmar la primera repetición de la temporada (y posiblemente la tercera invernal absoluta) de esta intrigante vía que discurre a la derecha de la Leandro Arbeloa y cuyo recorrido está marcado por 600 metros de goulottes, diedros y chimeneas que constituyen posiblemente la mejor escalada en montaña de dificultad mantenida de todo el Pirineo español. Tardamos unas tres horas de foqueo con la mochila a la espalda en abandonar el triste confinamiento de la estación y alcanzar la base de la pared; primero hasta la cabaña del Ibón de Sobacos, desde donde seguimos acumulando desnivel y ya podíamos atisbar el Collado del Verde y, más allá y con un descenso moderado tras una larga diagonal que nos deja al pie de la vertical pared, la esperada Peña del Forato, nuestro pequeño Eiger pirenáico, en palabras de Mikel Zabalza. Escondida y remota, el Forato es una pared de unos 800 metros en su punto más alto y a la que no llegan las tranquilizantes ondas de la cobertura telefónica.

Con tres horas de aproximación en las pantorrillas no piensas que vayas a tener fuerzas para escalar, descender y volver por donde has venido, pero una vez que estamos en lo nuestro el tiempo se extiende como goma de mascar y sin ser muy conscientes de ello nos sorprendemos de pronto concentrados en lo que más nos gusta. Y entonces el cansancio desaparece. Comenzamos así a dar largos de cuerda sobre un hielo efímero pero en buenas condiciones hasta que alcanzamos las encajonadas goulottes que conforman la mayor parte de la vía.

De vuelta a los sofás del Quintanilla no tuvimos más remedio que confesarnos que la actividad había sido, sin rodeos, una páliza que merecía la pena soportar. Simón Elías diría más tarde que la cara norte de la Peña Forato es actualmente uno de los secretos mejor guardados del Pirineo, uno de esos pocos sitios en donde todavía podemos encontrar soledad y aventura.

Aprovechando las temperaturas primaverales, Manu Córdova, Javier Bueno, Mikel Bonilla y el que suscribe repetíamos el 20 de marzo la vía Ravier (300mts. 6c+) del pilar de Embarradere del Midi d´Ossau, con Córdova encadenando todos los largos.

 

La ascensión en invierno a la Ravier del Pilar del Embarradere fue una de las más divertidas de los días que pasamos concentrados. Aproximamos, como siempre, con esquís hasta el refugio y desde allí cramponeando hasta el collado para después descender en incómodo flanqueo hasta la base del pilar, desde donde empezamos a escalar sobre una roca excelente y fisurada. Cambiamos las botas por los gatos con calcetines y nos volvemos a cargarnos las pesadas mochilas a la espalda hasta que la pared empieza a desplomarse con rebeldía y cada paso se hace más y más pesado. A partir de ahí optamos por la cuerda auxiliar y el petate cuelga en la vertical hacia al vacío y va separándose poco a poco de nosotros. Y nosotros desde las reuniones vamos viendo los petates ahí colgando, delante de nuestras narices pero ahí lejos. Y es en ese momento cuando nos percatamos del todo del sugerente desplome que se alza sobre nuestras cabezas y en el que andamos metidos desde hace un rato. Manú tira otro largo de cuerda escalando con una facilidad asombrosa. A veces se para y dice: Voy a esperar a ver si recupero la sensibilidad en los dedos, y luego continua escalando como si nada. Nosotros le decimos que no se preocupe, que esperamos. Seis horas después de alcanzar la base de la pared estamos en la arista de salida recogiendo el material y obturando las fotos de rigor. Bajaremos por La Fourche, intentando comprender cómo se desciende con esquís por este tipo de corredores. Quizás algún día podamos.

El día después de la Vía del Pastor, los hermanos Elías aproximan de nuevo a la Pala de Ip con la intención de abrir una nueva línea y calmar su alma visionaria. Así lo describían sus aperturistas: Una línea de 400 metros de hielo y nieve a la izquierda del diedro Norte que recorre el escudo de hielo de la sección izquierda de la pared para acabar en el collado donde se inicia la arista noroeste; desde el collado, después de atravesar una pendiente de nieve, una bonita cascada de hielo conduce hasta la cumbre.

Como también cuentan en su crónica, escalaron los primeros trescientos metros al ensamble en la oscuridad de una noche sin luna superando los resaltes más verticales por su parte central y, tras el ensamble, realizaron tres largos a tope de cuerda hasta alcanzar el collado. Para terminar la ascensión escogen una cascada de hielo en la cara Este con pasos verticales y un segundo muro que estaba impracticable por el sol y que tuvieron que evitar por otra travesía mixta. A la ruta la llamaron “Anarquista Busca Sponsor” (600mts. M6, 90º) y es una vía que, ya desde su nombre, apuesta por la posibilidad de conciliar el alpinismo de vanguardia con las exigencias del mercado y los esponsors.

Después del Embarradere pensábamos que el suplicio de los madrugones había terminado, pero las isoterma volvió a bajar y Simón nos propuso regresar a “Frenesí “(600mts. M8, 95º). Javi Bueno y Mikel Bonilla ya habían realizado un intento en los días anteriores, intento que había sido frustrado por el radical contraste de temperaturas que oscilaba entre la noche y el día. En aquel momento decidieron darse la vuelta. Pero con la isoterma cero grados más baja podían darse las condiciones idóneas. Aprovechando el fin del invierno, aproximamos de madrugada y al amanecer llegamos hasta la base de La Prueba, donde dejamos los esquís y nos ponemos las botas de cuero. Comenzamos a caminar sobre los restos de una avalancha de fondo que baja casi de la Gran Diagonal y en unos minutos estamos ya escalando en ensamble hasta montar reunión en un bloque de dudosa estabilidad. Decidimos que el azar decida quién comienza. El mosquetón curvo decide que yo comience por el largo de roca, en teoría mixto, pero que resulta ser un 6b+ que te deja directamente bajo el largo clave. Mikel llega ya concentrado pensando en los movimientos que le tocan, pero sobre todo pensando en encandenar, en el estilo, que es lo que importa. Yo le paso el material sin decir mucho. Le digo: Va, bicho. A por ella. Y comienza a ascender con brava cautela, con paciente determinación, y antes de darse cuenta ya está metido en el ajo mientras los sarrios y el águila real nos miran incrédulos, acechando desde el aire nuestros cuerpos pesados. Una punta de piolet cimbreante allí, un crampón que resbala, el friend del 3 que no entra, la nieve azúcar que te baña la cara y, tras varias tracciones propias del Gervasio, Mikel sale airoso de nuevo del desplome a la seguridad del corredor, donde se agradece que las pantorrillas vuelvan a cargarse de un dolor que se disfruta. La vía pierde dificultad a partir de aquí pero no interés y discurre sobre estrechas goulottes de un excelente hielo de primer golpe que nos hacen gozar como impúberes de la escalada.

Un día después, Martín y Simón Elías volvían a repetir la vía del Pastor en Peña Forato, convertida ya en una clásica del pirineísmo de dificultad. Esta vez la cordada acometería el largo clave del Pastor, que nosotros sorteamos por no confiar plenamente en las condiciones. Enfrentándose a los declinados 95º de salida, Martín acepta el lance vacilón de su bondadoso hermano y se encarga de este largo en el que, más tarde, nos confesaría incluso haber pasado miedo.

La concentración llegó a su fin y ahora nos quedaba la parte institucional, presentarnos a los medios y a los cargos, habituarnos al protocolo. Cambiamos nuestros desgastados Gore-tex por las ropas de gala y el 22 de marzo estábamos en Madrid para presentar nuestro proyecto deportivo junto al Secretario de Estado para el Deporte, Sr. Jaime Lissavetzky, y en esa semana algunos atletas regresaron al Pirineo para rematar las últimas rutas de la temporada. Mikel Bonilla en compañía de Kepa Escribano repetían la ruta del Pastor en Peña Forato y el jueves 26 de marzo y el viernes 27 Martín y Simón Elías firmaban la que puede ser la primera invernal de la ruta Picazo (700mts. 6b+, M6, 90º) en esta misma pared tras una larga actividad de 18 horas.

Después de esta intensa actividad solo nos queda reposar y descansar para volver de nuevo al entrenamiento de cara a la próxima concentración del EEA, la que pondrá fin a esta larga temporada de alpinismo invernal y marcará el inicio merecido de la temporada de roca.

 

 

 

 

 

 

 

MÁS ALLÁ DEL RECUERDO; CUANDO LOS ALPINISTAS SON OLVIDADOS.

Hace unos días que hemos asistido a un acontecimiento de solidaridad y altruismo; a una muestra de sensibilidad y filantropía. Si nos retrotraemos en el tiempo recordaremos seguro, empresas semejantes como el intento de rescate de Iñaki Ochoa por los suizos Uli Steck y Simon Anthamatten en el Annapurna de los Himalayas. Pero nunca se ha visto, al menos en nuestro país, un despliegue como el que hemos contemplado con Óscar, totalmente espontáneo y sin vacilaciones. Articular tal dispositivo de rescate no es tarea fácil; una fuente económica y un equipo humano dispuesto a dejarlo y arriesgarlo todo por una persona cuya vida pende de un fino hilo. Los rescates a esa altura no se dan con frecuencia. Todos hemos escuchado alguna vez historias de cuerpos moribundos que fenecen en las montañas, de gente que vuelve la vista a otro lado intentando evitar la mirada brumosa y vacía de la consternación. Los cuerpos de rescate no trabajan a partir de los 6000 metros, menos en el Karakorum. Por supuesto, no existen seguros con esta cobertura. A partir de la llamada “zona de la muerte”, el alpinista se encuentra totalmente sólo, con su compañero o consigo mismo. Razón esencial en la que recae la necesidad de autosuficiencia del montañero. Nosotros no podemos permitirnos caer en la dependencia, al menos en las montañas.

Entonces, me pregunto: ¿ somos unos locos que lo arriesgamos todo por el alpinismo?, ¿estamos dispuestos a dejar la vida en las montañas para satisfacer nuestro ego o espíritu ?. No lo creo. Pero para el resto de la gente que no comprende nuestro mundo puede parecerlo. La gente puede preguntarse por qué se malgastan fondos públicos en salvar a alguien que se encuentra en apuros practicando una actividad extrema, acercándose a la boca del lobo de forma voluntaria. La vida es algo que no está en las manos de nadie, ni de los médicos, ni siquiera de nosotros mismos; la rige la suerte, la casualidad o los sinuosos avatares del destino  - a cada cual lo que le parezca-  y no podemos quedarnos ahí sentados esperando a que se consuma delante de nuestras narices. El caso de Oscar no es el primero ni el último y cuando el estado invierte en un rescate en las tierras inhóspitas del Karakorum, sorteando incluso cuestiones diplomáticas, debemos preguntarnos: ¿ por qué ahora sí y no antes ?. Para algunas personas el rescate de Oscar pudo parecer algo inútil desde el principio y una perdida de tiempo y dinero por un “chiflado” – dicen-  que solo hacía lo que le gustaba. Oscar no era un loco, igual que todos los que estamos metidos en esto del alpinismo que nos hechiza desde siempre. Oscar era un hombre que luchaba por lo que amaba, por la vida sobre todo y eso es algo digno de admirar y mucha gente de las que nos creen unos locos, deberían tomar ejemplo de ello. Estoy hablando genéricamente claro, que nadie se sienta ofendido. Estoy hablando en contra del estereotipo y el etiquetaje. Lo que han hecho por Oscar, aunque ha quedado en un intento fastuoso, es ante todo una muestra de humanidad que queda mucho mejor invertida que las inútiles rotondas o las pretenciosas fuentes o  farolas que encontramos en las calles de nuestras ciudades.

Cualquier decisión o actuación queda regida por las circunstancias; estamos en un momento en el que el alpinismo vuelve a ser mediático después de la era de Al filo de lo Imposible. Jesus Calleja, independientemente de la calidad o  valor deportivo de sus actividades, está transmitiendo de una forma llana, sincera y sencilla el mundo de la montaña al gran público, luego están los medios que difícilmente nos conceden espacio a las actividades de alto nivel. Sólo en las páginas de sucesos encontramos todos los años: “ Un montañero muere en…”. Como siempre en los medios no especializados, que son los que llegan al público en general, se nos presenta la cara oculta del alpinismo, su lado más oscuro; la muerte y la tragedia. Pero el alpinismo no trata sobre eso. El alpinismo es aventura, es vida; incluso una especie de hedonismo o como queramos llamarlo. Es una forma más de locura claro, pero como la de los artistas o la de la exploración; la de la aventura. Así todos caemos en la sospecha equivocada, en el prejuicio de que el alpinismo es peligroso y malsano, una locura sin sentido practicada por marginales que huyen de una sociedad que no comprenden, solo apto para locos.

Seguro que dentro de unos días habrá una plaza o calle con el nombre de Oscar Pérez pero esto no nos devolverá a Óscar, claro está. Ni siquiera esta plaza ayudará a recordarlo porque cuando pasen unos años y los niños jueguen en sus jardines, nadie se parará a pensar en el alpinista . Permanecerá, eso si, en el recuerdo perenne de sus familiares y amigos. La vida solo cobra sentido con la muerte y el riesgo nos enseña a valorarla objetivamente adquiriendo una  perspectiva alternativa a la de la religión, por ejemplo. Pero el alpinismo, pierde totalmente su sentido cuando te arrebata la vida. Es aquí cuando aquella pregunta impertinente que te carcomía, vuelve: - ¿realmente, merece la pena?

Quizás ahora nuestro deporte adquiera más reconocimiento institucional, quizás los medios ahora nos presten más espacios en sus periódicos. Como siempre los sucesos trágicos son los que despiertan el cambio y posiblemente ahora el alpinismo sea un poco menos marginal que antes y la figura del alpinista algo menos austera y distante. Todos hemos tomado consciencia de lo peligroso que puede llegar a ser el alpinismo, pero también de lo importante que es la vida de una persona; de lo importante que es amarla y respetarla. Eso es lo que nos une a tod@s; amantes de la vida aunque resulte paradójico. Por eso quizás se nos pueda tachar de locos pero conocemos bien nuestra locura y la reconocemos sin titubeos.***** Quién está más loco: el loco que sabe que está loco o el que no lo sabe.  Gestionamos el riesgo después de asumirlo y para superarlo. Buscamos las situaciones de peligro para salir de ellas; ese es el juego, la recreación. Pretendemos entrar y salir para sentir la fugaz analgesia de la seguridad y de la calma, una vez más, de nuestra vida que está de nuevo a salvo tras salir airosos. Esta sensación resulta vivificante y dota al alpinismo de su sentido más esencial y espiritual.

 Y qué hay entonces de todos aquellos cayeron en las montañas sin que nadie se molestara en rescatarlos porque sencillamente no era posible. A dónde van los alpinistas olvidados: a los glaciares  esperando a que el paso del tiempo los escupa de nuevo a la luz; más allá del recuerdo donde comienza el olvido. La vida como siempre continua y las montañas seguirán ahí cuando todo haya terminado y el olvido se desvanezca; aquello que no se puede olvidar es lo que el tiempo no puede borrar.

Océano Nox. Víctor Hugo:
¡Ay!, ¡cuántos capitanes y cuántos marineros
que buscaron, alegres, distantes derroteros,
se eclipsaron un día tras el confín lejano!
Cuántos ¡ay!, se perdieron, dura y triste fortuna,
en este mar sin fondo, entre sombras sin luna,
y hoy duermen para siempre bajo el ciego oceano.

¡Cuántos pilotos muertos con sus tripulaciones!
La hojas de sus vidas robaron los tifones
y esparciolas un soplo en las ondas gigantes.
Nadie sabrá su muerte en este abismo amargo.
Al pasar, cada ola de un botín se hizo cargo:
una cogió el esquife y otra los tripulantes.

Se ignora vuestra suerte, oh cabezas perdidas
que rodáis por las negras regiones escondidas
golpeando vuestras frentes contra escollos ignotos.
¡Cuántos padres vivían de un sueño solamente
y en las playas murieron esperando al ausente
que no regresó nunca de los mares remotos!

En las veladas hablan a veces de vosotros.
Sentados en las anclas, unos fuman y otros
enlazan vuestros nombres -ya de sombra cubierta-
a risas, a canciones, a historias divertidas,
o a los besos robados a vuestras prometidas,
¡mientras dormís vosotros entre las algas yertos!

Preguntan: «¿Dónde se hallan? ¿Triunfaron? ¿Son felices?
¿Nos dejaron por otros más fértiles países?»
Después, vuestro recuerdo mismo queda perdido.
Se traga el mar el cuerpo y el nombre la memoria.
Sombras sobre las sombras acumula la historia
y sobre el negro océano se extiende el negro olvido.

Pronto queda el recuerdo totalmente borrado.
¿No tiene uno su barca, no tiene otro su arado?
Tan sólo vuestras viudas, en noches de ciclones,
aún hablan de vosotros-ya de esperar cansadas-
moviendo así las tristes cenizas apagadas
de sus hogares muertos y de sus corazones.

Y cuando al fin la tumba los párpados les cierra,
nada os recuerda, nada, ni una piedra en la tierra
del cementerio aldeano donde el eco responde,
ni un ciprés amarillo que el otoño marchita,
ni la canción monótona que un mendigo musita
bajo un puente ya en ruinas que su dolor esconde.

¿En dónde están los náufragos de las noches oscuras?
¡Sabéis vosotras, ¡olas! , siniestras aventuras,
olas que en vano imploran las madres de rodillas!
¡Las contáis cuando avanza la marea ascendente
y esto es lo que os da aquella voz amarga y doliente
con que lloráis de noche golpeando en las orillas!
(Víctor Hugo)
Versión de Andrés Holguí

 

CRÓNICA DE UN BIG-WALL

Pedro Soto, Rubén de Francisco y Alex Corpas abren SULAYR ( ED + 7b/+, 800m )  a la pared africana del Tagoujimt, una  nueva ruta de aventura, autoprotección sobre placas y fisuras que traza la línea más evidente que discurre entre la reputada Babel y la Fantasía.

Nuestra intención original era abrir en una pared que habíamos visto en el pasado mes de Mayo, cerca del Tandrarate. El día que nos acercamos a la pared con todo el material preparado para un primer ataque, nos damos cuenta de que la línea no era interesante; la orientación no era apropiada y la verticalidad de la pared poco acusada, la línea difusa. Pedro Soto ya había imaginado y esbozado en su mente una alternativa mucho más sugerente cuando por primera vez, vio la pared en una fotografía mucho antes de llegar al vergel de Taghia. No podíamos creer que esa línea donde predominaban las placas, agujeros, nichos y fisuras,  fuera virgen y salvaje todavía hoy en la actualidad. Era una oportunidad más entre otras, de las que no se suelen presentar con asiduidad. Un momento para darle personalidad a una creación conjunta, para plasmar tu estilo y tu forma de entender la escalada en una gran pared como  una forma más de expresión y locura  

Trabajamos durante cuatro días en la pared, abriendo, fijando y abasteciendo, únicamente trabajando amedia jornada para que el sol que incidía con fuerza sobre la pared cada mañana, no nos consumiera más de lo necesario. Y cuando agotamos los 120m de cuerda estática que colgaban en el vació, nos preparamos para la vida en vertical y para la asimilación del abismo omnipresente. Ese día chocamos contra un muro de decepción cuando por encima de nuestras cabezas aparece una ristra de bolts que surcan la continuación lógica de nuestra ruta. Lo primero que se nos ocurre es que probablemente la línea este ya abierta, que es moderna y que por eso no esta reseñada en la guía. Resolvemos tomarnos un día de descanso para decidir qué hacer y  lo dedicamos a investigar para averiguar si existen reseñas o piadas. No encontramos nada y pensamos que podría ser un abandono. Concluimos seguir abriendo, pisando el largo pero respetándolo, venimos abriendo desde abajo en un trazo totalmente autónomo y no hay información sobre aperturas en este tramo. Superado el dilema moral soslayado por la falta de información, continuamos con nuestra empresa. No hay espacio para los cortijos en las montañas, no existe el sentido de la  propiedad en la exploración.

El día 20 de Julio, es el primer día que pasamos noche en pared. Este día lo dedicamos exclusivamente a ascender jumareando hasta el punto más alto alcanzado con unos 190 kg de material que izamos con paciencia largo tras largo hasta establecer nuestro primer campamento en pared cuando el sol ya estaba cayendo.

La estrategia era sencilla; dada la dificultad aparente de la tapia, nos propusimos abrir dos largos cada día y subir campamento hasta el último largo abierto. Así, avanzábamos poco a poco y toda nuestro material ascendía junto a nosotros. Los siguientes seis días seguimos trabajando sobre el mismo esquema; concentrados solo en escalar e izar.

Sol y aire. Esa es la combinación del clima que fluye en la mañana. Es momento de meditar tras el toldo, visualizar el próximo largo  y luego acordarte de las comodidades que echas en  falta, de todo lo que echas de menos. Cuando el sol abandona la pared, nosotros salimos de nuestras cavernas y comenzamos a trabajar. La escalada transcurre con normalidad, las dificultades que superamos son las propias de una ruta de semejante envergadura; placa sobre caliza de laboriosa autoprotección, la escalada es lenta. Abrimos en estilo libre, forzando cada paso y con poco material colgando en el arnés. En las secciones de placa que no se protegen se coloca gancho y después parabolt, luego continuas por la placa hasta encontrar un emplazamiento.

El quinto día conseguimos salir del muro más vertical por el gran diedro hasta una gran repisa donde es posible caminar. Reinan restos de tragedia, un chivo en descomposición que quizás un águila elevó hasta aquí. Lo llamamos nido de águilas. En este lugar terminan  las dificultades. A la mañana siguiente abrimos el último largo para coger las viras de salida y a un largo por debajo de estas nos damos cuenta de que la línea se pierde. Si queríamos que la línea fuera independiente nos tocaba abrir un largo equipado sobre techos. Es por esto por lo que decidimos salir por el último largo de la vía Fantasía que nos deja en las viras de salida. De esta manera, la dinámica de nuestra ruta y su personalidad no quedaba transgredida . Este día zanjamos intentar salir hacia cumbre pero los petates siguen pesando demasiado y el roce contra la pared hace extenuante su izado. Nosotros, ansiosos por largarnos de esta pared y de huir de la obsesión casi enfermiza por la apertura, luchamos un tiempo pero finalmente advertimos que es una locura inútil y descendemos de nuevo hasta nuestro “nido de águilas” para descansar y esperar. La paciencia es una virtud, precipitarse un error.

El día 27 de Julio, cumplimos una semana en este universo vertical, llevamos unas horas rappelando con los petates y en nuestras atrofiadas y lacónicas mentes sólo existe una neura, el suelo, el agua que ya se escucha y luego el tallín al limón. Los cuerpos lánguidos y desgastados se prestan al descenso, dejando sentir la gravedad contra la que hemos combatido durante la última semana.

VÍA  SULAYR ( ED+, 7b/+ 800m) 7a obligado. 15 parabolts de progresión.

L1: 7a, L2: 6c, L3: 6b, L4: 6c, L5: 6a+, L6: 7a ( largo ya abierto con equipamiento deportivo) L7: 7a+, L8: 7b, L9: 6c, L10: 7a, L11: 7b/+, L12: 6b+, L13: 6a+, L14: 7a, L15: 6c+.

Localización: Tagoujimt, Taghia ( Marruecos ).

*Con la colaboración de Junta de Andalucía, Consejería de Comercio Turismo y Deporte, SherpaGranada y Sololaventura.

2º FASE OCÉANOS DE ROCA: TAGHIA.

 

Oceanos de Roca es un proyecto a largo plazo para escalar las paredes más espectaculares del mundo, pero siempre con un pensamiento dentro del concepto “libre”, es decir escalando sin la ayuda de medios artificiales, limpio y respetuoso con el medio natural buscando líneas atractivas y en el estilo más lígero posible, tanto a nivel humano como material.

 

Es una progresión lógica de paredes, crecientes en dificultad, altura y compromiso de las rutas elegidas, finalizando en una Gran pared dentro de una gran montaña, como puede ser las “Torres de Trango” (Pakistan) o el “Shivling” (Nepal) ambas por encima de la cota 6000m, o en rutas técnicas sobre grandes paredes del planeta, como podría ser el Cerro Torre (Patagonia), o una gran ruta en libre en El Capitán (USA), o en una cara difícil de las Torres del Paine.

La primera parte del proyecto ha quedado consumada tras volver de la expedición a los Alpes Italianos con 4 primeras repeticiones nacionales en el estilo más vanguardista posible. Además dos de las actividades fueron reconocidas por la FEDME ( Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada) que junto con el aval del Consejo Superior de Deportes galardonaron a estas escaladas con el Premio FEDME 2008 a la mejor actividad de Alpinismo Europeo así como a la mejor actividad de escalada en pared. Lo que coloca al equipo del Proyecto Océanos de Roca como puntero en su especialidad  y una excelente proyección con resultados que le avalan. Toda la información y prensa se adjunta en el dossier.

En esta segunda fase, después de unas modificaciones inesperadas dentro del  proyecto inicial, marchamos a Taghia, de nuevo mañana por la mañana. Cambios el destino de la Coordillera Blanca ( Perú ) por unas tierras y paredes no muy lejanas que renovaron nuestra inspiración en el pasado Mayo, una bocanada de aire fresco se filtro por los poros de nuestros sesos y ahora tenemos unos 120 kg de material pesado esperándonos en Marrakech y que emplearemos para poder encaramarnos a la roca y ascender por líneas desconocidas; abrir, aunque sea con la ayuda de toda esta chatarra. Volvemos en cuestión de un mes para seguir disfruntándo de la vida en nuestra tierra. Mientras tanto disfrutaremos de la paz que se respira en el Atlas, de la sencillez de la vida bereber, del cous cous y del té a la menta, de la vida…

 “Todo pone a prueba al hombre, dice<span st