ANDINISMO EN LA COORDILLERA BLANCA I

 

“Todos saben lo que yo entiendo por un paisaje hermoso. Ha de tener arroyos, abetos, montañas, caminos con abismos a sus lados que infundan pánico.”
Jean-Jacques Rousseau.

Llevamos ya dos días de viaje sin descanso y, nuestro destino, Huaraz, ciudad de partida para la mayoría de cumbres de la Cordillera Blanca queda todavía a unas ocho horas de tedioso viaje en autobús. El sistema de seguridad extrema los detalles. Nos graban en video, revisan el equipaje de mano y nos pasan el detector de metales al mismo tiempo que nos cachean. Control rutinario, dicen. El traqueteo del autobús y una molestia aguda en los oídos, me hacen emerger del mundo de los sueños. Es entonces, cuando recuerdo que no hace ni dos semanas que supimos, con certeza, de la realidad del viaje a Perú y ahora, de repente, miro mi altímetro que marca unos 4.500m y me percato de que estoy alcanzando mi record de cota en uno de los autobuses, para clase turista, de la compañía peruana Cruz del Sur. Cuando llegamos a la estación de Huaraz, nos recibe Zarela. Una señora encantadora que gestiona la casa en la que nos vamos a hospedar. Una casa de ambiente muy familiar y sobre todo montañero en la que descansaremos cuando bajemos de las montañas.
Durante los tres días siguientes, reestructuramos nuestro calendario, hacemos las compras pertinentes tras calcular las raciones de altura y además, realizamos un pico de aclimatación que nos pone en consonancia con las primeras sensaciones de la hipoxia. Ascendemos hasta la laguna Churup ( 4.450m) y bajamos al abrigo de la cálida y hospitalaria ciudad de Huaraz, situada en el Callejón del Huaylas, a 3000m de altura.


Hace tres días que partimos de Huaraz hacia Yanganuco, área del parque nacional del Hauscarán, desde donde se parte al campo base del Pisco, nuestro primer objetivo. Es aquí donde comenzamos el proceso de aclimatación que se avecina duro. Pagamos a los arrieros para que porteen todo nuestro material y provisiones hasta el CB. Llevamos, con nosotros, a un nuevo miembro expedicionario, Juan, nuestro cocinero quechua. De rasgos indios, Juan te recibe siempre con una sincera sonrisa que descubre su desamueblada dentición plateada. Juan no está poseído por el ritmo frenético y falto de tiempo que caracteriza al occidental  pero se adapta al nuestro y resuelve cualquier problema con templanza y buena filosofía que nada tiene que ver con la cultura de la gestión del tiempo. La de aquella sociedad que se hizo próspera y poderosa a la vez que egocéntrica y terminó sucumbiendo al poder del tiempo con el temor insoportable de que este llegará a agotarse sin remedio, drogadictos de la velocidad. Aquí la vida transcurre de otra manera y pronto fuimos nosotros los que nos adaptamos al ritmo del cocinero.

Una vez llegamos al CB del Pisco, degustamos los primeros síntomas de la hipoxia, tras Churup, aunque estos más leves. Dolor de cabeza, mareos, lentitud mental. En altura, la falta de oxigeno te vuelve vago. Cada esfuerzo te cuesta el doble. Y todo transcurre con una insufrible lentitud. Ascendemos hasta el campo morrena ( 4900m) donde instalamos nuestra tienda de altura, de cuatro plazas, lo que significa que dormiremos apretados. Partimos a las 2:00 de la noche, tras dormitar unas horas. La altura no nos ha permitido dormir y prácticamente no hemos descansado. Iniciamos el ascenso hasta la lengua del glaciar, un glaciar que este año esta en unas condiciones satisfactorias de estabilidad y que permite progresar sin encordamiento. Seguimos la marca de las huellas atravesando puentes de grietas. A cada lado, el azulado hielo se pierde en abismos oscuros. El último tramo transcurre por una sucesión de lomas nevadas que hacen que el Pisco parezca la montaña interminable. Una vez en la grieta, ya solo queda sortearla y hollar cumbre en una mañana que se ha tornado hostil y que no nos permite divisar una de las panorámicas con mayor perspectiva de la cordillera blanca.
Tras descansar unos días en Cebollapampa, el valle de partida hacia la quebrada de los Huandoys y el Yanapaccha, decidimos ascender una montaña más para dar por terminado el proceso de aclimatación. Se trata del Yanapaccha (5500m), con inclinaciones comprendidas entre los 65 y 70º. Realizamos una aproximación de locura hasta el pie de una laguna idílica, con los Huandoys al fondo y una vez en el campo 1, tras pasar por distintos campos abandonados, debido a la enorme recesión del glaciar, observamos con incredulidad que faltan las varillas de nuestra tienda. Pero, sin más lamentaciones pues ya no existe solución , al tema de las varillas, improvisamos un vivac con las telas sintéticas de la tienda detrás de una roca de dudosa estabilidad. Paradojicamente pasamos una noche agradable excepto por algunas desagradables ráfagas de viento. Pronto estamos progresando por el sinuoso glaciar, plagado de grietas que conducen a un vacío helado por el paso del tiempo. Llegamos a la primera rimaya que sorteamos a izquierdas por un puente de hielo que desemboca en una pendiente de nieve que precisa ya, de la técnica del piolets tracción. Alcanzamos una arista que da al collado que hace de cumbre. A su izquierda, un serac a elevado la cumbre unos metros. Es tan pequeña que solo permite a una persona en su superficie. To dos subimos asegurados y extremando la precaución , pues el viento azota con fuerza pavorosa. Tomamos un piscolabis para reponernos y descendemos por la ruta normal, dándonos cuenta de que hemos ascendido por un ruta distinta. Descendiendo por la pendiente, en busca del puente que surca en el aire, la rimaya, observamos con resignación, que este no existe. Montamos una reunión y rapelamos hasta el labio de la rimaya. Cerciorándonos de la inexistencia del supuesto puente, decidimos saltar la rimaya. Y una vez, todos, al otro lado ya solo nos queda descender zumbando por el glaciar hasta la morrena. Ese mismo día, comeríamos pollo cocido con verduras ya en la seguridad de nuestro CB.

El proceso de aclimatación resulto ser una incomoda enfermedad cuya sintomatología radicaba entre sensaciones que oscilaban del mareo a la nausea, a las fiebres y los vómitos, de la sensación de asfixia  al insomnio. Todo una serie de síntomas que adheridos al terreno inhóspito en el que se práctica el alpinismo, hacen quizás de este uno de los deportes más duros del mundo. Si no el que más. Cuando hubimos repuesto masa lípida en nuestros desgastados cuerpos, volvimos a el ataque, para embarcarnos en una nueva aventura alpina, y así, romper con la rutina que tanto nos oprime y que nos lleva a hacer este tipo de locuras. Partimos, de nuevo con “Cacho”, en su “combi” hacia la famosa quebrada de Santa Cruz. Corremos en el carro por una inestable pista de tierra que nos deja en Cachapampa, el pueblo de partida hacia el trekking del Alpamayo. Ya vemos a los arrieros que empiezan a correr hacia nosotros para ver si hoy, hay trabajo. Se sientan impacientes, enfrente de nosotros y nos observan con mirada escrutadora. Juan elige al afortunado arriero. Mientras cargan los bártulos, nosotros nos adentramos en la quebrada e iniciamos la marcha a lo largo del río Santa Cruz, y al final del segundo día alcanzamos el CB del Alpamayo (4200m). Montamos nuestras tiendas en un bosque de quenúales, árboles milenarios que crecen con lentitud por la falta de oxigeno. A las siete de la mañana del siguiente día, partimos con nuestras mochilas a la espalda, para coger un sendero por una enorme morrena que en unas horas nos deja al pie de la lengua del glaciar. Progresamos rápido, por el sólido glaclar hasta alcanzar el temido collado que por supuesto resulto digno de temer. A 5.400m requiere de varios largos de escalada real hasta su parte más alta. El atardecer nos atrapa en el collado y los Huandoys se tiñen de tonalidades rojizas, fruto del ocaso. Salimos al plató glaciar y desde aquí, descendemos en las oscuridad hasta el Campo 1.
Decidimos intentar cumbre en la madrugada de la posterior noche, pues pasamos el día siguiente recuperando fuerzas. A las 2:00 de la noche deslizamos la cremallera de nuestra tienda y una tenue luminosidad invade nuestro pequeño habitáculo. Escalaremos al abrigo de una noche despejada y sin luna. En poco tiempo estamos montando reunión, al pie de la rimaya, debajo de un desplome de nieve de 95º formado por el desprendimiento. Tras esta sección atlética la ruta discurre sobre una uniforme pendiente de unos 65º de inclinación con algunos tramos aislados de 80-85º. Frio. Esa es la sensación inmediata que nos invade hasta que los primeros rayos de luz empiezan a desentumecer cada capilar de nuestro cuerpo. Esperando en la reunión, mientras suben mis compañeros, noto como los pies se empeñonan. Cuando termino los largos que me corresponden, me cuelgo de la reunión y trato de concentrarme en reactivar la circulación para recuperar la sensibilidad pero las tareas verticales me distraen del asunto. Progresamos con relativa rapidez hasta alcanzar a la cordada turolense, un largo por encima de nosotros. A las 11:00 de la mañana conseguimos hollar la cumbre del Alpamayo ( 5945m), una estrecha arista que no te permite bajar la guardia en ningún momento y que nos obliga a permanecer anclados a nuestro piolets, sumergido en la nieve. El abismo a cada lado. La mañana nos regala un hermoso día de cumbre. El mar de nubes se extiende en el horizonte. El panorama salvaje y embaucador. Por un momento, una sensación de tranquilidad embriagadora hace que nos olvidemos de que estamos en el ecuador de la actividad. Estamos deshidratados, así que durante el tiempo que pasamos en la cumbre hacemos las fotos de rigor y bebemos potingue isotónico. Ahora queda descender por la misma vía. Y el sol empieza incidir en los pequeños hongos que parecían observarnos en nuestro ascenso. En este caso, el estilo francés, el de escalar de noche, queda justificado. Una vez en el suelo, el Campo 1 queda cerca. Ascendemos hacia él con la idea de hacer las mochilas y bajar a comer pollo frito al CB. Además el sol esta ahora en su cenit y las temperaturas ahora son propias de invernadero junto con el potente albedo de los cristales de hielo. Tenemos que marcharnos antes de enfriarnos, pues en caso de que ocurra, nuestros cuerpos no van poder moverse hasta el día siguiente. Y no nos quedan raciones de altura, ni gas para derretir agua. Es de obligado cumplimiento descender a la seguridad que te proporciona el CB. No obstante, cada vez que nos levantamos para recoger algo, nos sentamos y caemos extenuados. Conocemos de sobra el descenso que nos espera. Tres rápeles hasta el glaciar y luego una laberíntica y extendida morrena. Además, la noche nos cogerá, como mínimo en la morrena. Descendiendo ya de noche, por la morrena, divisamos luces que pululan entre el bosque de quenúales que abrigan el CB. Parece que la gente de allí abajo está preocupada. Una vez en el CB, los porteadores y lugareños del valle se interesan por nuestra compostura y nos preguntan, extrañados, por el paradero de nuestros porteadores. Al día siguiente, los invitamos a todos a una Pilsen. Marcos, el guía que acompaño a los Gallego en aquella experiencia andina con apartado propio en el telediario, nos guía hasta nuestra tienda.
-¡Juan Chinchey ¡ ¡Aquí, están tus clientes!
-Estamos bien – gritamos nosotros-.

BIO

 

 

 

 

Alex es, a título de presentación, el primer alpinista andaluz con posibilidades de acceder al profesionalismo deportivo. Ser alpinista y profesional a la vez es tremendamente difícil, tremendamente meritorio. Ganarse el reconocimiento del mundo especializado a la vez que el apoyo social es miel sobre ojuelas en este deporte, en el que te juegas la vida cada dos por tres. Hacer alpinismo de vanguardia sin venderse, decirlo bien alto y que te escuchen abre nuevas dimensiones a nuestro pequeño mundo deportivo. Nuevas puertas que ojalá crucen (si pueden) los que le sigan, porque su camino no es fácil.

 

Alex y su generación vienen, como escaladores jóvenes, a quemar viejos prejuicios, a dinamitar a golpe de piolet y dificultad pura los cimientos del alpinismo clásico. Es por tanto una buena noticia que alguien como él ocupe una tribuna desde la que decir algo. Algo que sean razones, rendimiento y compromiso en lugar de las verdades a medias a las que desde nuestros propios estamentos nos tienen tan habituados. Por eso lector, si al visitar este blog encuentras extrañas ascensiones de curiosos estilos, abstractos signos de dificultad e itinerarios perdidos en montañas desconocidas,

 

has de saber que sustituyen, afortunadamente y gracias a muchos sudores, a los obsoletos tópicos del motañismo que encontrarás en otros sitios. Déjate encordar con él en los largos más verticales y permite que te enseñe los nuevos criterios de la dificultad, que al fin y al cabo responden a las grandes cuestiones del alpinismo de siempre. Disfruta de contar, entre los granadinos, con un alpinista excepcional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Rubén de Francisco (  doble PREMIO FEDME 2008 ) y amigo expedicionario.

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