Taghia. Sólo un poco más al Sur.

A veces ser del sur es arduo y pesado, sobre todo cuando uno es alpinista y necesita de las bajas temperaturas para resarcirse. Durante unos meses estuve viajando siempre al norte hacia las montañas heladas. Pasado el solsticio de primavera cuando bajo las laderas nevadas se asoma la brizna amarillenta, esclarecida por el frío, el sol brilla y el paisaje adquiere cromatismo. Es entonces cuando el paisaje se torna más intenso y vivo. Y es en este momento cuando el alpinista cuelga sus piolets en el armario y agarra los pies de gato para encaramarse ansioso a la roca caliente.

A solo diez minutos de perder el autocar que me llevaría a Madrid para más tarde coger el avión rumbo a Marrakech, seguía sentado en aquel bar, junto a unas amigas, intentando encajar lo que me había pasado aquél día. Luego caí en que por fin viajaba al moro, por fin más al sur; la concepción del tiempo diluida e indiferente, el olor a menta, el cous-cous, la hospitalidad, la calma, el silencio…

Cuando aterrizamos en Marrakech, nuestro contacto con Amed está esperándonos en el hall con un cartel en el pecho. Un viaje de cinco horas en todoterreno nos separa de Zaouia Ahansal donde términa la carretera. Una vez se pierde el asfalto es esta pista pedregosa que se extiende unos 76 kilómetros hacia el Alto Atlas la que nos separa de la aislada aldea bereber de Taghia. Hacía ya tiempo que la palabra Taghia había pululado en las tardes de tertulia a la sombra de una higuera después de una escalada o durante una cerveza.

“ Hoy el día está bochornoso, turbio y nublado pero a veces los rayos del sol se filtran e iluminan la tierra gris del desierto. El paisaje se asemeja mucho al de casa, extensos terrenos de olivo y acebuche. Y desde el desvencijado todo-terreno que no para de traquetear y tambalearse de un lado a otro, no puedo dejar de mirar las sabinas milenarias repartidas desordenadamente con su retorcido tronco y esparciéndose en la planicie.Mientras intentamos olvidarnos del dolor cervical, algunos trashumantes cruzan la carretera o se quedan mirándonos impávidos tras la ventanilla. Más atrás, unos compañeros recogen a una señora que va a pie hacia algún lugar en las montañas o al otro lado del Atlas donde comienza el desierto del Sahara. No hago más que preguntarme a dónde se dirigirán. Seguro que ellos piensan lo mismo de nosotros. Algunos volverán a casa, otros sólo desean dejarla atrás y otros como nosotros sólo pretendemos subirnos por las paredes. Como siempre. Quizás, si que sea verdad que somos unos egoístas. Simplemente porque hacemos lo que nos gusta como dijo el alpinista Carlos Pauner ”.

 Llegamos a Zaouia en el momento en el que la luz del ocaso baña el adobe, concediendo a la tarde un rojo intenso, proyectándose hacia la claridad del cielo que se apaga. El recibimiento es caluroso y acogedor. Los árabes son muy efusivos y hospitalarios, dominan bien las normas del comercio y en esencia, están tratando con clientes podemos sentir la franqueza de su respeto y amabilidad espontánea. Por la noche tajin de cordero al limón con verduras, pasas y ciruelas. Cuando nos sentamos a la mesa atiborrados de nueces y  té a la menta el intenso aroma de las especias arábigas nos recuerda a los presentes que estamos en un mundo distinto.

Aquí la tierra roja y seca de las montañas, en las estribaciones del desierto, contrasta con el verde de los pastos y cultivos creando un soberbio tornasol que junto con las casuchas de piedra y adobe genera una sensación de extraña lejanía, incluso de pérdida y deslocalización. A solo dos días de viaje podemos encontrar un lugar donde olvidarnos de todo y sentir el mundo mucho más cercano, parece que hemos viajado en el tiempo. Es aquí donde podemos tomar consciencia de nosotros mismos, donde podemos observar mejor al de al lado y al maravilloso mundo que nos rodea. Aunque el detalle de las parabólicas te confunde y te advierte de la variada superficie de la tierra sobre la que se asientan los pueblos, de lo semejantes que somos todos y de que a pesar de las diferencias culturales no somos tan distintxs como creemos. Siento una distancia que no se corresponde con la física. Granada no queda tan lejos y sin embargo me siento alejado de todo, más que nunca. Junto al gélido frío de las montañas y el achicharrante calor del desierto, la menta crece a cada lado del río y además muchas veces huele a casa; el tomillo y las encinas lo asemejan mucho a la contraviesa alpujarreña produciendo una sensación de familiaridad a la vez que distancia. La población se dedica a la ganadería y a la agricultura. A las mujeres las ves en el río aporreando en la piedra sus prendas, las ves cocinando e incluso trabajando en los cultivos. A las niñas los ves jugando en los serpenteantes caminos que sortean el valle o en los que se pierden en las montañas junto a sus hermanas. Los hombres se dedican a los cobros y al comercio, a la gestión y administración o los ves restaurando una fachada con la mayor parsimonia o contemplando como el sol se hunde bajo la montaña ya en el crepúsculo. Nadie a puesto una fecha y no la necesitan. Por eso aquí no conocen la palabra prisa. Es un concepto que relacionan directamente con occidente. Me acuerdo que una vez, en el zoco de Marrachek, el dependiente de un puesto me dijo en la secuencia que sigue, lo siguiente: – Rasta- pasta, mucho dinero, mucha prisa. La prisa mata, amigo. A lo que yo le contesté: – Me ves con cara de tener prisa. No tengo mucha prisa, amigo. Y entonces me invitó a entrar en el puesto y ver con el los Loone Toons.

El Taghia está enclavado en un vergel atravesado por un río que se forma solo unos cientos de metros más arriba donde  el agua aflora a borbotones de la propia pared y se encauza en un sistema de regadío que nutre más tarde los cultivos que abastecen a sus despreocupados pobladores. Saben aprovechar sus recursos, sobre todo el agua, bien valorada allí donde no abunda. Los bereberes poseen la sabiduría ancestral de la permacultura, cuidan de conservar aquello de lo que pueden carecer. Producen su propia electricidad con una toba y después la almacenan para disponer de luz únicamente a partir de las siete de la tarde y hasta bien entrada la noche. En los cultivos abunda la patata, la zanahoria, el calabacín o el trigo para el pan. Solo algunos árboles frutales como el nogal o la higuera crecen en la rivera del río y estos se mezclan con los quercus y las egocéntricas sabinas.

El Taghia, desde que escuché aquella palabra siempre quise entender de que se trataba. Nostalgia del Alto Atlas. Mientras jugaba con el humo del pitillo respirando el aire húmedo frente a la luna menguante comprendí que habíamos llegado a nuestro Dorado. Y es que Rubén supo captar aquella sensación que corría por nuestro torrente sanguíneo, la misma sensación que debieron sentir los escaladores de la llamada Edad de Oro en Yosemite como Royal Robbins cuando el Capitán se levantaba imponente antes sus propias narices. Algo desde lo profundo nos dijo, en aquel instante que nuestra generación, igual que nuestro momento están ligados a este lugar, por los inasibles avatares del destino.

Después, en una de las paredes más inaccesibles del cañón de Taghia, el Tandrarate nuestros frontales relucirían en la oscuridad de la noche en lo más alto de la pared, a sólo unos metros bajo la cumbre. Me hubiera gustado ver a aquellas luces moviéndose de un lado a otro en el espacio. Éramos nosotros que buscábamos cómo acomodarnos en el  angosto cubículo. Pero esto ya es otra historia que como muchas permanecerá en nuestra memoria hasta que irremediablemente hayamos desaparecido y formemos, de nuevo un uno con el polvo.

 

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