LO LLAMAN ERASMUS PARTY
No pasa un día en el que deje de recordar el momento en que nuestras manos se separaron y ella bajo la cabeza quedamente para agarrar el volante. Llegaba tarde al trabajo. Fue un despertar sin remoloneos, ese último día nos quedamos dormidxs. Aquella mañana, cuando nuestros cuerpos cálidos se separaron con impotencia, ella lo supo. Supo que me iba al norte, supo que nos separábamos. Al menos en el sentido físico de la palabra. Me acuerdo del ritmo de nuestra respiración y de la profundidad de su mirada que se precipitaba al infinito. Me acuerdo de cómo la vi desaparecer alejándose en el auto y yo asustado, así definitivamente el tirador de la puerta y presione sin titubeos. Respiré profundamente, introduje la llave en la ranura y le di al contacto. Me fije en el ambiente que reinaba en la calle para llevármelo conmigo hasta que me calara los huesos, sabía que pronto lo extrañaría. Escuche la ciudad una vez más como cuando unos días atrás salía a la terraza y me quedaba parado y en silencio contemplando la ciudad. La luz de la mañana entraba por la ventana y la bajé a un más para que el aire junto con su aroma inundara la cabina, luego un anciano cruzaba la calle… Encendí la radio que como siempre sintonizaba Radio3 en mi paramo radiofónico y se sentía: “ Hoy comienza todo…”. Una mezcla de euforia y vacio explosionó en mi interior. Eso me asustó aún más. Luego me puse en marcha. Inevitablemente el momento para mí, había llegado.
Hace ya más de dos semanas que llegue a Grenoble con la intención de pasar un año viviendo en la capital de los Alpes. Sí hay alguna ciudad en el mundo dónde en una misma familia sea frecuente encontrar escaladores, esquiadores y alpinistas de distintas generaciones, esa es Grenoble. Una ciudad no demasiado grande ni demasiado pequeña, con todas las comodidades de una capital pero con la montaña y la evasión necesaria de lo urbano, a un tiro de piedra. Dos días de viaje casi ininterrumpido me trajeron aquí. Había quedado con mi contacto en una plaza bastante céntrica de la ciudad. Paré tan solo para comer, dormir y fumarme un cigarrillo para poder pensar tranquilamente en todo lo que dejaba en Granada y a la vez, en todo lo que me deparaba el futuro; la nueva universidad, las escaladas o los nuevos compañeros de cordada. Había salido con la brisa de un final de septiembre bastante cálido, más tarde de lo que debía porque aquí el curso ya había comenzado. Me costó hacerme a la idea de que me marchaba por un tiempo. Tuve que tomarme el tiempo necesario para asimilar el momento en que tendría que separarme de mi gente más cercana. Y allí en la plaza Saint Bruno me esperaba Cedric . Contacté con él a través de Manu Córdova en el pasado verano y con aquél había estado escribiéndome para preparar mi llegada. Cedric era una persona agradable a simple vista, sonriente y atento, había un peculiar brillo en sus ojos. Tenía la extraña sensación de que nos habíamos visto en alguna parte. Viví en su casa durante los próximos nueve días y allí conocí también a Antoin uno de sus compañeros de piso e inseparable compañero de cordada. Resultó que tanto Antoin como Cedric eran miembros del Equipo Nacional de Alpinismo Francés. La conexión con ambos fue inmediata.
Durante los próximos nueve días estuve buscando piso desesperadamente. Y durante esos días tan recientes en la línea física del tiempo pero sin embargo tan lejanos desde mi propia configuración temporal, empecé a familiarizarme con mi nuevo entorno y con una cultura a la vez tan cercana y diferente, con el idioma, con una ciudad preciosa, nueva y rodeada de montañas y paredes plagados de cedros y abetos. Todas las mañanas iba a tomarme un café al bar de un rastas. “Café y sonidos” se llamaba. El tipo era muy simpático y siempre se interesaba por mí y me preguntaba que cómo me iba, me indicaba cada mañana cómo llega a cada calle o plaza. Y yo que necesitaba a alguien con quién hablar, acudía todos los días temprano, por la mañana, a tomarme el café. Tengo que ir a verlo. Todos los días iba a un lugar distinto a la búsqueda de un piso, una habitación en la que empezar a adaptarme. Lo necesitaba. Atravesaba la ciudad de cabo a rabo, cada día, ofuscado en mis dificultades, en la falta de entendimiento, sumido en la incomprensión. Es como si te cortaran la lengua. Es como si volvieras a tener dos o tres años y tuvieras que empezar de nuevo, con la diferencia de que ahora eres plenamente consciente de tu incapacidad para expresarte, de tu falta de recursos para transmitir lo que en cada momento quieres transmitir. Es una sensación muy frustrante. Pasados unos días empecé a levantar la cabeza y fue entonces, cuando me percaté de que sólo veía montañas a mi al rededor y comprendí, en aquél momento que eran esas montañas las que me habían traído hacia aquí. Comprendía donde estaba y pensaba que quizás tendría que levantar la cabeza más a menudo para que todo fuera mejor. Había cumplido un objetivo y un sueño. Estaba a menos de dos horas de camino de Chamonix, en una ciudad donde todo me quedaba por conocer. Las dificultades eran simplemente pasajeras, propias del momento. Lo mejor estaba por llegar y tenía que relajarme para pensar con claridad, para ser consciente de lo que estaba aconteciendo.
Ahora ya casi estoy habituado a mi nuevo entorno, he tenido que prescindir de todos mis vicios, aunque ahora estoy enganchado al “chocolat” y al “fromage” francés, sustancias adictivas y ciertamente potentes de la región. Pas mal, como dirían los franceses. Poco a poco voy descubriendo cada rincón de la ciudad aunque todavía me quedan muchas brasseries por descubrir, muchos museos, plazas y parques. Primero fui descubriéndola en Trum y luego en bici cuando comprendí que era más económico, barato y cívico pues colarme cada mañana en el tranvía para poder ir a la facultad y a las gestiones propias de mi nueva andadura, estaba convirtiéndose en una actividad de riesgo, sobre todo para mi ajustada economía. Decían que sí, que si que había revisores. Yo no llegué a verlos pero pensé que era cuestión de tiempo que me cruzara con uno de ellos. Puede que sean como los microbios que no los ves pero sabes que están ahí. Además estaba sumiéndome en una especie de paranoia y pensaba que cualquier hombre con camisa blanca y ceño fruncido podía ser uno de ellos. Me acostumbré a estar a alerta y luego decidí que era más rentable ir de un lado al otro en bicicleta. Fui al rastro. Temprano, sobre las ocho de la mañana porque me habían dicho que más tarde ya sólo quedaban los restos de lo que no quería nadie. Me agencié una bici de paseo de color azul, siempre había querido tener una como esa para batirme con los tranvías en la ciudad o picarme con los demás que circulaban en bici, como yo. Es divertido. Descubrir una ciudad en bicicleta es algo fascinante, la sensación de libertad es colosal y también sirve para entrenar los dedos frente al frío intenso de la mañana que aquí empieza a eso de las siete, momento en que comienza la jornada francesa. Malditos centroeuropeos, qué majos son.
He acabado viviendo solo en un estudio muy simpático cerca del centro y del dominio universitario. No tengo a nadie con quién practicar el idioma pero intento remediarlo sintonizando la radio, escuchando a Edith Piaf o a Brassens y como tampoco tengo televisión, mientras almuerzo o ceno proyecto en el portátil “ Estrellas y borrascas” de Gaston Rebuffat o “Los Amantes de los Drus” de Beltrand Delapierre que me prestó Antoin para que me ayudara a aprender francés. Hoy, junto con los colegas de la escalada son los dos instrumentos que me hacen el caldo gordo y educan mi oído cada día.
Desde que estoy aquí, casi se me ha olvidado por qué estoy aquí. Quería vivir en otro país y aprender a expresarme en otro idioma, quería disfrutar con tiempo de la cultura de otro lugar diferente al mío. Pero lo que me trajo a Grenoble fue la montaña y todo lo que le rodea, no me refiero solo al alpinismo sino al su contexto. Por su puerto a las paredes, corredores, aristas, glaciares y collados pero también a la gente, al queso y al aire puro de los Alpes. De lo contrario seguramente hubiera acabado en París, de ser en Francia o en otra ciudad más llamativa de ser en cualquier otro país y claro, desfasando como hacen la mayoría de los Erasmus aquí cuyo ambiente detesto. Ahora, capeada la tormenta de los trámites y los extenuantes papeleos y habiendo sorteado los entresijos del complejo sistema administrativo francés, solo intentó vivir el momento. Pensar en la gente que echo de menos y no pensar demasiado en todo lo que me rodea y en lo que significa para mí, intento vivir el momento con cierta impaciencia. Es como cuando recibes un mensaje en el móvil de alguien a quien quieres y te gustaría saltar a por el teléfono, pero esperas. Esperas para que el momento no desaparezca fugazmente e intentas degustar ese instante prolongando esa sensación que te ilusiona. Es un juego para controlar las emociones. Sé que las montañas estan ahí pero llevan ahí desde la noche de los tiempos; las Grands Jorasses, los Drus, las Droites, el Eiger, el Angle, el Frêney. Está todo y puede esperar, además tengo que aprender francés para hacerme entender en los refugios y decirles que no que soy español y que no puedo pagar. Eso es fácil.Eso es lo que práctico ahora, vivo el momento cada día, sabiendo que es inevitable que se agote pero lo exprimo lentamente como cuando apuro la última bocanada de mate.
Francia es cara, todavía nos queda que sufrir esa subida importante de los precios que nos acercara a Centro- Europa. Es el precio que hay que pagar por los privilegios de ser europeos de verdad. Aunque no sé si tengo claro qué es lo que merece más la pena. Por otro lado tienes la Batavia a sesenta céntimos de euro en cada mercado y los productos biológicos están totalmente comercializados. Y el queso francés, oh el queso francés es la droga dura del día a día en la dieta de los franceses. Ah! , claro y hablando de drogas, sería inevitable olvidarse del agradable aroma a café que cada mañana por la calle o por los pasillos de la universidad te despeja cuando aún estas algo dormido. Es difícil adaptarse a los horarios de estos centroeuropeos y que mejor que Francia para hacerse adicto al café. No me culpo. Y luego está el pan caliente a cualquier hora, el vino rojo y el blanco, la cerveza biológica de Grenoble que es una auténtica delicia y el aire húmedo, las montañas… Pero el sol, uagg! el sol del sur. Los franceses no saben lo que es eso, una pena ¿pero no se puede tener todo no?…
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