Vida itinerante. Y Jordania.
Cuando entré en casa, sentí que el tiempo no había pasado pero sin embargo llegaba con el petate cargado de nuevas sensaciones, tenía gastroenteritis y había pasado por unas tres ciudades más después de salir de Amman . Me llamó la atención una especie de tentáculo que sobresalía de la caja de la verdura como si intentara atrapar algo, eran las raíces de una cebolla que había seguido creciendo durante todo el mes. Al menos había vida en aquél habitáculo oscuro. Abrí el frigorífico carcomido por el moho. Por supuesto, no había nada que fuera comestible. La casa estaba fría y ahora tenía un agujero con un trapo incrustado en la ranura de la cerradura para que el aire frío del reciente invierno no se filtrara hacia el interior de la estancia. Unos minutos antes, mi casero, un señor con un solemne mostacho y de respetables dimensiones había explosionado la cerradura de la puerta con inquietante brío mientras farfullaba en francés algo que no acababa de entender. Cuando lo vi aparecer con un cincel en la mano y una maza en la otra pensé lo peor. Había sobrevivido a las resbaladizas paredes arenosas del Wadi Rum y ahora sentía miedo por este hombre grandullón que con respiración dificultosa me miraba intrigado junto a mi petate mugriento y sarnoso. Después de comprobar que la cerradura definitivamente estaba encasquillada se dispuso a regañadientes a romperla. Estoy seguro de que todos; él, el vecino y yo, estábamos deseándolo. Tras unos golpes secos la cerradura cayó propulsada hacía el interior pero la puerta seguía sin abrirse. Fue en ese momento cuando el casero acelero más aún el ritmo de su respiración y me miraba con desconfianza, como si pensara que escondía dentro un cadáver y que después de cerrar con llave desde dentro había regresado desde Jordania para ver cómo estaba. Menos mal que el vecino amargado y viejo del fondo del pasillo no salió para preguntarme que qué había pasado con mi coche:
- sí aquel con el que me pegaste el golpe!!.
– Si señor, el coche está descomponiéndose en un desguace de Ginebra. Si quiere puede quedárselo por el arreglo.
Más tarde, mientras dejaba que mi cuerpo se asentase sobre los muelles de mi colchón-sofá, observaba como los hazes de luz se refractaban sobre los finos hilos de humo que comenzaban a difuminarse en el vacio. Había llegado a casa.
En la madrugada del sábado la noche estaba calmada, la gente debía de estar encerrada en los bares y en las salas porque no había ni un alma en la calle. Habíamos dormido poco, como siempre antes de separarnos habíamos pasado la noche en blanco divagando sobre el devenir de la vida en un catre que no era el nuestro desde hacía tiempo. Es víspera del día de todos los Santos y nosotros nos abrazamos al margen de todo. Sabía que dentro de poco la echaría de menos así que intenté retener el momento. Esos momentos que en las montañas te hacen ser más fuerte. Llegamos en tren desde Grenoble. Mi coche había fallado para siempre en la frontera con Suiza y fue directo al desguace de Ginebra tras un diagnóstico que certifico su última avería. Allí, en la noche de Zaragoza nuestros caminos se separaban una vez más para más tarde unirse.
El sol toco su cénit. Colgado en la reunión, unos metros por debajo de mi compañero mientras la arena del Jebel Rum se desprendía sobre mi cara y la bañaba, pensaba en cuan relativo es el espacio y el tiempo. Todo está tan cerca y tan lejos a la vez. Ahora estas en un lugar y de repente te encuentras en el otro. Desde la distancia la perspectiva cambia y desde nuestro cambio de ubicación todo es diferente. Ahora mi vida en Francia me parece tan lejana. Y el vecino me parece lo mismo de lejano que los beduinos que pueblan este lugar. Pienso en el significado de todo esto en este mundo vertical; en la incidencia de la realidad sobre este mundo, sobre la reunión y el pulso de mi compañero que se acelera a cada paso – ¿ es esto real?. Miro a mi alrededor y el paisaje desértico se extiende entre montañas, creando un entorno que debe de parecerse al de Marte por su color rojizo. Los cantos coránicos anuncian la caída del sol. Es el sonido del Muecín que reverbera entre los sinuosos cañones de esta cordillera más que acostumbrada a la sumisión que impone el Corán, aunque ellas seguirán aquí cuando aquél haya desaparecido. Nosotros tenemos que bajar pues la noche aquí cae rápido.
Hasta hace unos años en el Wadi Rum sólo existía un puesto fronterizo que controlaba el paso entre Jordania y Arabia Saudí. La población del Wadi Rum empezó a desarrollarse en los años ochenta. Fue iniciativa del gobierno Jordano la de subvencionar expediciones de extranjeros para que escalaran en estas tierras y dieran a conocer al mundo, el espectacular potencial de este paraje natural, uno de los más impresionantes del planeta. Originalmente su población era nómada pero les compraron todoterrenos a todos para que pudieran desplazarse con rapidez por el desierto y les ofrecieron tierras para que se asentaran sobre este terreno inhóspito. Eran beduinos, gente del desierto y descendientes más directos de la población de la antigua Petra. Ahora el paisaje es un tanto desolador; arena, basura y coches desvencijados corriendo a doscientos kilómetros entre las dunas. Es una ciudad sin ley aparente, poblada por beduinos, moradores de estas arenas que han cambiado el ganado por el negocio del turismo. En general son bastante arrogantes pero no hay que olvidar que en este caso, nuestra relación es estrictamente comercial y son unos completos novatos en este asunto. Su hospitalidad no se asemeja demasiado a la de los bereberes. Cada día pasan por aquí unos doscientos turistas que suelen llegar de Petra. Los llevan a ver las montañas, ven el atardecer, comen en el único restaurante que es oficial del Estado y se vuelven a perder en el desierto. Forman parte del circo que se montan todos los días aquí en el Wadi. Nosotros intentamos desparecer y alejarnos de todo esto cada vez que subimos a las paredes aunque formamos parte del mismo circo.
Esto es lo que hemos hecho cada día desde que llegamos. El desierto es nuestro campo de juego ahora y nos movemos como primates de arriba- abajo por los sinuosos y expuestos descensos a través de las entrañas de estos cañones esculpidos por el tiempo. Para escalar aquí, se exige el arte del alpinismo; mantener la atención constante sobre terreno dudoso donde incluso las regletas explosionan, la mayoría de los emplazamientos son interrogantes y los descensos son rutas beduinas bastante expuestas con destrepes de vértigo. No me extraña que Lawrence de Arabia viniera a estas tierras fronterizas para refugiarse para esconderse de los otomanos y preparar sus escaramuzas. Normalmente la tensión de un posible vivac nos incordiaba durante todo el descenso. Eran auténticos laberintos que había que descifrar antes de que cantara el Muecín.
Han pasado quince días desde que aquél señor de traje y corbata nos recibió en la embajada de España en Jordania; nos reunieron a todos en la mesa de juntas y nos sirvieron café turco mientras nos deleitaban con palabrería propia del protocolo lo agradables que son los beduinos y lo impresionante que es el desierto. Nos preguntan que porque nos hemos alojado en Down Town – zona cutre y marginal de Amman-. Nosotros le contestamos que es simplemente, un hotel que nos recomendaron. El diplomático continua e intentando remendar el asunto nos dice:
- “ Al menos, supongo que no será uno de esos hoteles con el cuarto de baño en el pasillo”.
- “ Bueno, el nuestro tiene un cuarto de baño para todo el pasillo”.
Y continua contándonos el duro trabajo que desarrolla su compañero el Cónsul cuando tiene que acudir a algún hospital y sacar a sus niños de la piscina – el pobre- cuando algún español sufre un accidente. Ahora comienza a hablar de la escalada, el tipo parece saber de lo que habla y es que eso es la diplomacia. Nos cuenta que los parabolts saltan y que continúa con su tema:
- ” en el Wadi Rum ocurren muchos accidentes, la roca se cae y salta. Además a los beduinos les encantan conducir por el desierto, lo hacen sin luces y a veces la gente muere atropellada”.
Mientras el tipo que resulta que es el consejero político y segundo del embajador, toca madera cada vez que nos advierte sobre las desgracias del alpinismo:
- “ esperemos que no ocurra nada claro…”.- Sí que no tenga que sacar el Cónsul a sus niños de la piscina…
Todos los días dormimos sobre la arena del desierto y bajo la lona de una tienda beduina construida a base de piel de Ibex y de camello. La noche del desierto es fría, las noches muy estrelladas excepto cuando hay luna. La luna del desierto es intensa, tanto que ilumina los vastos horizontes. Talal dice que le gusta el desierto, que es su lugar. Comprendo que es parte de su origen. Pero qué es lo que puede llevar a una persona a vivir en estas tierras. Con el tiempo te das cuenta de que la nada engancha, las vastas extensiones repletas de arena son un antiguo atractivo. Aquí cada pequeño tallo o árbol resalta entre el color rojo de la arena. La nada te hace fijarte en cada diminuto detalle, es una de las maravillas de la tierra.
Para evadirnos de de todas estas maravillas, dejamos de masticar arena durante unos días y marchamos a la ciudad de Akaba, una ciudad con mucha mugre, algo así como la Marbella Jordana. Aprovechamos para bucear en el Mar Rojo cuyas vistas submarinas recomiendan los más apasionados del buceo. Yo nunca había buceado y tengo que reconocer que me impresionó y que incluso sentí miedo hasta que conseguí respirar normalmente y comencé a sentir el mundo desconocido que me rodeaba. Sólo un apabullante silencio y el latido de mi corazón junto con el eco burbujeante de mi respiración pudieron calmarme.
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