Y I: ADAPTACIÓN. READAPTACIÓN. LOCURA
Es miércoles por la mañana y hoy es día de descanso, tengo por delante unas semanas de espacio para estar tranquilo y todo empieza a recordarme a ella. Los franceses se han marchado después de tomar el desayuno. Estarán unas semanas cerca de Chambery o Chamonix con sus familias y compañeras. Después de un convencional “hasta la próxima”, cierro la puerta. Tengo ganas de descansar y de organizarme un poco, hace tiempo que no reparo en nada, hace tiempo que no paro, hace tiempo que no estoy solo conmigo mismo.
Siento que sufro de nuevo una especie de cronopatía acuciada por un espejismo donde el tiempo parece ser flexible, dónde su gestión es permisible. En algún momento de su obra Quevedo apunto algo interesante “ el tiempo ni vuelve, ni tropieza “. Es por esto por lo que me parece vivir con una sensación de constante rapidez, de incuestionable prontitud por llegar a un lugar incierto cuyas coordenadas desconozco. Pero es qué acaso sé a dónde voy o de dónde vengo. El algebrista, poeta y pensador heterodoxo Omar Khayyam dijo en una ocasión:
“ Al período en el cual llegamos y
[partimos
ni se le ve el comienzo ni el fin se
[vislumbra
y realmente no hay nadie que pueda decirnos
[ de verdad
de dónde procedemos ni a dónde
[partiremos.”
Hace ya unos días que ando con la mente acelerada en todas direcciones, no para, parece que anda a libre albedrío y no consigo averiguar lo que me ocurre. Logro adaptarme a cada paso que doy, pero no me sirve de nada porque pronto cambio de medio. Hace poco, mientras extendía las sabanas sobre un catre desconocido, un escalofrío me recorrió la nuca y me di cuenta de que hacia casi un año que no estaba en un mismo lugar durante más de veinte o treinta días sin interrupción. Hace poco también, sobre las escaleras que daban paso a la aeronave que nos dejaría de nuevo en Madrid, un amigo, Simón con los ojos taciturnos y con el aspecto un tanto tísico me preguntó: - Tu también llevas una vida itinerante últimamente… ¿no? Y mirando a un horizonte lejano y distinto que de nuevo dejábamos atrás, le contesté vagamente que sí. Hasta ese momento no empecé a ser consciente de lo que me pasaba; ¿ cuál era la patología o circunstancia?, ¿ pero es que nos habíamos vuelto locos o habíamos encontrado la Verdad?.
A veces noto que el tiempo se me abalanza, a veces siento hasta miedo y me carcome por dentro la angustia. Vivo tan rápido que cuando quiero pararme no puedo. Cuál es el secreto de esa quimera de la felicidad. Por qué siempre que me ubico me ocurre algo semejante. No sé lo que me pasa. Sé que cuando desacelero y me aparto de ese ritmo frenético que tanto me engancha empiezo a plantearme muchas cosas, parece como si la mente estuviera absorta en el momento en el que viajas y que cuando te estableces, aunque sea durante unas pocas semanas, el poder del pensamiento te atacase con impertinencias sobre el sentido de la vida, sobre el sentido de lo que hacemos, sobre a dónde vamos o que será de nosotros. Cuando la mente se me asienta parece que se hace más consciente. Soy consciente en el movimiento pero cuando me establezco todo se ve distinto o todo se ve a menos velocidad y por tanto con ojos fríos y pausados. Para nosotros los alpinistas, la vida itinerante y el desarraigo llega a ser lo normal, el resto a veces parece ser un tránsito pero resulta que ese transito es también la vida real, a la que no nos quedo más remedio que readaptarnos una y otra vez si no queremos caer en el exilio. Por muy alpinistas que seamos, por muy marginales que nos creamos empiezo a preguntarme si no perseguimos lo mismo que el resto de los deportistas que persiguen la plusmarca, no es verdad que al final estamos persiguiendo la exhibición pública para ser reconocidos, para salir de la marginalidad, no es verdad que perseguimos los récord, el tiempo. Estamos dentro del mismo saco. El alpinismo se ha convertido en un deporte convencional como el resto; ascender cada vez más rápido, permanecer para siempre en los anales. El alpinismo, ha perdido su carácter singular, minoritario y de excepcionalidad, y se han ido acercando progresivamente a las otras disciplinas deportivas más convencionales. Y aunque para algunas personas signifique algo transcendental que marca nuestras vidas, para muchos es una disciplina deportiva como cualquier otra, sujeta a las mismas leyes y reglas que cualquier otro deporte, un deporte de consumo que se ha rendido al sistema de las reglas del comercio y el mercado y en donde hay que sacar un rendimiento. Se acabó para nosotros el romanticismo de la Ilustración, el de Dulac o Rousseau que primaba por encima de todo el paisaje, las sensaciones desconocidas como el miedo, o el entusiasmo por la cima o el sufrimiento por el frío o la tormenta y la exaltación de la acción en sí misma, aún la montaña sigue siendo la unión entre el deseo y el sufrimiento pero ya todo es diferente.
Hace poco leyendo un cómic manga sobre alpinismo “ La cumbre de los Dioses” reparé en una frase que a día de hoy recuerda a un alpinismo anacrónico, anclado en el pasado, en el recuerdo de algo que estamos perdiendo; lo romático, el sentido del porque si es que debe haberlo. Merece la pena ante la entrega de uno mismo lograr un ideal cierto confuso.
“ El vuelo del águila es tan afilado y cortante que hasta duele. No hay nada más bello en la naturaleza que la perfecta figura de un ave surcando el espacio. En mi piel áspera el vello se eriza como escarpias, y el destello plomizo de las garras atraviesa mis púpilas. Se levanta una polvareda de nieve. Todo sucede en silencio. [...] Retomo mi marcha por el frío mar de ázucar. Despacio.
No había razón para aligerar el paso”.
La Otra Cumbre
Por Jiro Taniguchi
Hay momentos en los que me gustaría detener el tiempo cómo lo describía Ann Marlowe en su libro: “Cómo detener el tiempo: Heroína de la A a la Z”. Eso no significa que pretenda meterme un chute cada vez que sufra esta conmoción sofocante. Todo el mundo persigue superar de alguna manera esa sensación de abismo que separa a las personas, esa sensación inherente de separatividad y soledad. Unos y otras lo hacen con el alcohol, la droga, el sexo otros con el consumismo. Otros como nosotros quizás lo hacemos con el alpinismo para sentirnos más vivos si pero ¿no es el resultado el mismo?, ¿es distinto el fin perseguido?, cuál es el fin real que perseguimos si la sensación finalmente es momentánea, fugaz. Por eso tenemos que volver y quedamos atrapados, como atrapa la droga. Cuál es el sentido entonces, si no cambia nada. Y si buscamos la plusmarca no es algo material y por tanto en vano. Es solo una adicción todo esto que se ha convertido en mi mundo.
No hay otro lugar en el planeta en el que me sienta más seguro que en las montañas, no hay otro lugar en el que me sienta más puro, vivo y salvaje. Sin embargo, esa sensación, esa droga de la vida junto al riesgo que nos hace yonquis de lo extremo no deja de asustarme y de confundirme cada día. Porque caer en esa extrema dependencia me puede hacer cada día más débil, tanto como al yonqui frente a la heroína. Y el alpinismo puede ser potencialmente más mortífero que aquella. Quizás sea un instinto que me avisa cuando paro y aterrizo en la llanura e igual que el instinto que en la vertical me avisa de la caida y no deja de decirme: ¡ sobrevive…!, en la llanura no dejo de pensar en la necesidad de otro proyecto que no sean simplemente las montañas. Ansiado letargo. Cultivo de la paciencia, qué pasará. No quiero acabar como Jim Bridwell, tirado en la calle y con un problema de alcoholismo. Solo.
La calle estaba teñida de un blanco inmaculado, la oscuridad ya había cubierto por completo la ciudad. La gente estaba en su casa. No había motivos para estar fuera, el frío casi cortaba la cara. Sólo quería llegar a casa y meterme en la cama. Esperaba que aquellos pensamientos escaparan rápido de mi mente y dejaran de atormentarme. Quería que aquel fastuoso día terminase.
2 Comentarios
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Por Milek, January 22, 2010 @ 2:27 pm
Buenas, me gustaria preguntarte algunas cosas. Es sobre algo que investigo, de un fenomeno fisico. Te dejo mi e mail pincel@gmail.com
Salu2
Por Alejandro Corpas, January 26, 2010 @ 6:59 pm
Tito. Qué tal? Cuánto tiempo sin saber de ti. A medida que pasan los días me encuentro mejor. No puedo bailar la J pero más o menos me da para cagar y mear y hacerme una quiches que tampoco está mal. Un abrazo. Y otro para el Vicente y la Ana.
No he publicado tu comentario porque ha habido un problema y tampoco es que me maneje muy bien con esto de los blogs. Total que no me ha dejado publicarlo. Por lo menos me ha llegado. Otro abrazo. Espero que estes bien.