Viaje para un encuentro. Instambul.
Acabo de desembarcar y llevo ya unas dieciséis horas de viaje que se han hecho más pesadas de lo normal. Supongo que serán los tránsitos que siempre se hacen tediosos y estar postrado en una butaca del “low price”, con las piernas encogidas mientras lidias a codazos por el dominio del reposabrazos. Entre libro y libro intento descansar. Todavía faltan unas horas para que mi compañera de viaje llegue e intento que todo pase deprisa desarrollando cada acción de la forma más lenta y lánguida posible. Paseo por el aeropuerto de un lado a otro buscando el mejor lugar para echarme y dormir un rato. Hace dos meses que no salgo de Grenoble, por no decir que hace casi dos meses que no salgo de casa. No creo que ningún tipo de enclaustramiento sea aconsejable pero a veces no nos queda más remedio y de no haberme partido el pie seguramente hubiera seguido ansioso como un perro hambriento y sarnoso de mandíbula batiente, con los ojos medio vueltos. Escalar, escalar, escalar… Ahora soy mucho más consciente de dónde estoy. Cualquier imprevisto en el ciclo normal de cada persona exige un cambio de perspectiva. Exige adaptación. Hace poco que suspiré, exhalando el aire como si expulsará toda mi impotencia hacia afuera, de tal manera que me dije a mi mismo que lo peor ya había pasado, quería convencerme de que poco me quedaba por volver a las montañas.
Junto a la necesidad intuitiva de la seguridad donde todo es predecible existe la inestable adicción del movimiento incontrolable. Estaba empezando a asfixiarme. Quería salir y volver al ajetreo de los aeropuertos y a todo aquello que te indica una partida, quería volver a sentir el aire y la impresión de otra ciudad más del mundo que te recuerda cuánto es lo poco que conoces y como es el mundo de sugerente por su inmensa variedad. Es todo esto lo que me tiene enganchado, no necesariamente tiene que estar relacionado con una escalada, lo que te atrapa es la sensación de desarraigo, el descubrimiento, la exploración del yo hacía el interior y hacía el exterior, el cuaderno de viaje desgastado en el interior del petate revuelto, la aventura.
Busco alguna zona de fumadores pero sólo veo símbolos de prohibición. Es una más de las etapas para acercarse a Europa, la prohibición. En Turquía ya no se puede fumar en ningún establecimiento público. Busco la salida, tengo que salir para volver a pasar el control de seguridad más tarde y así poder entrar de nuevo en el aeropuerto. Parece que los tiempos han cambiado, esperaba ver cientos de perros drogadictos buscando droga entre las maletas de cada viajero con aspecto desaliñado pero las autoridades turcas más que háchis siguen buscando bombas. El ambiente caótico del exterior me recuerda al resto de los países árabes que visité en el pasado, aunque a diferencia de estos, el aeropuerto de Estambul está impoluto, ni siquiera hay colillas. La impresión de control y orden me desconcierta. Toda la gente atiende en la puerta mientras apura su cigarrillo. Una pareja de la policía hace la guardia con metralleta en mano. Desde que he llegado nada me ha recordado a “Expreso de media noche” hasta que crucé la mirada con este Polïs. Avanza a paso lento y me escruta con la mirada y dejando que se sienta poderoso empuñando su arma mantengo la vista fija sobre su pupila durante unos segundos hasta que giro la cabeza y encojo el cuello como un pato cuando me doy cuenta de que es él, el que está atormentado. Quedan unos minutos para que llegue y me siento como si fuera a dar una conferencia frente a cientos de personas, me peino y me repeino varias veces sin demasiado éxito y me percato de que simplemente es absurdo. Además hace años que no me meto un peine, me sacudo un poco la ropa y me reenderezo las gafas, no dejo de mirar a un lado y a otro mientras la gente, no para de circular en distintas direcciones. Estoy nervioso. Hace dos meses que no la veo. Si antes sólo quería arraigarme a la montaña, ahora estaba colgado también por ella. Estambul nos esperaba.
Decía Napoleón que si el mundo fuera un solo Estado, Estambul sería su capital. Y para que no resulte etnocentrista se podría decir que sin duda es la ciudad más oriental de las ciudades occidentales, aunque se podría decir también que es una de las ciudades occidentales más orientales. Oriente y Occidente, dos puntos cardinales. Asia y Europa, dos continentes. Mármara y Negro, dos mares. Constantinopla y Estambul, dos nombres .Es una ciudad imprecisa definida y redefinida por muchos intelectuales a lo largo de los siglos. Es comprensible porque es una ciudad que apasiona y sobrecoge. Es ciudad-reflejo del mundo que se avecina; dual, multicultural e integrado, no cabe otra solución. La obra del premio Nobel turco, el escritor Orhan Pamuk, cuando refleja la yuxtaposición de las tradiciones orientales con las occidentales, la añoranza por un pasado perdido y anhelo por la modernidad inalcanzada es exactamente la fusión de dos culturas muy diferentes que han logrado convivir en paz.
Es una sorprendente megalópolis, alrededor de quince millones de habitantes, aunque el censo no es fiable. Entre los Estambulinos se encuentran desde los griegos hasta los kurdos y armenios, pasando por los tártaros o los asirios que yo creía que se habían extinguido al igual que los visigodos, por ejemplo. Es la puerta de Europa, es el ecuador de un viaje hacía el mundo de las oportunidades que la mayoría de las veces finaliza en el Cuerno de Oro. No pueden cruzar a Europa y es evidente que no van a volver a su casa. Realmente no comprendí el resultado de la influencia de todas las civilizaciones que ha dejado rastro sobre esta ciudad hasta que no empecé a cruzarme con todo tipo de rostros que transitaban por la calle, toscos como los griegos o de nariz romana y arabesca. Los rostros de la gente que no se adaptan a ningún estereotipo o cliché. Es una ciudad que desintegra prejuicios. Es la ciudad hybris, circunstancia, sin dudad que la hace extremadamente atractiva y misteriosa y puedes notarlo en la rica gastronomía que se adapta al gusto de cualquier paladar consecuencia, también de su riqueza y en el sincretismo religioso, claramente reflejado en el la arquitectura, símbolo de poder. Cada sultán o emperador construyo una mezquita para simbolizar el poder de su reinado. Mezquitas que fueron iglesias e iglesias que más tarde fueron mezquitas. La variedad de templos que serpentean toda la ciudad impresiona a primera vista por muy ligera que sea. Es una ciudad infinitamente dual, con multitud de contrastes; el velo se cruza con la minifalda y la chilaba con la americana junto al fular combinada con vaqueros o tejanos. Puede que nos enseñe que el Islam no sea siempre radicalismo. Aunque sigue habiendo represión y conservadurismo y continua existiendo la presencia de un poder militar que perpetua la influencia, entre bambalinas, sobre su débil democracia, Ataturk dio un golpe fuerte al fundamentalismo cuándo llegó al poder aunque más tarde, sin embargo los conservadores volvieron al gobierno. Sigue habiendo ráfagas de ese fundamentalismo pero es una sociedad que si no fuera por las mezquitas me recordaría más a Francia que a Jordania. El barrio de Taksim, situado en el extremo más oriental, en la parte asiática de la ciudad resulta ser el más sorprendente para cualquier persona que vaya a Estambul buscando el Oriente. Es la parte más movida de la ciudad, sigue habiendo mezquitas pero estas se combinan con burguer y tiendas con las firmas de la moda europea. La calle principal de este barrio podría ser la de cualquier ciudad de Europa. Sigues viendo minifaldas, peinados voluminosos, escotes y alguna mujer con velo que pasa desapercibida entre la muchedumbre.
El hamman es una de las visitas obligadas de la ciudad. Resulta atractivo principalmente para las mujeres que pueden acceder al espacio más íntimo de las mujeres musulmanas. Mariajo salió impresionada de su experiencia sobre todo por haber coincidido con dos mujeres musulmanas que desprendidas por un momento de la coacción del velo se comportaban ahora de una forma diferente. Al otro lado, en el área para hombres, yo disfrutaba del sonido del turco junto a unos hombres que debatían sobre algo que nunca comprendería. No obstante, me gustaba, como dijo Borges es un idioma agradable que suena a un alemán más suave. Luego pasé a la piscina de agua caliente. Estaba tan oscuro que era difícil distinguir las sombras de las personas. Probablemente hubiera unas tres. Ahí a su rollo. Me quité el trapo de la cintura y me metí en el agua. Empecé a disfrutar de los placeres de las aguas termales hasta que alguien intento agarrarme el miembro mientras nadaba despreocupadamente hacia atrás. No supe que decir y me escondí en una de las partes oscuras hasta que vino a avisarme Ozan, el señor mayor del masaje turco, un hombre de manos enormes que podría rozar los setenta. Ozan me frotó bien todo el cuerpo, desprendiendo de mi piel todo tipo de mugre que de otra forma me hubiera acompañado por siempre. Lo del masaje se acerca más incluso a la sodomía que el incidente de la piscina pero sales limpio y relajado. Aquella misma tarde, disfrutamos de la danza mística de los Derviches, propia de la tradición sufí hasta quedar absortos en la belleza y la profundidad del sama. El “sama” es el giro que los Derviches realizan dando vueltas sobre su mismo eje, con una palma levantada orientada hacia la tierra y otra hacia el cielo. Utilizan este ritual para alcanzar estados alterados de consciencia y así crear una puerta de conexión entre el mundo espiritual y el material con la intención de destruir su propio yo, el ego. El espectáculo de arte es sobrio e inspira respeto, una ceremonia muy solemne que se acompaña con música de flauta y tambores.
Sólo tuvimos tres días para visitar la ciudad y Estámbul no se desenmascara con facilidad. No se descubren sus misterios en tres días aunque si se deja entrever, para enamorarte o por lo menos convencerte para que vuelvas. Por eso elegimos Estambul porque sabíamos que volveríamos. En alguna sección de su ensayo Borges también apunto:
Es indudable que debemos volver a Turquía para empezar a descubrirla (Borges, 1984).
Para agotar la última noche elegimos un lugar en el que pudiéramos estar tranquilos y así saciar una más de nuestras inquietudes culinarias sobre la cocina turca. Nos habíamos atiborrado de castañas asaltando cada puesto, nos excedimos con las aceitunas, comimos algún que otro kebab que se sirven hasta en los restaurantes más selectos de la ciudad y abusamos del cacik ( sopa turca de pepino y yogurt ). Pero nos faltaba el Dolma, exquisitez de la comida turca, imposible de ignorar. Al restaurante se accedía por unas escaleras de madera, la carta de platos expuesta bajo la marquesina hacía compañía a un tipo alto y moreno de rasgos toscos que no parecía turco. Nos acercamos al tipo que dio un paso hacia delante con talante poco amistoso. Son las diez de la noche y nos dice que el local ya no acepta más cenas, podemos reservar pero el tipo parece reticente. Se que a veces me pongo neurótico pero tuve la sensación de que no le gustábamos mucho. A lo mejor una rubia elegante y hermosa con el pelo un tanto alborotado acompañada por un rasta de facciones no definidas y con aire peligroso no le inspiraba mucha seguridad. Les falto pedirnos que le enseñásemos antes “la pasta” aunque no llegó al extremo. Mi compañera tiene mejores dotes diplomáticas que yo y además a la vista resulta más agradable por lo que sólo tuvimos que sacar dinero en efectivo.
- ¿Qué no se puede pagar con tarjeta de crédito?. ¿ pero qué tipo de restaurante es este?. ¿es que tu no quieres entrar en Europa?. Dime que no te fías de mí e incluso te sonreiré pero por favor, no juegues conmigo, sólo queremos probar el puto Dolma y pasar un buen rato juntos cenando en tu precioso restaurante de madera otomana.
Esa noche se puso los pendientes que más me gustaban. A ella le encantaban, le encantan. Sentí que podía adivinar cómo se sentía por la manera que tenía de alzar su muñeca y jugar con ellos acariciándolos con los dedos. Habíamos elegido Estambul como pasado lugar de otro efímero encuentro que algún día en algún lugar recordaríamos. Ahora conocíamos una ciudad más juntas, ahora nos conocíamos mejor pero lo que más me gustaba era mirarla y pensar en cuán misteriosa era. Otra vez nos encontrábamos caducamente, con fecha premeditada de despedida. Todavía no la conocía y eso me gustaba. Quizás lo mejor fueron los despertares, el disfrute de un plato turco que se regala no solo al sentido del gusto, a la luz de la luna reflejada sobre la Mezquita Azul.
Embarqué sólo unos minutos más tarde que ella. Pasé el control y me encerré en la urna previa al embarque. Ella sólo estaba a unos cincuenta metros de mí y durante unos segundos me atacó la idea de salir de allí e ir abrazarla. Ya no podía. Las despedidas en los aeropuertos son las más incomodas. Saber que ella está ahí y sentir que sigue estando a unos pasos de ti mientras esperas para volar provoca una extraña sensación de culpa e impotencia. Es como agotar el momento en que te separas de la forma más lenta posible, por tramos. Cuando pasó el control me pidió que me fuera, yo tampoco quería estar allí viéndola a través de un cristal que sin embargo nos separaba a miles de kilómetros de distancia, a más de un mes en el tiempo. Me dí la vuelta y camine lento por el pasillo, me dije a mi mismo que no miraría atrás pero lo volví a hacer. La otee desde lo lejos, ahí de espaldas y luego continué alejándome. Ella volvería a su vida en Granada y yo a mi vida en Grenoble con la esperanza de volver a la montaña.








Hasta hace unos años en el Wadi Rum sólo existía un puesto fronterizo que controlaba el paso entre Jordania y Arabia Saudí. La población del Wadi Rum empezó a desarrollarse en los años ochenta. Fue iniciativa del gobierno Jordano la de subvencionar expediciones

