Alcalde y justicia

Dice el alcalde de Granada que cobrar una deuda con unos terrenos que se vendieron a la mitad del precio que se están valorando ahora es legal y que está bien visto por los técnicos, menos por uno. Ya está, si lo dice él así será, salvo que el juez diga lo contrario, con lo que habrá que recurrir y esperar unos cuantos años a que se resuelva la cosa. Para entonces ya habrán pasado las fiebres, y todo quedará en una anécdota, aunque ahora se nos siga tratando como lelos.

Pienso que hay cargos que no deberían mantenerse más allá de dos legislaturas seguidas. El de alcalde es uno de ellos, como lo es el de presidente de gobierno, de cualquier gobierno, incluida la comunidad de vecinos. Llega un momento en el que la persona se ve dominada por su subconsciente, y puede llegar a considerar el sillón, la mesa, los cuadros, el despacho, los soportales, las cocheras, los rellanos y patios, el pueblo, la ciudad, el país como algo propio en exclusividad, como su casa, como su cortijo, y actúa en función de esa creencia, y trata a quienes no le dan la razón como absurdas gentes que solo quieren importunarlo, que él es quien tiene la verdad absoluta porque es quien conoce ese espacio en el que lleva tanto tiempo. No contempla ni por un instante que quizás los otros puedan tener aunque sea una pizca de razón, y que además eso no es de su propiedad, y por tanto no puede hacer lo que quiera. Que la ciudad no es suya, que los solares tampoco lo son, ni que los municipales están ahí tal vez para funciones diferentes a las que él exige. Los tiempos ahora evolucionan a un ritmo vertiginoso, mucho más rápido que las personas, esto ya no es como en pasadas épocas en las que un individuo decidía hasta quién debía echar en el pueblo cada jornal, cuánto tenía que cobrar, quién compraba y quién vendía; o tiempos en los que el padre ejercía el trabajo, las formas y costumbres que había aprendido del suyo, y eso era lo que le enseñaba a sus hijos, y les servía para toda su vida, porque los cambios eran lentos. Hay gobernantes que siguen actuando así, y parece que consideran a quienes no piensan igual como desmejorados mentales, a los que hay que anular, ignorar, ridiculizar o silenciar con el poder de las mayorías. Y la gente, el pueblo, el votante que ejerce y el que no lo hace por ateismo político o comodidad, callan, y aguardan a no se sabe qué. No, decididamente no es bueno que los dirigentes marquen con sus posaderas de forma irremediable los sillones. Y en sus partidos lo saben, porque llegan a confundir sus personas con las propias instituciones, y ahí ya se mete al menos la pata, aunque la ley los ampare en las valoraciones, también en las urbanísticas.

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