La hora de más

O de menos, según la época. El caso es que aquí parece que hay que seguir con las cosas de toda la vida, como si fueran las mejores; pero es que, además, esta hora que tenemos ni es la de siempre ni es la que nos pertenece. Capricho de Franco que quiso ver en su reloj la misma hora que Adolfo en 1942. Pero ahora las realidades son tan distintas, las cosas son tan diferentes que todo se descuadra con esta mala hora que llevamos de adelanto con respecto a nuestro huso horario.  Y no se trata de cuestiones políticas, que según se mire todo lo es. La realidad misma es que nuestro país está desubicado con respecto a su hora, que sería la de Londres, no la de Berlín. No es que seamos diferentes, que hay mucho interés en que eso parezca así. A poco que uno se mueva por la parte externa de nuestras fronteras descubrirá que en todos sitios cuecen habas, y que en su fondo el ser humano se parece más de lo que se diferencia. La cosa de tener esa hora de más que llevamos en nuestros relojes es tan absurda como perjudicial. Y no solo en las comidas, que ya es bastante grosero para el organismo tenerlo hasta siete o más horas en vigilia entre las principales comidas del día, es que además nuestro sueño se aminora con respecto a las necesidades del organismo. Si a esto añadimos lo ridículo de desperdiciar horas solares con los precios que corren en energía, y los tiempos que perdemos entre descansos y prolongaciones, que al final solo queda en la reducción clara de los que podríamos tener de forma continuada para nuestro relax, para nosotros mismos, nos conduce a la imperiosa necesidad de volver las cosas ya a su lugar. Esto es sencillamente ridículo, costoso y contradictorio con las necesidades de los tiempos que corren. La solución es tan sencilla como la de poner en hora las cosas, y ahí creo yo que el gobierno sí encontraría unanimidad, sin más debate que el propio popular, durante unos días, el justo para hablar de otra cosa diferente a la crisis, a Rajoy y a Bárcenas. Y después, todos tan contentos. Se trata de amoldar los horarios a la naturaleza, que aunque no nos lo creamos el ser humano no ha sido elaborado en una fábrica (con algunos cuesta creer que sea así). Es cuestión de salud, de economía, de raciocinio, de buscar la conciliación familiar y tiempo para uno mismo, de calidad de vida, pero tal vez, viendo las cosas que hacen quienes nos gobiernan, estemos pidiendo demasiado. A lo peor es preciso que Angela se lo susurre a Mariano, en un alemán suave y ronroneante, dentro de sus recomendaciones interesadas.

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