Patricia y las Alpujarras

¿A estas alturas puede haber quien dude si las Alpujarras son Patrimonio de la Humanidad? Los libros, los sentidos y el espíritu pueden dar certera respuesta a una pregunta que se plantea en quienes deben decidir sobre la documentación de este hecho, que está certificado por la naturaleza y la historia.

Estas tierras y sus gentes forman una unidad irrepetible y que se otorga valor en sí misma. Hay espacios bellos en el mundo, hay gentes de almas hermosas, hay territorios que lo valen todo, pero la conjunción de todos estos elementos, que se da en algunos lugares, es innegable que se encuentra en las Alpujarras, tierras donde los colores han encontrado su lienzo, en armoniosa comunión con una naturaleza que parece no descansar nunca en su espacio. Cada día, cuando el sol rompe el horizonte, aparece una nueva creación en la que parece que la noche ha puesto todo su empeño. A lo largo de las estaciones las luces y las sombras, el aire que en ella duerme, las referencias en los mil puntos cardinales que en cada valle se hallan otorgan un misticismo único, irrepetible. La vida fluye por sus quebradas, y la madre que la sustenta, la poderosa Sierra Nevada, no ceja en su empeño de hacernos vibrar con las laderas más hermosas de su esencia.

Las Alpujarras son dignas vencedoras de una lucha permanente por sí misma, los ríos de sangre y las nieves están ahí, con las aguas limpias y frescas corriendo por sus entrañas y pieles como vida regenerada a cada instante. Sus aportaciones a la humanidad van mucho más allá de las que manan del sudor del ser humano, y como tales las sintieron y sienten personas de todo el mundo, que han encontrado en sus caminos el espacio perfecto para vivir sus vidas. La libertad campa por sus cerros y valles, la misma por la que lucharon quienes en las cunetas aún aguardan, y en este espacio sin mesura es fácil encontrarse con las gentes más hábiles y arrojadas junto a aquellas otras que guardan para un mañana que saben ellas no verán. Porque son conocedoras de la importancia del pasado y del presente como base del futuro. Y así, sus manos y sus mentes trasladan hasta cada faena la sabiduría hecha miel, hecha pan y hecha leche, en figuración de una gastronomía que no tiene par en lugar alguno, manteniendo la labor en la tierra en perfecto equilibrio entre la naturaleza y la humanidad. Los ribazos compiten en armonía mientras el sol va pasando al calor de un sur que muestra la mar allá al fondo, tan cercana que la privilegia con su protectorado, creando un clima tan maravilloso como plástico a los sentidos. Por eso, Patricia, y Juan, y Paco, y José María, y tantos otros que otrora de ella salieron no ven el momento llegado de su regreso, porque es su patria, más allá de las fronteras provinciales. Solo sus aires les da la luz que precisan cada jornada.

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