De comisiones y convites

Dice Jordi Pujol Ferrusola, a la sazón hijo del exhonorable, que nadie va por el mundo cargado con bolsas de dinero. Falta una segunda parte, y es quien no pueda. De lo contrario, ya lo creo que el personal lo haría. De hecho lo hacen, quienes pueden, claro. Echemos imaginación, pueden servir cajas de zapatos, o de botas del 50. También sirven bolsas de basura, donde algunos clubes de fútbol han llegado a guardar el dinero antes de tirarlo al contenedor. Y, cómo no, bolsas de deporte, entre calcetines y camisetas sudadas que entreveren al billetaje. Lo importante es que al portador no lo pillen, por lo que obviamente no lo va a llevar en maletines de lujo en el asiento del coche con un letrero que diga: dinero de comisiones ilegales. Y es que para evadir dinero solo se precisan como condiciones la de tener dinero sobrevenido de actos no muy claros, y que además sea en grandes cantidades. Lo demás creo que importa menos. Además de intentar engañar al personal, cosa que anticipa cierta presunción de superioridad, intenta este patrio hacernos pasar por lelos. Y ciertamente algunos lo han sido, o se lo han hecho, que de ese cuento se puede llevar mucha letra, siempre que quede algo, alimento para unos y alpiste para otros, dependiendo del tipo de pájaros a los que nos refiramos. Y es que con frecuencia la repetición del delito consigue que el delincuente lo normalice  y pase a confiarse. Esa normalidad de las comisiones, que al parecer reza bajo esa manta de la que apenas se ha levantado un pico (2.000 millones), puede estar tan generalizada que no hace falta llegar hasta la política. Cualquier acto en el que haya por medio un beneficio puede toparse con el personaje que pretenda su porcentaje, su parte. No hace falta mirar muy lejos, ni siquiera a la clase política, que parece ser la más angelada del mundo terrenal en estas cosas. Los comisionistas están a la orden del día, e incluso se llega a ver como algo natural, hasta como un trabajo. En eso la banca ha dado clases, aunque no gratis precisamente. Es su vivir, y además si no le salen las cuentas nuestro papá Estado nos deja huérfanos para ayudarla a sanearse, con nuestro dinero, favoreciendo incluso que aumenten sus beneficios a costa de más comisiones. Pero, que tire la piedra quien no ve aceptable que por facilitar un negocio se obtenga un premio, llámese jamón, bolso de Loewe, caja de vino, tres por ciento, comida o unas cañas. Ya, lo rata es dejarlo en un café. En este país, del que no entiendo por qué se quieren ir algunos catalanes con lo bien que llevan estas cosas según lo visto, eso está tan normalizado como pelearse por pagar la primera consumición, aunque esto por allá está menos visto. Al final, hay gente para la que su patria es su bolsa, y todo gira en torno a sus intereses, aunque los disfracen de verbo.

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