El octavo pasajero del PP

Mientras este país se desangra, con la juventud dando vueltas por el mundo buscando trabajo, con salarios humillantes en la hasta hace poco clase media, sin garantías siquiera de supervivencia para quienes se jubilen dentro de unos años, ¿qué se puede pensar cuando nos enteramos de que uno de los usuarios de esas tarjetas negras de Bankia, el gerente del PP a nivel nacional, Beltrán Gutiérrez (58.000 euros gastados), ha sido recolocado en 24 horas por el Partido Popular a nivel regional? Golpes de pecho, indignación por las esquinas, llantos ante las cámaras, compungidos pechos que gimen. Sepulcros blanqueados, solo eso. Hipocresía de siempre, risas tras los telones, complejo de superioridad intelectual, física, emocional y económica. Raza patria. No parece que estos gobernantes se hayan dado cuenta de que están viviendo de un crédito que se les acaba. Están poniendo alfombra de oro y brocados hacia el poder a quienes recogen la indignación de la gente. No les servirá ya recordar ni Venezuela, ni Eta, ni frases sueltas o agarradas, ni a pitos ni a coletas. Que se lo hagan mirar, porque la caída será antológica. Y después, ¿a quién culparán? Cuando la gente, harta de que se ría este grupúsculo del personal, acuda a otras formaciones para decirles que ya no más, cuando entregue el poder a los otros, entonces tal vez estos, quienes hoy escriben en el BOE, quizás se enteren de que pudo ser de otra forma. Mientras, la vergonzosa maniobra del Partido Popular en Madrid con ese falsete de hoy te despido y mañana te contrato a este tal Beltrán, mano derecha de Aguirre (parece que estamos en la Edad Media, por aquello de los nombres, la casta –no confundir con lo casto-),  viene a ser un reflejo de la importancia que el PP otorga al conjunto de los españoles. Ninguna. Se sienten fuera de toda norma, las leyes son para los otros, ellos son más listos, más altos, más guapos, que sus dientes son más blancos y sus casas más grandes, casi castillos. Por eso ríen y hacen lo que hacen, como si así hubiese sido toda la vida. Queda poco tiempo para cambiar, no de sitio, para cambiar de formas, de personas, para que su discurso deje de ser un rosario de hipocresía, porque de seguir así luego no habrá más culpables de los resultados: ellos mismos y quienes los defienden como si defendiesen algo propio, íntimo, personal, carnal. Nos están ignorando, mangoneando; están mintiendo, y hay cosas que no se olvidan, que no se perdonan, ni siquiera con una penitencia severa. Los propios deben ser los primeros en exigirles severidad hacia estas formas, si no, los propios deben mandarlos a sus casas, aunque sean castillos, antes de que los ajenos tomen las almenas y pongan su bandera. A la clase gobernante se le ha colado el octavo pasajero, o acaba con él o los devorará uno a uno.

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