En diez días

Granada se enfrenta en una semana a la elección de quienes dirigirán su rumbo durante los próximos cuatro años. Demasiados problemas para una ciudad que ha visto cómo su población no ha cesado de irse fuera, a las afueras o mucho más lejos, a buscarse la vida en otros espacios; que ha visto multiplicarse los problemas de transporte, inundada de cámaras de vigilancia,  de jóvenes que van y vienen, sin saber muy bien hacia dónde, de mayores que esperan, solo esperan; de gentes que contemplan un presente sin ánimos para luchar por un futuro. No vamos a culpar solo a los que dirigen, la población tiene que impulsarse a sí misma, pero las cosas no son fáciles, más bien nos las han puesto, también con nuestra colaboración, francamente difíciles, aunque hay muchos que viven muy bien. El objetivo es que cada cual encuentre su espacio para ser feliz, pues a la postre el ser humano, desde su vida pasajera, temporalidad intrínseca a la propia vida, debe aspirar a recorrerla con la mayor felicidad posible. ¿Utopía? Tal vez, pero el horizonte, que nunca se alcanza, debe estar ahí, para luchar por él. Quienes ahora se presentan a estas elecciones deben ayudar a que cada cual, y a que la ciudad como tal, puedan dibujarse ese horizonte, general, comunitario, y que todos puedan recorrerla y vivirla sin más obstáculos que los de la propia vida. No parece razonable que quienes gobiernen lo hagan pensando en añadir nuevas trabas a sus conciudadanos, ni en ampliar las grietas que hoy separan a unos de otros. Los barrios deben ser lugares de vida, convivencia, trabajo, armonía; el centro debe ser espacio de encuentro y disfrute, moverse de un lugar a otro ha de ser sencillo, para todos, fácil para los mayores, útil y necesario para el conjunto. La ciudad no puede permanecer dividida por barreras invisibles que encierren a una enorme parte de sus habitantes en su parcela, que ni siquiera es suya. Quienes gobiernen han de pensar en la ciudadanía como objetivo, en la ciudad como medio,  y su trabajo solo debe ser ese. No hay espacio para prebendas, para que unos puedan y otros no, para que unos pocos privilegiados tengan butaca en la primera fila del espectáculo, y gratis, y la inmensa mayoría se quede en la puerta sin poder siquiera acceder al interior. Solo se trata de consensuar metas, conceptos, prioridades. Granada es una ciudad alegre para los de fuera, para algunos de los de dentro, y enormemente triste y sonámbula para una inmensa mayoría a la que ya le duele la garganta de estar callada. Contradicción pura. La salida a esta situación no vendrá de Madrid, ni desde Sevilla. Está aquí, en la búsqueda de un horizonte común para una ciudad que ha de luchar por su futuro desde la unidad, desde el compromiso, desde el convencimiento de que sus vecinos son los dueños de su futuro. Y las envidias, luchas, intereses partidistas, han de quedarse fuera ya.

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