Aparicio

De los muertos siempre se suele hablar bien, aunque hay quien en vida les desee lo peor, la destrucción total cuanto antes y con signos de venganza, generalmente por las incapacidades, veleidades o frustraciones de quienes sienten esos deseos. Lo cierto es que a pocos dejan en paz hasta que se mueren o son muertos. José Antonio Aparicio fue una persona que ante todo nunca estuvo quieto, y eso le generó envidias y luchas desde todos los posicionamientos terrestres y divinos, pues se atrevió a desafiar al cielo con ese caballo al que nadie después ha osado tocar un pelo de su crin, ni una bola de sus patas. Hombre directo, sencillo y a la vez culto, luchó por lo que creía que debía luchar, buscó ser justo aunque debiese extirpar, ser claro aunque no gustase. Pero su palabra era su verdad, y su silencio podría ser temible, pues prefería no responder a necios que bregar con quienes se sentían ungidos por verdades a medias. Él, Aparicio, nunca borró su sonrisa de la cara, ni el brillo de sus ojos tras los que la ironía campaba a sus anchas, ni el filo de su pluma con la que no dejaba títere con cabeza si esa cabeza no era del títere. No pasaba inadvertido, y eso, en un mundo de celosos, merodeadores y mezquinos, le proporcionó aquellos que sin él reconocerlos se sentían enemigos, pero que pasado el tiempo acababan tirando su daga o su pistola, por muy grande que tuviesen el calibre, pues al final la vida es la que hay que vivir, la propia, no la ajena. Y esa vida se le ha acabado a José Antonio, un hombre que nunca tuvo pelos en la lengua, que siempre supo estar, que no dejó de lado sus ideas, que litigó contra la ignorancia, al que muchos quisieron y algunos no. Él supo decir que no, y supo hacer kilómetros para regresar a su trabajo como maestro de instituto, de lengua y literatura; y supo reencontrarse de nuevo con el servicio docente público, y supo luchar. No ha perdido Aparicio la última batalla, porque esa no es tal, a esa estamos apuntados todos, y todos quedaremos en la cuneta de la vida, incluso aquellos que se proponen en conciencia ir contra la de los demás. Él sencillamente se ha ido dejando tras de sí muchas frases repletas de sabiduría, muchos alumnos aprendidos, muchas lecciones dadas dentro y fuera del aula, muchas horas de despacho, muchos amigos que lo hemos querido y admirado, y a veces incluso temido, y una vida llena, fuera de monotonías, una vida recorrida a lo ancho sin medias tintas, aunque él tal vez siempre calló mucho más de lo que habló, porque a veces decir todo lo que se sabe desnuda el alma, y eso no es conveniente en un mundo como el nuestro. Descansa en paz, amigo, compañero.

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