Frigoríficos apagados

 

Nuestros políticos siguen sin ponerse de acuerdo, siguen conversando, incluso animadamente. Conversan en los plenos, en los parlamentos, en el congreso. Donde no lo hacen es en el senado. Y ahí no conversan porque no hace falta, es mejor permanecer callado. Se vota lo que se manda y a esperar. Nuestros políticos siguen conversando como lo hacen los viejos en los bancos de la Moncloa, que no es un palacio, que es la placeta de un barrio, o en los bares, entre caña y caña. La diferencia es que a la hora de pagar, las cañas del bar del congreso son mucho más baratas y encima se cobra por estar allí. Y conversan entre ellos de buen rollo, porque se llevan muy bien, son gentes educadas y que saben no darse patadas en las espinillas, porque nadie quiere de puertas hacia dentro que los demás sufran. Y así van pasando los meses, ya van camino de cinco desde que se convocaron las anteriores elecciones, y las nóminas llegan puntuales. Mientras tanto, Celia no puede llenar la cesta de la compra, la verdad es que la cesta lleva mucho tiempo con los imprescindibles, que son los que llenan un bocado al día, el día que toca; ella ya dejó de ver a estos políticos que conversan por la tele. No los ve porque no le llega el dinero para pagar la energía eléctrica. Por eso Celia no puede mantener el frigorífico encendido, y una triste lámpara alumbra lo que hay que alumbrar en su casa, donde se acuestan temprano en este cálido invierno y temen los fríos, porque así se pasa más rápida la noche, y mañana otro día será, en el que habrá que buscar algo que echarle a los niños para el cole. Mientras, los políticos siguen conversando, intentando delimitar las prioridades de este país en el que no hay gobierno, y entre ellos, ante las cámaras, se indignan y dicen que sufren, y Celia que los ve en las pocas teles que hay encendidas en los escaparates no los escucha, ni los oye. Solo mira sus caras y sus gestos, y para sí piensa que cuándo será que llegue la hora de que estos políticos, y los que los corrompen, y los que los aplauden, y los que los siguen, y todos los demás se den cuenta de que aquí hay gente que no le llega para pagar siquiera la barra de pan. Y que quiere trabajar y ganar un salario digno, y que ya no los creen, y que quieren también poder ducharse con agua calentita, de esa que sale de la ducha, y que algunos políticos dicen que es bueno ducharse con agua fría. Y piensa que seguramente a sus hijos a lo mejor los duchan o bañan con agua caliente y jabón de olores. No, no es demagogia. Demagogia es seguir jugando con la vida real de la gente y sonriendo mientras se permanece en silencio esperando el fracaso ajeno.

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