Coches oficiales

Cierto día me encontré en el autobús urbano al concejal Baldo Oliver, entonces en la oposición. Llevaba el hombre una maleta a cuestas llena de papeles, entre los que había trabajos de alumnos y documentos municipales. Deberes delos que los padres quieren quitar a los niños. Baldo viajaba como cualquier ciudadano, con su bonobús, con sus apreturas, con su carga. Y me pareció un ejemplo a imitar por todos los políticos. Ahora, el nuevo alcalde nazarí, el socialista Paco Cuenca, aboga por reducir de forma evidente el uso de los coches oficiales. Siempre me pareció esperpéntico contemplar parado en la esquina un coche destinado al alcalde, por si tenía que ir a algún sitio, como me parecieron esperpénticas otras costumbres,  impropias de una sociedad moderna, en la que el gestor debe conocer de primera mano los problemas de la ciudadanía compartiéndolos, no solo escuchándolos, o peor, oyéndolos. Caminar por las calles es la escuela de cualquier político, sea del nivel que sea; usar los servicios públicos es un avance en democracia, incluidos los taxis, que son verdaderas cátedras del saber. Encerrarse en su coche, con cristales tintados, es como esconderse de la realidad, como protegerse del pueblo, como tener algo que tapar. No discuto el uso de estos vehículos cuando sea estrictamente necesario. Todo lo demás me parece un desacierto que a la larga se paga, porque en estos momentos, en nuestras ciudades y pueblos es un sinsentido. El coche oficial es un instrumento de trabajo de una institución, como un ordenador o una impresora. Su coste es enorme, precisa de unos servilismos evidentes, y en una ciudad como la nuestra, o como las que nos rodean, su uso es absurdo en la mayoría de las ocasiones. Caminar es sano para el corazón, para los pulmones, para las piernas, para la economía y para el prestigio de un servidor público, y si la distancia es larga se toma un taxi. Siempre será más ventajoso para el organismo de quien se desplaza, que luego salen las lorzas, y la barriga se dispara de forma grasienta hacia fuera, la corbata se levanta y se pierde de vista la realidad. Tampoco es preciso que cada vez que se mueva un alcalde parezca que se mueve un santo, no son precisos cantos gregorianos a su alrededor de quienes lo van arropando. Él tiene sus ojos y sus oídos, sus manos y sus pies, puede ver las cosas sin que los demás le incidan dónde tiene que mirar y cuándo ha de taparse los oídos. El alcalde lo es porque ha sido elegido para serlo, no para que le expliquen lo que él es capaz de discernir por calles y plazas. Sobran entonces cortejos innecesarios. Esto no quita ciertas medidas de seguridad, porque siempre puede encontrarse con algún ingrávido que no sepa dónde se encuentra, pero todo lo demás está de más, con que vayan los justos no son precisos los pecadores, que para eso ya se apaña uno solo.

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