Mil días ya

Son las seis y media de la madrugada, tiempo anterior a que el sol rompa los picos de la sierra, cuando el lucero del alba indica que un nuevo día llegará a traernos sorpresas y desafíos, o, quién sabe, a cerrar las existencias que ya deben abandonar el consumo de oxígeno. A esas horas cuatro o cinco autobuses están aguardando a cientos de viajeros en la RENFE que los ocupen, y tras más de una hora de viaje llegarán a los malagueños campos de Santa Ana. Allí, a la temperatura que toque, harán cola para cruzar el detector de objetos inadecuados según la autoridad gobernante, y aguardarán hasta las nueve y pico a que pase el tren.

Sí, el tren existe, yo lo he visto. Incluso me he subido a él y he atravesado la Península Ibérica hasta llegar a tierras catalanas (sin comentarios). Es rápido, cómodo, moderno, puntual…, pero desde donde se halla, que no desde Granada. Sí, he visto cosas que usted ni imaginaría, porque si no ha sido usuario de él no puede imaginar lo que es viajar a más de trescientos kilómetros por hora, y atravesar la España blanca y fría en un pis pas. Pero si usted ha estado dispuesto a viajar en autobús, pasar frío en una cola, aguardar en el andén más de una hora, si lo ha hecho, usted ya las ha visto. Decía Pedro Sánchez que Granada existe. Pues claro que existe. Que se lo pregunten a los que desde ella han salido para instalarse en cómodos sillones de poder, y desde ellos cambiar hasta de acento para que no se les notase mucho. Y pasar a formar parte de unos grupos que se dedican a trabajar para otros, para los otros. Sí, Granada existe. Sus calles están llenas de turistas que llegan como pueden, a pesar de todo; su Universidad está llena de estudiantes, de aquí y de todo el mundo, que aprenden y se preparan para cambiar las cosas; sus habitantes acuden cada jornada al trabajo, y lo superan. A pesar de los señoritos nazaríes que hablan con otro acento, pero que lo recuperan cuando les ponen unas sevillanas o un plato de jamón, que parece que eso es muy andaluz. Yo me atrevo a señalar a los que nos representan fuera de estas tierras de no luchar por sus paisanos, por los proyectos que hasta allá los llevaron, por el futuro de los niños y jóvenes, a preocuparse nada más que de estar en las siguientes listas o en puestos de confortables sillones, mientras dejan aquí tirados, además, a sus compañeros del partido de gobierno para que den la cara por lo que aquellos no hacen. Y acuso por su silencio ante la ciudadanía a los que cobran por ser sus representantes. AVE; segunda circunvalación, presa de Rules, polígonos industriales, proyectos culturales, cuatrocientos millones perdidos… Sentados todos en bombonas de butano, cada vez más llenas, porque el descompresor de la paciencia está vacío.

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