Mes: Julio 2010

Moral inquebrantable

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Don Modesto un día cualquiera

En todos las farmacias hay un héroe, y el de la nuestra se llama Modesto. Sí señor, Modesto es nuestro veterano de Urgencias particular. Está operado de casi todas las patologías que conozco, y hace años ya perdí la cuenta del número de prótesis que lleva. Es algo así como una mezcla entre R2D2 y Polyana. ¡Qué moral! Esta mañana se ha dejado caer por la farmacia con su optimismo habitual:
– Muy buenos días, Dani – saludó al entrar con media sonrisa. Digo media porque la otra media no la puede mover por una parálisis facial sufrida tras una de sus intervenciones. Él cree que le da un aire interesante, pero yo no sé qué opinar.

– Me alegro de verle. ¿Cómo va todo?

– No me puedo quejar. – Les digo yo que sí que puede, pero no lo hace y ya está. – Necesito estas cosillas – y me alarga un buen taco de recetas.

– ¿Ha ido a revisión?

– ¿Revisión? No, no. Es que me han operado de unos cálculos en el riñón.

– ¡Oh, vaya! ¿Todo bien?

– Fenomenal, nunca me habían operado del riñón, y lo cierto es que la experiencia ha merecido la pena.

– Más que de una operación parece que viniese de un crucero.

– Sí, me han tratado como a un rey. Anoche para cenar me pusieron un pollo con arroz que no se lo salta un galgo. Da gusto dar con buenos profesionales. No llegué a estar ni media hora en el quirófano. – Estaba claramente admirado.

– Pues me alegro. Que eso de las piedras dicen que es muy molesto, y usted ya se las ha quitado de encima.

– Bueno, quitármelas, lo que se dice quitármelas no me las han quitado aún, porque se confundieron de riñón. Pero estoy muy contento porque me dijo el Doctor Miranda que en el que me abrieron no había ni un grano de arena. ¡Qué médico el Doctor Miranda! No quedan muchos como él, si vieras qué obra de arte me ha hecho con los puntos, – y me enseñó su nueva cicatriz.

– Muy mona, lo que tiene mala pata es que se confundieran de riñón.

– Sí, pero lo bueno, como dice el Doctor Miranda es que la siguiente vez aciertan seguro.

– Tiene usted una moral de acero.

– Y no es lo único de acero que tengo, – respondió pillín golpeándose sonoramente la pierna izquierda.

– El colirio no lo tengo hasta esta tarde, – dije devolviéndole una de las recetas.

– ¡Ay! ¡Si ya no lo necesito! – Informó eufórico. – ¡Me han quitado las cataratas!

– ¡Atiza, que bien! Una cosa arreglada. – Por fin un golpe de suerte.

– Y arreglada del todo. Mi oculista no es una mujer normal, es un ángel. En cuanto empecé a contarle el problema me dijo “Modesto, esto lo vamos a cortar de raíz”. Y dicho y hecho, en un plis-plas me había sacado el ojo. Mira la maravilla que me han puesto en su lugar. – Y se golpeaba el ojo derecho. Clin, clin. ¿a que suena como el de Murano?

– Lo mismito del todo. – Una curiosidad me atenazaba. – ¿Son familia el Doctor Miranda y la oculista?

– Hermanos, y hay un tercero que es otorrino. Me va a ver la semana que viene porque parece que tengo un tapón de cera. – Miré nostálgicamente a su oreja. Tal vez fuese la última vez que la viese. – Bueno, me voy. Hasta otra, Dani.

– Adiós Don Modesto. – Adiós oreja, añadí mentalmente.

Amor de patio de colegio

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¡Qué poquito se cambia!

Nunca se sabe dónde va a surgir el amor. Te lo encuentras en los sitios más inesperados. Y si no, juzgad vosotros mismos con el caso de Berta, la última cliente de mi hermana Claudia en su consultorio sentimental.

Querida Claudia:
Hace dos semanas que no duermo. No puedo dejar de pensar en él. Verás, el nuestro fue uno de esos mágicos reencuentros que salen en las películas. Javier Tordesillas y yo nos conocimos a los siete años en el patio del “Santa Catalina” mientras compartíamos un bocadillo de paté. Te digo que fue amor a primera vista, y, aunque han pasado más de veinte años, cuando el otro día me lo crucé en el Starbucks creí que me moriría. Me miró, sé que me miró, pero sigue tan tímido como cuando era un niño y no se atrevió siquiera a saludarme. Desde ese día no puedo dejar de pensar en él. ¿Tendrá novia? ¿Estará casado? ¿Fue tan importante para él como para mí aquel sandwich que compartimos en el recreo del 88?

El caso me enterneció de inmediato y le pedí a Gabri, mi exnovio informático, que intentase localizar al muchacho. Gabri es un cielo, lástima lo de su tupé, porque sin él nuestra historia hubiese sido muy distinta. La cosa es que no tardó en localizar a Javier y ponerme en contacto con él para tantear su situación. El corazón me dio un brinco cuando me enteré de que estaba libre y sin compromiso e inmediatamente me puse manos a la obra.

Querido Javier:
Me ha dicho un pajarito que alguien de tu infancia que guarda un importante recuerdo de ti le encantaría retomar el contacto contigo. El otro día os cruzasteis en el Starbucks ¿Sabes ya quién es?

Querida Claudia:
Sé de qué recuerdo me hablas. Ya era hora de que Diego Romerosa se dignase a devolverme mi balón de baloncesto. La verdad es que ya lo daba casi por perdido.

Querido Javier:
No me manda Diego Romerosa, de hecho no sé ni quién es. La persona de la que te hablo es una chica, una compañera muy especial de tu infancia con la que al parecer compartiste un bocadillo de paté.

Querida Claudia:
¿Has hablado con Carlota Vílchez? Por favor dile que fue el mejor bocadillo de mi vida.

Querido Javier:
No es Carlota.

Querida Claudia:
¿Irene Malagón?

Querido Javier:
Tampoco es Irene Malagón. ¿Con cuántas chicas compartiste bocadillo? ¿Eras el clásico gorrón o qué? Se llama Berta Cienfuegos.

Querida Claudia:
Te has confundido de Javier, no he oído ese nombre en mi vida.

Querida Javier:
Te ha identificado en una foto de grupo. La conoces fijo. Vuelve a mirar tu álbum de primaria. Es la tercera empezando por la derecha desde Sor Rosa.

Querida Claudia:
Soy Berta. ¿Cómo va la cosa? ¿Te ha contado ya como conectamos en el Starbucks? He estado hablando con mi amiga Carlota y dice que le suena que no tiene novia.

Querida Berta:
Ahí estamos, ahí estamos. Por cierto, no le quites ojo a Carlota.

Querida Claudia:
¿Es la que ocupa medio patio? ¿Se llamaba Berta? La llamábamos la Fuagrás. Qué curioso que no fuese su nombre de pila. Nunca lo pensé. Se lo tengo que contar a Diego Romerosa. Va a flipar cuando se entere de que la Fuagrás está colada por mi. Voy a buscarlo en Facebook y de paso le pido mi balón.

Javier:
Berta ha adelgazado mucho, ahora se encesta en una 38-40 sin dificultad. Si se entera de que la llamabas la Fuagrás le romperás el corazón.

Querida Claudia:
No puedo esperar más. ¿Me quiere o no me quiere? Por cierto, Carlota está felizmente casada con Agustín Barros, el pelota de la clase.

Querida Berta:
Ten paciencia. No estoy segura de que este chico te convenga.

Querida Claudia:
No lo juzgues mal. Es que es muy tímido. En el cole llevaba una prótesis dental y le llamaban Alambres. Creo que no lo pudo superar.

Querida Claudia:
Soy Agustín Barros, el marido de Carlota. Berta me ha dicho que estás en contacto con varios de la promoción y querría invitarlos a unirse a mi grupo de Facebook “Admiradores del Santa Catalina y de nuestra bienamada tutora Sor Rosa”

Querida Claudia:
Pregúntale a Fuagrás si sigue en contacto con Carlota. Eran bastante amigas.

Querido Alambres:
No me fastidies. Si quieres una cita con Berta bien y si no búscate la vida. Carlota es feliz junto a Agustín Barros.

Querida Claudia:
¿El pelota de Agustín se ha casado con Carlota? No me lo puedo creer.

Querida Claudia:
Soy Agustín, Javier me ha mandado un correo muy salido de tono, se lo he contado a Sor Rosa, con la que sigo en contacto gracias al coro del colegio del que soy director, y dice que si no cambia su actitud hablará con sus padres.

Querida Claudia:
Soy Javier. Dile al pelota de Agustín que ni se le ocurra darle un berrinche a mi madre o le suelto a Sor Rosa quien se copió todo el examen de ríos y afluentes sin más contemplaciones.

Querida Claudia:
Soy Berta. Por error me has reenviado el mail del imbécil de Javier. ¿Me llamaba la Fuagrás? ¿Pero que se ha creído el Alambres? Y yo guardando su asqueroso balón durante veinte años debajo de mi cama. Se ha mudado tres veces conmigo.

Querida Claudia:
Soy Diego Romerosa. Alambres me ha contado que estás en contacto con Berta. ¿Podrías darme su teléfono? Lo cierto es que aunque han pasado veinte años sigo acordándome de ella un montón. Era la mejor chica del cole. Una vez, le di la mitad de mi bollicao.

Querida Claudia:
Soy Sor Rosa. ¿Puedes decirle a los muchachos que el mes que viene celebramos el centenario del colegio? El padre Andrés y Agustín Barros están organizando un concierto llamado “Los chicos del coro 20 años después” y le encantaría contar con Diego en el papel de Morhange.

Querida Claudia:
Perdona que no te haya escrito antes pero es que estamos muy liados con los preparativos del concierto del padre Andrés. Gracias por darle mi dirección a Diego. Me acordaba del bollicao. No es como el paté pero lo cierto es que estaba delicioso. Dile a Javier que le he mandado su balón por correo por si no puede venir al concierto.
Un beso enorme de
Diego y Berta.

Mis sueños con el pulpo Paul

Toda la noche soñando con Paul. Ha sido un sueño de lo más genial. Paul vivía en el fregadero y allí era feliz. Cada vez que a mí me surgía una dudilla allá que iba yo aceituna en mano a preguntarle a Paul (pues sí, en mi sueño el pulpo se alimentaba de aceitunas y bien sano que se le veía) y él me desvelaba los grandes enigmas de mi vida. ¿Es Arturo un mentecato o un príncipe azul aún por pulir? ¿Debo comprar la falda de Polo o la rebajarán más la semana que viene? Y la más anhelada ¿Soy edafóloga o geóloga? Total, que me he despertado optimista y satisfecha. Sin embargo, mientras me lavaba los dientes he tratado de acordarme de alguna respuesta y nada de nada..

De verdad, lo veo claro, yo necesito a Paul. En la vida real lo mantendría viviendo en una pecera en casa, y cada vez que se me cruzase cualquier duda me lanzaría a consultársela armada de cualquier cosa que coma un cefalópodo. ¿Debo de ir de vacaciones a Italia o mejor Portugal? ¿Debo salir en coche o habrá mucho atasco? Sería tan práctico saber que nunca iba a equivocarme.

Además, juntos haríamos de todo. Lo llevaría al parque, daríamos de comer a los patos, y a la vuelta veríamos alguna de sus películas favoritas, como:

  • “Algunos pulpos buenos”: La apasionante historia de cómo Paul optó por la verdad prediciendo la victoria contra Alemania, aún sabiéndose en territorio enemigo.
  • “Lo que el pulpo se llevó”: Un recorrido por todos los equipos que España y Paul dejaron en el camino.
  • “Paul fiction”: Una historia de emoción y crímenes en la azarosa juventud del pulpo.

Pues eso, que lo necesito. ¿Alguien sabe si está en venta?

Un cumpleaños memorable

© Pakmor - Fotolia.com
Santiago, Salvador o como demonios se llame

¡Qué injusta es la vida! ¿Hay algo más triste que cenar sola en “Villa Oniria” el día de tu cumpleaños? Pues la respuesta es que sí, vaya que sí. Había quedado para cenar con Violeta, mi prima la bailarina, que está de gira en la ciudad. No había terminado de sentarme y pedir una copa cuando me llama la muy desgraciada para decirme que no va a presentarse porque Iván, el violonchelista suplente, le había propuesto ir a tomar algo y, claro, no podía dejar pasar esa oportunidad. Al parecer tiene un hoyuelo en la barbilla, y Violeta se pirra por los hoyuelos. En un arrebato de independencia muy relacionado con que no había probado bocado desde las dos, me decidí a tomar algo, en concreto unas costillas. Y ahí estaba yo, en el restaurante más romántico de la ciudad, cuando el horror me consumió al constatar que tres mesas más allá, Arturo, mi exnovio ayudaba a una rubia delgadísima a deshacerse de su bolero. ¡Espanto! ¡Es lo que le faltaba al retal de dignidad que me quedaba, que Arturo me viese cenando sola en mi cumpleaños!. Me había telefoneado para felicitarme sobre las seis y me dio por ponerme en plan misterioso asegurándole que tenía un plan de lo más increíble. Aunque, desde luego, lo cierto es que el asunto era bastante increíble. Inmediatamente me agazapé detrás de la carta, pero no me sentía segura del todo y opté por esconderme debajo de la mesa.

– ¿Busca algo la señora? – Preguntó un solícito camarero acercándose a la mesa.

– No gracias – contesté en un susurro intentando que se marchase.

– ¿Puedo ayudarla en algo? – Insistió levantando el mantel por el costado más preocupante.

– ¡Suelte mi mantel! – Dije enojada tirando de la tela con demasiada energía, lo que hizo que se cayera una copa con gran estrépito.

– ¿Daniela? – Preguntó una familiar voz levantando otra esquina del odioso mantel.

– ¿Arturo? ¡Arturo, qué alegría! – Exclamé mientras salía de mi escondite.

– ¿Qué haces aquí sola? – Preguntó yendo directo al grano.

– No, no, no, para nada. No estoy sola, no, – estaba tan nerviosa, – estoy con él. – Dije señalando al citado camarero que en ese momento recogía con gran esmero los trozos rotos de mi copa, ajeno a que acababa de comenzar una relación conmigo. – Esta era la única forma de pasar juntos esta noche tan especial. – Sentencié mientras salía de mi escondite. En mi cabeza la excusa sonaba mucho mejor.

– ¡Qué bonito! – Exclamó la acompañante de Arturo que se había unido al grupo.

– Sí, la verdad es que sí. ¿A que lo de la copa ha quedado muy natural? – dije tratando de dar un toque de enigma al asunto.

– ¿Por qué no nos sentamos juntos? – Propuso el fideo, que se dio a conocer como Margarita.

– Uy no, no. Yo es que ya me iba.

– Aquí tiene sus costillas señora – dijo el inoportuno camarero cuya placa identificaba como Santiago.

– ¡Qué bárbaro! ¡Hasta te habla de usted! – Exclamó impresionada Margarita.

– Ya os lo dije, es un profesional de los pies a la cabeza. Y mira qué detalle, me ha traído unas costillas. No es un broche de diamantes, pero no está mal. ¿Verdad?

– Yo soy vegetariana, no podría aceptarlas – añadió mientras se sentaban.

– ¡Toma nota Arturo! ¡Díselo con unos cogollos! – Dije tratando de parecer animada y metiéndole mano a mi primera costilla. Aquello lo ventilaba yo en un rato.

– ¿Qué tal el trabajo? – Preguntó Arturo tan impertinente como siempre. Él sabe que es una pregunta que odio. No es que tenga nada en contra de la edafología, yo incluso diría que me es simpática, pero hasta que no me entere bien de qué va el asunto prefiero evitar el tema.

– ¡Ah, pues colosal! El Dr. Valle está contentísimo con los resultados que estamos teniendo de los análisis. Son muy concluyentes – afirmé con aire profesional.

– ¿Y qué concluyen? – Mira la pillina del espárrago. Ahora quería pillarme.

– Bueno, son conclusiones muy concretas de mi campo analítico. ¿Sabes?

– Margarita es doctora en geología. – Aclaró Arturo. Vaya por Dios, esta gente aparece como setas.

– ¡Qué coincidencia! ¡Somos colegas! – las palmas de las manos empezaban a sudarme.

– Pues sí. Arturo no me ha dejado claro si eres edafóloga o geóloga – Ya, sí. No tenía ni idea de en que terreno se estaba metiendo la tal Margarita.

– ¿Y tú? – había que desviar el tema.

– Yo petrógrafa. – Atiza, eso sí que es nuevo. Menos mal que una sabe de etimología.

– Uff, supongo que te estará afectando mucho el asunto de los coches electricos y tal. – Otra costilla, ya sólo me quedaban cuatro.

– ¿Cómo?

– La petrografía no tiene nada que ver con el petróleo, Daniela. Margarita estudia las rocas. – Aclaró Arturo mirándome significativamente.

– Uy, que no lo habéis cogido. Era un chiste gremial – dije entre risitas tratando de disimular. No parecía que lo de las rocas fuese en broma. Tenía que enterarme de si era así.

– Aquí tienen su ensalada – interrumpió Santiago que llegaba con un plato de lo más primaveral.

-¡Qué miradas me echa! ¡Me estoy ruborizando! – dije en cuanto se alejó un par de metros.

– ¿Arturo, quieres una de mis costillas? – Aquello sonó fatal así que me apresuré a aclararlo – Me refiero a las del plato, no a las mías, claro está. Entre Arturo y yo todo está terminado. Ahora mis costillas, costillas solo las comparto con Salva.

– ¿Quién es Salva? – preguntó curioso Arturo.

– Pues el camarero claro, el camarero de mi amor… – estaba tan nerviosa que se me resbaló el cuchillo con tan mala fortuna que casi degollé a la pobre Margarita. No lo hice con intención claro está, pero seguro que ya no me vuelve a preguntar si soy edafóloga o geóloga en toda su vida.

– El camarero se llama Santiago. –añadió Arturo.

– No, se llama Salvador y yo lo llamo Salva –y mirando a Margarita- y  a veces también lo llamo pichoncín, pero le molesta que lo haga en público.

– Su solomillo, señor –volvió a interrumpir el camarero dejando justo a la altura de mi nariz su placa identificativa.

– ¡Ah no, por aquí sí que no paso! – Exclamé con aire angustiado. – ¡Yo no aguanto ni una mentira más! ¡Entre nosotros está todo acabado! – Grité poniéndome en pie y dejando al grupo estupefacto. – ¡No quiero saber nada más de ti, te devuelvo tus costillas! – Y me largué del salón sin mirar atrás y con un porte, a mi parecer, muy digno.

Un cumpleaños memorable, desde luego. Aunque todavía me pregunto quién pagó mis costillas.