E-bay

El sombrerito y su ex-dueña

La princesa Beatriz ha subastado con fines benéficos en E-bay el sombrero que lució en la boda real. La puja comenzaba por 5000 libras y el afortunado ganador se lo llevó a casa por 75.000. ¿Habrá sido Lady Ga-Ga? ¿El sombrerero loco? De momento no lo sabemos, aunque una cosa sí tenemos clara, y es que lo echaremos de menos. La boda no hubiese sido tan divertida sin él.

Atentos a E-bay por si salen los demás complementos. ¡Hay que estar avispados!

Endalweni

Clark y Ava viviendo la aventura Africana
Clark y Ava en plena aventura Africana.

¿Os apetece un paseo por África? ¿Queréis conocer el lugar donde se inspira la tercera entrega de Daniela?

La Reserva de Endalweni está situada en una de las zonas más bonitas de Sudáfrica, a orillas del gran río Kei. Es una auténtica frontera entre lo civilizado y lo salvaje con todos los ingredientes necesarios para cocinar una legendaria aventura.

¿Habéis disfrutado de Hatari!, Mogambo, Las Minas del Rey Salomón, El Hombre que pudo reinar, Tarzán, Los Dioses deben estar locos, El Rey León, Las nieves del Kilimanjaro? No sé vosotros, pero a mí me parece ver a Clark Gable y Ava Gadner detrás de cada esquina. Huele a genuina aventura.

http://www.endalweni.co.za/

Una visita imprevista II

© Pétrouche - Fotolia.com
Armania y Sarah en el Cáucaso

(viene de Una Visita Imprevista I)

Pues nada, nada. La historia la escriben los valientes y yo estaba decidida a llevar el asunto de mi reencuentro con la dignidad que es, como saben, mi norte y guía. Saqué un kleenex del bolso y me empapelé la cara todo lo posible, simulando un par de estornudos. Qué vergüenza, pero qué vergüenza. El caprichoso de mi jefe me empujó literalmente hasta el centro del grupo donde el más rubio se adelantó con decisión. Sentí que el pañuelo resultaba insuficiente e intenté recolocármelo. Al acercarse, me echó una mirada de halcón y supe que me había descubierto. ¿Y ahora qué? ¿Sería capaz de darme una bofetada así delante del rector? Tenía una pinta de bruto que se las pisaba y venía derechito hacia mí.
– ¡Sarah! – Exclamó con alegría dándome un enorme abrazo que me pilló de improvisto e hizo caer mi pañuelito. Me sentí desnuda. Lo del nombre era lo de menos, ya lo arreglé en su día advirtiendo que era mi seudónimo científico, pero se acercaba cada vez más a mí, y de un momento a otro se descubriría el pastel.
– ¡Brawn! – Mascullé como pude tratando de parecer contenta.
– ¡Oh Dios mío! – Y me miró directamente a mis desorbitados ojos – ¡No puedo creerlo!
– Puedo explicarlo. – En realidad no podía y claro eso me acongojaba e hizo que solo me saliese un hilito de voz.
– ¡No has cambiado nada! ¡Estás igualita que hace cuatro años! – Estaba entusiasmado.
– ¿De-De veras? – Si era una broma, desde luego era muy cruel.
– Mira lo que llevo en el móvil.
Sacó su teléfono y buscó unas fotografías. El resto del grupo acudió interesado.
– Son fotos de nuestra excursión al Cáucaso.
En primer plano podía verse a una chica bastante entradita en carnes con el pelo cobrizo, la cara redonda y llena de pecas. Vestía un horrible vaquero amarillo y una aún más espantosa camisa verde. Parecía un plátano canario.
– Vaya, es cierto, – exclamó el Dr Carballo – !Qué bien te conservas, Daniela, la foto parece de ayer!
Los miré con suspicacia, pero no había el menor asomo de sorna en sus voces. Le eché otro vistazo por si la había mirado mal. ¿Cómo podían confundirme con esa chica?
– Bueno, entonces estaba algo más llenita. – Era una morsa, una morsa llena de pecas.
– ¿Si? – contestó el decano – No, para nada. Lo que sí te veo es que ahora te han salido algunas pequitas más.
– Bueno, en realidad ahora tengo bastantes menos pecas. – ¿Qué se habían creído? Solo en verano me salían un par de pequeñas pecas, y muy coquetas en opinión de muchos.
– Las mismas, ni más ni menos, – juzgó Carballo. – Mira, y aquí tienes ese mohín tan tuyo.
Habían pasado de foto y ahora se podía ver a la ballena frunciendo el ceño en una horrible mueca.
– No, no. Ese gesto no lo suelo hacer yo.
– Mira, si lo estás haciendo ahora mismo, – soltó divertido el rector. Me estaba poniendo de muy mal humor.
– Pues fíjense. A mí me parece otra persona distinta a mí.
– No, lo que ocurre es que en las fotos estás algo más delgadita y eso te da un aspecto más infantil. – Ah no, por aquello ya sí que no pasaba. Era el colmo.
– Definitivamente esa no soy yo.
– Ja, ja, ja. – Coro de risas benevolentes
– Oh, Sarah, hasta tu sentido del humor sigue siendo el mismo, – recordó Brown con emoción. – ¿Recuerdas las noches en Armenia, cuando intentábamos olvidar el frío cantando y contando chistes en nuestras tiendas de campaña?
– No sé ni dónde está Armania. – Mi mosqueo iba a peor y su humor a mejor.
– Oh, Armania está en Italia, le diré que has preguntado por ella. – Y le señaló a los demás otra chica que salía en las fotos. – Eran uña y carne.
Y así siguieron durante quince largos minutos más. Al terminar el acto y la comida, despedimos al Dr. Brown que me regaló unos chocolates belgas que compró, al parecer, recordando cuánto me gustaban. Así que al menos eso me llevo en el cuerpo. El régimen ya lo empezaré cuando se me pase el disgusto.

Una visita imprevista I

© Alexandra Thompson - Fotolia.com
El Dr. Brown

Esta mañana iba camino de la peluquería cuando me ha sobresaltado una llamada de mi jefe. Como últimamente lo tengo un poco olvidado, no he dudado en contestarle el teléfono. Es lo que tengo, soy una blanda.
– Daniela, tienes que subir inmediatamente al departamento. Te espera una sorpresa gordísima.
Uy, uy, uy, las sorpresas me gustan nada más que regulín, y viniendo de mi jefe menos.
– Ya que me gustaría ir Don Alberto, pero no me parece muy apropiado, la alergia me está matando y podría resultar muy incómodo empezar a estornudar entre nuestros queridos pedruscos…
– Daniela, vas a subir inmediatamente, porque hay alguien muy ilustre que te está esperando y te digo que te vas a quedar helada. El rector viene de camino.
– ¿El rector quiere verme?
– ¡Dios nos proteja, a ti no! El rector viene a ver al visitante ilustre, que a su vez quiere verte a ti. Tienes veinte minutos para estar en mi despacho.
Y ha colgado sin más. Hay que ver, siempre tengo que ser yo la que me pliegue a sus caprichos. Cuando he llegado Don Alberto me estaba esperando nerviosísimo en la puerta del departamento.
– Por fin llegas. Daniela, no te vas a creer quién te está esperando en la sala de juntas. El Dr. Bonhalm Brown.
– Pues mire usted que bien, ¿y quién es ese? – De verdad que a esta gente le hace ilusión cada cosa más rara.
– Pero Daniela, ¿cómo que quién es ese? Trabajasteis codo con codo en Armenia. Se ha llevado una alegría enorme cuando se ha enterado de que estabas aquí.
¡Ay mi madre, ahora sí que la había fastidiado del todo! Resulta que el trabajo en la facultad me lo dieron porque mi currículo se confundió con el de una tal Sarah no-se-qué que era una especie de topo y se dedicó a hacer la tira de cosas extrañas con tierra. Luego no había visto yo el momento propicio para aclarar el equívoco, así que todo el mundo asumió que Sarah era mi pseudónimo en los artículos científicos, y todos tan contentos. Mi reacción ante las palabras de Don Alberto no se hizo esperar. Me volví en firme ciento ochenta grados y comencé la operación de retirada con absoluta decisión.
– ¿Daniela, dónde crees que vas? – Y me agarró del brazo haciendo una demostración en vivo de lo que es “absoluta decisión” de verdad. Yo empecé a soltar sus dedos de mi brazo pero no conseguía desasir más de tres. Que terquedad. Me sentía como una flauta.
– Acabo de acordarme de que tengo que irme. Ya verá usted si no me haría a mi ilusión ver a Browny y recordar viejos tiempos, pero es que de pronto me he acordado de que hoy es el día del voluntariado para el petirrojo enano y ya me había comprometido a ir.
– Daniela, el Dr. Brown te aprecia sinceramente. No ha parado de elogiar tu entrega al trabajo, tu capacidad de sacrificio, tu perfeccionismo en los protocolos…
– Para que usted vea, y por aquí no recibo más que críticas y caras largas.
-Bueno, es que hace más de dos semanas que no te vemos el pelo.
– Como siempre decía el Dr. Brown, no hay que precipitarse. Estoy pensando concienzudamente mi siguiente paso y de hecho creo que he tenido una gran idea. Me voy ahora mismo a meditarla en profundidad.
– Daniela, hoy no vas a ir a ningún sitio. No me pongas en evidencia. El rector y el decano están esperándonos en la sala de ponencias junto a la mayoría del profesorado. No he visto tanto quórum desde que nos visitó Kreb. El rector quiere que tú como conocida suya le digas unas palabras de bienvenida en armenio.
-¿Qué le dé la bienvenida en armenio? – Estaba impresionada. Un lío como el que me esperaba puede con cualquiera, pero el detallito del armenio era ya de muy mal gusto.
– Sí, y luego dices algo de lo más destacado de vuestras investigaciones en Georgia.
– Ah, eso sí que no. Luego se quejan de que nadie se lea el “Elsevier”. Si todos andamos pregonando a los cuatro vientos todos nuestros artículos, ¿quién va a ser el guapo que pague por ellos?
– Daniela, no digas más tonterías y da lo mejor de ti misma. Recuerda que la imagen de nuestra universidad está en tus manos.
Estábamos en la puerta de la sala de juntas y me empujó con decisión al interior de la sala donde la tuna interpretaba “Clavelitos” con gran entusiasmo mientras el ilustre grupo disfrutaba de un refrigerio.

CONTINUARÁ…

La finca “El Señorío”

© spe - Fotolia.com
El Señorío nevado

Tras las vacaciones de Navidad he ido alargando lo posible el fatídico momento, pero a finales de febrero ya me resultaba del todo imposible librarme de ir a “El Señorío”. Hacía un frío horrible y me dolía la garganta una barbaridad, pero mi jefe es un ogro que no atiende a razones. Cuando lo llamé para explicarle el asunto, me expresó en términos de lo más tajante que tenía diez minutos para salir de la cama y poner rumbo a la finca. Él y sus amigotes llevaban esperándome allí tres días y estaban obcecados en que me personase.

– Pero, Dr. Valle, – es como llamo a mi jefe cuando quiero que sepa que estoy herida. Y esta vez se había pasado de la raya de largo, – comprenderá que en la delicadeza de mi estado un golpe de frío puede resultar fatal.
– Daniela, de algo hay que morir. Si no estás aquí para la una y media te garantizo que tu estado va a empeorar drásticamente en cuanto te pesque.
– ¡Dr. Valle! – Exclamé airada.
– Ni Dr. Valle ni caracoles en vinagre. Ven para acá de inmediato. Te repito que aquí hay seis personas que se han desplazado desde distintos puntos de la geografía española para intentar darle un empujón a tu dichosa tesis. Anteayer se nos cayó el Dr. Berenguer al río al tratar de recoger unas muestras de fluvisol y esta mañana, a las siete menos cuarto, ya estábamos todos montando el simulador de lluvia.

La cosa pintaba regular y decidí que era mejor claudicar, así que llamé a mi amigo Juan, ya saben, ese que es tan rico y siempre tiene tiempo libre. Es un encanto y enseguida se prestó a recogerme en su coche, que es fantástico y llevas el trasero exactamente a la temperatura que tú eliges con un mando con el que puedes hacer otro sinfín de cosas estupendas. Además, Juan tiene no sé qué parentesco lejano con el dueño de “El Señorío”, por lo que se sabía bien el camino. Llegamos sobre las dos y cuarto. Enseguida avisté a mi jefe y al Dr. Berenguer en lo alto de un olivo. Eso es, ellos jugando a los indios mientras yo me debato entre la vida y la muerte. Les pitamos con energía, lo que los sobresaltó e hizo caer al pobre Dr. Berenguer.

– ¡Hola Daniela! – Saludó el Dr. Valle, emocionado. – ¡Ha llegado Daniela! – Comenzó a vociferar después. De distintos olivos fueron apareciendo caras familiares de edafólogos-geólogos. –Estábamos recogiendo muestras de frutos en distintos estados de evolución.
– Sí, seguro, – contesté con suspicacia mientras me apeaba del coche. – ¡Uy que frío! – En cuanto tomé contacto con el exterior me dispuse, aterida, a enmendar el error, volviendo al interior de inmediato.
– Exactamente tres grados bajo cero. – sentenció el Dr. Valle, al tiempo que me agarraba del brazo impidiendo mi regreso al interior del vehículo. – No te vuelvas al coche, que tienes que hacerte unas fotos con el simulador.
– Quite, quite, me añaden después con el Photoshop, – decía yo furibunda tratando de desasirme de él.

Echaba de menos mi control del calor en el asiento. Todos tenemos un límite y el mío está en los ocho grados. Por debajo de eso no soy persona, no lo soy y ya está.

– Ni hablar del asunto. Ven para acá que todo el equipo te está esperando.

En efecto, a nuestro alrededor se habían congregado ya el grueso de los edafólogos-geólogos, con lo que me dispuse a saludarlos efusivamente. Y es que es verdad, yo les tengo mucho cariño. Sin embargo, tras casi quedarme pegada a la cara del primero y observar que del Dr. Berenguer colgaban dos estalactitas a la altura de la nariz decidí controlar mis impulsos.

– Bueno, mejor no os beso no vaya a contagiaros lo que tengo – les dije con ternura mientras agitaba la mano a modo de saludo alternativo.
– Gracias por venir, Daniela, – exclamó el Dr. Ramos con emoción.
– De nada. De nada. Somos un equipo – respondí en plan cómplice.
– Venga, vamos a hacer esas fotos – intervino el Dr. Berenguer que señaló una especie de cabina telefónica que habían instalado a unos trescientos metros. Me pareció razonable y mis colegas y yo nos trasladamos hasta la cabina, donde me hice un montón de fotos con distintas temáticas, que si ahora una pala, que si ahora unos prismáticos. Estaban todos contentísimos, incluido el Dr. Valle.

– ¡Bueno! Pues ha llegado el momento de comer. Don Carlos, el dueño de la finca va a venir a tomarse unos bocadillos con nosotros para conocerte.
– Ya que me gustaría quedarme, ya – sentencié con cara de pena. – Pero me esperan en Granada. Una transfusión sanguínea, ¿sabe? – Ya os había dicho que por debajo de los ocho grados mi cerebro no funciona. Es lo primero que se me ocurrió, pero lo que me estaba a mi faltando era comerme un bocadillo mientras se me congelaba el trasero.
– ¿Una transfusión? ¿Donadora o receptora? – Preguntó preocupado el Dr. Berenguer.
– No puedo dar detalles, es un asunto muy personal – respondí mientras me subía al coche al que me había ido acercando con disimulo.
– Pero Dani, Don Carlos viene de Lucena.
– Ya ve usted, la rabia que me da, con la gana de conocerlo que tengo, – dije poniéndome el cinturón y gesticulando disimuladamente a Juan a que arrancase. – ¡Feliz semana a todos!

Y desde luego que fue una semana original, porque poco después empezó a nevar y se quedaron incomunicados en la hacienda de Don Carlos. Aquello debe estar espectacular nevado. Debió de ser como pasar las vacaciones en Canadá, pero mi jefe nunca está contento con nada. Cuando nos vimos el lunes siguiente en el Departamento no sólo no parecía contento sino que casi rozaba lo hostil.

El resumen del año

© velusariot - Fotolia.com
La Finca El Señorío

En qué apuros más gordos nos pone esto de la Navidad. A todo el mundo le da por hacer balance del año y, claro, mi jefe no ha querido ser menos y se ha empeñado en reunirnos para evaluar los progresos del año en la tesis. He intentado zafarme, vaya si lo he intentado, pero el tema me pilló por sorpresa. Como último recurso, acudí a la gripe A, pero se ve que el tema está un poco oxidado y ya no impacta tanto. De hecho, ya me miró raro cuando la pasé por segunda vez, así que esta tercera ni siquiera ha pestañeado. Quería verme en su despacho el lunes veinte, a las once y media, y con un informe detallado de los avances anuales. ¡Encima toca madrugar!

Me dio algo, de verdad. Se dejaba ver cierta desconfianza que no comprendo viniendo de él. Pensaba encauzar el tema por ahí. De todos modos, como el espíritu resignado que siempre he sido, me armé de valor y me presenté con aire afectado a nuestra cita, portando una carpeta con un montón de papeles que había recopilado en el último minuto.

– Buenos días Don Alberto – le saludé fríamente mientras él me invitaba a pasar.

– Hola Dani, buenos días. Siéntate y vamos a ver como va ésto.

– Gracias – más frialdad – no quiero sentarme – y mucho alzamiento de cabeza. Cuando una se siente despechada tiene que alzar la cabeza.

– Como quieras.

No estoy muy segura de que este hombre sepa detectar las señales, porque no parecía intimidado en absoluto. Muy por el contrario sacó una carpetita en la que ponía “Objetivos 2010”. La he recordado de inmediato, los escribimos en enero y eran todo lo que Don Alberto esperaba fuese el año. ¡Qué infantil!

– Bien, comencemos: Uno, Toma de muestras en la finca “El Señorío”. – Es la finca matriz de mi tesis. No sé exactamente qué pinta en el asunto, pero siempre que se habla de mi tesis se habla también del sitio ese.

– Esto está hecho, – continuó Don Alberto, – fuimos José Antonio y yo. ¿Recuerdas que se nos quedó tirado el todoterreno y tuvimos que hacer noche en Lucena? – El asunto me sonaba. Recuerdo que cuando por fin consiguieron llegar venían con el coche lleno de bolsas de tierra y yo tuve que ponerles unos cartelitos y pasarles un rodillo, como si fuesen una empanada.

– Dos, análisis químicos de las muestras y estudio geográfico. – Lo miré muy seria. Aquel asunto aun no lo había superado y él lo sabía. Pude leer el remordimiento en su cara. En algún momento de marzo, Don Alberto me dio un libro muy gordo, donde explicaba cómo hacer multitud de cosas con la tierra. Yo le eché un vistazo y allí se trataban asuntos de lo más peligrosos, como ácido sulfúrico y otras cosas fatales. Yo no quería parecer grosera o poco profesional, así que incluso me interesé por la ubicación del “material”. El gesto emocionó a Don Alberto que, lleno de ilusión, me enseñó un armario en el que había un montón de frascos con nombres muy alemanes como Erlen-meyer y Kita–satos que a mi parecer eran todos iguales. Luego me hizo una demostración en directo de lo que había que hacer. Tardó dos horas, y después me señaló las otras ochocientas diez muestras con las que había que repetir el proceso. Fuimos hasta el armario de los reactivos y allí ocurrió la desgracia. Tratando de hacer la primera muestra, cogí una pipeta, de donde una fatídica gota cayó sobre mi falda de volantes ibicenca. Vislumbré con impotencia como un agujero del tamaño de una aceituna se extendía, y lloré. Aquello terminó con las aspiraciones de Don Alberto, que inmediatamente entendió la insensatez que había cometido.

– También está hecho. Los hicimos entre Encarnita, José Antonio y yo. Hace apenas diez días que terminamos con la última muestra.

– La verdad es que ha sido un buen año – dije apretando mi carpeta y sin asomo de rencor.

– Tres, simulador de lluvia. Es lo único que nos queda para que el año fuese perfecto. Si pudieses venir hasta “El Señorío”… – Lo veía venir, este hombre nunca está contento con nada.

– Don Alberto, siempre se quedan cosas en el tintero.

– Pero Daniela, sería cosa de un par de horas. José Antonio y yo nos vamos un par de días antes, instalamos el simulador, tomamos las muestras, y tú cuando puedas te pasas por allí y te haces unas fotos para la tesis.

– Que no, Don Alberto, que no. ¡Fíjese en que fechas estamos!

– Lo sé, lo sé. Sin embargo, si pudieses hacer un esfuerzo. A Don Carlos, el dueño “Del Señorío”, le haría una ilusión enorme conocerte. Le hemos hablado tanto de ti.

-Está bien, está bien. El día 22 me voy para allá. –– Es lo malo que tengo, que al final soy una sentimental de tomo y lomo. El esfuerzo merecía la pena con tal de ver la cara de ilusión de Don Alberto.

– Gracias, Dani, gracias. No te arrepentirás.

– Ya veremos, ya veremos – dije despidiéndome. – Tengo cita en la peluquería en media hora y tengo que marcharme.

– ¡Nos vemos en “El Señorío”! –exclamó eufórico.

Salí del despacho orgullosa de mi profesionalidad. En aquel viaje a “El Señorío” iba a dar el do de pecho. O eso pensaba entonces. Si hubiese sabido lo que me esperaba allí no hubiese sido tan condescendiente con Don Alberto. Pero eso ya os lo contaré más tarde, que todavía me dan escalofríos cuando lo pienso.