Etiqueta: Daniela en cuarto menguante

El ramo de la novia

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Martina lanzando el ramo

¡Lo que me faltaba! La vida de una becaria, ya de por sí, no es fácil, pero es que últimamente no me llevo más que berrinches. Para empezar está el asunto de la tesis. Mi jefe anda últimamente pesadísimo con eso, y ya no sé cómo darle más largas. El día menos pensado voy a tener que ponerme a enterarme de qué va el tema, porque cada vez me hace preguntas más incómodas. Además, por si fuera poco, mis asuntos personales tampoco van como para tirar cohetes.

En efecto, cuando hace tres semanas me llegó la invitación de Martina Bramantes a su boda ecológica, me pareció un golpe bajo. Sencillamente no me pareció justo que Martina también fuese a casarse. Últimamente le ha dado por prometerse a todas mis conocidas, pero lo de Martina me pilló totalmente de improviso. Nos encontramos hace tres meses y me confesó que estaba disfrutando de su soltería más que nunca. A qué corchos viene anunciar ahora en un tarjetón de tamaño descomunal el fin de una etapa tan feliz.

No obstante, como el espíritu resignado y práctico que soy, me preparé para el evento con la mejor disposición posible, y hoy me he presentado en “El Burrito Verde” con un aspecto magnífico, embuchada en un precioso vestido de pedrería con estampado floral y unos tacones de doce centímetros. Tan sólo me faltaba un acompañante multimillonario, pero no se puede tener todo. Sorpresa gorda cuando, nada más desembarcar, me encuentro con un grupo de excursionistas ataviados con campestres atuendos que me han desconcertado sobremanera. Lo peor ha sido descubrir, tras un vistazo más exhaustivo, que los excursionistas no eran otros que los invitados a la boda.

– Dani, – me ha saludado enseguida Carlota Guirao – ¿No sabias que era una boda ecológica? – Ha añadido con verdadero apuro mientras nos acomodábamos bajo la marquesina adornada en la que se iba a celebrar la ceremonia.

– Pues no, – he mentido a toda velocidad. Yo pensaba que lo de boda ecológica significaba que donarían los regalos a Greenpeace o algo así. Afortunadamente, Carlota es, con diferencia, la muchacha más buena que conozco, y me he alegrado una barbaridad de encontrarla en la boda.

– ¡Mira! ¡Por allí viene la novia! – Ha exclamado de repente señalando a una borriquilla. Sobre ella cabalgaba Martina, demostrando gran destreza al portar el ramo y las riendas a la vez que avanzaba en un trote de lo más resultón. Los ojos casi se me salen de las órbitas cuando el novio se ha dado la vuelta para ayudar a descabalgar a la novia. No era otro que Esteban. La última vez que me encontré con él llevaba colgado el brazo de Carlota, su novia de toda la vida. He mirado a Carlota con cara de sorpresa.

– ¿No lo sabías? – Me ha dicho ella. – Esteban y yo lo dejamos hace un par de meses. Lo cierto es que estoy muy contenta de que haya encontrado la felicidad con Martina. – Ya no sé si, de puro bueno, esta chica no roza la estupidez. – Supongo que tú sentirías lo mismo si le pasase a Arturo, – ha añadido refiriéndose a mi exnovio. La imagen de él y la traidora ensartados por un rayo ha atravesado mi mente.

– Naturalmente – he contestado tratando de parecer sincera.

Tras prometerse amor eterno e intercambiar distintos tipos de semillas ha llegado el momento cumbre, en el que los novios han hecho su salida bajo una lluvia de paja. Al parecer es cosa sabida que  el arroz no es nada ecológico. Yo he caminado hacia el cobertizo donde se organizaba el banquete con toda la dignidad que mis tacones, en el terreno irregular, me han permitido. Lo cierto es que estaba bastante orgullosa de mi ascenso hasta que uno de mis tacones ha quedado atrapado en un agujero, lo que me ha hecho trastabillar y caer de bruces sobre un grupo de invitadas formado por el grueso de mis compañeras de promoción. Tras ayudarme a ponerme en pie entre un coro de risas contenidas, me he unido a ellas en el ágape, teniendo que hacer frente a una auténtica lluvia de preguntas incordiosas.

Primer asalto: Sara Malagón. Hace su tesis en Farmacología. Quedó tres puestos por delante mía en la graduación y es propietaria de la melena pelirroja más bonita que jamás he visto. Lo peor es que es insultantemente natural. Lo sé porque compartimos habitación en el viaje de fin de carrera y, recién despierta, ya se parecía a La Sirenita. Sólo le faltaba el cangrejo.

– ¿Qué tal la tesis?- Ha preguntado Sara con cierta intención.

– Muy bien, gracias. ¿Y la tuya?

– La leo el mes que viene. – La aceituna se me ha atrancado en la garganta. Para el mes que viene es probable que yo acabe de enterarme si soy edafóloga o geóloga.

– Qué alegría, – he conseguido carraspear.

– Sí, quería quitármela de encima antes de la boda – ha dicho mostrándome un enorme anillo.

– ¡Vaya, doble enhorabuena! – Las lágrimas se agolpaban en mis ojos. Me gustaría decir que he sentido una envidia sana, pero lo cierto es que así, a primera vista, apestaba a envidia cochina de la de toda la vida.

– Gracias, gracias. Por cierto me encanta tu vestido.

– Gracias, es de pedrería sostenible – ¿Por qué? ¿Por qué siempre caigo en la tentación de decir este tipo de chorradas?

– Mi cesta es de mimbre biodegradable. – Siempre hay quien gane, siempre hay quien gane.

Segundo asalto: Marisa Cano. “Chismóloga” oficial de la promoción. Creo que se enteró de mi ruptura con Arturo antes que yo:

– ¡Hola Dani! ¿Qué tal la tesis?

– Fantástica. Me la estoy tomando con calma, porque mis resultados van a dar que hablar – le he respondido en tono confidencial. Y vaya si van a dar que hablar.

– ¡Qué guapa va Martina! ¿Sabías que el ramo se lo han traído exclusivamente a ella de un cultivo ecológico de rosas de Jamaica?

– Ah pues no. – Lo que se parecen las rosas de Jamaica a las de Maracena es cosa grande.

– No lo comentes, pero le ha costado más de 700 euros. – Nota mental, si lo de la edafología sale mal, poner una floristería ecológica.

Estaba preparándome para afrontar el tercer asalto a cargo de Joaquín Padilla, que se acercaba sospechosamente, cuando una voz me ha sacado de mis cavilaciones:

– ¡El ramo! ¡El ramo! ¡La novia va a tirar el ramo! – exclamaba ilusionada una de las invitadas interrumpiendo la conversación.

-¿Te han explicado lo del ramo, no? – Me ha preguntado Sandra Casares colocándose a mi lado en el grupo de solteras.

– Sí, sí, – he contestado con poco entusiasmo mientras trataba de concentrarme en mi objetivo. Lo cierto es que no abrigaba grandes esperanzas, máxime, cuando delante de mí competía casi la totalidad del equipo de Voleibol de la facultad. No obstante, se conoce que me crezco en las grandes ocasiones, porque, de repente, me he visto dando un grácil brinco y haciéndome con el ramo en una cabriola que jamás hubiese imaginado mientras el grupo de delante se quedaba patitieso de la impresión. Cuando he aterrizado en el suelo, con mi trofeo en los brazos y preparada para recibir una muy merecida ovación, me he topado con una serie de miradas espantadas y acusadoras en plan grajos.

– ¿Pero, qué has hecho Dani? – Ha exclamado Sandra conmocionada ¿Cómo que qué he hecho, pedazo de envidiosa? Agarrar el ramo en una pirueta digna de Gemma Mengual.

-¿No sabías que Carlota tenía que coger el ramo? ¡Era una sorpresa! Por eso todas nos hemos apartado. – Ha añadido una de las del Voleibol.  Ya decía yo, que el asunto había sido sospechoso.

– ¡Oh Carlota, perdona, no tenía ni idea! – He exclamado volviéndome hacia la doliente que estaba justo detrás de mí con cara sorprendida.

– No, no, Dani. No te preocupes, el detalle es lo que cuenta. Seguro que te trae suerte. – Esta chica te desarma. No debería de ser legal ser tan buena.

– ¡Oh no, toma el ramo! Además, soy alérgica a las rosas de Jamaica, – he añadido entregándole el ramo. Creo que lo ha cogido por no poner en riesgo mi integridad física. A estas chicas no hay quien las entienda, Martina le birla el novio y soy yo la criminal por quedarme con un ramo de rosas de Jamaica. De verdad, de verdad, hasta que no haga una tesis, me haga con un novio y luzca un buen anillo no vuelvo a ir a otra boda. ¿Me dará tiempo para la de Sara, el siete de agosto?

El resumen del año

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La Finca El Señorío

En qué apuros más gordos nos pone esto de la Navidad. A todo el mundo le da por hacer balance del año y, claro, mi jefe no ha querido ser menos y se ha empeñado en reunirnos para evaluar los progresos del año en la tesis. He intentado zafarme, vaya si lo he intentado, pero el tema me pilló por sorpresa. Como último recurso, acudí a la gripe A, pero se ve que el tema está un poco oxidado y ya no impacta tanto. De hecho, ya me miró raro cuando la pasé por segunda vez, así que esta tercera ni siquiera ha pestañeado. Quería verme en su despacho el lunes veinte, a las once y media, y con un informe detallado de los avances anuales. ¡Encima toca madrugar!

Me dio algo, de verdad. Se dejaba ver cierta desconfianza que no comprendo viniendo de él. Pensaba encauzar el tema por ahí. De todos modos, como el espíritu resignado que siempre he sido, me armé de valor y me presenté con aire afectado a nuestra cita, portando una carpeta con un montón de papeles que había recopilado en el último minuto.

– Buenos días Don Alberto – le saludé fríamente mientras él me invitaba a pasar.

– Hola Dani, buenos días. Siéntate y vamos a ver como va ésto.

– Gracias – más frialdad – no quiero sentarme – y mucho alzamiento de cabeza. Cuando una se siente despechada tiene que alzar la cabeza.

– Como quieras.

No estoy muy segura de que este hombre sepa detectar las señales, porque no parecía intimidado en absoluto. Muy por el contrario sacó una carpetita en la que ponía “Objetivos 2010”. La he recordado de inmediato, los escribimos en enero y eran todo lo que Don Alberto esperaba fuese el año. ¡Qué infantil!

– Bien, comencemos: Uno, Toma de muestras en la finca “El Señorío”. – Es la finca matriz de mi tesis. No sé exactamente qué pinta en el asunto, pero siempre que se habla de mi tesis se habla también del sitio ese.

– Esto está hecho, – continuó Don Alberto, – fuimos José Antonio y yo. ¿Recuerdas que se nos quedó tirado el todoterreno y tuvimos que hacer noche en Lucena? – El asunto me sonaba. Recuerdo que cuando por fin consiguieron llegar venían con el coche lleno de bolsas de tierra y yo tuve que ponerles unos cartelitos y pasarles un rodillo, como si fuesen una empanada.

– Dos, análisis químicos de las muestras y estudio geográfico. – Lo miré muy seria. Aquel asunto aun no lo había superado y él lo sabía. Pude leer el remordimiento en su cara. En algún momento de marzo, Don Alberto me dio un libro muy gordo, donde explicaba cómo hacer multitud de cosas con la tierra. Yo le eché un vistazo y allí se trataban asuntos de lo más peligrosos, como ácido sulfúrico y otras cosas fatales. Yo no quería parecer grosera o poco profesional, así que incluso me interesé por la ubicación del “material”. El gesto emocionó a Don Alberto que, lleno de ilusión, me enseñó un armario en el que había un montón de frascos con nombres muy alemanes como Erlen-meyer y Kita–satos que a mi parecer eran todos iguales. Luego me hizo una demostración en directo de lo que había que hacer. Tardó dos horas, y después me señaló las otras ochocientas diez muestras con las que había que repetir el proceso. Fuimos hasta el armario de los reactivos y allí ocurrió la desgracia. Tratando de hacer la primera muestra, cogí una pipeta, de donde una fatídica gota cayó sobre mi falda de volantes ibicenca. Vislumbré con impotencia como un agujero del tamaño de una aceituna se extendía, y lloré. Aquello terminó con las aspiraciones de Don Alberto, que inmediatamente entendió la insensatez que había cometido.

– También está hecho. Los hicimos entre Encarnita, José Antonio y yo. Hace apenas diez días que terminamos con la última muestra.

– La verdad es que ha sido un buen año – dije apretando mi carpeta y sin asomo de rencor.

– Tres, simulador de lluvia. Es lo único que nos queda para que el año fuese perfecto. Si pudieses venir hasta “El Señorío”… – Lo veía venir, este hombre nunca está contento con nada.

– Don Alberto, siempre se quedan cosas en el tintero.

– Pero Daniela, sería cosa de un par de horas. José Antonio y yo nos vamos un par de días antes, instalamos el simulador, tomamos las muestras, y tú cuando puedas te pasas por allí y te haces unas fotos para la tesis.

– Que no, Don Alberto, que no. ¡Fíjese en que fechas estamos!

– Lo sé, lo sé. Sin embargo, si pudieses hacer un esfuerzo. A Don Carlos, el dueño “Del Señorío”, le haría una ilusión enorme conocerte. Le hemos hablado tanto de ti.

-Está bien, está bien. El día 22 me voy para allá. –– Es lo malo que tengo, que al final soy una sentimental de tomo y lomo. El esfuerzo merecía la pena con tal de ver la cara de ilusión de Don Alberto.

– Gracias, Dani, gracias. No te arrepentirás.

– Ya veremos, ya veremos – dije despidiéndome. – Tengo cita en la peluquería en media hora y tengo que marcharme.

– ¡Nos vemos en “El Señorío”! –exclamó eufórico.

Salí del despacho orgullosa de mi profesionalidad. En aquel viaje a “El Señorío” iba a dar el do de pecho. O eso pensaba entonces. Si hubiese sabido lo que me esperaba allí no hubiese sido tan condescendiente con Don Alberto. Pero eso ya os lo contaré más tarde, que todavía me dan escalofríos cuando lo pienso.

Bartolomé

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Esta mañana, mientras conversaba amigablemente con Carlota Tabernas antes de entrar a los cursos de doctorado, Patricia Guirao se ha presentado con un novio último modelo colgado del brazo. Era de lo más favorecedor: metro noventa, ojos grandes y castaños, barbilla rotunda, en fin, un ejemplar de los que lucen fenomenalmente en cualquier brazo. Eso me ha hecho pensar en mi propia articulación, de la que lo único que colgaba era mi bolso de los lunes, llamado así porque sólo lo uso esos días de puro tristón que es.

Inmediatamente la envidia ha hecho mella en mi sensible corazón, y cuando Patricia se ha acercado a saludarme, mientras su galán atendía una llamada de móvil, la sonrisa forzada ha cruzado de largo los límites del realismo:

– Hola chicas.
– Caray, Patricia, que novio tan guapo, – ha soltado Carlota dignidad.
– ¿Oh, dónde? – He preguntado haciéndome la inocente. Carlota inmediatamente me ha señalado al muchacho en cuestión y yo he fingido cara de sorpresa.
– No, Bartolomé y yo no somos novios, nos estamos conociendo nada más. – Encima con chulerías. ¿Pero quién se ha creído esta?
– Claro, todavía debes de estar superando lo de Ricardo, que total ¿cuánto hace, una semana que lo dejasteis? – He preguntado inocente.
– No, no no creas, ya hace casi diez días.
– Oh, eso lo cambia todo. – El punto de acidez he tratado de disimularlo.
– Sí, Ricardo es agua pasada. – Qué rápido pasa el agua para algunas, diantres, y Arturo todavía colándose en mi río cada dos por tres. En ese momento el novio en cuestión se ha unido al grupo.
– ¡Hola! – Dentadura perfecta y recién blanqueada – ¿No me presentas a tus amigas? – Y nos ha dado dos besos que me han permitido inspirar su aroma a menta fresca. Tras una breve charla, Patricia y Carlota se han ido aparte a intercambiarse apuntes, así que me he quedado a solas con Bartolomé.
– ¿Sales con alguien? – Me ha preguntado directamente en cuanto las otras dos se han alejado.
– No, ahora mismo no. – Ni pío de que llevo más de seis meses sin tener una cita. Tampoco hay que aburrirlo con los detalles.
– ¿Me das tu teléfono? – Este no se anda con chiquitas.
– Bueno, no sé. No me parece bien, Patricia y yo somos muy amigas. ¿Sabes? – La pura verdad es que apenas pasamos de conocidas, pero qué se yo, el colegio de monjas marca y sé que Sor Victoria no hubiese aprobado otra respuesta.
– Qué tontería, estoy seguro de que a mi prima le dariamos una alegría. — ¡Que pájara! ¡Son Primos!
– ¿Sois primos? – Por fin le voy a sacar algún provecho a los cursos de doctorado.
– Primos hermanos. Me ha pedido que la acompañe porque está destrozada por un tal Ricardo, y para eso está la familia. ¿No?- Y encima buenazo, es mi día de suerte. Le he dado mi teléfono móvil, el fijo de casa y el de mi abuela, mi correo electrónico, mi nombre en Facebook y mi dirección completa. Sólo me ha quedado darle mi tamtám.

Sin embargo, ya han pasado dos horas desde que volví a casa y no he recibido ninguna llamada ni ningún mensaje, y eso que he comprobado más de seis veces que tengo batería y cobertura. Un segundo. Suena el teléfono… Es él… Mi suerte ha cambiado.

El Complot

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El Complot del hombre del tiempo

Yo no sé que pasa conmigo pero todos los años al llegar esta fecha la misma historia. Cada vez que salgo a la calle me da la sensación de que más que vestida fuese disfrazada. Menos mal que hay algunas solidarias que me hacen compañía, porque otras parece que tuviesen al hombre del tiempo chivándoles las últimas novedades cada diez minutos. Yo por más que lo intento no atino.

Lunes: Me planto mi top lila y mis vaqueros. Salto a la calle con decisión camino a la parada del autobús. Así, de repente, sin venir a cuento, se pone a llover y toda el agua sucia de los charcos se me va colando por las sandalias de dedo. Patricia Guirao, con la que coincido siempre en mis itinerarios, luce magnífica con su paraguas moka y sus botines a juego sorteando, con gracia los charquitos que encuentra a su paso. La envidio.

Martes: Puff, que sueño, pongo el despertador veinte minutos más y me tomo por mi cuenta otros veinte. Cuando por fin despierto apenas me da tiempo de recapturar el mismísimo modelito del lunes. ¿Dónde están el jersey y las manoplas que dejé preparadas anoche? Encima, encontrar un paraguas resulta del todo inviable, así que hago de tripas corazón y me lanzo al asfalto. Sigue lloviendo y hay más charquitos. ¡Qué asco! ¡Qué frío! Menos mal que Patricia me hace un hueco bajo su paraguas y la mitad del camino voy protegida. ¡Mañana no me vuelve a pasar a mí esto!

Miércoles: Hoy se va a enterar Patricia. Después de dar lo mejor de mí misma en la búsqueda de las distintas prendas consigo hacerme con unos botines y un paraguas. No hacen juego, porque el único paraguas que encuentro es el de Hello Kitty que se dejó mi prima el año pasado, pero al menos es un paraguas. La búsqueda ha sido una carrera frenética contra el reloj. Hubiese sido estupendo sacar unos segundos para mirar por la ventana. Luce un sol radiante y hago un soberbio ridículo camino a la parada del Bus. Patricia es el centro de todas las miradas con sus short ibicencos y su camiseta a juego. Me encantaría saber donde se ha comprado las sandalias de esparto porque son preciosas, pero me da vergüenza acercarme con la facha que llevo. A lo mejor no me ha visto.

Jueves: Ocho y veinte de la mañana, y amanece nublado. Esta vez sí que no me pillan. Gracias a Dios he conseguido recapturar mi pantalón de lana gris y una camisa blanca y voy maravillosa con mi chubasquero y mi paraguas. Parezco un anuncio del Corte Inglés. Patricia tampoco va mal con su gabardina Burberrys y su gorrito a juego. Salgo a las doce y cuarto. ¡Mi madre qué sofoco! Ha salido el sol y les garantizo que sudo la gota gorda. Los pantalones de lana me están matando y la camisa la llevo remangada como puedo. Me cruzo con Patricia. Lleva la gabardina en el brazo dejando ver su precioso vestidito de piqué, el gorrito debe ir en su maxi-bolso. Parece un anuncio del Corte Inglés. Les digo yo que esta está liada con el hombre del tiempo.

Jueves: No puedo salir. Tengo un febrón fenomenal. Mi médico dice que es por los cambios de temperatura, que abuso del aire acondicionado y que no me olvide que ya no estamos en agosto. Sospecho que es el padre de Patricia.

El Oráculo de la rebotica

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Coletas a los seis años

Que no, que en la farmacia no me toman en serio. Que esas cosas se notan. A mí me encanta estar allí, porque todo el barrio me conoce desde pequeña y nos tenemos mucho cariño, pero yo pensaba que al licenciarme pasaría a ser algo como Doña Daniela, o al menos simplemente Daniela. Pero que va, para la mayoría sigo siendo Coletas, como a los seis años.

– Coletas. ¡Sácame mis medicinas! – ha ordenado Don Andrés lanzándome su tarjeta desde la puerta.
– No funciona la receta electrónica, – he informado muy profesional.
– Y además estoy yo esperando, – ha señalado Doña Isabel dando un par de abanicazos.
– Será que no sabes usarla. – Como les digo, respeto, así, respeto, no es que me tengan.
– No es mi culpa Don Andrés, está averiada en toda Andalucía, – he añadido dolida.
– Llama a Purita. – Purita es la auxiliar, a la que todos consideran una autoridad en materia farmacéutica. La voz se ha manifestado desde la rebotica.
– ES DE TODA ANDALUCÍA.
– Ah, pues es de toda Andalucía, – ha repetido Don Andrés con reverencia.

– En ese momento al dichoso ordenador le ha dado por reaccionar y yo me he puesto como una loca a demostrar mis cualidades:

– Aquí tiene, Doña Isabel, – he dicho alargándole sus pastillas a la señora, que estaba apunto de abrirse un hueco en el pecho a base de abanico.
– Ni hablar, saca las mías. Las de la caja blanca y azul.
– La marca no se la puedo dar, que se pasa seis euros.
– Mira Coletas que en la farmacia del ambulatorio me las dan sin problemas. – Y mirando a Don Andrés – y más linda y “apañá” que es la muchacha. En el rato que llevo aquí ya habría atendido a seis personas lo menos. – Yo creo que en el fondo me aprecian, pero corcho, podían pensarse un poco lo que dicen. – Pregúntale a Puri.
– NO SE PUEDE DAR LA MARCA. – De nuevo el Oráculo de la rebotica se ha manifestado a mi favor.
– Aquí tiene el genérico, que es exactamente lo mismo.
– Qué va a ser lo mismo – ha contestado indignada. – Y además ésta ni siquiera es la que me disteis el mes pasado.
– HAN CAMBIADO LA PRESENTACIÓN. – No ha hecho falta que reclamásemos su intervención, el Oráculo estaba así de amable.
– “Sara e Iker podrían haberse casado en secreto” – ha leído Don Andrés, que estaba ojeando una revista mientras esperaba. Por un momento he esperado la voz de Purita manifestándose al respecto “SI SE HAN CASADO” O “NADA DE ESO”. Pero no se ha escuchado nada.
– ¡Uy, con quien tenía que casarse ese muchacho es con mi Paquita, que es una verdadera princesa! – Ha dicho sacando pecho Doña Maribel.
– ¿Una princesa tu Paquita? – Ha preguntado algo incrédulo Don Andrés.
– Pues mira sí. Para empezar, tiene un pariente taxista como Letizia. Dos hijos de otro, que es uno más de los que tiene Mette-Marit, y además un padre con mala reputación, como la de Holanda.
– Pues lleva toda la razón, – he concedido reflexiva, – sí que es toda una princesa. – Enseguida Doña Isabel se ha despedido de nosotros y yo he cogido la tarjeta de Don Andrés.
– Coletas, devuélveme la tarjeta.
– Pero si no se la he pasado todavía.
– Ni falta que hace. Sólo venía a refrescarme un rato. Pero ya que estoy aquí me tomas la tensión. Aunque mejor que lo haga Puri, que no quiero molestarte.

Moral inquebrantable

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Don Modesto un día cualquiera

En todos las farmacias hay un héroe, y el de la nuestra se llama Modesto. Sí señor, Modesto es nuestro veterano de Urgencias particular. Está operado de casi todas las patologías que conozco, y hace años ya perdí la cuenta del número de prótesis que lleva. Es algo así como una mezcla entre R2D2 y Polyana. ¡Qué moral! Esta mañana se ha dejado caer por la farmacia con su optimismo habitual:
– Muy buenos días, Dani – saludó al entrar con media sonrisa. Digo media porque la otra media no la puede mover por una parálisis facial sufrida tras una de sus intervenciones. Él cree que le da un aire interesante, pero yo no sé qué opinar.

– Me alegro de verle. ¿Cómo va todo?

– No me puedo quejar. – Les digo yo que sí que puede, pero no lo hace y ya está. – Necesito estas cosillas – y me alarga un buen taco de recetas.

– ¿Ha ido a revisión?

– ¿Revisión? No, no. Es que me han operado de unos cálculos en el riñón.

– ¡Oh, vaya! ¿Todo bien?

– Fenomenal, nunca me habían operado del riñón, y lo cierto es que la experiencia ha merecido la pena.

– Más que de una operación parece que viniese de un crucero.

– Sí, me han tratado como a un rey. Anoche para cenar me pusieron un pollo con arroz que no se lo salta un galgo. Da gusto dar con buenos profesionales. No llegué a estar ni media hora en el quirófano. – Estaba claramente admirado.

– Pues me alegro. Que eso de las piedras dicen que es muy molesto, y usted ya se las ha quitado de encima.

– Bueno, quitármelas, lo que se dice quitármelas no me las han quitado aún, porque se confundieron de riñón. Pero estoy muy contento porque me dijo el Doctor Miranda que en el que me abrieron no había ni un grano de arena. ¡Qué médico el Doctor Miranda! No quedan muchos como él, si vieras qué obra de arte me ha hecho con los puntos, – y me enseñó su nueva cicatriz.

– Muy mona, lo que tiene mala pata es que se confundieran de riñón.

– Sí, pero lo bueno, como dice el Doctor Miranda es que la siguiente vez aciertan seguro.

– Tiene usted una moral de acero.

– Y no es lo único de acero que tengo, – respondió pillín golpeándose sonoramente la pierna izquierda.

– El colirio no lo tengo hasta esta tarde, – dije devolviéndole una de las recetas.

– ¡Ay! ¡Si ya no lo necesito! – Informó eufórico. – ¡Me han quitado las cataratas!

– ¡Atiza, que bien! Una cosa arreglada. – Por fin un golpe de suerte.

– Y arreglada del todo. Mi oculista no es una mujer normal, es un ángel. En cuanto empecé a contarle el problema me dijo “Modesto, esto lo vamos a cortar de raíz”. Y dicho y hecho, en un plis-plas me había sacado el ojo. Mira la maravilla que me han puesto en su lugar. – Y se golpeaba el ojo derecho. Clin, clin. ¿a que suena como el de Murano?

– Lo mismito del todo. – Una curiosidad me atenazaba. – ¿Son familia el Doctor Miranda y la oculista?

– Hermanos, y hay un tercero que es otorrino. Me va a ver la semana que viene porque parece que tengo un tapón de cera. – Miré nostálgicamente a su oreja. Tal vez fuese la última vez que la viese. – Bueno, me voy. Hasta otra, Dani.

– Adiós Don Modesto. – Adiós oreja, añadí mentalmente.

Un cumpleaños memorable

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Santiago, Salvador o como demonios se llame

¡Qué injusta es la vida! ¿Hay algo más triste que cenar sola en “Villa Oniria” el día de tu cumpleaños? Pues la respuesta es que sí, vaya que sí. Había quedado para cenar con Violeta, mi prima la bailarina, que está de gira en la ciudad. No había terminado de sentarme y pedir una copa cuando me llama la muy desgraciada para decirme que no va a presentarse porque Iván, el violonchelista suplente, le había propuesto ir a tomar algo y, claro, no podía dejar pasar esa oportunidad. Al parecer tiene un hoyuelo en la barbilla, y Violeta se pirra por los hoyuelos. En un arrebato de independencia muy relacionado con que no había probado bocado desde las dos, me decidí a tomar algo, en concreto unas costillas. Y ahí estaba yo, en el restaurante más romántico de la ciudad, cuando el horror me consumió al constatar que tres mesas más allá, Arturo, mi exnovio ayudaba a una rubia delgadísima a deshacerse de su bolero. ¡Espanto! ¡Es lo que le faltaba al retal de dignidad que me quedaba, que Arturo me viese cenando sola en mi cumpleaños!. Me había telefoneado para felicitarme sobre las seis y me dio por ponerme en plan misterioso asegurándole que tenía un plan de lo más increíble. Aunque, desde luego, lo cierto es que el asunto era bastante increíble. Inmediatamente me agazapé detrás de la carta, pero no me sentía segura del todo y opté por esconderme debajo de la mesa.

– ¿Busca algo la señora? – Preguntó un solícito camarero acercándose a la mesa.

– No gracias – contesté en un susurro intentando que se marchase.

– ¿Puedo ayudarla en algo? – Insistió levantando el mantel por el costado más preocupante.

– ¡Suelte mi mantel! – Dije enojada tirando de la tela con demasiada energía, lo que hizo que se cayera una copa con gran estrépito.

– ¿Daniela? – Preguntó una familiar voz levantando otra esquina del odioso mantel.

– ¿Arturo? ¡Arturo, qué alegría! – Exclamé mientras salía de mi escondite.

– ¿Qué haces aquí sola? – Preguntó yendo directo al grano.

– No, no, no, para nada. No estoy sola, no, – estaba tan nerviosa, – estoy con él. – Dije señalando al citado camarero que en ese momento recogía con gran esmero los trozos rotos de mi copa, ajeno a que acababa de comenzar una relación conmigo. – Esta era la única forma de pasar juntos esta noche tan especial. – Sentencié mientras salía de mi escondite. En mi cabeza la excusa sonaba mucho mejor.

– ¡Qué bonito! – Exclamó la acompañante de Arturo que se había unido al grupo.

– Sí, la verdad es que sí. ¿A que lo de la copa ha quedado muy natural? – dije tratando de dar un toque de enigma al asunto.

– ¿Por qué no nos sentamos juntos? – Propuso el fideo, que se dio a conocer como Margarita.

– Uy no, no. Yo es que ya me iba.

– Aquí tiene sus costillas señora – dijo el inoportuno camarero cuya placa identificaba como Santiago.

– ¡Qué bárbaro! ¡Hasta te habla de usted! – Exclamó impresionada Margarita.

– Ya os lo dije, es un profesional de los pies a la cabeza. Y mira qué detalle, me ha traído unas costillas. No es un broche de diamantes, pero no está mal. ¿Verdad?

– Yo soy vegetariana, no podría aceptarlas – añadió mientras se sentaban.

– ¡Toma nota Arturo! ¡Díselo con unos cogollos! – Dije tratando de parecer animada y metiéndole mano a mi primera costilla. Aquello lo ventilaba yo en un rato.

– ¿Qué tal el trabajo? – Preguntó Arturo tan impertinente como siempre. Él sabe que es una pregunta que odio. No es que tenga nada en contra de la edafología, yo incluso diría que me es simpática, pero hasta que no me entere bien de qué va el asunto prefiero evitar el tema.

– ¡Ah, pues colosal! El Dr. Valle está contentísimo con los resultados que estamos teniendo de los análisis. Son muy concluyentes – afirmé con aire profesional.

– ¿Y qué concluyen? – Mira la pillina del espárrago. Ahora quería pillarme.

– Bueno, son conclusiones muy concretas de mi campo analítico. ¿Sabes?

– Margarita es doctora en geología. – Aclaró Arturo. Vaya por Dios, esta gente aparece como setas.

– ¡Qué coincidencia! ¡Somos colegas! – las palmas de las manos empezaban a sudarme.

– Pues sí. Arturo no me ha dejado claro si eres edafóloga o geóloga – Ya, sí. No tenía ni idea de en que terreno se estaba metiendo la tal Margarita.

– ¿Y tú? – había que desviar el tema.

– Yo petrógrafa. – Atiza, eso sí que es nuevo. Menos mal que una sabe de etimología.

– Uff, supongo que te estará afectando mucho el asunto de los coches electricos y tal. – Otra costilla, ya sólo me quedaban cuatro.

– ¿Cómo?

– La petrografía no tiene nada que ver con el petróleo, Daniela. Margarita estudia las rocas. – Aclaró Arturo mirándome significativamente.

– Uy, que no lo habéis cogido. Era un chiste gremial – dije entre risitas tratando de disimular. No parecía que lo de las rocas fuese en broma. Tenía que enterarme de si era así.

– Aquí tienen su ensalada – interrumpió Santiago que llegaba con un plato de lo más primaveral.

-¡Qué miradas me echa! ¡Me estoy ruborizando! – dije en cuanto se alejó un par de metros.

– ¿Arturo, quieres una de mis costillas? – Aquello sonó fatal así que me apresuré a aclararlo – Me refiero a las del plato, no a las mías, claro está. Entre Arturo y yo todo está terminado. Ahora mis costillas, costillas solo las comparto con Salva.

– ¿Quién es Salva? – preguntó curioso Arturo.

– Pues el camarero claro, el camarero de mi amor… – estaba tan nerviosa que se me resbaló el cuchillo con tan mala fortuna que casi degollé a la pobre Margarita. No lo hice con intención claro está, pero seguro que ya no me vuelve a preguntar si soy edafóloga o geóloga en toda su vida.

– El camarero se llama Santiago. –añadió Arturo.

– No, se llama Salvador y yo lo llamo Salva –y mirando a Margarita- y  a veces también lo llamo pichoncín, pero le molesta que lo haga en público.

– Su solomillo, señor –volvió a interrumpir el camarero dejando justo a la altura de mi nariz su placa identificativa.

– ¡Ah no, por aquí sí que no paso! – Exclamé con aire angustiado. – ¡Yo no aguanto ni una mentira más! ¡Entre nosotros está todo acabado! – Grité poniéndome en pie y dejando al grupo estupefacto. – ¡No quiero saber nada más de ti, te devuelvo tus costillas! – Y me largué del salón sin mirar atrás y con un porte, a mi parecer, muy digno.

Un cumpleaños memorable, desde luego. Aunque todavía me pregunto quién pagó mis costillas.