Los arrendatarios no te olvidan

Yo me enamoré de mi mujer a través del espejo de un café. Aunque la cara es el espejo del alma, a veces, los espejos deforman las figuras y puedes visualizar un engañoso espejismo. Por eso le pregunté, para estar seguro, aquello de: “Oh, espejo mágico di la verdad si me quieres. ¿Quién es la mujer más guapa y bella de todas las mujeres?” Y el espejo me respondió: “Ella, ella es la más guapa y hermosa de la mujeres”. En el transcurso del tiempo he podido comprobar que aquel espejo fue el Cupido cristalino que no solo no me confundió sino que acertó y se quedó corto.

El flechazo surge, espontáneamente, donde menos te lo esperas. En esta semana, lamentablemente, ha fallecido Miguel Boyer y por ‘biógrafos’ de la actualidad se ha recordado la primera cita en la que se enamoró de Isabel Presyler, entre cuchara y cuchara de lentejas en casa de Mona Jiménez, la popular peruana que se afincó en Madrid con la patente de la amistad de su paisano Pérez de Cuéllar, secretario general de la ONU.

En casa de Mona, el pretexto podrían ser las lentejas ?que a decir de algún comensal de la época no eran nada del otro mundo? pero el objetivo gastronómico de moda, esencialmente, era el encuentro de personas de cierta relevancia, política, cultural o artística en torno a una mesa de conciliábulos, proyectos, entramados e intrigas y algún que otro enamoramiento. Parece que la idea la cocinó, en su magín, el periodista Emilio Romero y no resulta extraña la autoría conociendo el perfil de urdidor inteligente del que fuera durante mucho tiempo ‘El Gallo’, del diario Pueblo. Mona le resultó interesante la recomendación como negocio y divulgó, entre el famoseo, que hacía unas lentejas caseras de categoría. La peruana anfitriona ponía mesa, mantel, cubertería y sin llegar a emular a Esaú, hacía que sirvieran un cucharón de lentejas en el plato hondo de la ‘veri importan people’. Lo que se ha podido comprobar, a lo largo de los años, es que las lentejas de Mona unieron a dos personajes distintos y distantes cuyo amor solo ha separado la muerte. Hasta el mismísimo Julio Iglesias, primer marido de Isabel, reconoció en su día que no se trataba de una frivolidad.

Pero Boyer se marcha de este mundo sin conocer las caóticas consecuencias, el triste desastre, de la entrada en vigor de la nueva Ley de Arrendamientos Urbanos que, en toda España, dará al traste con pequeños y medianos comerciantes a primeros de año.

Muchos establecimientos de los centros históricos, con las doce campanadas y las uvas en la boca, colgarán en sus persianas el cartel de: ‘Cerrado por ruina. Los arrendatarios no te olvidan’. Y los propietarios esperarán a que la invasión silente de orientales se encargue de ocuparlos de por vida eterna.