Bolas de fuego

Son muchas bolas de fuego, las que cruzan los cielos de España con relativa frecuencia y eso acongoja a quienes las ven con sus ojitos. De momento nos dicen que se trata de viajeros meteoritos de las Alfa Capricórnidas pero, vaya usted a saber, después de oír al astrofísico, Stephen Hawking, que persiste en la existencia de extraterrestres. Dice el prestigioso científico que vendrán a nuestro mundo otros seres para hacer acopio, llevarse lo mejor de nosotros mismos y marcharse a la velocidad de la luz a su destino.


Habría que conocer qué es lo mejor que podemos dar porque de malo hay para dar y regalar. Aunque es lo mismo, dar y regalar, no es igual. Por ejemplo las tarjetas «black», de Caja Madrid, que graciosamente se dieron tienen hoy en el banquillo a un amplio espectro de presuntos corruptos empresarios, políticos, sindicalistas y otras almas cándidas, por «regalarse» en distintas cuantías sus cuerpos serranos con el oscuro plástico. Lo terrible es que, no sé por qué razón, no han surgido «otras tarjetas» y otros titulares de otras cajas de ahorro españolas que, igualmente, se han beneficiado de ese manadero de opacidad de instituciones manejadas, a capricho, por nóminas similares a las que hoy se cuestionan legalmente.


La semana ha sido de coco y huevo, superando a la «semana fantástica»de El Corte Inglés, siempre sorprendente. No creo que las bolas de fuego que se avistan, velozmente, por el firmamento de esta España nuestra sean signos premonitorios de que ya están acercándose los alienígenas. A mí no me extrañaría. Yo soy de los viejos seguidores de Jiménez del Oso y, como Hawking, creo que hay vida en otros mundos.


Pero deben ser las bolas incandescentes las que han producido en el PSOE, de manera inaudita y esperpéntica, una situación valleinclanesca. Desde Suresnes, no habíamos conocido un espectáculo político tan alucinante con tan difícil solución. Esperemos que los problemas internos del partido se resuelvan, en la medida de lo posible, con la mayor celeridad para bien de los socialistas y para bien de nuestro país que «éramos pocos y parió la abuela».


Aclara, Hawking, supongo que para los descreídos, que un «aliens» actuaría, en estos predios, a semejanza de Cristóbal Colón cuando pisó tierra americana y convocó, de urgencia, un comité federal con los indígenas. La alcaldesa Colau, coincidiendo con la luminosa bola celestial que cruzó el cielo de la Ciudad Condal con dirección al Maremagnum, ha estado a punto de derribar la columnata que sustenta, la escultura cagada de palomas y albatros, del monumento a Cristóforo Colombo, a petición de la extremada izquierda. En estos tiempos de escasa lucidez entre nuestros políticos, la joven Colau ha frenado el dislate caprichoso contra uno de los símbolos más señeros de la historia de España y me ha privado de solicitarle que la obra escultórica la mandase, previo pago de su importe –que la pela es la pela– a Santa Fe, de Granada, Cuna del Descubrimiento.
Estoy seguro que un día de estos, como asegura el admirable científico inglés, en cualquier momento nos enfrentaremos, cara a cara, con un «aliens» y como no sé cómo voy a reaccionar lo único que pido es que pueda tener a mano, para aminorar la impresión, una pastillita de nitroglicerina, que tenemos como «ángel de la guarda» los «duques del Infartado». Vernies, de la industria Parke-Davis, SL., falta de los anaqueles de las oficinas de farmacia desde primeros de julio, sin previo aviso y justificación, un fármaco nada baladí. Lo mismo es un efecto de tanta bola voladora de fuego fatuo.