
Ando leyendo el magnífico libro escrito por Jesús Lens “Cineasta blanco, Corazón negro” y no dejo de pensar en los diferentes que han sido el acercamiento del cine (salvo excepciones) y del jazz al continente africano. También es cierto, comonos indica Lens con su apabullante selección de películas y documentales, que la mirada ha cambiado algo en los últimos tiempos.
Parece como si al continente africano, la madre del mundo, de todas las tierras y planetas musicales de la Tierra, siempre le hubieran intentado arrebatar el alma, el alma musical, y la palabra. No hablemos de cosas peores y más dramáticas: de otros hurtos, expolios, colonialismos, etc. Como la vieja creencia de los indígenas que al ver las fotos tomadas pensaban que se les había arrebatado el alma, así en la música como en el cine. Pero… Sí, pero el mundo de la música, y en especial el jazz, es otra cosa, es diferente. No se puede sisar lo que se es y el jazz es África, como también lo es el blues.
Es posible que no haya encontrado el cine mejor decorado para narrar grandes epopeyas que la tierra africana. Con ella compiten los desolados y áridos paisajes de los westerns americanos. También para relatos absurdos y racistas, todo sea dicho. Pero el jazz, ¡ay, el jazz es otra cosa! ¡Qué diferente el alarido gutural de Tarzán a la llamada de Cab Calloway al comienzo de “Minnie the moocher”! Un mundo los separa.
Pero el tema africano también ha sido objeto del arte-inspiración de los músicos de jazz. Y lo sigue siendo. No sé si existe una tema más exquisito y delicado que el “Fleurette africaine” de Duke Ellington, discos más evocadores que el “Dakar” o el “Africa/Brass”, ambos de John Coltrane, que murió sin cumplir su sueño de ir a África. Por no hablar de las composiciones de Randy Weston, exiliado voluntario durante años en Marruecos, cuya música gnawa ha incorporado con éxito a su repertorio. Uno de los standard del jazz por excelencia es “A night in Tunisia” del gran Dizzy Gillespie. En Europa también tenemos a músicos de jazz que han acudido a la llamada africana: el trío Sclavis/Teixier/Romano ha grabado hasta la fecha tres discos extraordinarios dedicados al continente, el primero de los cuales se gravó tras una gira por Mali. Más cerca, Joachim Kühn, desde su retiro mallorquín, junto al baterista español Ramón López y el intérprete marroquí Majid Bekkas, nos ha regalado “Chalaba”, “Kalimba” y “Out of the desert”. La lista sigue y no me es posible reunir a todos los que son en estas líneas.
¿Y los músicos africanos? Claro, éstos lo tienen más fácil. Lo curioso es que en muchos casos el camino ha sido inverso y han buscado la inspiración en el jazz norteamericano, y en sus grandes maestros, para cantarle a su tierra. Quizás el más prolífico de todos sea el pianista sudafricano Abdullah Ibrahim: desde el “African Sketchbook”, de 1969, hasta “African Magic” (2002). No podemos olvidarnos del trompetista Hugh Masekela o del saxofonista Manu Dibango, poseedores ambos de un sonido tremendamente particular. O de Toumani Diabaté, auténtico Grant Green de ese instrumento tan llamativo como delicado: la cora. Pasando por la metrópoli francesa (une véritable expérience auditive) los ritmos africanos y magrebíes se incorporan al jazz en la música de Karim Ziad o de Malik Mezzadri (aka Magic Malik).
En 2009, la cantante Dee Dee Bridgewater le decía al crítico de El País Chema García Martínez en una entrevista: “Mali es mi nuevo amor. En ningún otro lugar del mundo he hallado esa mezcla de dignidad, sabiduría y paz, incluso en la pobreza extrema de muchos de sus habitantes. Mis raíces están allí. Me siento muy cercana al país, a su música, a su gente, quiero saber más de ellos, entenderlos”. Algo parecido le escucho decir estos días al pianista cubano Pepe Rivero sobre su nuevo disco “Homage to Monk”: “Con la armonía de Monk ocurre algo muy especial: te lo llevas a la música cubana y siempre entra bien. Es que detrás de su ritmo está África”. ¡Cuba y África! El jazz de ida y vuelta.
No quiero dejar de agradecer a Jesús Lens el placer que me ha producido la lectura de su libro. Todo esto y mucho más encuentro también yo en su “Cineasta blanco, Corazón negro” mientras suena de fondo algo de jazz.
Leo que un reciente estudio pone de manifiesto la existencia de genes africanos en los europeos del sur. A la vejez, viruelas.
Juanma Cid







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