
Tras su ya tradicional chupinazo en la Universidad, de la mano de los siempre eficaces Tito Poyatos y Pecos Beck, con un show dedicado a los inolvidables jazzeros del rock, Blood Sweat & Tears, el programa central del Festival de Jazz de Granada se iniciaba con un auténtico héroe del jazz como es el incombustible compositor y saxofonista Wayne Shorter. Pocos jazzmen han tenido una trayectoria profesionalmente constante y artísticamente tan inquieta como la suya, por lo que las entradas se agotaron desde el primer momento. Si algo ha sido siempre Shorter es imprevisible, y lo demostró en una actuación que comenzó de forma algo desconcertante, con un larguismo tema libre, donde no había “voz cantante”, o, mejor dicho, todas lo eran, rehuyendo de cualquier figura estable en cuanto parecía asomarse, con un fraseo en el saxo tenor un tanto irritante de tanta frase corta y escurridiza. Por suerte, era sólo para calentar motores, y cuando se pasó al saxo soprano, lo tocó como nunca, dejando claro que la sonoridad de ese instrumento le pertenece por completo. Al igual que en sus tiempos de Bitches brew, la orquesta entera (Danilo Pérez, John Patitucci y Terry Lyne Carrington) no se repartía las tareas según esquemas prefijados, dando prioridad a una intuitiva atmósfera de conjunto sobre el protagonismo individual, y el peligroso minimalismo inicial dejó paso a un alarde de maestria y a la belleza de unas composiciones que llevan el inigualable sello shorteriano, interpretadas con un lirismo hipnótico, haciéndonos paladear cada nota, y en que el maestro soplaba e improvisaba con una pasión y una entrega dignas de sus mejores momentos.
Texto: Antonio Pamies / Foto: Alberto Jiménez Collantes



0 comentarios en “Wayne Shorter”