Tras el interminable cúmulo de multazos y cierres de locales para erradicar el jazz en directo de todas las ciudades españolas, y ante la noticia de la condena de más de dos años y medio de cárcel para el presidente de la asociación musical granadina El Secadero, he de confesar públicamente haber escuchado jazz en el Secadero. Mea culpa, mea grandissima culpa… ¡Con lo fácil que sería ser como todo el mundo, y ponerme ciego de pastillas y garrafón en una nave industrial, mientras el bakalao me machaca los tímpanos y el poco cerebro que me queda!
De nada sirve alegar que, como todos saben, el Secadero estaba en el campo, separado del pueblo por su terraza, su gran jardín y una carretera, o decir que el volumen de la música era tan bajo que lo cubrían las motos que pasaban alrededor o las propias conversaciones de los clientes. Pero tampoco sirve de nada echarle la culpa a la Justicia, primero porque no tenemos ningún mecanismo de control directo sobre la misma, segundo porque ésta aplica leyes que inventan y votan los diputados. El verdadero problema es político, no sólo porque, obviamente, no solemos votar a los mejores, sino porque hemos dado demasiado poder a la clase política. El exterminio de clubes de jazz no es deporte exclusivo de un partido: como Penélope, los concejales de medio ambiente atacan de noche lo que los concejales de cultura promueven de día (de hecho hay épocas en que los clubes reciben subvenciones del mismo organismo que los multa, y por el mismo motivo). Les hemos regalado a unos mediocres el derecho a decidir en todos los ámbitos de nuestra vida (pública y no tan pública), y se han convertido en una casta despótica, apoyada por un ejército de plumíferos pelotilleros y sus correspondientes chivatos.
Nos prohiben fumar, oír música, beber alcohol, pronto prohibirán salir de casa o nos obligarán a hacer gimnasia, como en Corea del Norte. Al mismo tiempo que las garantías judiciales se van reservando a mafiosos y terroristas, las cárceles zapateristas se van llenando de fumadores, juerguistas, melómanos y taurinos… ¿quién será el próximo? De momento, ya le están clavando dos años y medio de cárcel a un inocente, la misma pena que le han echado un día después a uno de los violadores y asesinos de Marta del Castillo. ¿Qué se había fumado el “progresista” Sr Belloch cuando redactó nuestro vigente código penal?
Tal vez los músicos tengan que quemarse a lo bonzo, a ver si la ONU le para los pies a nuestros tiranuelos. Yo no soy ni tan valiente ni tan optimista, por eso me rindo, señor juez. Confieso y me acuso, por frecuentar clubes de jazz durante décadas, con alevosía y nocturnidad, más las circunstancias agravantes de haberlo hecho bajo los efectos de algún que otro whisky, y hasta caipirinha, y ‑lo peor de todo‑ haber disfrutado enormemente con ello… de hecho ya estoy notando las ganas de reincidir, debe ser el “mono”…. Por cierto ¿está permitido oír música en la cárcel?
Antonio Pamies






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