Monthly Archive for marzo, 2011

No sólo confieso sino que me acuso

Tras el interminable cúmulo de multazos y cierres de locales para erradicar el jazz en directo de todas las ciudades españolas, y ante la noticia de la condena de más de dos años y medio de cárcel para el presidente de la asociación musical granadina El Secadero, he de confesar públicamente haber escuchado jazz en el Secadero. Mea culpa, mea grandissima culpa… ¡Con lo fácil que sería ser como todo el mundo, y ponerme ciego de pastillas y garrafón en una nave industrial, mientras el bakalao me machaca los tímpanos y el poco cerebro que me queda!

De nada sirve alegar que, como todos saben, el Secadero estaba en el campo, separado del pueblo por su terraza, su gran jardín y una carretera, o decir que el volumen de la música era tan bajo que lo cubrían las motos que pasaban alrededor o las propias conversaciones de los clientes. Pero tampoco sirve de nada echarle la culpa a la Justicia, primero porque no tenemos ningún mecanismo de control directo sobre la misma, segundo porque ésta aplica leyes que inventan y votan los diputados. El verdadero problema es político, no sólo porque, obviamente, no solemos votar a los mejores, sino porque hemos dado demasiado poder a la clase política. El exterminio de clubes de jazz no es deporte exclusivo de un partido: como Penélope, los concejales de medio ambiente atacan de noche lo que los concejales de cultura promueven de día (de hecho hay épocas en que los clubes reciben subvenciones del mismo organismo que los multa, y por el mismo motivo). Les hemos regalado a unos mediocres el derecho a decidir en todos los ámbitos de nuestra vida (pública y no tan pública), y se han convertido en una casta despótica, apoyada por un ejército de plumíferos pelotilleros y sus correspondientes chivatos. 

Nos  prohiben fumar, oír música, beber alcohol, pronto prohibirán salir de casa o nos obligarán a hacer gimnasia, como en Corea del Norte. Al mismo tiempo que las garantías judiciales se van reservando a mafiosos y terroristas, las cárceles zapateristas se van llenando de fumadores, juerguistas, melómanos y taurinos… ¿quién será el próximo? De momento, ya le están clavando dos años y medio de cárcel a un inocente,  la misma pena que le han echado un día después a uno de los violadores y asesinos de Marta del Castillo. ¿Qué se había fumado el “progresista” Sr Belloch cuando redactó nuestro vigente código penal?

Tal vez los músicos tengan que quemarse a lo bonzo, a ver si la ONU le para los pies a nuestros tiranuelos.  Yo no soy ni tan valiente ni tan optimista, por eso  me rindo, señor juez. Confieso y me acuso, por frecuentar clubes de jazz durante décadas, con alevosía y nocturnidad, más las circunstancias agravantes de haberlo hecho bajo los efectos de algún que otro whisky, y hasta caipirinha, y ‑lo peor de todo‑ haber disfrutado enormemente con ello… de hecho ya estoy notando las ganas de reincidir, debe ser el “mono”…. Por cierto ¿está permitido oír música en la cárcel?

Antonio Pamies

Chano Pozo


En la película de Trueba & Mariscal, “Chico & Rita”, el continente está muy por encima del contenido: el ambiente y la recreación de La Habana y los garitos de Nueva York superan con creces tanto a la historia como a los propios personajes.

Hay un secundario, sin embargo, que en los pocos minutos que aparece en pantalla, arrasa. Si “Chico & Rita” fuera una película de carne y hueso, Chano Pozo se habría llevado de calle el Goya al mejor actor secundario. Bueno, Chano Pozo no, evidentemente, sino el actor que le hubiera dado vida, siempre que estuviera a la altura del majestuoso cartoon que Mariscal le ha dibujado.

Reconozco que no sabía nada de Pozo hasta que le descubrí en la película tocando las congas, bebiendo tragos y conduciendo su poderoso vehículo por las calles de Nueva York, apabullando a Chico y a su socio traidor.

Me quedé deslumbrado por su potencia y su desmesura, uno de esos personajes bigger than life que acabaría muerto de forma violenta, como cuenta “Chico & Rita”, uno de cuyos puntos fuertes es, precisamente, convocar en su metraje los cameos de tipos como Dizzie Gillespie o Thelonius Monk, mezclando muchos datos reales e históricos en una historia de ficción que, en realidad, está libremente basada en la historia de Bebo Valdés, autor de buena parte de la imprescindible banda sonora de la película.

El caso es que Chano era consumidor habitual de marihuana y pillar era una de sus actividades cotidianas. Un día, habiéndose quedado en Nueva York en vez de viajar con Dizzie por el Sur segregacionista y racista, harto de sufrir humillaciones y vejaciones, se encontró con El Cabito, corredor de apuestas y traficante de grifa. Parece que el material que le vendió era de muy mala calidad. Incluso que, en realidad, era orégano. Encabronado como estaba, Chano se fue en busca de El Cabito, encontrándolo en el restaurante La Palma de la avenida Lennox de Harlem.

Allí mantuvieron una fuerte discusión y Chano terminó propinándole una buena paliza a El Cabito,  un severo castigo tras el que le quitó los quince dólares que había pagado por las hierbas aromáticas. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar: mientras Chano bebía y bailaba al día siguiente en el Río Café, también en pleno Harlem, El Cabito entró en el local y, sin mediar palabra, lo cosió a balazos, descerrajándole siete tiros y acabando con una de las incipientes figuras del jazz latino, cuando sólo había cumplido los treinta y tres años de edad.

Una vida corta, pero intensa. Muy intensa.

Luciano Pozo nunca estudió música. Su escuela, además de las calles en las que limpiaba zapatos para intentar salir de la miseria en que vivía su familia, fueron los ritos de santería en los que se honraba a Changó, la divinidad afrocubana del rayo y el trueno, identificada con la hombría. Perteneció a la sociedad secreta Abakuá, y en su seno fue donde aprendió tocar, haciéndose rápidamente un nombre, tanto como experto conguero y manejador de la tumbadora como por su personalidad bravucona y desatada. Su cuerpo, cosido a cicatrices y decorado con cadenas, pulseras, anillos y dientes de oro, era buen reflejo de la personalidad de un Pozo que, en 1947, llegaría a Nueva York hambriento de triunfos y ansias de notoriedad. 

De la mano de Miguelito Valdés, comenzó a trabajar en un cabaret llamado La Conga, a grabar discos y a entrar en contacto con la escena musical neoyorkina, con tipos como Machito y sus Afro-Cubans, tocando en garitos muy diferentes y ante públicos muy distintos. A partir de ahí, comienza la subida al estrellato de Chano, cuando empezó a colaborar en el combo de Dizzie Gillespie que, en aquel momento, estaba en la vanguardia jazzística internacional, junto a Charlie Parker.  

 Así contaba Dizzie su primer contacto con el percusionista: “Mario Bauzá me llevó al apartamento de Chano, y nos entendimos bien, aunque él no hablaba inglés. Cuando nos estrechamos las manos sentí como si estuviera apretando hormigón. Aquella misma noche lo ví actuar en La Conga y comprendí que aquel tipo era realmente bueno”.

 El encuentro entre Dizzy y Chano supuso la conjunción de dos fuerzas de la naturaleza, provocando un tsunami devastador. La fecha: el 29 de septiembre de 1947, cuando Gillespie incendió con su be-bop el serio Carnegie Hall. Diecisiete músicos en escena, Ella Fitzgerald como invitada especial y, como estreno mundial, la Afro-Cuban Suite compuesta por George Fulle. Y como debut… Chano Pozo en el grupo de Dizzy. El resultado: un volcán en erupción.

 A partir de ahí, los conciertos se sucedieron de forma tempestuosamente exitosa. Otra fecha para el recuerdo: el 30 de diciembre de 1947, cuando se grabó “Manteca”, en palabras de Gillespie,  “una mezcla de la música afrocubana y del jazz que significó la salida definitiva del ritmo antiguo”. Efectivamente, Manteca sería todo un himno del jazz latino.

 ¿Qué habría pasado si Chano hubiera estado de gira con Dizzie por el Sur, en vez de esperarle en Nueva York? Nunca lo sabremos. Por su carácter, seguramente habría tenido un final violento, más pronto o más tarde. Pero su muerte, a la edad de Cristo, lo elevó a la categoría de mito y leyenda fundacional: para Dizzy Gillespie, Chano cambió el gusto de la música en Estados Unidos: “Él fue el factor decisivo en el proceso de introducir e integrar la música afrocubana en el jazz norteamericano”.

 Para otro de los grandes percusionistas de la historia, Tata Güines, la cosa es más rotunda todavía: “Chano fue el primero en introducir el ritmo de las tumbadoras en una orquesta de jazz, la de Dizzy Gillespie, dando origen a una auténtica revolución musical: el Afrocuban jazz, hoy conocido como jazz latino”.

 Jesús Lens Espinosa de los Monteros

Lionel Loueke en Granada

El festival itinerante de Blue Note, que pronto nos traerá a viejos conocidos como Avishai Cohen o Ignacio Berroa, llega como agua de mayo, no sólo porque amplía al resto del año la oferta festivalera, sino porque en una ciudad como la nuestra, con muchos teatros infrautilizados y unos clubes de jazz ferozmente acosados por todos los políticos, es un balón de oxígeno que nos salva de la asfixia musical.

Abrió el festival el trío del guitarrista y cantante africano Lionel Loueke, con un espectáculo tan sorprendente como fascinante. En sus discos suele arroparse de una banda de mayores dimensiones, si a eso le añadimos que los tríos de los guitarristas tienden a menudo a la pesadez y al narcisismo, parecían justificados unos temores que, sin embargo, se esfumaron desde los primeros compases. La más rica variedad de ritmos, un original reparto de papeles dentro del trío (los jóvenes y brillantes Massimo Biolcati y Ferenc Nemeth), una hermosa combinación de música africana, tradicional y moderna, y de lenguaje jazzero (subliminal pero tremendo), con mucho sitio para la espontaneidad, y una ruptura de las fronteras tradicionales entre el papel de la voz y el de la percusión: todo ello para llevarnos de sorpresa en sorpresa. Lionel Loueke tiene en los dedos toda la brujería de la selva y su voz despierta el solemne misterio de las catedrales: verlo en directo te deja sencillamente boquiabierto durante todo el concierto. Aprovecho para recomendar su disco Mwaliko, donde podemos disfrutar además de sus espléndidos dúos con Richard Bona, Angélique Kidjo y Esperanza Spalding.

Antonio Pamies

Everybody Wants To Be A Cat

Muchos recordamos con cariño la divertida película de aventuras felinas que transcurre en París: Los Aristogatos (1970), tanto por su excelente banda sonora, como por sus entrañables personajes: Duquesa y sus traviesos cachorros; la anciana y excéntrica millonaria Madame Bonfamille; el vagabundo y vividor Thomas O’Malley o la estupenda banda de Scat Cat y sus Gatos Swing. Y es precisamente el tema Everybody Wants To Be A Cat, cantado en su versión original por Phil Harris, Scatman Crothers, Ravenscroft Thurl, Vito Scotti y Paul Winchell, el que abre y da título al disco con una modernizada versión instrumental del quinteto de Roy Hargrove.

La aparición de este proyecto que acaba de lanzar el sello Disney Pearl Series, no debería de ser una sorpresa dada la conocida afición de Walt Disney por el jazz y el cariño que músicos como Miles Davis, Artie Shaw, Glenn Miller, John Coltrane o Louis Armstrong, entre otros muchos, han tenido para interpretar las canciones de sus películas.

Everybody Wants To Be A Cat es una cuidada producción que incluye versiones jazzísticas de exitosas películas de Disney, tanto clásicas como contemporáneas, recreadas por artistas de diversas generaciones, desde la prometedora y jovencísima cantante Nikki Yanofsky (17 años), interpretando con una poderosa big band el tema It’s a Small World, hasta el veterano Dave Brubeck (90 años) con dos temas grabados en formato trío: un sensacional Some Day My Prince Will Come (tema ya interpretado por Dave Brubeck, Bill Evans o Miles Davis), y la deliciosa Alice In Wonderland, en compañía de la cantante Roberta Gambarini.

Grandes músicos como el saxofonista Joshua Redman con una extraordinaria versión de You’ve Got A Friend In Me, la cantante Dianne Reeves con He’s A Tramp, Regina Carter, Alfredo Rodríguez, Mark Rapp, Kurt Rosenwinkel, Gilad Hekselman, The Bad Plus o la inevitable contrabajista y vocalista Esperanza Spalding con una correcta versión de Chim Chim Cher-Ee del filme Mary Poppins, completan un acertado  mosaico musical y un atractivo y afectuoso recopilatorio.

Video de Roy Hargrove

Jesús Villalba

Chico & Rita

Mariscal conserva perfectamente intacto al niño que fue algún día, y le bastan unos pocos trazos para despertar al que se oculta en el fondo de todos nosotros. Su ingenua y contagiosa alegría de vivir puede hacernos llorar o reír, desde una mirada que desconoce la pretensión e hipocresía que tan a menudo envenenan el arte supuestamente adulto.

La valentía de Trueba y el corazón de Bebo Valdés son el inesperado trampolín que le permite al genio creador del dibujante valenciano el tremendo desafío de esta versión “latin jazz” de las Fantasías de Disney, en una explosión de colores y formas que nos hace olvidar todos nuestros mezquinos problemas terrenales y viajar a una felicidad que sólo consigue crear el cine digno de este nombre.

Antonio Pamies

Michel Petrucciani, el músico de cristal

Cuando Petrucciani escuchó a Duke Ellington, en un concierto que emitían en la televisión francesa, descubrió que por encima de todo  quería aprender a tocar el piano. En Navidad tenia ya su primer piano, de juguete claro, y lo tocó tanto que casi lo destrozó. Ya era hora de tener uno de verdad. En esa época su padre estaba trabajando cerca de una base militar, cuando los soldados se trasladaron se llevaron casi todo, casi, porque se olvidaron de un piano, el mismo que apareció un día en la casa de Petrucciani, manchado con huellas de latas de cervezas, pero no importaba… ¡era su primer piano!. Lo segundo que había que solucionar es que Michel Petrucciani no era un niño físicamente normal, padecía de una enfermedad ósea llamada “osteogenésis imperfecta” que dejaba frágiles sus huesos y le impedía el crecimiento. Afectaba a todo su esqueleto excepto, afortunadamente, a sus manos. Así que su padre, adaptó la banqueta y le fabricó una extensión de pedales, con su nombre grabado y todo (que llevaría consigo toda su vida) y a cambió le exigió que primero debía de formarse seriamente en música clásica. Como apenas podía salir a jugar, se pasaba las horas tocando y estudiando, hasta que su tesón hizo de él un virtuoso tanto que con 13 años da su primer concierto y con quince  comparte escenario con Kenny Clarke y forma un exitoso dúo con Lee Konitz.

Pero el joven Petrucciani quería ir al corazón del jazz y decide ir a Estados Unidos. En una visita a California, a través de un amigo suyo que era batería y a la vez jardinero de la casa de Charles LLoyd, consigue que éste le escuche. Al saxofonista le impresiona tanto que lo incorpora en el cuarteto que acababa de formar. Nacería una verdadera amistad y una admiración mutua. Petrucciani fue para LLoyd su ejemplo, su aliento espiritual, le enseñó a amar las cosas sencillas, a encontrar la belleza y sobre todo a reencontrarse con la música.

En poco tiempo su maestría y técnica perfecta, el fraseo, a veces impresionista e impredecible pero sobre todo, su romanticismo llama la atención de la crítica  y lo comparan con Sonny Rollins, Art Tatum o Keith Jarret. Y empieza a obtener numerosos galardones y a ser requerido por maestros como Bobby McFerrin o Jack DeJohnette y por prestigiosos sellos como Blue Note que  lo incorpora a su nómina de artistas.

Michel Petrucciani, el hombre de cristal, el ser que todos los días sentía dolor pero que una vez que sentaba al piano se olvidaba de su sufrimiento físico: “cuando toco el piano siento  como el más placentero de los orgasmos no en un sentido pornográfico, claro -decía- porque lo bueno es que lo puedes hacer en público, je”

El que no perdía el sentido del humor y que hasta daba gracias a Dios porque su anormalidad tal vez había sido un regalo. El que odiaba los premios: “siento que creen que me voy a morir al día siguiente y tienen que darme el premio enseguida”. El amante que se casó con una pianista y la convenció para que celebraran la boda en el Village Vanguard (la primera vez en la historia del club) “¿Por qué no? es donde están todos mis amigos”. El que tenía el gran proyecto de crear una gran escuela internacional de jazz en su país natal y … muchas actuaciones y muchas grabaciones más…, el hombre de cristal pero con manos de acero, murió con solo treinta y seis años.

Su humor, su ánimo, su coraje y porqué no, su ejemplo, se resumen en una de sus composiciones más bellas LOOKING UP!!

 Mariche Huertas de la Cámara

Chico & Rita

“Le dije a Fernando: Oye, tenemos a Bebo (Valdés). Tú eres muuuuuuy bueno produciendo jazz y un gran director de cine. Yo sé dibujar. ¡Ostras! ¿Por qué no hacemos algo a partir de esto?”

El que así habla es Javier Mariscal, uno de los co-artífices y co-responsables de lo último de Fernando Trueba: una película de animación basada en la historia apócrifa del pianista Bebo Valdés, con La Habana y el Nueva York de los años cuarenta como telón de fondo.

Pero, ojo, que nadie se piense que es una película de jazz, algo para iniciados. O que, por ser de dibujos animados, es algo menor. Ni mucho menos. “Chico & Rita” es una historia de amor en forma de bolero, clásica y universal, como no se cansan de repetir Trueba y Mariscal.

 Y de ahí vienen algunas de las críticas que se han hecho a la película: no hay historia. Es decir, la historia es sencilla. Demasiado. Tirando a simple y, desde luego, mil y unas veces vista antes. Pero eso es lo que pasa, precisamente, en los boleros y otras canciones de amor: en tres minutos hay que enamorarse, perder al objeto del deseo y pasarse la vida entera lamentándose…

 Me ha gustado la película. También confieso que iba rendido de antemano, aunque eso pueda ser un arma de doble filo: cuando llevas demasiadas esperanzas y altas expectativas, la decepción puede ser abrumadora. Pero no es el caso. Porque de “Chico & Rita” me gusta todo, desde la música del Bebo a la sensualidad de su protagonista femenina. ¡Vuelve a ser posible enamorarse de un cartoon!

Me gustan las bulliciosas Big Bands de las excelsas y lujosas salas como el Tropicana y los íntimos tríos que tocan en clubes oscuros y tenebrosos. Porque la película es un canto de amor por el jazz, que es tanto como decir por la vida. Los cameos de Dizzie Gillespie o Charlie Parker son una gozada y un personaje como Chano Pozo podría aspirar al Oscar al Mejor Actor Secundario.

Y luego están La Habana y Nueva York. Sus calles, sus coches, sus tiendas, sus edificios, sus anuncios luminosos, los puertos y los barcos. Y los bares y cafés, claro. Porque el alma de las ciudades son sus garitos, de los más famosos y reconocibles a sus antros más escondidos y peligrosos. Extraordinarias, esas recreaciones de las capitales de Cuba y EE.UU., “construidas” a partir de cientos de imágenes, libros, fotografías y fotogramas de otras películas.

Porque “Chico & Rita” rezuman autenticidad a raudales. Por ejemplo, el asesor para los diálogos cubanos es nada menos que el novelista Pedro Juan Gutiérrez, uno de los representantes más reconocidos del realismo sucio contemporáneo. O ese Michael Mossman que está detrás de los arreglos de buena parte de las canciones que componen la extraordinaria e imprescindible banda sonora de una película que, más allá de la todopoderosa campaña de marketing organizada en torno a ella (ver la rompedora portada de la revista “Fotogramas” de este mes), espero que sea un rotundo éxito de taquilla: las apuestas arriesgadas, los proyectos que se piensan con el corazón y se ejecutan por tripas, merecen llevarse al público de calle y arrasar en el box office.

 Y, si de paso, cientos, miles de personas descubren el jazz gracias a los dibujos animados de Trueba & Mariscal… ¡larga vida a “Chico & Rita”!

Valoración: 7

 Lo mejor: Rita y La Habana. O Rita en La Habana.

 Lo peor: Efectivamente, la historia. El argumento. Su liviandad y falta de peso.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.