Monthly Archive for junio, 2011

Drum: África noir

En el Festival de las Artes Negras de Dakar, celebrado en diciembre de 2010, actuó un grupo sudafricano llamado Ladysmith Black Mambazo, cuyas exquisitas voces melódicas arrebataron a un público que, quizá, prefería ritmos más bailables, pero que se rindió a la perfección técnica de un grupo majestuoso.

Me acordaba de aquel concierto viendo la película “Drum”, un thriller de producción sudafricano-alemán que se desarrolla en el país del apartheid, durante los años sesenta, protagonizado por uno de los personajes prototípicos de las películas negras y criminales: un periodista inquisitivo, valiente y aguerrido, amigo de meterse en los berenjenales más turbios con tal de destapar alguna noticia incendiaria. Sobre todo, si tiene calado social.

El título de la película hace referencia a la revista “Drum”, dirigida por un blanco al que no le duele en prendas enfangarse en asuntos turbios y denunciar las corruptelas de la mayoría dirigente de Sudáfrica. Aunque le cueste amenazas, presiones y sustos de muerte.

La película cuenta la historia de Sophiatown. Unas breves y concisas palabras extraídas de la Wikipedia nos servirán para contextualizar de qué hablamos: “Sophiatown es un suburbio de Johannesburgo, Sudáfrica… fue destruido, y reconstruido con el nuevo nombre de Triomf (Triunfo), después de que la mayoría de sus habitantes fueran forzosamente reubicados en Soweto, consecuencia de la Ley de Reubicación de Nativos Nº 19 de 1954 del gobierno del apartheid. El antiguo nombre de Sophiatown fue oficialmente restaurado en el año 2006”.

Cuando el protagonista de “Drum” se entera de los tejemanejes urbanísticos de los prebostes de Johannesburgo, no sólo lo denunciará en la revista, sino que intentará organizar una fórmula de resistencia pacífica que terminará desembocando en… bueno, en lo que siempre terminaba desembocando la contestación y el activismo en el país, en aquellos años.

La película, corta como un trallazo, tiene uno de sus puntos fuertes en la recreación de aquella Sophiatown, una isla de libertad en medio de la mortecina Johannesburgo, un soplo de aire fresco, un espacio de convivencia entre blancos y negros donde parecía que todo era posible. Y, por supuesto, eran los bares y los clubes los lugares más apropiados para disfrutar de la bohemia y descubrir los placeres del alcohol, la carne, la lujuria… y la música, por supuesto.

El protagonista de la película, el bravo periodista que no duda en dejarse meter preso para, después, denunciar las barbaridades que los guardianes hacían con los reclusos, tiene mujer e hijos. Pero, por las noches, después de trabajar y escribir como un poseso, se deja caer por los garitos más calientes de Sophiatown, se deja seducir por el lado oscuro de la luna… y se encoña con una preciosa cantante de voz aterciopelada que, a ritmo de jazz, desgrana sus coplas de amor y muerte.

Mecidos por la música, viendo cómo acaricia la piel de ébano de la diosa de los escenarios y, a la vez, enamorados de la fuerza, la belleza y la personalidad de su esposa, nos ponemos en el pellejo del protagonista y recordamos el clásico: “Y es que no puedo entender, como se puede querer, a dos mujeres a la vez… y no estar loco”.

Quiere la casualidad que, gracias al festival “Cines del Sur” y a su espectacular muestra de cine africano, justo después de ver “Drum” tengamos la oportunidad de asistir a un pase de “Mama África”, un extraordinario e ilustrativo documental del finés Aki Kaurismaki sobre Miriam Makeba, una de las artistas más poderosas, controvertidas y queridas del continente negro.

En la primera parte del metraje, cuando se cuentan los orígenes y primeros años de Miriam, en su Sudáfrica natal, no sólo aparece su imagen en la portada de la imprescindible revista “Drum” sino que se habla del ambiente de aquellos clubes en los que, autodidacta, se formó la artista. Y vemos cómo empezó interpretando los estándares típicos del jazz para, poco a poco, ir africanizando su estilo, utilizando la rica tradición vocal de los zulúes y los xhosa para mostrar y difundir su orgullo de partencia a un país, a un continente, a una raza.

Pero volvamos a esa “Drum” en la que uno de los personajes secundarios, el gángster, acaba erigiéndose en auténtico protagonista de la historia. Uno de esos secundarios de lujo, poderosos y bien perfilados, que acaba siendo el más memorable de la historia. Ese gángster que regala un buen traje al periodista que va a entrevistarle y que lo mismo le amenaza por publicar en su revista unas fotos demasiado reveladoras de sus actividades delictivas que quiere rajarle la cara por no haberlo sacado en portada.

Hay otros cines, afortunadamente. Hay cines como el africano, que nos permiten conocer, por ejemplo, la forma de vivir, luchar, pelear, escribir, cantar y beber de los habitantes de un lugar llamado Sophiatown, una isla en un océano de odio, intolerancia y salvajismo racista donde los clubes se convertían en el mejor ejemplo de que otra vida, integrada, mestiza, alegre, creativa, etílica y divertida era posible.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros