Me suele pasar que cuando llega el día de la madre, cercano por cierto, me da por no llamar y felicitar a mi mamá. ¡Qué demonios hago llamándola hoy si la quiero igual el resto de días del año!, pienso. Al final claudico, no sé por qué, quizás remordimiento de conciencia, y acabo llamándola bien entrada la tarde. Amor de hijo supongo.
Algo igual me ha pasado cuando me enteré que Herbie Hancock promovía, con el respaldo de la UNESCO, la celebración de un día mundial dedicado al jazz. ¿Qué había que celebrar, si cada uno lo celebra a su manera cada día? Me sorprendía que alguien tan alejado desde hace tiempo de esta música estuviera detrás de la iniciativa. Bueno, tampoco es eso, al fin y al cabo este tipo ha firmado y colaborado en algunos de los discos más bellos de la historia del jazz. ¡No nos pongamos estupendos! No obstante, no dejaba de parecerme curioso que el anuncio tuviera lugar tan sólo unos meses después de que un joven, ¿o no tanto?, trompetista de jazz, Nicholas Payton, anunciara la muerte del jazz. En un encuentro celebrado en el Birdland de Nueva York en enero pasado clamaba a los cuatro vientos que él no tocaba jazz sino BAM (Black American Music). Antes, en noviembre de 2011, había colgado en su blog un poema que terminaba así: “…el jazz es una mentira, América es una mentira. Soy Nicholas Payton y no toco jazz, toco BAM”.
Más allá de las discutibles dotes poéticas de Payton –para eso ya tenemos las poesías del norteamericano Langston Hughes– hay que decir que el trompetista hierra en los métodos y en el objetivo. No se trata de cambiarle a estas alturas el nombre a una música para pretender así revitalizarla. Tampoco creo que tenga la culpa la nomenclatura: Jazz, BAM, “música clásica americana”, “música negra”, etc. Todas estas denominaciones ha tenido. A estas alturas de la historia, no son los problemas raciales sino los comerciales y finalmente los artísticos los que acabarán colocando a nuestra música en el lugar que se merece. Y en este sentido, uno sigue disfrutando tanto de los clásicos (Duke Ellington, Thelonious Monk, Miles Davis, John Coltrane, Ornette Coleman, etc.) como con los más jóvenes (Craig Taborn, Ambrose Akinmusire, Peter Evans, William Parker, Tony Malaby…), sin olvidar a todos los que entre unos y otros jalonan la historia de esta música.
Qué cada uno elija lo que más le guste y le ponga los adjetivos que quiera al jazz: be-bop, hard bop, free, fusión, nu, étnico, rock, clásico,… La suerte que tenemos es que hay dónde elegir.
¿Y el jazz en España? ¡Ay qué dolor! Se clausuran festivales (el ciclo Jazz es Primavera en el San Juan Evangelista), se cierran revistas impresas (“Cuadernos de Jazz” sólo tiene su correspondiente versión digital, ¡al menos!), nadie se ocupa en la televisión pública de programarlo, apenas en la radio (aún nos queda el “Cifu” en RNE y nuestro Javier Domínguez en Canal Sur, entre otros pocos), y los sufridos músicos en ocasiones se autofinancian para sacar adelante sus discos (caso del último trabajo de Jorge Pardo “Huellas”).
Nada nuevo bajo el sol de nuestro querido país. Pero al lado de este desolador panorama, creo que es justo decir que nunca antes hemos tenido a tan buenos músicos de jazz como ahora. Ahí están el citado Pardo, Carles Benavent, Chano Domínguez, Lluis Vidal, Jorge Rossy, Baldo Martínez, Perico Sambeat, Javier Colina, Jorge Rossy, Miguel Ángel Chastang, Alberto Sanz, José Luis Gutiérrez, Agustí Fernández, Ramón López, Iñaki Sandoval… ¿y en Granada? la Granada Big Band, Celia Mur, Sergio Pamies, Julián Sánchez, Rubem Dantas anda por aquí, el Eshavira, el Booga Club, el Festival de Jazz de Granada y su hermano de Almuñécar… y los muchos aficionados que en la ciudad hay. Todos a su manera ponen su granito de arena.
Cuando se propagó la noticia de la muerte de Charlie Parker aparecieron inmediatamente en las paredes de Greenwich Village una serie de pintadas que decían “Bird lives” (Bird vive).
Pues eso: el jazz vive.
Juanma Cid



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