Archive for the 'Cine' Category

Tesis sobre un homicidio

tesissobreunhomicidioRoberto Bermúdez, profesor y abogado retirado, ve alterada su vida cuando se convence de que Gonzalo, hijo de amigos y uno de sus  alumnos, ha sido el autor de un brutal asesinato justo frente a la Facultad de Derecho, donde imparte un seminario. Decidido a descubrir la verdad sobre el crimen, emprende una investigación personal que termina por transformarse en obsesión y lo arrastrará inevitablemente hacia un absorbente duelo intelectual entre alumno y docente.

Anunciada como una película de los productores de la excelente  El secreto de tus ojos, con la que apenas nada tiene que ver excepto por el protagonista, Tesis sobre un homicidio es un thriller psicológico dirigido por Hernán Goldfrid a partir de la novela homónima de Diego Paszkowski y protagonizada por un siempre inmenso, solvente y repetitivo Ricardo Darín, sobre el que gravita todo el peso del filme.

Impecable en su inicio, planteado sobre un base firme, con una excelente factura técnica y una exquisita fotografía, el argumento de la película se desdobla en una bien planteada intriga psicológica con buenos diálogos y con unos personajes creíbles en sus interpretaciones, excepto la de algún papel secundario como el de la actriz Calu Rivero, y se desliza hacia un final insatisfactorio –distinto al de la novela-,  y abierto para el espectador.

La resolución de un crimen siempre está en la percepción de los detalles y el protagonista los busca obsesivamente para descubrir al criminal; pero la interpretación de los mismos, al igual que una moneda que gira sobre su eje y cae de un lado u otro,  puede resultar errónea o certera.

Jesús Villalba

Drum: África noir

En el Festival de las Artes Negras de Dakar, celebrado en diciembre de 2010, actuó un grupo sudafricano llamado Ladysmith Black Mambazo, cuyas exquisitas voces melódicas arrebataron a un público que, quizá, prefería ritmos más bailables, pero que se rindió a la perfección técnica de un grupo majestuoso.

Me acordaba de aquel concierto viendo la película “Drum”, un thriller de producción sudafricano-alemán que se desarrolla en el país del apartheid, durante los años sesenta, protagonizado por uno de los personajes prototípicos de las películas negras y criminales: un periodista inquisitivo, valiente y aguerrido, amigo de meterse en los berenjenales más turbios con tal de destapar alguna noticia incendiaria. Sobre todo, si tiene calado social.

El título de la película hace referencia a la revista “Drum”, dirigida por un blanco al que no le duele en prendas enfangarse en asuntos turbios y denunciar las corruptelas de la mayoría dirigente de Sudáfrica. Aunque le cueste amenazas, presiones y sustos de muerte.

La película cuenta la historia de Sophiatown. Unas breves y concisas palabras extraídas de la Wikipedia nos servirán para contextualizar de qué hablamos: “Sophiatown es un suburbio de Johannesburgo, Sudáfrica… fue destruido, y reconstruido con el nuevo nombre de Triomf (Triunfo), después de que la mayoría de sus habitantes fueran forzosamente reubicados en Soweto, consecuencia de la Ley de Reubicación de Nativos Nº 19 de 1954 del gobierno del apartheid. El antiguo nombre de Sophiatown fue oficialmente restaurado en el año 2006”.

Cuando el protagonista de “Drum” se entera de los tejemanejes urbanísticos de los prebostes de Johannesburgo, no sólo lo denunciará en la revista, sino que intentará organizar una fórmula de resistencia pacífica que terminará desembocando en… bueno, en lo que siempre terminaba desembocando la contestación y el activismo en el país, en aquellos años.

La película, corta como un trallazo, tiene uno de sus puntos fuertes en la recreación de aquella Sophiatown, una isla de libertad en medio de la mortecina Johannesburgo, un soplo de aire fresco, un espacio de convivencia entre blancos y negros donde parecía que todo era posible. Y, por supuesto, eran los bares y los clubes los lugares más apropiados para disfrutar de la bohemia y descubrir los placeres del alcohol, la carne, la lujuria… y la música, por supuesto.

El protagonista de la película, el bravo periodista que no duda en dejarse meter preso para, después, denunciar las barbaridades que los guardianes hacían con los reclusos, tiene mujer e hijos. Pero, por las noches, después de trabajar y escribir como un poseso, se deja caer por los garitos más calientes de Sophiatown, se deja seducir por el lado oscuro de la luna… y se encoña con una preciosa cantante de voz aterciopelada que, a ritmo de jazz, desgrana sus coplas de amor y muerte.

Mecidos por la música, viendo cómo acaricia la piel de ébano de la diosa de los escenarios y, a la vez, enamorados de la fuerza, la belleza y la personalidad de su esposa, nos ponemos en el pellejo del protagonista y recordamos el clásico: “Y es que no puedo entender, como se puede querer, a dos mujeres a la vez… y no estar loco”.

Quiere la casualidad que, gracias al festival “Cines del Sur” y a su espectacular muestra de cine africano, justo después de ver “Drum” tengamos la oportunidad de asistir a un pase de “Mama África”, un extraordinario e ilustrativo documental del finés Aki Kaurismaki sobre Miriam Makeba, una de las artistas más poderosas, controvertidas y queridas del continente negro.

En la primera parte del metraje, cuando se cuentan los orígenes y primeros años de Miriam, en su Sudáfrica natal, no sólo aparece su imagen en la portada de la imprescindible revista “Drum” sino que se habla del ambiente de aquellos clubes en los que, autodidacta, se formó la artista. Y vemos cómo empezó interpretando los estándares típicos del jazz para, poco a poco, ir africanizando su estilo, utilizando la rica tradición vocal de los zulúes y los xhosa para mostrar y difundir su orgullo de partencia a un país, a un continente, a una raza.

Pero volvamos a esa “Drum” en la que uno de los personajes secundarios, el gángster, acaba erigiéndose en auténtico protagonista de la historia. Uno de esos secundarios de lujo, poderosos y bien perfilados, que acaba siendo el más memorable de la historia. Ese gángster que regala un buen traje al periodista que va a entrevistarle y que lo mismo le amenaza por publicar en su revista unas fotos demasiado reveladoras de sus actividades delictivas que quiere rajarle la cara por no haberlo sacado en portada.

Hay otros cines, afortunadamente. Hay cines como el africano, que nos permiten conocer, por ejemplo, la forma de vivir, luchar, pelear, escribir, cantar y beber de los habitantes de un lugar llamado Sophiatown, una isla en un océano de odio, intolerancia y salvajismo racista donde los clubes se convertían en el mejor ejemplo de que otra vida, integrada, mestiza, alegre, creativa, etílica y divertida era posible.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

Everybody Wants To Be A Cat

Muchos recordamos con cariño la divertida película de aventuras felinas que transcurre en París: Los Aristogatos (1970), tanto por su excelente banda sonora, como por sus entrañables personajes: Duquesa y sus traviesos cachorros; la anciana y excéntrica millonaria Madame Bonfamille; el vagabundo y vividor Thomas O’Malley o la estupenda banda de Scat Cat y sus Gatos Swing. Y es precisamente el tema Everybody Wants To Be A Cat, cantado en su versión original por Phil Harris, Scatman Crothers, Ravenscroft Thurl, Vito Scotti y Paul Winchell, el que abre y da título al disco con una modernizada versión instrumental del quinteto de Roy Hargrove.

La aparición de este proyecto que acaba de lanzar el sello Disney Pearl Series, no debería de ser una sorpresa dada la conocida afición de Walt Disney por el jazz y el cariño que músicos como Miles Davis, Artie Shaw, Glenn Miller, John Coltrane o Louis Armstrong, entre otros muchos, han tenido para interpretar las canciones de sus películas.

Everybody Wants To Be A Cat es una cuidada producción que incluye versiones jazzísticas de exitosas películas de Disney, tanto clásicas como contemporáneas, recreadas por artistas de diversas generaciones, desde la prometedora y jovencísima cantante Nikki Yanofsky (17 años), interpretando con una poderosa big band el tema It’s a Small World, hasta el veterano Dave Brubeck (90 años) con dos temas grabados en formato trío: un sensacional Some Day My Prince Will Come (tema ya interpretado por Dave Brubeck, Bill Evans o Miles Davis), y la deliciosa Alice In Wonderland, en compañía de la cantante Roberta Gambarini.

Grandes músicos como el saxofonista Joshua Redman con una extraordinaria versión de You’ve Got A Friend In Me, la cantante Dianne Reeves con He’s A Tramp, Regina Carter, Alfredo Rodríguez, Mark Rapp, Kurt Rosenwinkel, Gilad Hekselman, The Bad Plus o la inevitable contrabajista y vocalista Esperanza Spalding con una correcta versión de Chim Chim Cher-Ee del filme Mary Poppins, completan un acertado  mosaico musical y un atractivo y afectuoso recopilatorio.

Video de Roy Hargrove

Jesús Villalba

Chico & Rita

Mariscal conserva perfectamente intacto al niño que fue algún día, y le bastan unos pocos trazos para despertar al que se oculta en el fondo de todos nosotros. Su ingenua y contagiosa alegría de vivir puede hacernos llorar o reír, desde una mirada que desconoce la pretensión e hipocresía que tan a menudo envenenan el arte supuestamente adulto.

La valentía de Trueba y el corazón de Bebo Valdés son el inesperado trampolín que le permite al genio creador del dibujante valenciano el tremendo desafío de esta versión “latin jazz” de las Fantasías de Disney, en una explosión de colores y formas que nos hace olvidar todos nuestros mezquinos problemas terrenales y viajar a una felicidad que sólo consigue crear el cine digno de este nombre.

Antonio Pamies

Chico & Rita

“Le dije a Fernando: Oye, tenemos a Bebo (Valdés). Tú eres muuuuuuy bueno produciendo jazz y un gran director de cine. Yo sé dibujar. ¡Ostras! ¿Por qué no hacemos algo a partir de esto?”

El que así habla es Javier Mariscal, uno de los co-artífices y co-responsables de lo último de Fernando Trueba: una película de animación basada en la historia apócrifa del pianista Bebo Valdés, con La Habana y el Nueva York de los años cuarenta como telón de fondo.

Pero, ojo, que nadie se piense que es una película de jazz, algo para iniciados. O que, por ser de dibujos animados, es algo menor. Ni mucho menos. “Chico & Rita” es una historia de amor en forma de bolero, clásica y universal, como no se cansan de repetir Trueba y Mariscal.

 Y de ahí vienen algunas de las críticas que se han hecho a la película: no hay historia. Es decir, la historia es sencilla. Demasiado. Tirando a simple y, desde luego, mil y unas veces vista antes. Pero eso es lo que pasa, precisamente, en los boleros y otras canciones de amor: en tres minutos hay que enamorarse, perder al objeto del deseo y pasarse la vida entera lamentándose…

 Me ha gustado la película. También confieso que iba rendido de antemano, aunque eso pueda ser un arma de doble filo: cuando llevas demasiadas esperanzas y altas expectativas, la decepción puede ser abrumadora. Pero no es el caso. Porque de “Chico & Rita” me gusta todo, desde la música del Bebo a la sensualidad de su protagonista femenina. ¡Vuelve a ser posible enamorarse de un cartoon!

Me gustan las bulliciosas Big Bands de las excelsas y lujosas salas como el Tropicana y los íntimos tríos que tocan en clubes oscuros y tenebrosos. Porque la película es un canto de amor por el jazz, que es tanto como decir por la vida. Los cameos de Dizzie Gillespie o Charlie Parker son una gozada y un personaje como Chano Pozo podría aspirar al Oscar al Mejor Actor Secundario.

Y luego están La Habana y Nueva York. Sus calles, sus coches, sus tiendas, sus edificios, sus anuncios luminosos, los puertos y los barcos. Y los bares y cafés, claro. Porque el alma de las ciudades son sus garitos, de los más famosos y reconocibles a sus antros más escondidos y peligrosos. Extraordinarias, esas recreaciones de las capitales de Cuba y EE.UU., “construidas” a partir de cientos de imágenes, libros, fotografías y fotogramas de otras películas.

Porque “Chico & Rita” rezuman autenticidad a raudales. Por ejemplo, el asesor para los diálogos cubanos es nada menos que el novelista Pedro Juan Gutiérrez, uno de los representantes más reconocidos del realismo sucio contemporáneo. O ese Michael Mossman que está detrás de los arreglos de buena parte de las canciones que componen la extraordinaria e imprescindible banda sonora de una película que, más allá de la todopoderosa campaña de marketing organizada en torno a ella (ver la rompedora portada de la revista “Fotogramas” de este mes), espero que sea un rotundo éxito de taquilla: las apuestas arriesgadas, los proyectos que se piensan con el corazón y se ejecutan por tripas, merecen llevarse al público de calle y arrasar en el box office.

 Y, si de paso, cientos, miles de personas descubren el jazz gracias a los dibujos animados de Trueba & Mariscal… ¡larga vida a “Chico & Rita”!

Valoración: 7

 Lo mejor: Rita y La Habana. O Rita en La Habana.

 Lo peor: Efectivamente, la historia. El argumento. Su liviandad y falta de peso.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

Laura


Cuando me encontré con Joe Lovano, -venia al Festival de Jazz de Granada- tras un afectuoso saludo (hacía cuatro años que no nos veíamos) le pregunté si iba a interpretar Laura. “Verás Mariche es que no lo tengo en el repertorio…”, “Pero Joe, tu versión del Tenor Legacy es la mejor…”

 “Laura” es el tema principal del filme con el mismo nombre de Otto Preminguer de 1944, basado en una novela de Vera Caspary. Lo curioso es que el director en principio no iba a ser este austriaco afincado en Estados Unidos tras su huida de los nazis, con escasa experiencia en dirección de películas; sino Robert Mamoulian, la actriz principal no iba a ser Gene Tierney; Jennifer Jones se negó aceptar el papel y cuando a Eddie Lamar le preguntaron que porqué lo había rechazado contestó: “me habían enseñado el guión pero no la banda sonora”.  Y Raskin tampoco iba a ser en principio  el encargado de la composición musical. Preminguer se dirigió a él después de que Alfred Newman y Bernard Hermann, rehusaran aceptar el trabajo. El austriaco le sugirió que la música podía ser en torno a My Sophisticated Lady de Duke Ellinton, pero Raskin quería algo más romántico, así que le convenció para que le diera el fin de semana, se encerró e inspirándose en la carta que su mujer le había escrito (por cierto, pidiéndole el divorcio), Preminguer tenía el lunes sobre su mesa las partituras de una de las melodías más bellas de la historia del cine. Más adelante Johnny Mercer le añadiría la letra.

Ese mismo año “la mujer del cuadro” de Fritz Lang también vería la luz, ambas tienen en común pertenecer a lo que los franceses denominaron film noir. Atmósferas claustrofóbicas, escenas cargadas de humo  y en casi todas es imprescindible la figura de la femme fatale, mujeres, con fuerte personalidad, a menudo perversas, sin escrúpulos para romper valores familiares y oficialmente éticos de esa época pero cuya elegancia refinada y  belleza exuberante era imposible de resistir.  Pero Laura no es solo un whodunit, sino también una película romántica y la música y el retrato de una bella mujer   juegan aquí un papel principal, una forma más de lenguaje.

El retrato fue pintado por la mujer de Mamoulian pero a  Preminguer no le gustó, carecía del misterio que él estaba buscando,  así que Gene Tierny fue enviada al estudio de fotografía de Frank Polony, se le dieron algunos ligeros brochazos y, voilá un magnífico cuadro sobre el que casi gira toda la película.

Laura es una de las películas imprescindibles de la historia del cine y ha obtenido el reconocimiento merecido entre numerosos premios cuatro nominaciones y un oscar como mejor fotografía pero  Raskin murió casi en el anonimato,  sin su música ¿hubiera tenido el mismo éxito la película?

Sábado , 6 de noviembre, teatro Isabel La Católica, Joe Lovano está ofreciendo un bonito concierto, como siempre su lirismo y elegante saxo me dejan boquiabierta. El concierto acaba, el público pide un bis y Joe interpreta “Laura”…

Mariche Huertas de la Cámara

Dos acontecimientos importantes para el Latin Jazz

Diez años después de Calle 54. El recién estrenado largo metraje de dibujos animados dirigido por Fernando Trueba y el dibujante Mariscal, Chico & Rita, ha recibido el Grand Prix HAFF (Holland Animation Film Festival). El jurado fue unánime en su decisión y premió Chico & Rita como la mejor película de animación de esta edición 2010 . Chico & Rita se presentó como una película que nos transporta al mejor momento de la historia del Jazz.  Una historia de amor que une distintos continentes a través de la música y que nos ofrece una preciosa y melancólica historia de amor. La banda sonora fue elaborada por el gran Bebo Valdés, que al igual que Nat King Cole, Ben Webster, Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk forma parte de la propia historia) y el guión es de Ignacio Martínez de Pisón.  Se puede ver un trailer en:

http://www.chicoandrita.com/sinopsis.html

Por otra parte, Paquito D’ Rivera presenta su nuevo libro “Ser o No Ser, ¡Esa es la Jodienda!, Paisajes y retratos”(Universal), en el que cuenta a manera de crónicas de viaje, sus insólitas aventuras por el mundo. Nacido en La Habana en Junio del 1948, el afamado y versátil  saxofonista, clarinetista, compositor y escritor fue fundador, junto a Armando Romeu de la Orquesta Cubana de Música Moderna, y con Chucho Valdés, del grupo Irakere. Ganador de nueve premios Grammy, entre sus numerosos reconocimientos se destacan Doctorados Honoris Causa de la Escuela de Música Berklee y la Universidad de Pennsilvania, la Medalla Nacional para las Artes, otorgada en la Casa Blanca por el Presidente George W. Bush, el premio Leyenda Viva del Jazz, presentado por el Centro Kennedy de Washington y las prestigiosas distinciones Guggenheim y Rockeffeller para las artes. Ha publicado anteriormente  una autobiografía que lleva por título “Mi vida saxual” y es autor de la novela “¡Oh, La Habana!”.

Más información:
http://bosquesonoro.blogspot.com/2010/09/paquito-drivera-united-nation-orchestra.html

 

 

Texto: Antonio Pamies

Enemigos Públicos


La última película de Michael Mann, “Enemigos públicos”, cuenta la historia de uno de los gángsteres más famosos de la historia de los EE.UU., un país que tiene la buena y sana costumbre de elevar a sus más famosos delincuentes a los altares de la cultura popular.

John Dillinger ha pasado al imaginario colectivo de los norteamericanos como uno de esos ladrones buenos a los que las circunstancias obligaron a seguir el mal camino. Estamos en los oscuros años 30, los de la Gran Depresión provocada por el colapso de Wall Street. Mientras millones de ciudadanos quedaban en el paro y acaban sumidos en la miseria más absoluta, había un puñado de ellos que no se resignaban y, pasando a la acción directa, empuñaban las armas y asaltaban bancos.

Dillinger fue el más famoso y conocido, no en vano se convirtió en el Enemigo Público Número Uno y en la obsesión tanto del FBI como de J. Edgard Hoover, que puso a disposición de Melvin Purvis, el Perseguidor, tanto un arsenal de modernas y sofisticadas armas como todo un ejército de veteranos polis de todo el país, además de los adelantos técnicos y científicos más avanzados del momento.

Y todo ello nos lo cuenta Michael Mann con su excepcional pulso narrativo habitual, en una larguísima película que, sin embargo, se disfruta en cada uno de sus fotogramas. En primer lugar, por el papel interpretado por Johnny Depp, atractivo e hipnótico, de los que imantan. Uno de esos personajes libertarios que no piensan en el mañana, que viven al día y que son honestos y coherentes con su forma de entender la vida.

Después está la acción. Entre las fugas de la cárcel, los atracos a los bancos y las persecuciones en coche, “Enemigos públicos” tiene brillantes momentos de acción, rodados con la meticulosidad que caracteriza a Mann, con la cámara al hombro, mostrando la confusión, la violencia y hasta la sequedad de según que momentos.

Para todas y cada una de estas secuencias, la extraordinaria banda sonora de Elliot Goldenthal tiene temas precisos y preciosos, pero la grandeza de la música que puebla el metraje de “Enemigos públicos” está en las canciones originales que se pueden escuchar en los ciento cuarenta minutos que dura la película. Desde el “Ten million slaves” de Otis Taylor hasta, sobre todo, las canciones de Billie Holiday.

Porque además de tipos duros y buenas dosis de acción acción, en “Enemigos públicos” hay una romántica historia de amor que sirve de contrapunto a tanta violencia y contribuye a dar forma al personaje de Dillinger. En una época en que se vive deprisa, a veces demasiado, las decisiones hay que tomarlas sobre la marcha. Y es lo que hace la encargada del guardarropa de la que se enamora el gángster: decir que sí sin pensarlo. Al menos, sin pensarlo mucho.

Y la historia de amor entre el Enemigo Número Uno de los Estados Unidos y la modesta e inocente joven de la que se enamora es, a la vez, tierna, apasionada, excitante y dolorosa. Una relación al límite, condenada a fracasar, dada la complicada vida y más que cercana y presumible muerte de Dillinger.

Y nadie como Holiday para transmitir los matices necesarios a una historia de amor y muerte. Canciones como “Love me o leave me”, “The man I love” o “Am I blue?” ponen las dosis justas de emoción, dramatismo y sensualidad a las imágenes de la película.

Pero si hay una canción esencial en “Enemigos públicos”, incidiendo tanto en el desarrollo de la trama y la composición de los personajes como, sobre todo, en el poético y emocionante final, es “Bye, bye blackbird”, interpretada por Diana Krall y cuya letra, tan corta como conmovedora, mezcla el amor con los miedos, las inseguridades con los anhelos y, por supuesto, evoca las más emotivas despedidas.

BYE, BYE, BLACKBIRD

Pack up all my cares and woes
feeling low here I go
Bye Bye blackbird
Where somebody waits for me
sugar sweet so is she
Bye Bye Blackbird
No one seems to love or understand me
and all the hard luck stories they keep handing me
where somebody shines the light
I’ll be coming on home tonight
Bye Bye Blackbird
Nobody seems to love or understand me
and all the hard luck stories they keep on handing me
where somebody shines the light
I’m coming on home tonight
Bye Bye Blackbird


Jesús Lens Espinosa de los Monteros

The Wire


Hay un momento en la serie televisiva de culto “The wire” en que uno de los policías, McNulty, sigue a uno de los traficantes a los que andan investigando hasta unas dependencias municipales en las que el presunto delincuente afroamericano está siguiendo un curso… de introducción a la economía.

Mientras, otros dos de los policías que participan en el dispositivo de seguimiento a la banda de Barksdale se enfrentan a un examen para ascender a inspector. Dos acémilas, uno blanco y otro de color, que no saben hacer la O con un canuto y que, por tanto, y aunque no sea su jefa directa, siempre hacen caso a todo lo que les sugiere Kima, afroamericana con rasgos orientales y lesbiana.

Sirvan estos datos como presentación de una serie policíaca absolutamente revolucionaria, que subvierte las convenciones habituales del género. Desde el primer episodio, buenos y malos adquieren el protagonismo propio de un juego de espejos en que unos y otros se ven perfectamente reflejados en pantalla, con sus grandezas (pocas) y sus miserias (muchas), cargadas a su espalda.

Y uno de los protagonistas secundarios de la serie está conformado por los garitos en que se reúnen tanto los polis como los traficantes. Porque bares, clubes y restaurantes forman parte importante de sus vidas, por supuesto.

Así McNulty y su compañero suelen beber whisky en un local tirando a fino, en que a veces se escucha un jazz de lo más cool y por el que pasan sofisticadas mujeres que beben vino blanco y fuman con aspavientos. Además, haciendo honor a su nombre, a McNulty le gustan los bares de ambiente irlandés en que los Pogues suenan alto y claro.

Barcksdale y sus traficantes, por su parte, se refugian en el Orlando’s Gentlemen Club, uno de esos garitos en que, como ocurría en el Bada Bing de “Los Soprano”, hay una barra americana sobre la que las señoritas de mala vida se desnudan para deleite de los clientes mientras que las busconas hacen su agosto. La música predilecta: el rap más bailable y accesible, no en vano, la clientela es esencialmente de color.

Y es que “The wire” es una serie muy especial, también, por la utilización que hace de la música como una parte más de la narrativa y del argumento de la historia. Música diegética, esto es, la que emana de una fuente reconocible en escena. O sea, la música que oyen los protagonistas de la secuencia, bien porque vayan en un gran todoterreno azul metalizado con los altavoces atronando a todo volumen, porque lleguen a casa y pinchen un CD o porque entren al Orlando´s a tomar una copa y recrearse la vista.

Música de cuya importancia habla, bien a las claras, el tema de su sintonía, “Way down in the Hole”, un fastuoso gospel / blues escrito por Tom Waits en 1987 para su álbum “Franks wild years” y que tiene la particularidad de que, en cada temporada, suena la versión interpretada por un artista o grupo diferente.

Si los episodios de la primera temporada venían precedidos por las voces de los Blind boys of Alabama, la segunda temporada contó con una desquiciada interpretación de su propio tema del mismísimo Tom Waits, para dar paso, sucesivamente, a The Neville Boys, en la tercera; DoMaJe, un desconocido grupo de adolescentes de Baltimore (la ciudad en que se desarrolla la trama) en la cuarta y, finalmente, por Steve Earle en la quinta. Un Earle que interpretaba a un drogadicto en la serie y que bien sabe de qué habla, al ver estado enganchado él mismo durante años.

Parafraseando a Francis Ford Coppola y su definición de “Apocalypse now”, podríamos decir que “The wire” no es una serie sobre la vida de los policías y los traficantes de drogas, sino que es la mismísima vida de polis y cacos: realismo puro; un fenómeno sociológico de tal envergadura que hasta da lugar a la celebración de seminarios académicos, como el que la Universidad de Manchester organizará el mes de noviembre de 2009 sobre si “The Wire” es o no es Ciencia Ficción Social.

Way down in the Hole

When you walk through the garden
you gotta watch your back
well I beg your pardon
walk the straight and narrow track
if you walk with Jesus
he’s gonna save your soul
you gotta keep the devil
way down in the hole
he’s got the fire and the fury
at his command
well you don’t have to worry
if you hold on to Jesus hand
we’ll all be safe from Satan
when the thunder rolls
just gotta help me keep the devil
way down in the hole
All the angels sing about Jesus’ mighty sword
and they’ll shield you with their wings
and keep you close to the lord
don’t pay heed to temptation
for his hands are so cold
you gotta help me keep the devil
way down in the hole

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

Hollywoodland


Quiso la casualidad que esta “Hollywoodland” se estrenara en el Festival de Cine de Venecia, a la chita callando, justo después de la muy publicitada “La dalia negra”, que resultó un chasco y una decepción para la mayoría de críticos y espectadores.

Sin embargo, la película de Allen Coulter fue excelentemente recibida por los Boyero y compañía, que la pusieron por las nubes, alabando su realismo, la excelencia de las interpretaciones y las bondades de un guión que en una sola película cuenta dos historias, en presente y en pasado, al estilo clásico de “Laura” o “Forajidos”, en que los muertos cobran vida gracias a la investigación de, en este caso, un detective privado.

Dos películas, por tanto, en que las historias se superponen, resultando ambas igualmente atractivas e interesantes. Por un lado, la tragicómica biografía de George Reeves, uno de esos actores de serie Z que apareció en “Lo que el viento se llevó” y que pegó un braguetazo con la mujer de un capitoste de la MGM, a través de la que consiguió el papel de “Supermán” en una popular teleserie… y nada más. Porque entre que el tipo no tenía demasiado talento y el hombre de acero encasilla un montón, pocas más oportunidades tuvo de lucir su talento.

Ben Affleck representa dignamente el papel de patético actor-gigoló con ínfulas artísticas que, en los momentos más bajos de su no-carrera cinematográfica, decidió pegarse un tiro y acabar con todo. ¿O no?

Porque su madre tiende a pensar, más bien, que su niño fue suicidado. Y es ahí cuando entra en escena el cadavérico, feo, atractivo, alcoholizado, acomplejado y complejo Louis Simo, un detective de medio pelo al que le cae en suerte el caso y que, utilizando para su causa a la prensa sensacionalista, empieza a tocar las narices de unos y otros, a diestro y siniestro… hasta quedarse solo.

Simo, impecablemente interpretado por un Adrien Brody al que le pesa el mundo, que parece llevarlo cargado a sus espaldas, es el prototipo de detective incómodo e hinchapelotas que se obsesiona con el descubrimiento de la verdad, pese a quien pese. ¿Y cuál es la verdad? ¿Suicidio? ¿Asesinato? Esa es la cuestión. O no. Porque lo realmente interesante es el Hollywood que nos cuenta su director, debutante en cine, pero veterano por cuanto a contar el reverso oscuro del sueño americano, merced a su reconocida labor como director de muchos capítulos de los Soprano, entre otras series.“Hollywoodland” sería un perfecto ejemplo de ese bulevar de los sueños rotos en que tantas aspiraciones terminan reventándose y haciéndose polvo. Y la referencia musical no es gratuita, dado que buena parte de la atmósfera de la película está conseguida gracias a una banda sonora que reproduce fielmente cómo sonaba la California de aquella época, con sus bandas de jazz y su música melancólica, aún lejos del rock de los sesenta.

La sordidez y la tristeza de los bajos fondos y los tugurios, la pesadumbre del detective y la desolación del actor de medio pelo son resaltadas por medio de una banda sonora en clave de jazz, con mucho metal de viento en que las trompetas lucen especialmente, acordes de piano y hasta un arpa susurrante.


Todo ello contrasta con el jazz alegre y festivo que tocaban las grandes bandas en las lujosas fiestas hollywoodienses en que se daba cita lo más granado de la meca del cine. Un contrapunto musical que viene a poner de manifiesto las pocas luces y las mucho más numerosas sombras en que miles de personas vivieron el sueño de Hollywood.


Jesús Lens Espinosa de los Monteros