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Chano Pozo


En la película de Trueba & Mariscal, “Chico & Rita”, el continente está muy por encima del contenido: el ambiente y la recreación de La Habana y los garitos de Nueva York superan con creces tanto a la historia como a los propios personajes.

Hay un secundario, sin embargo, que en los pocos minutos que aparece en pantalla, arrasa. Si “Chico & Rita” fuera una película de carne y hueso, Chano Pozo se habría llevado de calle el Goya al mejor actor secundario. Bueno, Chano Pozo no, evidentemente, sino el actor que le hubiera dado vida, siempre que estuviera a la altura del majestuoso cartoon que Mariscal le ha dibujado.

Reconozco que no sabía nada de Pozo hasta que le descubrí en la película tocando las congas, bebiendo tragos y conduciendo su poderoso vehículo por las calles de Nueva York, apabullando a Chico y a su socio traidor.

Me quedé deslumbrado por su potencia y su desmesura, uno de esos personajes bigger than life que acabaría muerto de forma violenta, como cuenta “Chico & Rita”, uno de cuyos puntos fuertes es, precisamente, convocar en su metraje los cameos de tipos como Dizzie Gillespie o Thelonius Monk, mezclando muchos datos reales e históricos en una historia de ficción que, en realidad, está libremente basada en la historia de Bebo Valdés, autor de buena parte de la imprescindible banda sonora de la película.

El caso es que Chano era consumidor habitual de marihuana y pillar era una de sus actividades cotidianas. Un día, habiéndose quedado en Nueva York en vez de viajar con Dizzie por el Sur segregacionista y racista, harto de sufrir humillaciones y vejaciones, se encontró con El Cabito, corredor de apuestas y traficante de grifa. Parece que el material que le vendió era de muy mala calidad. Incluso que, en realidad, era orégano. Encabronado como estaba, Chano se fue en busca de El Cabito, encontrándolo en el restaurante La Palma de la avenida Lennox de Harlem.

Allí mantuvieron una fuerte discusión y Chano terminó propinándole una buena paliza a El Cabito,  un severo castigo tras el que le quitó los quince dólares que había pagado por las hierbas aromáticas. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar: mientras Chano bebía y bailaba al día siguiente en el Río Café, también en pleno Harlem, El Cabito entró en el local y, sin mediar palabra, lo cosió a balazos, descerrajándole siete tiros y acabando con una de las incipientes figuras del jazz latino, cuando sólo había cumplido los treinta y tres años de edad.

Una vida corta, pero intensa. Muy intensa.

Luciano Pozo nunca estudió música. Su escuela, además de las calles en las que limpiaba zapatos para intentar salir de la miseria en que vivía su familia, fueron los ritos de santería en los que se honraba a Changó, la divinidad afrocubana del rayo y el trueno, identificada con la hombría. Perteneció a la sociedad secreta Abakuá, y en su seno fue donde aprendió tocar, haciéndose rápidamente un nombre, tanto como experto conguero y manejador de la tumbadora como por su personalidad bravucona y desatada. Su cuerpo, cosido a cicatrices y decorado con cadenas, pulseras, anillos y dientes de oro, era buen reflejo de la personalidad de un Pozo que, en 1947, llegaría a Nueva York hambriento de triunfos y ansias de notoriedad. 

De la mano de Miguelito Valdés, comenzó a trabajar en un cabaret llamado La Conga, a grabar discos y a entrar en contacto con la escena musical neoyorkina, con tipos como Machito y sus Afro-Cubans, tocando en garitos muy diferentes y ante públicos muy distintos. A partir de ahí, comienza la subida al estrellato de Chano, cuando empezó a colaborar en el combo de Dizzie Gillespie que, en aquel momento, estaba en la vanguardia jazzística internacional, junto a Charlie Parker.  

 Así contaba Dizzie su primer contacto con el percusionista: “Mario Bauzá me llevó al apartamento de Chano, y nos entendimos bien, aunque él no hablaba inglés. Cuando nos estrechamos las manos sentí como si estuviera apretando hormigón. Aquella misma noche lo ví actuar en La Conga y comprendí que aquel tipo era realmente bueno”.

 El encuentro entre Dizzy y Chano supuso la conjunción de dos fuerzas de la naturaleza, provocando un tsunami devastador. La fecha: el 29 de septiembre de 1947, cuando Gillespie incendió con su be-bop el serio Carnegie Hall. Diecisiete músicos en escena, Ella Fitzgerald como invitada especial y, como estreno mundial, la Afro-Cuban Suite compuesta por George Fulle. Y como debut… Chano Pozo en el grupo de Dizzy. El resultado: un volcán en erupción.

 A partir de ahí, los conciertos se sucedieron de forma tempestuosamente exitosa. Otra fecha para el recuerdo: el 30 de diciembre de 1947, cuando se grabó “Manteca”, en palabras de Gillespie,  “una mezcla de la música afrocubana y del jazz que significó la salida definitiva del ritmo antiguo”. Efectivamente, Manteca sería todo un himno del jazz latino.

 ¿Qué habría pasado si Chano hubiera estado de gira con Dizzie por el Sur, en vez de esperarle en Nueva York? Nunca lo sabremos. Por su carácter, seguramente habría tenido un final violento, más pronto o más tarde. Pero su muerte, a la edad de Cristo, lo elevó a la categoría de mito y leyenda fundacional: para Dizzy Gillespie, Chano cambió el gusto de la música en Estados Unidos: “Él fue el factor decisivo en el proceso de introducir e integrar la música afrocubana en el jazz norteamericano”.

 Para otro de los grandes percusionistas de la historia, Tata Güines, la cosa es más rotunda todavía: “Chano fue el primero en introducir el ritmo de las tumbadoras en una orquesta de jazz, la de Dizzy Gillespie, dando origen a una auténtica revolución musical: el Afrocuban jazz, hoy conocido como jazz latino”.

 Jesús Lens Espinosa de los Monteros