“Óscar Urra remata con este relato la peculiar trilogía que comenzara con “A timba abierta” y continuara en “Impar y Rojo”, y cierra así uno de los relatos más ágiles y desenfadados del reciente policial español.”
Se puede decir más alto, pero imposible describir con mayor precisión y claridad la nueva novela de Óscar Urra, publicada por la editorial Salto de Página, igual que las dos anteriores.
Pero no pasa nada si no has leído las anteriores entregas protagonizadas por Julio Cambra & Co. El autor, a través de sus personajes, no tardará en ponernos en situación para que podamos sumergirnos en esta delirante historia de buenos-malos y malos-buenos, una crónica del Madrid del siglo XXI, tan estupefacto como estupefaciente.
Si echáis un vistazo a las reseñas de sus dos títulos anteriores, veréis que hablamos mucho de ese Madrid que tan bien nos cuenta el autor, conduciéndonos por las calles, callejones y recovecos de Tirso de Molina, Jacinto Benavente y alrededores. Paisajes urbanos perfectamente reconocibles, auténticos, que rezuman realismo a raudales en cada página de la novela.
Un Madrid cuyos caminos confluyen en un local muy especial, por el que siento predilección (y que no he podido evitar incluir en “Café-Bar Cinema”, dicho sea de paso) y que se llama El Portón.
¿Existe dicho local, en la calle Doctor Cortezo de Madrid? Porque si no existe, debería existir. ¿No hay ningún lector, avispado empresario, con ganas de abrir un bar llamado a arrasar, sobre todo si contrata a un camarero como César?
Porque César, que siempre ha destacado en las novelas de Urra como uno de esos secundarios de lujo que tanto nos gustan en las películas negras y criminales, aumenta su dosis de protagonismo en esta “Bacarrá”. Al menos, al principio de la historia…
Una historia de comienza, como no podía ser de otra manera, en una timba. Porque nuestro querido Julio Cambra, uno de los detectives privados más viciosos (del naipe) que conocemos, sigue en plena forma. Aunque no tardará en perderla. Porque a Julio, los problemas, le persiguen. Y viceversa. Que la venganza por la muerte de un hermano no se puede dejar pasar, aunque haya que perseguir a un par de polis corruptos muy bien conectados para cobrársela.
A Óscar, además, le va la marcha y lo mismo nos lleva a timbas que terminan violentamente a altas horas de la madrugada que a una peligrosa transacción comercial clandestina en un escenario tan improbable como… ¡el Tren de la Risa!
Y hay muertos que flotan en el lago del Retiro. Y próceres de la sociedad con chóferes que llevan gorra de plato. Y, por supuesto, mujeres. Mujeres que se parecen a Diana Krall. Y juegan al póker. Y al ajedrez.
Mujeres altivas, de cuerpo perfecto y de una gélida frialdad. Mujeres cuya mera presencia alteraría el pulso de un fiambre, por congelado que estuviera, en una camilla de la morgue. Mujeres cuya compañía invita a pinchar uno de esos discos intimistas en los que una sensual voz femenina hace derretirse el hielo en el vaso de whiskey… pero siempre guardándose muy bien la espalda, no vaya a ser que la individua en cuestión guarde un punzón en el liguero. Y no para picar hielo, precisamente.
Jesús Lens Espinosa de los Monteros


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