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Kurt Rosenwinkel y Nils Petter Molvaer


Kurt  Rosenwinkel
Todos los guitarristas de la ciudad (y hay muchos) acudieron a ver a ese nuevo crack de dicho instrumento. Quedaron satisfechos, incluso de más, ya que, como a menudo ocurre con ese tipo de tríos, hubo guitarreo como para empacharse por un par de meses. Pensándolo bien, si ni Django ni Wes solían tocar en trío, por algo sería. Excesos malabarísticos aparte, Kurt Rosenwinkel no sólo demostró que es un gran maestro sino que tocó algunas verdaderas joyas como Darn that dream o las monkianas Ugly Beauty y Ruby my dear, que es donde el trío llegó realmente a funcionar como tal. El dominio y la imaginación de su fraseo y el buen gusto con el que Eric Revis y el joven Ted Poor lo acompañaron, hicieron que hubiera realmente Música. Si bien hubo algunos excesos en tempo rápido, donde el guitarrista metía tantas notas por segundo que no se podía oír bien (sobre todo que usa una guitarra de sonido dudoso), las baladas lo compensaron con creces, gracias al asombroso dominio de la armonía que caracteriza el siempre sorprendente juego de acordes que el mago Rosenwinkel se sacaba de la manga como quien no quiere la cosa. No se quedó atrás el contrabajista Eric Revis, que, tanto en lo rítmico como en lo melódico, difumina elegantemente la frontera entre los acompañamientos y los solos, logrando una convincente síntesis entre la tradición y la novedad.

Nils Petter Molvaer
La paradoja del futurismo es que me recuerda el pasado, y la música electrónica del Noruego envuelto en imágenes psicodélicas despertaba en mí el fantasma ibicenco de Pink Floyd. Su concepción de lo experimental delataba un vanguardismo de años sesenta: soplar en la trompeta por el pabellón en vez de la boquilla, en medio de una parafernalia de pedales y ordenadores, bajo grandes amebas fractales multimedia deslizándose sobre los músicos… y otras ingenuidades de fumetas nostálgicos. Al llegar al ecuador del concierto, todos esos efectos y paisajes sonoros tan sugestivos seguían esperando un verdadero protagonista al que acompañar, quedándose como un decorado sin actores. Lo criticable no era tanto la música que hubo como la que faltó (el minimalismo también tiene sus límites). Claro que el problema podría ser mío: a estas alturas, cuando de verdad quiere uno flipar en colores, lo que le apetece son unos huevos fritos con chorizo.

Antonio Pamies