El festival itinerante de Blue Note, que pronto nos traerá a viejos conocidos como Avishai Cohen o Ignacio Berroa, llega como agua de mayo, no sólo porque amplía al resto del año la oferta festivalera, sino porque en una ciudad como la nuestra, con muchos teatros infrautilizados y unos clubes de jazz ferozmente acosados por todos los políticos, es un balón de oxígeno que nos salva de la asfixia musical.
Abrió el festival el trío del guitarrista y cantante africano Lionel Loueke, con un espectáculo tan sorprendente como fascinante. En sus discos suele arroparse de una banda de mayores dimensiones, si a eso le añadimos que los tríos de los guitarristas tienden a menudo a la pesadez y al narcisismo, parecían justificados unos temores que, sin embargo, se esfumaron desde los primeros compases. La más rica variedad de ritmos, un original reparto de papeles dentro del trío (los jóvenes y brillantes Massimo Biolcati y Ferenc Nemeth), una hermosa combinación de música africana, tradicional y moderna, y de lenguaje jazzero (subliminal pero tremendo), con mucho sitio para la espontaneidad, y una ruptura de las fronteras tradicionales entre el papel de la voz y el de la percusión: todo ello para llevarnos de sorpresa en sorpresa. Lionel Loueke tiene en los dedos toda la brujería de la selva y su voz despierta el solemne misterio de las catedrales: verlo en directo te deja sencillamente boquiabierto durante todo el concierto. Aprovecho para recomendar su disco Mwaliko, donde podemos disfrutar además de sus espléndidos dúos con Richard Bona, Angélique Kidjo y Esperanza Spalding.
Antonio Pamies




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