Vincent Calvino, a estas alturas, ya es un viejo amigo. ¿Le recordáis? ¿No? Refresquemos la memoria.
Calvino es un detective privado norteamericano que un buen día decidió cambiar la jungla de asfalto neoyorquina por otra jungla, quizá con menos asfalto, pero idénticos peligros, amenazas y asechanzas: Bangkok.
Han sido ya un par de historias, al menos, las que conocemos de Calvino, hasta haber llegado a esta “Alta infidelidad”, en la que el protagonismo lo tienen esos directivos de multinacionales que se trasladan a una de las grandes capitales del Sudeste Asiático y en las que, además de trabajar como burros, se permiten determinadas licencias con las atractivas y deliciosas perlas orientales que viven en Tailandia.
“L. se dio la vuelta. El aparcamiento estaba atestado de yings con falda corta y tacones altos; otras en tejanos y camisetas, todas un poco sobresaltadas de pensar que ésa era su última oportunidad para conquistar a alguien. La moda dejaba mostrar la pelvis y las caderas. Jóvenes y sensuales, había una ying para cada gusto, y todas dispuestas para comer, beber, tomar drogas y practicar sexo”.
Una perla tan sugestiva como esa jovencita, Jazz, que aparece asesinada al principio de la novela, desencadenando una investigación en la que Calvino se ve moralmente obligado a tomar parte ya que el cuerpo de la chica se descubre en una casa de masajes situada en el piso inmediatamente inferior al que ocupa su despacho, en un edificio cutroso de una zona poco lustrosa de la ciudad.
“Nadie mencionó que la muerte de la masajista hubiera provocado que los vecinos del pasaje quisieran aplacar los espíritus del lugar, colaborar para que el alma de Jazz descansara en otro lugar más lejano, allí donde el sonido del saxo tenor fuese más melodioso.”
Pobre Jazz. Y pobres de nosotros, lectores, que ni siquiera llegaremos a conocerla, más allá de su nombre, evocador y ciertamente cálido y sugestivo. Pero sí conoceremos ese mundo oscuro y esa vida a caballo entre la prestación de una serie de servicios más o menos íntimos y la prostitución, pura y dura. Delgadas líneas, fronteras escuetas y escurridizas entre los negocios y la extorsión; entre los empresarios y los mafiosos; entre los regalos y los sobornos; entre las sugerencias, las órdenes y las exigencias.
Y ahí está Pratt, un policía honesto, amigo de Calvino, al que sacará las castañas del fuego en más de dos y más de cinco ocasiones. Un Pratt que, de su estancia en Nueva York, se llevó de vuelta a su país el amor por el sonido del saxofón. Tocar el saxo, en la soledad de su casa, es lo único que le relaja, de verdad, cuando las cosas vienen mal dadas. Además de servirle como vehículo para canalizar ideas, aclarar conceptos y despejar la mente, por supuesto.
Me gustan las novelas de Christopher G. Moore, uno de esos expatriados que viven en Tailandia y que, por tanto, conocen de primera mano eso que cuentan, estando en la mejor disposición para hacer una profunda y precisa disección que lo que se cuece en los bajos fondos y altos rascacielos de una ciudad tan fascinante como peligrosa.
Y, todo ello, con lecciones vitales, como la que nos da Calvino:
“Cuando uno se hace más viejo, las cosas van más lentas, pero el tiempo pasa más rápido. Es una de las contradicciones de la vida. Uno tropieza y se cae de bruces. Primero se saborea la mierda y la tierra que hay entre los dientes, pero luego, o bien te levantas o te quedas arrodillado encima de la mierda”.
Jesús Lens Espinosa de los Monteros.


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