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Wayne Shorter


Tras su ya tradicional chupinazo en la Universidad, de la mano de los siempre eficaces Tito Poyatos y Pecos Beck, con un show dedicado a los inolvidables jazzeros del rock, Blood Sweat & Tears, el programa central del Festival de Jazz de Granada se iniciaba con un auténtico héroe del jazz como es el incombustible compositor y saxofonista Wayne Shorter. Pocos jazzmen han tenido una trayectoria profesionalmente constante y artísticamente tan inquieta como la suya, por lo que las  entradas se agotaron desde el primer momento. Si algo ha sido siempre Shorter es imprevisible, y lo demostró en una actuación que comenzó de forma algo desconcertante, con un larguismo tema libre, donde no había “voz cantante”, o, mejor dicho, todas lo eran, rehuyendo de cualquier figura estable en cuanto parecía asomarse, con un fraseo en el saxo tenor un tanto irritante de tanta frase corta y escurridiza. Por suerte, era sólo para calentar motores, y cuando se pasó al saxo soprano, lo tocó como nunca, dejando claro que la sonoridad de ese instrumento le pertenece por completo. Al igual que en sus tiempos de Bitches brew, la orquesta entera (Danilo Pérez, John Patitucci y Terry Lyne Carrington) no se repartía las tareas según esquemas prefijados, dando prioridad a una intuitiva atmósfera de conjunto sobre el protagonismo individual, y el peligroso minimalismo inicial dejó paso a un alarde de maestria y a la belleza de unas composiciones que llevan el inigualable sello shorteriano, interpretadas con un lirismo hipnótico, haciéndonos paladear cada nota, y en que el maestro soplaba e improvisaba con una pasión y una entrega dignas de sus mejores momentos.

Texto: Antonio Pamies /  Foto: Alberto Jiménez Collantes

Tensión saxual


El primer fin de semana de la edición del 2010 del Festival de Jazz de Granada estaba consagrado al saxo, provocando en el Isabel la Católica una enorme tensión saxual saldada con un lleno absoluto y encendidos aplausos, gritos y vítores desde un patio de butacas entregado a la magia de Wayne Shorter.

Magia que, en palabras del veterano saxofonista, se traduciría así “la música nace y muere cada noche; la condición humana no se puede entrenar, y nosotros somos cuatro personas con una gran confianza en nosotros mismos; eso no se ensaya, sale y no hay vuelta atrás.”

Por eso nos gustan tanto Festivales como éste, que nos permiten disfrutar, a lo largo de un puñado de noches, de momentos irrepetibles, momentos para el recuerdo y la antología musical de cada uno de nosotros.

La aparición de Wayne Shorter en escena transmite una sensación parecida a la de la contemplación de un roble centenario, una catedral gótica o un templo egipcio. Y en cuanto empieza a apoyarse en el piano (literalmente) y la música comienza a sonar, es como ver a Los Ángeles Lakers ejecutando sobre las canchas las consignas de su entrenador: el Máster Zen Phil Jackson.

No es fácil la música de Shorter. Ni falta que le hace. Secundado por músicos que, por sí mismos, suelen liderar sus propios grupos (John Patitucci al contrabajo y Danilo Pérez al piano), Shorter toca lo que le da la gana y como le da la gana. A su aire. Y ellos le siguen, juguetean y se embroman, riendo y buscándose a través de una miradas tan cómplices y divertidas que no sería de extrañar que hicieran palidecer de celos a sus respectivas parejas.

Me gustó más la segunda parte del concierto, con Shorter tocando el saxo barítono, que la primera, más complicada y menos accesible para mi deseducado oído.

Pero fue un enorme, gigantesco y descomunal arranque para el Festival del Año de la Crisis, que una vez más se ve obligado a reinventarse, haciendo frente a una penuria económica sin precedentes.

Texto:  Jesús Lens Espinosa de los Monteros
Foto: Alberto Jiménez Collantes