Europa, entre sangre y crisis

El atentado terrorista en el corazón de Londres nos ha vuelto a refrescar la memoria sobre la permanente amenaza que sufrimos por parte de asesinos que quieren imponer sus credos o ideas con pistolas, un cuchillo o, simplemente, un vehículo capaz de atropellar a viandantes. Atrás nos quedan en España las viles acciones de ETA, que ahora anuncia su desarme total. Bienvenido sea, pero presentes tenemos a todas sus víctimas inocentes y el dolor de sus familiares.


Este miércoles, España ofrecía un excelente ejemplo de unidad entre los dos principales partidos, populares y socialistas, al mantener su criterio frente al terrorismo. Si uno de los grandes éxitos y méritos fue el pacto anti-ETA para acabar con ella, ahora no cabe otro comportamiento ante la previsible entrega de sus armas y su disolución. Su rendición no puede ser moneda de cambio.
La sangre derramada estérilmente en la capital del Reino Unido no puede llevarnos a planteamientos xenófobos, sino a la rotunda condena y la integración, incluso de quienes obcecados por el fanatismo intentan minar la democracia, sus principios y derechos. Al cumplirse ahora sesenta años de los pactos que dieron origen a la Unión Europea y mientras Gran Bretaña camina hacia su salida, este atentado de Londres nos recuerda esa imprescindible cooperación internacional no sólo para luchar por el mal sino también para expandir los mejores valores de Europa. Es verdad que se han cometido errores y algunos todavía perduran, pero pese a todo es una tierra prometida para miles y miles de personas que buscan o se refugian en un mundo mejor.
El Papa Francisco fue certero este viernes en su minucioso y crítico discurso ante los jefes de Estado y de Gobierno de la UE. Habló del riesgo que corre de desaparecer, ante el cual deben emerger esos principios fundamentales, entre ellos la solidaridad para superar el populismo. Es una lástima que en estos momentos en los que se necesita una Europa fuerte y sólida no haya dirigentes capaces de liderar una regeneración. Me quedo con la esperanza expresada por el Pontífice de que este viejo continente está llamado a curar los inevitables achaques que vienen con los años. Que así sea. ¿No les parece?

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