“Pensaba que detrás de la caja solo iría yo; al final fuimos siete”

"Pensaba que detrás de la caja solo iría yo; al final fuimos siete"

“Murió en mis manos”. Juan Miguel no puede evitar que se le humedezcan los ojos cada vez que la recuerda. Cada vez que mira la fotocopia de su retrato, pegada en un sencillo marco sin cristal de 17 por 24. La misma que colocó en el nicho veinticinco del patio cuarenta del cementerio de San José. Una sepultura sin lápida. Austera. Sin flores. La de Encarna. “Les pedí permiso para poner una foto y me lo dieron; así la gente sabe que está allí”. Encarna, que falleció el pasado 20 de diciembre, no tenía dinero para pagar su entierro. Ni ella ni nadie de su entorno. Y fue el Ayuntamiento de Granada quien, tirando de una partida de 20.000 euros liberada al efecto, costeó los 1.750 euros que costaron sus exequias.

“En el funeral pensaba que iría yo solo detrás de la caja, pero al final fuimos siete”, comenta Juan Miguel, quien estuvo muy cerca de Encarna en la última etapa de su vida. “Era buena pero recta; también guasona y con ganas de fiesta cuando se daban las circunstancias apropiadas y con la gente que ella consideraba que realmente valía la pena”, comenta Juan Miguel, viudo de varias relaciones anteriores. “Siempre pensé que caería yo antes que ella. De hecho, alguna vez, solo, deprimido y enfermo, he pensado en quitarme la vida; ella era una de las razones para no hacerlo”, reconoce Juan Miguel con voz trabada mientras observa nuevamente el portarretratos. Silencio.

“Cuando salgo de la cueva con esta fotografía, Chico, nuestro perro más grande, siempre aúlla”, relata Juan Miguel, quien no puede evitar seguir hablando de Encarna en presente: “Ella me regaña cuando ve que me he puesto un pantalón que está sucio o que no tiene la raya bien hecha”. “El Ayuntamiento se ha portado bien; agradezco que me avisaran para acompañarla hasta su tumba”, dice Juan Miguel, quien ahora, ya sin Encarna, sólo se pregunta quién lo enterrará a él.

Tan real como la vida misma

Una historia tan real como la vida misma. Historias con las que lidian a diario los trabajadores sociales del Ayuntamiento de Granada. La concejala responsable de este área, Jemi Sánchez, explica que se registra un promedio de veinte sepelios sociales anuales, “aunque hemos comprobado que la cifra se va incrementando año tras año porque ya no hablamos tan sólo de ciudadanos sin hogar, sino que también se han incorporado otros perfiles que carecen de recursos”. Una coyuntura propiciada por la crisis económica, que ha golpeado con mayor dureza a los colectivos más vulnerables, y también porque cada vez hay menos familias que pagan el seguro de decesos, un tipo de póliza que cubre todos los gastos funerarios que acarrea un fallecimiento, desde el desplazamiento, en caso de que fuera preciso, hasta que el finado descansa en el camposanto. “En los presupuestos tenemos previstos 20.000 euros, una cuantía que podría aumentarse sobre la marcha en caso de que hubiera mayores necesidades”, dice Jemi Sánchez.

El procedimiento se activa tras la recepción en el Ayuntamiento de Granada de un documento que remite la empresa que gestiona el cementerio de San José, Emucesa, o que viene de parte del juzgado. A continuación, los servicios sociales municipales buscan toda la información sobre esa persona, “que normalmente es usuario”, aclara Jemi Sánchez, y elaboran un informe que en el plazo de veinticuatro horas se manda a Emucesa o al Instituto de Medicina Legal.

Posteriormente ya sólo queda el reconocimiento del cadáver por parte de algún familiar –un trámite que a veces se complica ante la imposibilidad de encontrar allegados– y llevar a cabo el acto de inhumación, que incluye los servicios más básicos por la tarifa más básica, 1.750 euros. “Ofrecemos la posibilidad de que se celebre una ceremonia religiosa adaptada al credo que profesaba el difunto”, señala la edil. Previamente, Servicios Sociales procura contactar con el entorno para advertirles del día y la hora en que se procederá a la ceremonia de despedida.

Petr, la muerte que nunca importó

Petr, a la izquierda
Imagen extraída del Facebook de Petr, muerto en Arona.

Hace unos día me puse en contacto con Romana, una mujer de nacionalidad checa que vive en La Zubia. Acababa de perder a su hermano Petr en el muncipio de Arona (Tenerife), donde se ganaba la vida haciendo esculturas en la playa. Un hecho traumático agravado por la auténtica odisea que tuvo que sufrir para confirmar que, desgraciadamente, aquellos mensajes de condolencia que la gente dejaba en el muro de Facebook de Petr no eran ningún bulo, una posibilidad que le había apuntado inicialmente la policía.

Romana estaba muy dolida y enfadada. A pesar de que Petr llevaba la documentación encima y que fue perfectamente identificado por la Guardia Civil de Arona en el momento de hallar su cuerpo (hasta la prensa local se hizo eco del suceso), le costó dios y ayuda confirmar el fatal desenlace. Se sintió sola y desatendida por parte de las fuerzas del orden, incapaces de darle una respuesta hasta que ella misma, llamando al cuartel de Arona, constató el fallecimiento de Petr. Publiqué una página en el periódico explicando lo sucedido e hice este artículo para la web de Ideal.

 

Un año ‘guerreando’ en Granada

Un año 'guerreando' por Granada.

Parece que fue ayer. Sí, parece que fue ayer cuando me despedía de mis compañeros de Jaén (qué difícil fue cerrar la puerta de la delegación después de catorce años) y ponía rumbo a la redacción de Granada. Un año ya ‘guerreando’ por estos pagos de la Alhambra y haciendo lo que más me gusta, escribir. Doce meses apasionantes en lo personal y en lo profesional. Aprendiendo mucho de todos los fieras que tengo a mi lado. Compañeros que me acogieron y me respaldaron para sentirme como en casa.

Recuerdo los dos temas que me encargaron para ese día. Un artículo sobre los datos del paro en Granada, la última vez, por cierto, que me centré en un asunto cien por cien económico (a ello me dedicaba en Jaén). Y una entrevista con el director de fotografía Javier Salmones en un carmen del Albayzín con unas maravillosas vistas a la Alhambra (menudo ‘castigo’). No sé cuantas entrevistas habré hecho en Ideal, pero sentí los mismos nervios que en mis primeros escarceos como becario.

Después de aquello vinieron muchas historias apasionantes. Historias que, en mayor o menor medida, han cambiado mi percepción del mundo. Como la de Agustín, el pequeño de Maracena al que un canalla le robaba los juguetes de su tumba. O la de Lucía, la niña de Armilla que pudo balancearse sola  por primera vez después de que el Ayuntamiento colocara un columpio adaptado a su discapacidad. O la de Ana, pasando frío en su casa por los cortes de luz. O como la de José, el bodeguero que ponía transistores para espantar a los animales que se comían sus cosechas. Podría seguir y seguir, pero no quiero cansaros con las batallitas del Abuelo Cebolleta.

Sólo puedo deciros gracias. Gracias de corazón por estar ahí.

 

Los bomberos que vienen del cielo

Los bomberos que vienen del cielo

El verano, cuando la actualidad también se va de vacaciones,  es terreno abonado para hacer reportajes que difícilmente tienen cabida en otras épocas del año. Nada más regresar de vacaciones, a mediados de agosto, cogí los bártulos y me fui al Centro de Defensa Forestal de Puerto Lobo. Me quedé muy satisfecho con el resultado  (texto, fotos y vídeo) e incluso una de las imágenes que tomé fue utilizada para ilustrar la portada de Ideal del día 28.

Fue una mañana completa. Los responsables del Infoca me facilitaron mucho el trabajo. Se trataba de contar el día a día en la base. De cómo funcionaban los sistemas de alerta cuando se declaraba un incendio. Puse el foco en los bomberos forestales, que me explicaron su experiencia en primera persona del singular y del plural. También tuve la oportunidad de asistir a un simulacro de ‘retreta’ gracias al retén de La Peza, que se encontraba en Puerto Lobo en tareas de instrucción.

 

Los cerezos de Mariano

Los cerezos de Mariano

La Vega de Granada, por donde me muevo con frecuencia buscando historias que luego publicamos en Ideal, me está permitiendo conocer gente buena y noble como Mariano, un agricultor de Güejar Sierra que cultiva con esmero unas cerezas ‘pata negra’ que quitan el ‘sentío’, como diría el castizo. Eché una mañana con él. Quedamos en su explotación, situada en una empinada ladera a casi 1.500 metros de altitud -no me cargué de milagro los bajos del coche-.

Me habló de sus desvelos. De sus esfuerzos. De la compañía de su transistor. De su teoría de que la música, además de aliviarle la soledad, ayudaba a que los cerezos crecieran. Publiqué este reportaje (texto, fotos y vídeo). Me lo pasé como los críos. Ahora que poco a poco vislumbramos el esplendor de la primavera en lontananza me he acordado de Mariano y de sus cerezos.

La vela de Juana

La vela de Juana

Se llama Juana. Vive en Iznalloz. Pasa frío. Hace un par de semanas fui a su casa para contar su historia en Ideal y explicar qué está sucediendo en ese pueblo granadino con el suministro eléctrico, que se corta prácticamente todos los días cuando se pone el sol, la gente vuelve a sus hogares y enchufan los aparatos eléctricos. Este artículo ha sido más de 55.000 veces compartido en Facebook. Lo han leído decenas de miles de personas. Estoy contento. Y lo estoy por dos motivos. Primero porque me consta que este reportaje ha servido para algo y segundo porque los lectores siguen valorando un tipo de periodismo que a mí, personalmente, me llena como profesional.

Endesa dice que los problemas en Iznalloz, en el Norte de Granada y en varios municipios del Área Metropolitana se deben a las sobrecargas que provocan los enganches ilegales, especialmente los que surten de luz a las plantaciones de marihuana. El tema es preocupante. El año pasado la compañía desmanteló el doble de acometidas irregulares que en 2015. Los vecinos de Iznalloz dicen que no. Que todo se solucionaría con más inversión y que los argumentos de Endesa son una cortina de humo para no gastarse el dinero.

Aquellos músicos ‘locos’ de la Tarasca

Que el ritmo no pare

Siempre tuve la firme convicción de que si el mundo -así, en general- escuchara más música, todos seríamos un poco más felices.  El año pasado los jefes me pidieron que plasmara mi visión de la feria del Corpus, en Granada, desde una perspectiva muy personal. Que hiciera fotos y contara la historia que había detrás de ellas. Me lo pasé como los críos. Incluso tuve el honor de que este apasionado beso entre Jorge y Betty fuera la portada de IDEAL.

Dejé muchas imágenes en el tintero. Demasiadas. Pero hoy, no sé por qué, me apetece recuperar ésta, llena de energía, llena de buen rollo, llena  de ritmo. La hice en el pasacalles de la Tarasca. La gente alucinó con ellos. Yo también.

En clave de Luna (microrrelato de una despedida)

En clave de Luna

Sonaba de fondo la voz lábil de Nick Drake en los auriculares de Paula. “I saw it written and I saw it say”. Hacía mucho frío aquella madrugada de enero en la estación de Santa Ana. El sol, aún oculto tras la Peña de los Enamorados, la roca con forma de corazón que da sombra a Antequera, teñía la atmósfera de color vino y la Luna llena de rosa y amarillo apagado. Paula recordaba el calor de sus labios y el roce de sus manos. El olor del mar. El brillo de su mirada mientras la abrazaba. Mientras la amaba.

“Pink moon is on it’s way”. Apenas faltaban cuatro minutos para que llegara el primer tren. El que iba de Málaga a Madrid. El que toman los madrugadores y los arrepentidos. El tren que nunca espera. Donde las desilusiones viajan en ‘business’ y las emociones y los besos robados en clase turista. En el andén solo estaba ella. Y el tren, que ya se aproximaba con demasiadas prisas. Un poco más lejos, varias sombras que se despedían con un beso en la mejilla. La liturgia del adiós. Del adiós efímero. De un viaje de veinticuatro horas con billete de ida y vuelta.

No llegaría. Lo sabía. Nunca llegaría. Lo había visto en las películas. Y en las novelas de Tellado, esas que leía su madre de forma compulsiva cuando le faltaba el cariño. Sí, todo empezó y acabó a las menos cuarto. Cuando él la besó, cuando él se despidió… para siempre. Un minuto (sesenta segundos). Una vida.

Entonces Paula alzó la vista. El cielo, cuarteado por las catenarias como si dibujaran una partitura, sonaba frágil en clave de Luna. Como la voz de Nick Drake. “Yeah, it’s a pink moon”.