‘Granada no está en venta’

Ayer por la tarde me tocó cubrir la jornada de movilización social ‘Granada no está en venta’. Seis manifestaciones y media docena de reivindicaciones para lograr una ciudad mejor. Ése podría ser el resumen de las marchas que lograron reunir, según las estimaciones de la Policía Local, a unas quinientas personas en la plaza del Carmen, epicentro nuevamente de una protesta colectiva muy bien organizada, pero que nuevamente contó con una participación bastante baja. Lluvia, procesiones, comuniones, el partido del Granada… apatía.

El compañero Villalba y un servidor hicimos cobertura en tiempo real. Él en la redacción y yo en la calle. Libreta, bolígrafo, teléfono móvil y cámara al hombro. Mantuvimos la web actualizada toda la tarde y hoy publicamos una página completa en la edición impresa ilustrada con una imagen a cinco columnas de Ramón L. Pérez, que también formó parte del despliegue.

Yo también pude hacer algunas fotos. Ahí va una pequeña selección.

 

En clave de Luna (microrrelato de una despedida)

En clave de Luna

Sonaba de fondo la voz lábil de Nick Drake en los auriculares de Paula. “I saw it written and I saw it say”. Hacía mucho frío aquella madrugada de enero en la estación de Santa Ana. El sol, aún oculto tras la Peña de los Enamorados, la roca con forma de corazón que da sombra a Antequera, teñía la atmósfera de color vino y la Luna llena de rosa y amarillo apagado. Paula recordaba el calor de sus labios y el roce de sus manos. El olor del mar. El brillo de su mirada mientras la abrazaba. Mientras la amaba.

“Pink moon is on it’s way”. Apenas faltaban cuatro minutos para que llegara el primer tren. El que iba de Málaga a Madrid. El que toman los madrugadores y los arrepentidos. El tren que nunca espera. Donde las desilusiones viajan en ‘business’ y las emociones y los besos robados en clase turista. En el andén solo estaba ella. Y el tren, que ya se aproximaba con demasiadas prisas. Un poco más lejos, varias sombras que se despedían con un beso en la mejilla. La liturgia del adiós. Del adiós efímero. De un viaje de veinticuatro horas con billete de ida y vuelta.

No llegaría. Lo sabía. Nunca llegaría. Lo había visto en las películas. Y en las novelas de Tellado, esas que leía su madre de forma compulsiva cuando le faltaba el cariño. Sí, todo empezó y acabó a las menos cuarto. Cuando él la besó, cuando él se despidió… para siempre. Un minuto (sesenta segundos). Una vida.

Entonces Paula alzó la vista. El cielo, cuarteado por las catenarias como si dibujaran una partitura, sonaba frágil en clave de Luna. Como la voz de Nick Drake. “Yeah, it’s a pink moon”.