Dirigir la felicidad

“Vivir entre fantasmas requiere soledad”

Anne Michaels

 

 

Ha finalizado un año y estamos estrenando uno nuevo con deseos de paz, salud, prosperidad y felicidad. Humanas esperanzas que intercambiamos con sinceridad entre familiares y amigos y, algunas veces también, entre compañeros y colaboradores de trabajo.

Digo “algunas veces” porque la mayoría de ellas, en el ámbito laboral, solemos hacerlo por compromiso y como respuesta educada a cartas y e-mails impersonales dirigidos a destinatarios llamados “undisclossed-recipients”.

Estas fechas son también propicias para hacer los mismos planes de siempre, propósitos que solemos incumplir porque fueron formulados precisamente para ello, para aliviar el peso del compromiso anual con nosotros mismos. No les voy a descubrir nada nuevo y seguro que ya están pensando en las promesas que se hicieron. No se preocupe, todos caemos en ello.

 

De los deseos arriba indicados, sólo uno depende enteramente de nosotros. A la paz contribuimos con nuestras actitudes civiles, pero estamos condicionados por otras instancias en las que no podemos influir para mantenerla, perderla o conseguirla. En la salud, estamos sujetos a la acción de infinidad de agentes patógenos externos que sólo conocemos cuando caemos enfermos. La prosperidad, la riqueza, la bonanza económica es algo que depende en gran medida de nuestro esfuerzo pero, como circunstancia ligada a las reglas del mercado, es una variable que puede oscilar positiva o negativamente sin que podamos hacer mucho para sostenerla o frenar su menoscabo.

En cambio la felicidad es un estado subjetivo que depende enteramente de nosotros, de nuestra actitud ante la vida y del control de nuestros sentimientos. Es obvio que el entorno en el que nos desenvolvemos tiene una alta influencia sobre nuestras emociones, y que muchas circunstancias desafortunadas pueden provocar la infelicidad y estados depresivos. Pero también debemos mostrarnos resilientes, resistentes a la adversidad.

Ser feliz no es un estado que se pueda compartimentar por horarios ni por entornos. Se es o no se es. Sentirnos afortunados o desgraciados depende de influencias externas. Sentirnos felices depende de nosotros, de cómo transcribimos en nuestro interior la injerencia de lo que nos rodea y lo derivamos hacia nuestro comportamiento.

 

De ahí que sea importante cómo nos sintamos en aquel sitio donde vivimos la mayor parte de nuestro tiempo de vigilia: en el trabajo.

Ser felices en el trabajo implica serlo también en la vida personal. Y viceversa. Aunque tiene más trascendencia la primera condición. Si una persona no es feliz en su vida privada, se vuelca en el trabajo y es capaz de alcanzar logros importantes, éxitos profesionales que tienen el objetivo de enmascarar las carencias afectivas. En cambio, cuando alguien es infeliz en el trabajo termina acusando una profunda infelicidad general, pagándolo con sus familiares y allegados. Repercute la amargura de su incapacidad para sentirse realizado profesionalmente hacia quienes pueden soportar y compensar en silencio tales desalientos.

En cambio, cuando un trabajador se siente feliz laboralmente, está más satisfecho en todos los sentidos, y ello se traduce en una mayor productividad, capacidad creativa, disposición colaborativa y en una fuente inagotable para la cultura del optimismo.

 

Hay empresas que han entendido que más importante que orientarse a resultados es favorecer un clima laboral en el que sus empleados se sientan vinculados con la organización, compartan sus principios corporativos y hagan suyos los valores de la empresa. Aquí se invierten los términos: la meta son las personas y el camino es la influencia en su estado de ánimo e implicación cooperativa. El resultado de todo ello será un mayor beneficio para la comunidad, incluidos sus stake-holders. Ya que los propios trabajadores serán los que les trasladen ese ánimo, contagiándoles de esa felicidad.

En estas empresas, como afirma D.H. Pink, las tareas rutinarias han sido derivadas hacia procesos automatizados para dejar a las personas los trabajos que aportan valor. Y éstas son reconocidas y respetadas por todos los que integran su equipo y por sus superiores. Los éxitos son objetivo y motivo de alegría por parte de todos ya que a su contribución participa el colectivo, valorándose la opinión de cualquiera que aporte sus reflexiones y propuestas de mejora. Las competencias de cada integrante empiezan con una sonrisa y terminan con el agradecimiento por la tarea desarrollada. Esto es más importante que promover la incentivación económica por objetivos alcanzados.

Podría recurrir a las estrategias de management que los directivos de estas empresas (como Zappos, Google u Open English) han desarrollado en materia de gestión de personas, pero por ser el primer domingo del año les voy a dejar con una de las estrofas de la canción Things that stop you dreaming” de Passenger.

 

“No tengo dinero en las manos, en mi abrigo ni en mi bolsillo,
no llegaré al espacio porque no tengo un cohete,
pero tengo aire en los pulmones,
agujeros en mis calcetines,
y un corazón que late,
como un grifo que gotea por la noche,
cuando no tienes un fontanero que pueda pararlo.
Un muñeco saltarín sin llave para pararlo.
Bien, este barco quizás se hunda,
pero yo no voy a consentirlo

porque el mar no sabe mi nombre.
Bien, si no puedes conseguir lo que amas,
aprende a amar lo que tienes,
si no puedes ser lo que quieres,
aprende a ser las cosas que no eres”

Feliz año. De corazón.

 

 

José Manuel Navarro Llena.

@jmnllena

 

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