Reniego.

“Aferrarse a la esperanza de un Occidente hipócrita

para encontrar el vacío de su mirada piadosa

es el futuro de quienes sufren las consecuencias del terror

amasado al mismo ritmo que el poder y el dinero”.

 

2015-08-29 20.33.55

 

Reniego del ser humano y de sus ambiciones más oscuras. Reniego de esta especie torva e impaciente que reclama y ejecuta el poder sobre su propia especie. Reniego de su creencia en lo intangible y fe en lo material con las que obligan a sus congéneres a arrodillarse o explotan a los más débiles. Reniego de su sentido de la justicia, interesada y desequilibrada. Reniego de sus paradigmas idolatrados y de sus condiciones más humanas: el olvido y la mudanza de opinión.

Reniego porque es el recurso que nos queda a los que temblamos ante las barbaridades que el hombre infringe al propio hombre y no tenemos la oportunidad, los medios y, reconozcámoslo, el valor para poder impedirlo. Aunque sí la voz para poder decirlo abiertamente y encontrar voces similares que provoquen un estallido de conciencias, un rumor de queja inquebrantable y un oleaje de voluntades que reclamen el final de tales infortunios.

Lo que ahora eufemísticamente denominamos crisis de los refugiados no es más que otra forma de poner una etiqueta a lo que pronto volverá a estar oculto (como ya lo estuvo antes) tras los muros naturales y las alambradas de los países más opulentos, impidiendo que los traspase la desesperación, el dolor, el terror y la orfandad de las raíces y de la sangre de los que huyen de sus países para poner a salvo lo único que aún no se les ha expropiado: su vida.

Es difícil comprender el papel de los medios de comunicación inundándonos de información y fotos terribles de cientos de miles de sirios intentando alcanzar Europa y el espejismo de ser un paraíso acogedor. Justo con los sirios; no antes con los sudaneses, eritreos, birmanos, iraquíes, afganos, egipcios … Quizá porque antes Europa no era su destino y ahora sí lo es. Quizá porque ahora interesa movilizar la conciencia de los europeos hacia otro foco de atención que no sea su propia crisis interna. Quizá porque somos incapaces de reaccionar como colectivo y sólo nos enjugamos las lágrimas en las redes sociales en vez de en las plazas, ante los consistorios y parlamentos.

Nos engañamos: Europa nos los quiere porque señalan su insolvencia para liderar una estrategia geopolítica ética y respetuosa con los derechos humanos. Porque la solución que puede aportar, mirando de reojo a las grandes potencias y a los lobbies económicos (y a instancias suyas), es distribuir “cupos de personas” entre sus diferentes naciones como si fueran objetos míseros que nadie quiere en su patio trasero. Y los refugiados no quieren a Europa sino vivir dignamente en sus países natales, pero no tienen otra alternativa a la muerte y a las vejaciones provocadas por los mejores postores de la deshumanización y por  los mercaderes del terror, títeres de quienes ostentan el poder real del mundo.

Si el destino de los europeos no está regido por su Parlamento, elegido democráticamente, sino por la praxis económica de los miembros de la troika elegidos ex profeso para maximizar los beneficios de la gran banca y de los oligopolios defensores de un neoliberalismo cada vez más feroz, ¿cómo podemos aspirar a que Europa pueda garantizar o influir para que la democracia y unas mínimas libertades en aquellos países se antepongan a los intereses económicos derivados del control estratégico de los recursos naturales, del mercado bélico y de los grandes contratos para la reconstrucción de infraestructuras y residencias?

La foto de Aylan Kurdi, el niño sirio muerto en una playa de Turquía, ha sido la fusta mediática que ha espoleado las conciencias públicas de un Occidente que lleva mirando hacia otro lado cuatro años de conflicto sirio, sin reparar en las decenas de miles de niños muertos o desaparecidos en el mismo vientre de sus madres, aferrados a sus brazos o perdidos en la lejana angustia de sus miradas. Un Occidente que ha jugado hipócritamente (ora apoyando, ora repudiando) con los desvaríos de dictadores, el recelo de religiones, la crueldad de extremismos y el fantasma del surgimiento militar o económico.

Un Occidente que ahora quiere restituir su culpa sin abordar la intervención en esos países para frenar la barbarie. Porque ello implicaría la reconstrucción de estados democráticos. Y reconstruir exige reconocer y reparar el daño, asumir las responsabilidades, no provocar más dolor, no apoyar sistemas violentos y actuar para erradicar la violencia, propiciar el encuentro y reconstruir las comunidades rotas, el deber de recordar orientando nuestra memoria hacia la reconstrucción (M.E. Rodríguez Palop) y devolución de la dignidad a esos pueblos.

Algo que no están dispuestos a hacer. Lo que me recuerda las palabras de M. Kundera:la mayoría de la gente se engaña mediante una doble creencia errónea: cree en el eterno recuerdo (de la gente, de las cosas, de los actos, de las naciones) y en la posibilidad de reparación (de los actos, de los errores, de los pecados, de las injusticias). Ambas creencias son falsas. La realidad es precisamente al contrario: todo será olvidado y nada será reparado. El papel de la reparación (de la venganza y del perdón) lo lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron pero todas las injusticias serán olvidadas”.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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