Dinero y felicidad.

El dinero no corrompe el carácter,

sólo hace visible un carácter corrupto.

M. Grassinger.

Según los autores del Informe Mundial de la Felicidad 2015, realizado para Naciones Unidas, el dinero por sí solo no da la felicidad (J. Sachs). En esta afirmación podemos estar todos de acuerdo, aunque añadamos la coletilla “pero en algo sí que ayuda”.

Para que nos hagamos una idea, lo que mide este informe es la renta per cápita, el apoyo social, la esperanza de vida, el estilo de vida, la generosidad, la corrupción y otros factores.

Diversos estudios han revelado que a partir de 60.000€ anuales, en números redondos, no se puede hablar de una relación directa entre el sueldo, o los ingresos obtenidos, y la felicidad de un individuo. De hecho, ganar más de esa cantidad no aporta nada significativo a ese sentimiento (D. Kahneman), aunque el bienestar material contribuye a mejorar la calidad de vida y potenciar la sensación de felicidad. Ello se debe a que el dinero puede proporcionar el control sobre los imprevistos de la vida y, por tanto, mitigar las preocupaciones (K. Kushlev).

Por debajo de aquella cantidad, la relación entre lo ganado y la infelicidad experimentada se refiere más a cierto sentimiento de frustración en comparación con los que más ganan o con la incapacidad para acceder a determinados bienes que incluso pudieran ser de primera necesidad, como en los casos de pobreza.

Pero las variables que influyen en la felicidad nos son exclusivamente económicas. De hecho, según aquel informe de Naciones Unidas, en los lugres donde viven las personas más infelices (Afganistán, Siria y ocho países africanos) la desigualdad y la violencia son más relevantes que la pobreza. En cambio, las personas que se sienten más felices viven en países en los que el bienestar ejerce posiblemente un importante papel, no ya por la posición económica de la que disfrutan sus ciudadanos sino por la ausencia de la penosa realidad que ahoga la vida de los de aquellas naciones.

Desde el punto de vista neurofisiológico, la felicidad “parece” estar regulada por áreas cerebrales relacionadas con los mecanismos de recompensa y de placer (situados en el cuerpo estriado ventral y en el núcleo accumbens), requiriendo también la intervención de la dopamina.  Aunque, en realidad, el sentimiento de felicidad se procese en circuitos múltiples, redundantes y distribuidos anatómicamente en casi todo el cerebro, el dinero activa aquellas estructuras proporcionando sensación de placer. Por lo que podríamos presuponer una cierta relación entre dinero y felicidad.

Sin embargo, en la felicidad influyen otras muchas variables que hacen muy compleja su delimitación y categorización. De hecho, si bien el reconocimiento económico por la realización de una actividad puede cambiar de forma notable la valoración que nos merece ésta (A. Grandley), la motivación para ganar más dinero por una tarea más complicada o de rango superior desaparece con el tiempo una vez obtenido el incentivo económico. Y sólo vuelve a aparecer cuando nos confrontamos con quienes más honorarios perciben en actividades similares. Este efecto comparador puede ser muy nocivo ya que estimula una motivación que puede resultar casi inagotable y generar conductas codiciosas como efecto secundario. En estos casos, se constata en estas personas la reducción de la capacidad solidaria y de trabajo cooperativo.

Es más, el dinero por sí solo ya modifica la conducta social (J. Wierzbiki y A.M. Zawadzka), de manera que cuando lo invertimos en los demás, experimentamos sentimientos de felicidad; en cambio, cuando invertimos en nosotros mismos nos volvemos insolidarios y algo más infelices. O, sencillamente, no advertimos cambio alguno, positivo o negativo.

También se ha constatado que la inversión en experiencias vitales proporciona un bienestar mayor que adquiriendo bienes materiales cuando las personas tienen una posición social alta y disponibilidad económica desahogada. En cambio, los que tienen menos recursos prefieren invertir en patrimonio en lugar de placer, ya que suelen sacar más provecho de las pequeñas cosas.

Para finalizar, si tenemos en cuenta que el valor social del dinero está directamente relacionado con los ingresos que se pueden obtener por la realización de un trabajo o por la ejecución de un proyecto que proporcione pingües ganancias, no porque sea necesario realizarlo o aporte un beneficio social determinado, llegamos a la conclusión de que el dinero es un medio de coerción porque sin él no podríamos existir en nuestra sociedad (P. Kellermann). No podemos obtener nada sin comprarlo y los que menos tienen están sometidos a los que más poseen, porque los segundos proporcionan trabajo a los primeros o porque tienen capacidad para desplazarlos de las posiciones más relevantes de la sociedad.

Sea cual fuere la correlación entre dinero y felicidad, por el papel que ha desempeñado el primero en la evolución de las civilizaciones, alguna debe haber, ¿o no?

Ah! Como dato: España ocupa el puesto 36, habiendo descendido en los últimos siete años 0.743 puntos. Los que más han crecido: Zimbaue y Nicaragua (1.2 puntos). Y los primeros puestos los ostentan Suiza, Islandia, Dinamarca y Noruega.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *