Another brick in the wall

Estoy seguro de que si escuchan un toque de batería seguido por un potente bajo y el rasgueo insistente de una guitarra, y a continuación “When we grew up and went to school, there were certain teachers who would hurt the children anyway…”, recordarán inmediatamente la canción y las imágenes que le acompañan en, posiblemente, una de las películas más comprometidas de Alan Parker tratando de adaptar el disco conceptual de Pink Floyd, The Wall, e interpretar en 1982 el mundo ideado por Roger Water para radiografiar la Gran Bretaña de la Sra. Thatcher. Cada canción es una metáfora sobre la guerra, la educación, el amor, la represión del Estado, el mercado consumista, el surgimiento de grupos extremistas, el control sobre pensamiento, la desmembración de la familia….

Traigo a colación esta reseña porque el pasado domingo, cuando me encaminaba hacia el colegio electoral a depositar mi voto, me vino a la cabeza la alegoría de los niños caminando como “zombies”, uniformados, insensibles y con el rostro cubierto por idénticas máscaras inexpresivas, hacia una gigantesca máquina donde serán convertidos en carne picada…

Me explico: valoraciones acerca de la respuesta de los ciudadanos en las urnas e interpretaciones de cómo puede afectar a los principales partidos políticos hay ya muchas, algunas acertadas (las realizadas por analistas independientes) y otras no tan afortunadas, las provenientes de los propios portavoces de los partidos. Por ello me interesa analizar más el [posible] origen de aquélla.

En primer lugar, las personas tendemos a ser egoístas y, si además tenemos argumentos basados en la incertidumbre y el miedo, preferiremos “asirnos a cualquier salvavidas aunque esté pinchado”. Padecemos “disonancia cognitiva” cuando justificamos las decisiones que adoptamos y las actuaciones que realizamos achacando la responsabilidad a quien consideramos superior jerárquica, moral o ideológicamente con la excusa de que seguíamos sus instrucciones o consejos, aun cuando ello suponga perjudicar al prójimo.

Fijémonos en el Brexit: la población que ha contribuido con un mayor número de votos al “leave” tiene más de 60 años, pueden tener una esperanza de vida de 20 o 25 años de media, mientras los jóvenes que han votado mayoritariamente por el “remain” sufrirán las consecuencias durante más de sesenta años. Pero claro, esto no lo ha explicado nadie antes de las votaciones y, si se hubiera hecho, hubiera pasado desapercibido tras el muro de los argumentos manipulados con mentiras, basados en el temor al futuro incierto que esgrimieron los defensores de salir de la unión europea.

Pero este es uno de los riesgos de la democracia: El pueblo es sabio en sus decisiones, solemos decir. Aunque en esa sabiduría no cabe lo que es mejor para el conjunto sino lo que es mejor “para mí y los míos”. En segundo lugar, hablamos de democracia y no es así. El poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, se perdió en la Grecia clásica de hace más de dos mil años. Los padres de la democracia actual abominaron de ella y construyeron lo que se denomina Gobierno Representativo, evolución del parlamentarismo y antecesor de las llamadas “democracia de partidos de masas” y “democracia de audiencias” (B. Manin).

En la Grecia de Sócrates, Platón y Aristóteles, las leyes las proponía el pueblo reunido en asamblea y eran sancionadas por el senado, compuesto por representantes de los ciudadanos elegidos por sorteo y sometidos al permanente escrutinio de la confianza y de la rectitud de su actuación. En el sistema político actual el pueblo está sometido a las leyes que elaboran los parlamentarios que no son elegidos por los ciudadanos sino por su partido, que no tienen ninguna responsabilidad sobre las consecuencias de sus decisiones y que están al servicio de los poderes que los respaldan, no al del país.

El voto popular crea la falacia del poder popular, cuando en realidad lo que hacemos es responder al mandato de los medios y de los mensajes lanzados a través de ellos, cediendo el gobierno a unos líderes que reúnen lo peor de un sistema aristocrático al concentrar el poder, no rendir cuentas de su uso (lo cual con el tiempo termina derivando en corrupción) y legislar no para el bien común sino para satisfacer los intereses de la oligarquía. De ahí que sea fácil sentirse como uno de los ladrillos del muro, de los muros, que elucubró Pink Floyd. Anodino, pesado, alienado, alineado e inconsciente, encajado en una estructura de la que se es ajeno pero de la que no es posible escapar.

No obstante, prefiero el optimismo y la esperanza. Y desear convertirnos en uno de los ladrillos que definió L.I. Kahn: Ladrillos que quieren tener aspiraciones; ladrillos que a pesar de ser normales y corrientes quieren ser mejores de lo que son y formar parte de algo grande, una catedral, una pirámide… porque son conscientes de su papel y de su contribución al conjunto del edificio. Los más importantes, los más feos, los más toscos, los más anónimos…: los que conforman los cimientos y soportan la grandeza de la construcción.    

José Manuel Navarro Llena.

@jmnllena

 

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