Homo deus

 

Hace un par de semanas les invité a reflexionar sobre el papel de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en la necesaria recuperación del papel del ser humano en una sociedad cada vez más mecanizada, más autómata y orientada a la eficiencia y, al mismo tiempo, más desposeída de su carácter más humanista, creador y cooperador.

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Los avances científicos y tecnológicos producidos en las últimas cinco décadas han tenido, entre otras muchas, dos consecuencias directas: prolongar la esperanza de vida de las personas y liberarlas de las tareas rutinarias y repetitivas en cualquier sector productivo. Ambas, a su vez, tienen grandes implicaciones en la economía ya que, por una parte, concentran un mayor número de tareas en robots para substituir a los trabajadores especializados, lo que implica  incrementar el porcentaje de desocupación. Y, por otro lado, el poder disfrutar de un largo período de jubilación desajusta las previsiones de gobiernos y entidades privadas acerca del cálculo para dotar las necesidades de pensiones a medio plazo.

Todo ello lo vivimos con una cierta naturalidad porque hemos crecido al mismo tiempo que se conquistaba terreno en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades e íbamos adaptando y adoptando nuevas herramientas tecnológicas en nuestra vida, privada y profesional. Pero todo este fluir de mejoras dentro de los marcos económicos conocidos (desde el feroz neoliberalismo al capitalismo de estado) ha sido dirigido por las grandes corporaciones que controlan el mercado y sancionado por todos los gobiernos en su principal preocupación de velar por el bien de sus ciudadanos.

No obstante, también hay que pensar que la relación actual entre estados y el pueblo no es la de gobernantes y gobernados, en el mejor de los casos, sino de dominantes y dominados sin que ello implique que sean de naturaleza dictatorial. Manejar una ideología es suficiente para obtener la justificación que hace depender a las personas de sus representantes mediante el ejercicio del poder. Quien lo ejerce lo hace defendiendo el interés del colectivo, con sentido altruista, desinteresado y generoso (N. Chomski). Y quien lo recibe está convencido de que es así; o debe ser así.

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Al mismo tiempo que hago esta reflexión, me llega siguiente noticia (M.A. Ossorio): “La Inteligencia Artificial dictará sentencia. Investigadores de varias universidades británicas y estadounidenses han creado un programa informático capaz de analizar casos y dictar sentencias de forma automática”. Varias universidades han desarrollado un programa de inteligencia artificial cuyo algoritmo es capaz de analizar diferentes casos y emitir un veredicto de acuerdo con la legislación penal vigente. El resultado del experimento fue que el programa, sobre una base de 584 casos reales ya juzgados, coincidió en un 79% de las sentencias con las dictadas por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Este dato demuestra que el software es capaz de interpretar los hechos y las leyes con casi igual precisión que los jueces. Sin embargo, lo que también puede deducirse es que el 21% de no coincidencia puede deberse a discrepancias o errores en el análisis realizado por el software… ¿O por los jueces?

Este es un ejemplo más que subraya el hecho de que los algoritmos que hacen que la “inteligencia artificial sea inteligente” puedan, al mismo tiempo, poner en duda las capacidades de los humanos. Algo que vemos con cierta normalidad porque le hemos otorgado a todos los dispositivos que nos hacen el día a día más cómodo (en teoría) el plácet de colarse en nuestras vida e intimidad para recoger datos de nuestros hábitos, preferencias, aspiraciones, creencias, deseos…, y alimentar algoritmos que aprenden a mejorar sus cálculos con nuestra información, y la de millones de usuarios, para ofrecernos respuestas rápidas y sencillas, y facilitarnos una decisión. Hechos pequeños e insignificantes, rutinarios, que no nos hacen perder el sentido del libre albedrío. Pero pensemos un momento, ¿quién está tomando realmente la decisión?

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Llegados a este punto, les recomiendo la lectura de “Homo Deus” de Y.N. Harari. Y les anticipo una frase extraída de la entrevista que recientemente le ha realizado por E. Alós: “Dataísmo es la situación en la que, con suficientes datos biométricos sobre mí y suficiente poder computacional, un algoritmo externo puede entenderme mejor de lo que yo me entiendo a mí mismo. Y una vez existe este algoritmo, el poder pasa de mí, como individuo, a ese algoritmo, que puede tomar mejores decisiones que yo. Esto empieza con cosas simples, como el algoritmo de Amazon que te propone libros, o los sistemas de navegación que nos dicen qué camino tomar. Eran decisiones que tomábamos basándonos en nuestros instintos y conocimientos. Ahora la gente cada vez confía más en aplicaciones y sigue instrucciones del teléfono móvil. Y esto irá pasando también en decisiones más importantes, cómo en qué universidad estudiar, a quién votar… Iremos cediendo poder de decisión, y no porque lo decida un poder dictatorial, sino que seremos nosotros quienes querremos hacerlo […] Por supuesto los algoritmos no acertarán en el 100% de las ocasiones, pero no lo necesitan, solo necesitan ser mejores que un humano medio. Y eso no es tan difícil”.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

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