Leonard Cohen que estás en los cielos.

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Uno nunca se libera de su propia estupidez” a pesar de los esfuerzos que realizamos a lo largo de nuestra vida. Creemos que una cuidada formación y largos años de experiencia profesional nos eximen por completo de esa simpleza que, en ocasiones, aflora sin percatarnos de ello. Y cuando nos damos cuenta lo achacamos ingenuamente a un desliz circunstancial. Seamos sinceros, reconocerlo ya es un paso para no seguir cayendo en la fácil demagogia que nos ayuda a justificarlo todo desde las altas torres de la razón y de sus cálculos infinitesimales para adivinar las consecuencias de nuestras palabras, despreciando la tenue y prolongada sombra de nuestros actos.

No hay que ser pesimista ni tener esperanza” en que esto tenga solución. Porque somos humanos. Y si algo nos caracteriza es la milenaria tozudez con la que seguimos aferrándonos al espejismo de la lucidez, a la racionalidad de las estadísticas que nos empujan a seguir ciegos ante lo imprevisto por el culto a la economía insolidaria. “Aunque estamos convencidos de que nada cambia, es importante actuar como si no lo supiéramos” porque ello nos justifica como sociedad y nos reafirma como especie.

Nos vanagloriamos de haber conquistado impensables avances tecnológicos en unos pocos años pero se nos olvidan los eternos fracasos acarreados desde tiempos inmemoriales: pobreza, enfermedad y guerra. Quizá porque nos convencimos de que “el éxito es sobrevivir y ello es una definición suficientemente buena para nosotros”, sobre todo cuando esos fracasos desde el punto de vista ético no lo son desde la perspectiva de los reducidos y selectos grupos que se benefician de su existencia.

A los gobernantes les preocupa más el término desigualdad que el de pobreza, los ratios de una sanidad eficiente más que el difícil acceso a una salud universal y la propagación del terrorismo más que los mecanismos que alimentan la industria de la guerra. “Con el poder mantenemos una relación ambigua: sabemos que si no existiera autoridad nos comeríamos unos a otros, pero nos gusta pensar que, si no existieran los gobiernos, los hombres se abrazarían”. Aunque este abrazo siempre conlleve un interés oculto.

De la misma forma que los economistas hablan en términos abstractos de todo aquello que afecta a la situación de penuria de millones de personas, los políticos desconocen la realidad que les aprisiona cada día aunque presumen de saber lo que es mejor para los pobres, porque opinan que no tienen capacidad para decidir su futuro y ellos mismos son los culpables de perseverar en su condición de desfavorecidos.

Quizá el bienestar dependa de la disciplina” a la que hay que someter a toda una sociedad para hacerla entender que la situación que conocemos es la mejor posible, ya que el crecimiento económico no puede ser comprometido por el intenso esfuerzo que habría que hacer para que la pobreza fuera erradicada. Excusas para no tomar las medidas necesarias y permitir que la brecha socioeconómica sea cada vez más amplia, lo cual también extiende otro tipo de desigualdad: los obstáculos para tener las mismas oportunidades.

Pero los que ostentan el poder político se sienten avalados porque han sido elegidos por los mismos ciudadanos que sufren los recortes y la austeridad impuesta; y los que realmente detentan el poder económico saben que “cualquier sistema que montemos sin ellos será derribado. Ya nos lo avisaron antes y nada de lo que construimos ha perdurado” a su margen.

En los países democráticos tenemos libertad para elegir a nuestros representantes, y todos somos ideológicamente respetables mientras votemos lo racionalmente esperado dentro de los márgenes convencionales. Pero si optamos por la heterogeneidad de pensamiento y las alternativas a la ortodoxia se nos amenaza con el fantasma del populismo y el desequilibrio de la economía global. Ante esta situación, desde nuestro yo más íntimo tratamos de aceptar que “nos enfrentamos a nuestras vidas tal y como se nos presentan, y aunque no suframos una verdadera escasez, todos tenemos distintas hambres profundas: hambre de mujer, hambre de amor, hambre de contacto, hambre de un sentido…” A veces nos rebelamos, pero no contra los verdaderos causantes de tanto despropósito, sino contra nuestra mala suerte, refugio para huir de la depresión sin meditar que la huída requiere movimiento permanente.

En esos momentos preferiríamos “actuar de la manera en la que nos gustaría ser para pronto ser de la manera en la que actuamos”. Pero nos damos cuenta de que esto es una frase hecha, un recurso de automotivación para “no considerarnos unos pesimistas. Porque creemos que un pesimista es alguien que está esperando que llueva. Y nosotros nos sentimos empapados hasta los huesos.”

Nos dicen que la  libertad es deseable y peligrosa al mismo tiempo y, en algunos casos, se nos achaca el desconocimiento de las consecuencias de hacer uso de ella, sobre todo cuando colectivamente se toman decisiones contra el orden imperante. En estos casos se nos ponen apelativos para distinguirnos de la docilidad y el ideologismo común, para sembrar el miedo y la incertidumbre. Pero no debemos turbarnos porque “hay una grieta en todo, así es como entra la luz”.

 

Nota: Las frases entrecomilladas y en cursiva son de Leonard Cohen. DEP.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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