NUESTRO ABRAZO INMENSO A CIUDAD DE MÉXICO

Hoy tenía preparado una reflexión sobre el drama de las ciudades latinoamericanas y lo había ilustrado precisamente a través de las experiencias de urbanismo participativo que desarrollan en Ciudad de México específicamente… pero lo dejaremos para una mejor ocasión…
Ni tan siquiera aprovecharé para hablar sobre ciudades resilientes ni sobre que los males suelen cebarse (o al menos mucho más, claro) en los barrios, en las ciudades o en los países cuyas infraestructuras, cuyos edificios y cuyas normas son más precarios… y aunque muchas veces, las más, son bastante predecibles… sin embargo tienen las catástrofes un cierto poso de azar fatídico…
Hoy por tanto, simplemente mandaremos desde La Ciudad Comprometida un abrazo inmenso al pueblo mexicano y específicamente a los ciudadanos de Ciudad de México.

¿Y YO QUE DEBO HACER?

Ayer me escribió uno de vosotros… en realidad fue una asidua lectora de La Ciudad Comprometida que, desde Arizona, USA quiso profundizar en una de las frases de mi último post:

“¿Quién le enseño a respetar la naturaleza? ¿Cómo puede uno pasar estas creencias a sus propios hijos? Si la naturaleza es nuestro futuro y nuestros hijos son el futuro ¿Qué estamos haciendo para interiorizar estas creencias en ellos?”

Respecto de la primera cuestión… al volcar mi mirada sobre mis recuerdos, veo con nitidez que mi primer encuentro con la naturaleza en su estado más puro, fue con 9 años, durante un verano en el que pasé 15 días en unas “colonias” en Jerez del Marquesado, al pie de las montañas de Sierra Nevada (Granada) y recuerdo mis primeros acercamientos a la gran montaña. Y ya años después, recuerdo también otro verano que pasé en las montañas de Teruel, entre los inmensos pinares de la Sierra de Albarracín… Creo que allí, en aquellos lugares aprendí a amar a la naturaleza… y aprendí a amarla en su estado más puro…

Y como consecuencia de estas cosas de la memoria selectiva, también se me quedó fijado el recuerdo de mi profesora de Ciencias Naturales cuando tenía, creo, 16 años… Estaba interno en la Universidad Laboral de Sevilla, un centro estatal, y dimos un paseo por los alrededores del río Guadaira para apreciar la vida que había entre aquellos eucaliptos y la vegetación de ribera… y nunca olvidaré la severidad con la que Doña. Concha reprendió a uno de nosotros que pisoteó de manera intencionada pero también inconsciente a un insecto… haciéndole ver, en realidad haciéndonos ver a todos, que aquel ser era como nosotros, y de manera absurda le habíamos robado su vida… Creo que fue aquella maravillosa profesora la que nos abrió de repente el sentido de la responsabilidad que el hombre debe tener con la naturaleza…

Claro que aquellos recuerdos apenas supusieron un principio… pero gracias a estas preguntas de Kimberlin he visualizado cómo ciertos gestos pueden ayudar a que nuestros hijos interioricen ese mensaje solemne del que ayer os hablaba: que “Proteger la naturaleza es lo más progresista, lo único para construir el futuro”… y no serán en vano todos los esfuerzos que podamos hacer para educarlos en este sentido, como tampoco serán suficientes todas las iniciativas que hagamos al respecto, porque el problema es cada vez más serio y porque de verdad que nuestros hijos, la humanidad en realidad, cada vez tiene más comprometido su futuro, o al menos un futuro de calidad, en una gran casa, La Tierra, cada vez más herida por la soberbia del ser humano…

Por eso hoy se me vino a la memoria, con gran cariño, aquel gesto severo de mi profesora de Ciencias Naturales… que con el tiempo se me ha convertido en una especie de grito de protesta por todos los daños que el hombre le infiere a la madre tierra. Como veis, tenemos la gran responsabilidad de actuar con responsabilidad y de que al menos en el seno de nuestras familias y en nuestros círculos próximos hagamos germinar esta semilla, ya que nuestros vástagos deberán tomar el testigo ya que vivirán en un mundo que les hemos legado en mucho peor estado que el que nosotros recibimos…

“¿QUÉ HAY EN LOS PAISAJES QUE NO SEA UNA CIERTA FERTILIDAD EN MÍ?”

Recuerdo perfectamente que hace años coincidí como ponente en unas jornadas para hablar de naturaleza y sostenibilidad con los profesores Joaquín Araujo (conocidísimo naturalista y divulgador de temas ambientales) y Rafael Hernández del Águila, de la Universidad de Granada, ya que fue muy poética a la vez que directa la reflexión que realizaron sobre las incoherencias del ser humano en su búsqueda del futuro, ya que la deriva de la humanidad es tal que en realidad cada vez nos encontramos más lejos de alcanzarlo… o por decirlo de otra manera, más cercano a perderlo todo definitivamente…

Y me quedé tan embelesado con el “diálogo” que nos regalaron a los asistentes que me dediqué a anotar rápidamente algunas de las frases que nos regalaron aquellos dos sabios poetas de la sostenibilidad, ya que de otro modo no habría podido ni tan siquiera sintetizar la magia, y la sensatez que en esa mañana del otoño de 2009 nos regalaron… y yo ahora os repito algunas de aquellas frases que allí se dijeron:

• “¿Qué hay en los paisajes que no sea una cierta fertilidad en mí?”
• “La belleza la encontramos en el mayor espectáculo del mundo: en la vida, en la libertad, en la naturaleza.”
• “Proteger la naturaleza es lo más progresista, lo único para construir el futuro.”
• “Todo lo que es, es por lo que ha sido.”
• “Cuando la naturaleza y las ideas van separadas, la cultura y la vida están amenazadas”.

Y os traigo esto a colación porque hace muy poco ha caído en mis manos un libro maravilloso denominado “CÓMO LEER PAISAJES” en el que de la manera más sencilla y amena, pero sin perder un ápice de rigor, “introduce al lector en la observación y apreciación de las distintas formas de relieve que nos rodean, lo que lo convierte en una guía de inestimable valor para interpretar las pistas que nos ofrece el paisaje que contemplamos…” ya que cuanto mayor es el conocimiento que tenemos de las cosas, más las amamos y respetamos…

Por eso en seguida este bello libro de bolsillo me cautivó ya que caracteriza de una manera muy visual cada una de las formas del relieve, ayudándonos al lector (al espectador, mejor dicho) a comprenderlo… ¿De dónde procede ese paisaje y cómo llegó a ser lo que es? “Ayudando a buscar e interpretar las pistas que nos ofrece cualquier relieve.”

Seguramente muchos de vosotros coincidís conmigo en que hay pocas, muy pocas cosas comparables con el placer de caminar por la montaña, coronar un altozano, asomarse a un acantilado, simplemente sentir el romper de las olas sobre las rocas, ascender por un valle, sentirse sobrecogido por la percepción de un valle encajado entre las rocas, dejar volar la imaginación por los “bads lands” de las tierras de Guadix, o simplemente pasear por la campiña… Porque los paisajes abiertos nos hacen sentir la fuerza de la naturaleza en toda su plenitud y de alguna manera nos ayudan a reconciliarnos con ella… por eso no tienen parangón…

Y como decían aquellos ilustres sabios de los que os hablaba al principio (a quienes mando un fuerte abrazo muy comprometido): “¿Qué hay en los paisajes que no sea una cierta fertilidad en mí?”

Y por eso este libro enseguida me enganchó y estaba deseando contároslo…

 

HOY TOCA HABLAR DE AMOR

Aquí me tenéis al alba, como tengo por costumbre, reflexionando esta mañana festiva en la ciudad, día de su patrona la Virgen de Las Angustias, y en honor a un día tan señalado hoy no os hablaré de ciudadanos o de ciudades comprometidas, ni de buenos o regulares proyectos, ni de cuanto viajo… No. Hoy os voy a hablar sencillamente de amor. Y será así porque recién llegado a mi tierra, a mi refugio, a mi edén, estos han sido los sentimientos que me han aflorado recordando una sencilla y bellísima historia de amor que ocurrió hace muchos, muchos años y que yo tuve el inmenso honor de conocerla durante mis viajes a Colombia, y creo que os es un buen día para que al fin os la cuente tal y como yo la escuché… Reza así:
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, un antiguo Guerrero de la cultura “muisca” tuvo que partir, aunque la tradición ya no recuerda a donde ni porqué, ya que estos detalles en realidad no vienen a cuento… el caso es que pasó tanto y tanto tiempo lejos de su hogar que su amada desesperada decidió sentarse a esperarlo en un promontorio elevado para divisarlo tan pronto estuviese llegando… pero el tiempo fue pasando y se mimetizó tanto con el lugar que la amada se convirtió en una montaña, que recibió el nombre de MONTESILLA.
Y el caso es que quiso la vida que algo después de este suceso, aquel guerrero pudiese volver a casa y al conocer los tristísimos hechos era tal su congojo y su desdicha que no quiso separarse de ella, o al menos de su espíritu, y se sentó en una loma cercana… y con el pasar de los días también se convirtió en otra montaña, que recibió el nombre de MONTESILLO.
Y ambas montañas, mirándose una a otra, están en el corazón de los Andes, a escasos kilómetros de Bogotá, y junto a una bella población denominada Guatavita… Yo tuve la fortuna de conocer esta bella y triste historia hace semanas mientas que las ascendía en compañía de un grupo de amigos, y sabía que antes o después debería contárosla, para que todos nosotros nos sumáramos a tan bello homenaje al amor… y para que reflexionáramos sobre los tremendos costes que tantas veces nos depara el destino, cuando seguimos el camino que nos traza (o que nos trazamos)…
Así pues, Montesillo y Montesilla, son una bella metáfora de la vida… aunque en realidad también siguen siendo dos bellas montañas que se miran la una a la otra, y que ansían que las asciendas a ambas, quizás porque así, de alguna manera, las entrelazas al igual que tú mismo también ya te quedas prendado de ellas, de su historia, y de sus enseñanzas…
Os mando abrazos desde Granada.

 

¿CIUDADANOS A VOLANTE?

Ayer en la tarde, mientras que me dirigía en taxi hacia el aeropuerto “El Dorado” de Bogotá –por cierto, magnífico, y creo que un día de estos os hablaré de él…- recuerdo que iba casi despavorido… ¡Jajajaj! Ahora me río, pero ayer…. Los taxis en esta ciudad son en general unos vehículos amarillos muy pequeños, sin maletero, y en los que el pasajero se suele sentar atrás, salvo que lleves maletas grandes, lo que era mi caso. Por lo que tuve que alojar mi equipaje en los asientos traseros y yo me acomodé junto al conductor, con lo que no pude evitar captar la atención sobre el arte de conducir que allí impera e ir pendiente del denso tráfico que a esa hora bullía de aquí para allá… Y, claro, ya mis ojos, abiertos como platos, no se perdían detalle de aquella lucha sin cuartel, en la que por doquier salían toda clase de vehículos compitiendo por medio metro… y con una intrepidez no apta para mentes educadas en el código de circulación y en la cortesía al volante.
No sé si habéis visitado alguna ciudad latinoamericana, pero allí –y Bogotá no es una excepción- al conducir no existen normas ni códigos que valgan, y solo impera la ley del más espabilado, incluso ni siquiera del más grande ya que el más sagaz o descarado se cuela y pasa antes… la pillería es la que manda y nada de aquello de pase usted primero, o tiene usted preferencia, o me incorporo al carril derecho para que el tráfico fluya, o pongo los intermitentes para girar,… ¡Jajajajj ¡Vaya la que pasé! Fueron 50’ que me recordaron a cuando este verano en Madrid fui a un parque de atracciones con mis hijos pequeños y me di un buen tute de montañas rusas y de emociones… ¡Jajajaja!
Y en estas estaba, cuando mi educado conductor (realmente lo era, me trataba con respeto y con suma deferencia) que también hacía de las suyas con el volante, me miró a la cara, con media sonrisa, a mi palidez le contestó: “Aquí hay que conducir con el ánimo tranquilo”, queriendo decir que si bien al conducir podía ser tan bárbaro como los dema´s, sin embargo aquello era una lucha limpia y el único truco era no sulfurarse… no gritar, aceptar las pillerías de los demás, al igual que los demás aceptaban las tuyas…
Es decir: Nada de enfadarse, ni de subir tus pulsaciones… piano, piano… con la tranquilidad…
Ahora voy a casa, a España, donde actuamos justo al revés: conducimos en general con educación y con el código de circulación por montera… pero… ¡Ay, si alguien me adelanta por la derecha! ¡Jajajajaj! Le hincho a voces o a pitidos…
¡En fin¡ Necesitamos de códigos de convivencia y necesitamos cumplirlos… lo de Bogotá, es una manera simpática (y emocionante) de resolver la informalidad y la falta de civismo… pero la construcción de mejores ciudades en las que vivir requiere también de la construcción de mejores ciudadanos… esto es, de ciudadanía…
Abrazos inmensos desde Madrid, adonde acabo de llegar!