Orellana y el valor de la morriña

Que Fabián Orellana se dejó el corazón en Vigo es un hecho inexcusable. Jugó con clase tras un comienzo dubitativo, alcanzó un ascenso directo y holgado con el Celta, se convirtió en ídolo referencial de la grada y fraguó un grado de complicidad total con la estrella gallega, Iago Aspas. Para alguien con una sensibilidad tan particular, el éxito de su integración le hizo feliz. Volver a Granada no era su prioridad, pero dos factores le ataron al club que todavía le tenía en propiedad. Anquela apostó públicamente por él y el Celta no pagó la cantidad acordada como traspaso cuando se formalizó el préstamo. El entorno de aquel equipo se pasó el verano insinuando que al final Orellana retornaría, esperando tal vez acciones de rebeldía por parte del chileno, quizás alentados por los contactos que el propio jugador mantenía con sus excompañeros. Pero Orellana no presionó como esperaban. Aceptó la segunda oportunidad como rojiblanco, aguardando a que el interés mostrado por el entrenador se reafirmara durante el curso, mientras cumplía su contrato, por el que en su día Udinese había pagado 3,25 millones al Audax de su país.

Unos meses después y en la previa de la apertura del mercado de invierno, Orellana comunicó a los dirigentes del Granada que se quería marchar en vista de la falta de protagonismo en las alineaciones. Arrancó de titular pero su rendimiento no acabó de contentar a Anquela, que le desplazó de la mediapunta cuando llegó Brahimi y que le eliminó a su vez de la banda izquierda cuando Benítez estuvo disponible. Su última gran oportunidad llegó en Valladolid, donde le dio galones, pero se los arrebató en cuanto el marcador se puso en contra. En esa tesitura, ante la apatía de parte de la hinchada hacia un jugador cuyo rendimiento explotó cuando se le dio muchísimo cariño, Orellana planteó en diciembre que se barajara su salida. En el disparadero estaba el Celta de nuevo, donde mantiene el caché y Herrera bebe los vientos por verle de nuevo filtrando pases a Aspas.

La negociación se abrió, aunque con mucho hermetismo y frecuentes filtraciones interesadas. Como ocurre con Aranda, si un jugador no es feliz en un lugar por los motivos que sean, lo más sensato es su marcha. Pero como ocurre en Zaragoza, en el Granada no quieren cometer el error de reforzar a un rival directo sin una compensación económica razonable. Una cesión sería retrasar otra vez el conflicto. Un traspaso generoso le abriría la puerta, siempre que los rojiblancos tuvieran un recambio decente para sustituirle. Fue este último punto incumplido el que precisamente evitó que Siqueira se marchara en verano. El roto de la baja del brasileño no podía sustituirse si el equipo no se gastaba gran parte de lo que tenía previsto ingresar. La operación no era negocio y ante eso Quique Pina, cuyo criterio futbolístico puede estar errado a veces pero que nadie puede discutir como un as cuando le toca sentarse a la mesa con un homólogo, clausuró la vía hasta nueva orden.

Desde Vigo se va a seguir alentando lo de Orellana. El jugador continuará sin hacerle ascos a esos cantos de sirena, aunque parece improbable que su afán llegue al punto de querer compensar con dinero propio al Granada para que le den libertad. Pero el chileno también contempla quedarse. Anquela, aunque parezca que no, tiene fe en recuperarle para la causa. Sus minutos en Getafe le gustaron y ni siquiera se puede descartar que adopte protagonismo en breve. La belleza del fútbol se sustenta en las emociones que despierta, alegrías y tristezas que convierten el deporte en una pasión. Pero en el fondo están los pragmáticos criterios empresariales y en la profesionalidad actual se perdonan bien poco. La morriña de Orellana tiene un precio y si no se satisface es complicado que su situación varíe.

3 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *