Leyenda ante el blanco perfecto

Crónica del Granada – Madrid publicada en IDEAL este domingo

Los muchos niños que ayer chillaban entusiasmados con una alegría indescriptible al ver convertida una tremenda fantasía en realidad un día se harán mayores, peinarán canas y se les saltarán las lágrimas nostálgicas y sinceras al recordar una fría pero imborrable noche de febrero que alcanzó la posteridad. Correrán los años y en su memoria se alojara perenne aquel partido bragado, que relatarán con insistencia y dulzura a sus nietos, con el regusto orgulloso del humilde que derribó al coloso. A un campeón de Liga despistado en sus quehaceres domésticos pero siempre imponente, con una gama de recursos de impresión. Todo un Real Madrid que inclinó la rodilla ante aquel Granada que en los 70 acuñó la leyenda de ‘matagigantes’ y que rescató muchas décadas después para regocijo de esta nueva afición, que tanta amargura tragó en el pasado, desde el abandono de esta categoría elitista en la que ahora se doctora. Preñada ahora la grada de chavales que tal vez ya no elijan con prioridad entre el Madrid o el Barça, sino que defiendan sin ambages en el colegio los colores del equipo de su ciudad. Rojiblancos para siempre. Un sentimiento que ha ofrecido muchos quebrantos, con recientes episodios de pasión, que alcanzaron su cénit. El éxtasis.

La resurrección del club se consumó definitivamente. Holló una cumbre escarpada, un ‘Everest’. Caerá la tierra sobre esta hazaña, vendrán glorias y fracasos pasajeros, pero ninguno de los que se abrigaban en Los Cármenes mientras la humedad caía sobre sus cabezas dejará de mentar una proeza descomunal.
Hay momentos entrañables que parecen escritos de antemano. En muchos lances anteriores, una pifia tonta ha destrozado ilusiones en la trayectoria de este proyecto. Anoche no iba a ser así. No podía ser así. Los hados, caprichosos, así lo designaban. El esfuerzo fue increíble, no hubo rendición de principio a fin en los jugadores, pero el Granada ni siquiera necesitó tirar entre los tres palos. Cristiano Ronaldo, el elemento sideral del adversario, peinó a la red un esférico envenenado desde la bandera por Nolito en la primera parte y los chicos de Lucas Alcaraz protegieron el botín con su vida misma. El nieto del mítico González ya sabe que su reestreno en el banquillo quedará grabado con letras de oro. El hincha volvió a ejercer su profesión en casa y no pudo tener mejor entrada. La leyenda se forja ante el blanco perfecto.
El sello Alcaraz se impregnó en un equipo curtido desde el arranque, de enorme desgaste en varias parcelas para robar el balón, con la lógica emotividad de un encuentro de este calibre, ante un contrario ilustre que insuflaba arrojo en el modesto. El flamante técnico cambio de portero e introdujo a dos de los fichajes del mercado invernal. Aranda por fin fue titular y debutó Nolito en el costado zurdo. La otra variación apareció en defensa, aunque era obvia, pues el que venía actuando, Diakhaté, estaba sancionado, así que su puesto lo ocupó Íñigo López. El tiempo dirá si con continuidad.
Con todo
El Madrid ilustraba su once con lo mejor de lo que tenía disponible, pese a las bajas de Pepe, Casillas y Özil, pero conectó en la primera parte el modo pusilánime con el que encara el campeonato, sobre todo fuera del Bernabéu, lejos del juicio sumarísimo de su grada. Un conjunto de excelso arsenal que ni siquiera obligó a Toño a sacar balones en dirección a su meta durante ese acto. El portero alicantino comenzó algo dubitativo, con varios saques errados y alguna descoordinación con su zaga, pero no pasó a mayores. Calentó los guantes y dejó inmaculada su puerta.
El Granada venía herido por su fragilidad a balón parado hasta ahora. Ocho dianas había encajado durante el magisterio de Anquela. Sin embargo, estrenó la nueva dinámica aprovechando la estrategia para anotar. Fue en un córner muy cerrado por parte de Nolito, cuya trayectoria desvió involuntariamente Cristiano Ronaldo hacia la red protegida por Diego López. Pronto quedó definido que a partir de ahora el lanzador desde la bandera será el sanluqueño, quien también tuvo una extraordinaria oportunidad de abrir la lata en un contragolpe que gestionó Aranda, más productivo lejos que cerca del área contraria. Al final Nolito acusó la falta de ritmo pues no venía siendo habitual en el Benfica, pero el público le honró con frecuentes aplausos.
El Madrid seguía con el ritmo ralentizado, trenzando con dificultad, ahogado por la falta de espacios que provocó el Granada con su repliegue intensivo. Ese esmero táctico permitió sobrevivir a los rojiblancos con el expediente limpio al descanso, aunque Modric y Kedhira fueran actores ocasionales en alguna ruptura mal finalizada. Cristiano Ronaldo trató de enjugar su pena por el tanto en propia meta con dos lanzamientos de falta, que no encontraron la dirección esperada por el luso. Todo sonreía a los locales, que se fajaron con denuedo y tuvieron alguna salida airosa en vanguardia. Ighalo desmontó a Varane en un mano a mano pero su chut con la zurda se alejó de la meta.
Cabreo de ‘Mou’
La furia desencajada de Mourinho se manifestó tras el receso, cuando introdujo dos cambios ofensivos, con el motrileño Callejón y Benzema. Ambos protagonizarían durante ese segundo acto la mejor ocasión de los blancos, en el único error de Diego Mainz, que hasta ese momento había dado una lección de jerarquía atrás y de suficiencia sacando el balón. Mainz resbaló y los visitantes irrumpieron con velocidad. Callejón encaró y chutó, pero Toño reaccionó adivinando la intención, repeliendo. Benzema pescó el balón y tenía la portería escorada pero sin vigilancia. Sin embargo, tiró pifiado, en un error clamoroso. El azar expulsó la opción de empate. Nada podía mancillar aquella gesta que se estaba cocinado, ante la incredulidad general.
El Granada afrontó con vigor la recta final, aunque el equipo se vio dominado por la ansiedad en algunos momentos. El inmenso trabajo defensivo encontró algún defecto en ciertos contragolpes llevados con demasiado vértigo, especialmente por Torje. Poco se le pudo reprochar al rumano en la vertiente de contención, como a Nolito, quien parece bendecido para el triunfo en Granada. La ocasión lo merecía, pero si este grado de compromiso es perpetuo, con la calidad que hay arriba el cuadro puede dejar en el olvido muchas de las dificultades arrastradas.
Mikel Rico se aupó en un medular llena de cepos. Fue cartesiano en todo momento, barriendo sin contemplaciones, dando poso con el balón. Mejoró en mucho a Recio, que trabajó pero le faltó criterio con el esférico. Arriba se acuñó una sociedad interesante a futuro con dos puntas que alternaron bien las posiciones. Ighalo cuajó un encuentro inmaculado en cuanto a entrega y Aranda ratificó que sabe cómo armar un ataque.
El Madrid se desesperada impaciente, pues no encontraba huecos para funcionar. Alcaraz empezó a mover recursos. Buonanotte también se bautizó ante su nueva parroquia y el preparador se guardó los dos últimos relevos hasta las puertas de la prolongación. Nada alteró unos acontecimientos festejados con estruendo, tan impensables que hasta hoy llevarán a pellizcarse. Pero no fue un sueño. El Madrid cayó en Los Cármenes. Disfruten a gusto, mientras les lagrimea el alma. De pura felicidad, claro.

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