El que pudo seguir, el que debió reinar

El Celta de Vigo, a cuyo entorno le supura a veces aquella vieja herida infligida por el Granada en la fase de ascenso a Primera de hace un par de cursos, recibirá a los rojiblancos el domingo añadiendo mayor morbo por la presencia en sus filas del entrenador que pudo seguir en las filas rivales y el mediapunta que debió reinar en su juego.

Gran parte de la hinchada se sorprendió de la no renovación de Abel Resino tras lograr la permanencia y durante meses han evidenciado la nostalgia por un técnico que deparó grandes partidos pero al que se le hizo largo el último trayecto del campeonato, salvándose sobre la campana. Un amplio grupo sintió también un deseo de retorno de Orellana tras su fantástica actuación en Segunda con los gallegos, pero la maniobra jamás terminó de satisfacer por el flaco rendimiento del chileno, cuya corazón y cabeza parecían todavía en Balaídos, donde ha acabado regresando, actuando más suelto pero arrastrando cierto mal fario. Dos partidos, dos derrotas, más la destitución de su principal valedor, el preparador Paco Herrera.

A Resino no le vino mal el traje de bombero en el Levante y Granada, pero su principal habilidad es psicológica. El toledano se adentra en los vestuarios, localiza a los jugadores más determinantes pero de carácter voluble, conversa con ellos y establece un ecosistema que busca extraer lo mejor de ellos, sin presiones marciales. Sus medidas generan un margen de confianza en los futbolistas llamados a marcar diferencias, pero a la larga la medicina se agota y le obligan a tomar decisiones tajantes. Cuando en Granada quiso tomarlas con vistas a una nueva temporada, no encontró el respaldo esperado. Tampoco el ambiente era el mejor, porque le tocó vivir semanas de mucho desgaste, culminadas con el objetivo, pero a costa de sudor y sangre. La química con los dirigentes desapareció.

Si alguien sabe lidiar con los egos ese es Resino, algo crucial en este Celta trufado de calidad en vanguardia, pero con futbolistas con querencia a la dispersión, como Aspas o el propio Orellana. Pero el mal vigués está definido en su actitud defensiva, donde la fragilidad les ha costado muchos partidos. Ese es el reto principal que intentará solventar, a parte de llevarse al huerto a los que marcan diferencias.

Probablemente encontrará una inicial respuesta positiva, como suele pasar en climas caldeados cuando entra aire fresco, a pesar de que según la prensa local el vestuario en general parecía muy partidario de Herrera, quien ha tenido un prolífico periplo allí. Hace nada sus ya exjefes le ofrecían la renovación con independencia de seguir o no en la élite. Resino tiene garantizado que para Orellana será un partido para lucir sus cualidades, para mostrar fidelidad rotunda por el club que estuvo dispuesto a desembolsar una cantidad importante por un habitual suplente rojiblanco. Otra cosa es que la emoción le embargue y el exceso de celo le haga cometer errores. Porque en el Granada no hay ansiedad alguna. Se afronta el duelo con un método aplicado exitoso y cada vez más contrastado. La presencia de Resino y Orellana da pie al detalle simbólico, pero si por algo se ha caracterizado el ciclo de Alcaraz es por no mirar atrás ni ensimismarse con el de enfrente. Lo primero es que el Granada esté a su nivel. Si lo consigue, es el rival el que tendrá un problema que solucionar. Tanto el que pudo ser como el que debió ser.

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