Sacrilegio

La sonrisa de los sábados se le descompone al Granada, tras un día torvo de alivio ajeno, con raquíticos puntos de los perseguidores pero condecorados ante colosos, aquellos mastodontes afectados por el virus FIFA y la bacteria Champions, enfermedades internacionales que contagian desidia en lo doméstico. Los humildes no ganaron pero sumaron, las gradas se hincharon de esperanza y los entrenadores se alivian en el discurso de la inflexión, mientras esperan que en San Mamés zampe el felino para aplanar las cuentas y sembrar la incertidumbre hasta el final.

Tal vez esa placidez de afrontar la jornada sin enemigos a la chepa mitigara la competitividad rojiblanca, que sin presión se ha enrocado en tropezones sucesivos. Ahora sí se palpa la angustia y será su ocasión de exhibir si la cadena de derrotas tuvo mucho de accidente o si solo atestiguaba una necedad galopante. Las impresiones benignas chocaron con lo gélido de los marcadores. No hay pie al bandazo, a la excusa, a agigantar al contrario, a temer catedrales, leones o públicos enfervorecidos. Es el momento del pulso por la supervivencia, sin vacilación, ni colchones ni miradas atrás. Ya no quedan alegaciones que aportar.

Es un momento crucial. La oportunidad de abrir brecha por enésima vez o de embarrarse hasta el cuello. De imponerse ante la crisis porque ya no se puede subestimar a nadie. Todos los partidos en adelante los disputará el Granada ante equipos que están por encima en la clasificación. Como todos, nada a contracorriente, algo más cerca de la orilla, pero que sigue bastante lejos. Es el momento de que los nombres incorporados obren con diligencia, que la columna vertebral enseñe su espinazo con orgullo y que la delantera mastique el éxito. Que despidan San Mamés con un sacrilegio.