Sin grises

5 dardos para el Granada – Betis

* Al Granada se le aventura la recepción al Betis como un viernes sin grises, como esos crudos inviernos que derrite de golpe un sol de injusticia. No hay escalas donde inhalar oxígeno, ni recovecos en los que esconderse a este nivel de decibelios, cuando la melodía se ansía intermitente y Anthony Perkins se asoma tras la cortina con un cuchillo jamonero, con primos en Galicia, Mallorca y Zaragoza. La gente saldrá del campo saciada y en armonía o sedienta de sangre ajena. El espacio de comprensión cariñosa se restringiría.

* Tan posible es que abandonen el recinto en paz y agradecidos a un rival más pendiente de cuitas locales con el vecino, con el granadino tipo tentado de bailotear sobre el albero sevillano en la inminente Feria de Abril, como factible es que se invoquen represalias contra sus cruzados rojiblancos, exterminada ya la paciencia ante los reiterados gatillazos, sin revitalizante pastilla azul a mano, que hasta en el placer se notan los recortes. Es una noche para el retrato de aptitudes, entre los que dan el paso voluntario para acometer el desafío como el primer parapentista que da el salto desde la loma, y los que se acobardan tras la almohada entre lágrimas, sollozando con el pañal guarreado y despertando a mamaíta porque en el armario está el coco.

* Los brindis insatisfechos que se han derramado semana tras semana con oportunidades de abrir brecha que se esfumaron como el tabaco de televisión han prodigado una suerte de igualdad entre los que se duchan en Los Cármenes, que ya quisieran en la ONU. Ya da lo mismo de dónde son, cuánto costaron y qué tiempo llevan en nómina del club. El partido se desprende de atrezo y conduce hacia la introspección. Juegan a esto desde niños, precisamente, para encuentros como este en los que se mesa la gloria con el riesgo afilado de caer en la bancarrota. Para que los mayores vibren en la grada, los niños caracoleen entre la seguridad para lograr su camiseta sudada y algunas de ellas les guiñen junto al portón del aparcamiento cuando se marchen orgullosos al volante de su berlina o en el deportivo, que cada cual elige su montura cuando caza. Vanidad perdonable del que cumple su deber. La gloria que sonríe al intrépido.

* Este deporte no es mera técnica. Eso viene fenomenal para los anuncios de Nike. Tampoco es pura fuerza, porque en las estadísticas no se refleja lo que levantan en el press de banca. Ni siquiera es referente esa estupidez de la Liga de Campeones que constata los kilómetros recorridos, como si importara tanto la capacidad maratoniana. Este deporte es ante todo orgullo. Ningún dechado de virtudes llega a la cumbre sin el verdadero motor emocional. El que lo tiene se erige en futbolista, se labra una reputación justa, se convierte en el privilegiado que envidia el oficinista barrigón. El que carece de esa virtud solo es un simple jugador, a secas, al que el azar le habrá conducido al escenario de focos, pero en el que estará de paso si verdaderamente no exprime su talento en una consecución anhelada. La meta colectiva que brilla como el neón y por la que el quinteto de cola guerrea.

* El fútbol rocío un desgraciado conjuro donde el presidente Pina, tan austero cuando entiende, buscó inversión para un futuro negocio y maldijo a todas sus adquisiciones millonarias. Fran Rico intenta aún salvarse del limbo con cirugía y paciencia sobre su rodilla maltrecha. Diakhaté ha protagonizado más enredos que despejes. El-Arabi iba a ser el delfín que le redimiera este curso, pero en Granada solo ha aleteado un cachalote al que el sónar se le ha degradado hasta impacientar a los adláteres de Job. Algo pasó en Arabia que maleó al que fue prometedor capitán de la selección francesa de fútbol sala, que descarrió a abanderado estéril del ataque de Marruecos, una selección que hasta olvidó su estrella en la Copa África. Pero incluso este fiasco cada vez más subrayado es irrelevante, porque hasta el utilero más humilde del club tiene que estar involucrado ya en la máxima común. Juegue quien juegue, decida lo que decida Alcaraz con su alquimia nativa, todos deben estar a una. Que la percusión de la grada estremezca a los verdiblancos, aplaque el silbido cruel de los defraudados y promueva la fanfarria lúdica que eleve a un héroe inesperado al altar, al que sea, lo mismo da a estas alturas de la escarpada. Siempre que Ighalo le ceda el paso y no desempolve sus galones. Las leyendas retornan sin alertarlo.